Los perros tienen memoria, pero carecen del recuerdo, un vano anhelo de refugio que pica en cuanto lo tocas, malo para la caricia, tan engañoso como seductor. Así, los perros se ahorran el lado salvaje del pasado.
Si cuando llegas a casa su alegría es incontenible, es porque carecen de recuerdos, porque solo tienen ideas fijas que reviven ante el estímulo. Si no, se pondrían a pensar. La última vez que estuvimos juntos, hace años, me emocionó tu labio que temblaba. Ya no sé dónde está esa boca, sepultada entre piedras, aunque me afane hasta el agotamiento en buscarla. Memoria que busca recuerdos.
Esta última foto la hizo Ricardo Duerto
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