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domingo, 23 de marzo de 2014

A. Suárez, uno de los pocos personajes literarios muertos en vida.

“Eran tres traidores; quiero decir: para tantos a quienes debían lealtad por familia, por clase social, por creencias, por ideas, por vocación, por historia, por intereses, por simple gratitud, Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo eran tres tristes traidores. No solo lo eran para ellos; lo fueron para muchos más, en cierto sentido lo son objetivamente…Suárez fue el peor, el traidor total, porque su traición hizo posible la traición de los demás: traicionó al partido único fascista en el que había crecido y al que debía cuanto era, traicionó los principios políticos que había jurado defender, traicionó a los jefazos y magnates franquistas que confiaron en él para prolongar el franquismo y traicionó a los militares con sus veladas promesas de frenar la Antiespaña” (Cercas, Javier, Anatomía de un instante, Mondadori, 2009, p. 273)

Si en algo aventaja la literatura a la historia es en su capacidad para convertir lo múltiple, lo fragmentario, en típico. En eso consiste la creación de un personaje, en dotar de sentido un anecdotario disperso, en recubrir los sucesos aparentemente casuales con un discurso que los unifica y hace que adquieran, desde el punto de vista anímico, un interés que va mucho más allá de lo individual. No es poca ventaja para quienes necesitamos algo más que la prensa diaria, pero no estamos muy interesados en cifras y datos estadísticos.

J. Cercas en Anatomía de un instante (Reseña), a través de lo que denomina simetrías de la ficción, entronca la figura de Suárez con las de los pícaros de altura, héroes tragicómicos que a veces tienden hacia la farsa y otras acaban por alcanzar espesor dramático. En concreto, la filiación directa que propone Cercas es el General della Rovere, no el oficial badogliano de carne y hueso, sino el rufián que le sustituyó con resultados que ni siquiera hubiera podido soñar el militar sustituido. El sosias de Della Rovere, popularizado por el periodista I. Montanelli en una novela autobiográfica, y sobre todo por R. Rossellini en una notable película, era en efecto un conseguidor de favores para los presos de la resistencia ante las autoridades nazis.También en la postguerra española hubo individuos parecidos, que a cambio de dinero, prometían la salida de la cárcel o un trato de favor. Una vez entregada la pasta, se esfumaban y, si te he visto, ni me acuerdo. El falso della Rovere es convencido por los nazis para que, haciéndose pasar por el verdadero, descubra a un jefe de la resistencia, recluido de incógnito en la misma cárcel que él. Giovanni Bertoni, que así es como se llama el jeta, poco a poco va ensimismándose en la grandeza del personaje que representa, hasta al final morir fusilado como un héroe en la lucha por la liberación. En el camino, impresiona a cuantos entran en contacto con él por su firmeza, claridad de miras, elegancia y señorío. He aquí un pequeño fragmento de una conversación mantenida por el falso general con Montanelli, por cierto, uno de los primeros gambizados por las Brigadas Rojas:

La puerta de la celda del general estaba, como de costumbre, sin cerradura ninguna. Además, el distinguido prisionero disponía de un catre, en tanto que nosotros dormíamos en tablas desudas. Inmaculadamente vestido y con su monóculo en el ojo derecho, el general me saludó cortésmente:

“-¿El capitán Montanelli? Ya sabía antes de desembarcar que lo encontraría a usted aquí. El Gobierno de Su Majestad se interesa profundamente por la suerte de usted, confiemos en que, aun al caer delante el pelotón alemán de fusilamiento, usted sabrá cumplir con su deber, el más elemental de sus deberes como oficial. Pero, por favor, no se incomode usted.

Sólo entonces me di cuenta de que había permanecido ante él en posición de "firmes".

-Nosotros, los oficiales todos, vivimos vidas provisionales ¿no es así? -me dijo el general-. Un oficial es, como dicen los españoles, un novio de la muerte.

Se detuvo aquí. Mientras lo veía pulir el monóculo con un pañuelo blanco, pensé que en ocasiones los apellidos reflejan la personalidad de quien los lleva. Della Rovere significa "del roble". Y este hombre, estaba claro, era de madera muy sólida.

Bajo este prisma de la compensación freudiana, Suárez, héroe pirandelliano, fue cobrando espesor a medida que las circunstancias le proporcionaban nuevos escenarios en los que dignificarse. De político provinciano ambicioso, pronto pasó a ser protagonista de una historia que iba más allá de cuanto hubiera podido imaginar, por más que desde pequeño dijera que quería ser presidente.

Al final, en efecto, este refinado artesano en el trato personal, dio una dimensión artística a su técnica, hasta convertirse en un héroe trágico que pudo representar su mejor papel como presidente de un gobierno elegido en una elecciones libres. Por entonces, ya estaba imbuido totalmente del personaje, su destino. El escenario del rito final finan no podía ser otro que el hemiciclo, allá donde los procuradores en cortes habían fingido tantas veces representar al pueblo. Lo explicó muy bien el mismo Suárez en una de las pocas entrevistas que concedió sobre el 23F. Si por él hubiese sido, se habría quedado sentado, pero, como jefe de gobierno, no podía permanecer indiferente. Por eso, se levantó y se encaró con Tejero. Tenía puestas unas alas con las que nunca hubiera podido soñar, viniendo del Movimiento como venía. El acto se convirtió en una definitiva mancha que limpia. La traición suprema lo inmortalizó. Sobre el escenario estaban un honorable felón y un mezquino fiel a sus principios. Para suerte de todos, la partida acabó con el segundo entre rejas.

Pero como si de una némesis trágica se tratara, cuando el actor podía haber disfrutado de los recuerdos de su vida sobre los escenarios, todo se le volvió en contra, murió su mujer y después su hija. Para entonces, ya se le había borrado la memoria. Casi como un verdadero héroe, murió sin saber  lo que había hecho.

jueves, 6 de marzo de 2014

Muere L. M. Panero, hijo, sobrino y hermano maldito de poetas

y mi madre reía, mi madre reía… (Ma mere, L.M.P.)

Si he de decir la verdad, L.M. Panero, desde aquel fogonazo que supusieron sus intervenciones en El desencanto (1976), ha sido para mi más objeto de atención por su vida que por su obra. Tengo en casa su Poesía (1970-1985), editada por Visor en el 86, y también sus Cuentos completos (Ed. de Túa Blesa –nada que ver con el Blesa banquero, del que aborrece, según reza una nota colocada en la puerta de su despacho-, Páginas de Espuma, 2007), pero esos libros han sido  prendas de fondo de armario más que lecturas apasionadas. Lo que sí leí con hambre fue la estupenda biografía sobre el poeta (El contorno del abismo, Vida y Leyenda de Leopoldo María Panero, J. Benito Fernández, Barcelona, Tusquets), más lograda que la que el mismo autor escribiría después sobre Eduardo Haro. También leí las memorias de su hermano mayor, al que despreciaba tanto en el documental, y los Cantos del Ofrecimiento (No es la muerte un morir perfilando facciones…), de su tío Juan, que, por cierto, todavía tuvo tiempo de ser editado por Altolaguirre en Ediciones Héroe (3 ptas.). Son ingredientes no desdeñables del cóctel que debió mamar, junto a otros más notorios, claro está, como el padre franquista orgánico y, sobre todo, vista la cosa con ojos filiales, señorito o señorón franquista, y aquella hermosa madre que, si no recuerdo mal, venía a decir que nada menos que Cernuda se había prendado de ella. Intento, como es obvio, hacerme una idea de aquello con lo que L.M.P. tuvo que hacer cuentas. Y lo digo en relación a algo que escribe Benito Fernández en una de sus biografías, quizá con respecto a Haro y no a a Panero, pero que yo, en mi afán de aficionado a la comprensión, atribuyo al último de los dos, que su carácter le llevaba no a acomodarse a sus demonios internos, sino a embestir contra ellos, e retarlos en combate sin par. Caballero errante en lucha con semejante desvarío, tengo la sensación de que L.M.P. intentó entender las cosas, sin embargo, mediante discursos racionales, a través ese análisis lacaniano que proponía reinventar la terapia en cada paciente. Le oí una vez provocar a G. Calvo en clase de latín, decirle algo así como que le iba a salir un cáncer de lengua y no sé qué otra cosa sobre Lacan, pero el catedrático, con aquella voz varonil, le hizo un pase de aliño y Panero se debió aburrir, porque lo suyo eran las embestidas a pecho descubierto. Después, P. Virumbrales me contó lo molesto que resultaba,  me dijo que, en una casa donde le habían dado cobijo, salió en pelotas de la ducha y se le sentó al lado, todo mojadito, consumido y pedigüeño. Pero de anécdotas de ese tipo Benito F. da buena cuenta.
Miedo y atracción, atracción al verle desencantado, ya prematuramente desesperado en el documental de Chávarri, buscando razones a mitad de camino entre la poesía y el deseo psicoanalizado,  pidiendo más luz para seguir bajando al infierno donde estaba el libro de su vida (Toda perfección está en el odio/de ojos blancos (si el odio/ es amarillo/yo soy amarillo…). Benito creo que acaba su obra con Panero ingresado en Pamplona. Después, Panero dejó de aparecer tanto en los medios de comunicación y, haciéndome yo mayor, dejó de ser para mí una tentación viva. De eso es de lo que me acuerdo, de que representó para mí, como si fuera un gif mitológico, la figura del héroe que lucha entre las paredes de su destino, tal vez más para entenderlo que para cambiarlo, que intenta desentrañarse a machetazos, porque ha sido picado por el virus del malestar curioso, por esa pasión radioactiva que a unos afecta más que a otros y que es frecuente entre los poetas.

“…y mañana cuando mastiquen mi corazón y mi cerebro desapareceré para siempre del mundo de las almas, y no me contaré ya ni entre los vivos, ni entre los muertos”.

sábado, 1 de marzo de 2014

Muere Ana María Moix


Ana Maria Moix.Foto Colita BCN Fuente de la imagen

La muerte de los personajes desconocidos personalmente, pero que pueblan nuestro imaginario a través de la prensa, las lecturas, las conferencias, tiene algo de trágicamente amable, despierta en nosotros el eco del paso de la que nada respeta, pero es un eco amortiguado, que nos permite notar la diferencia que comporta en relación a la dimensión que cobra la desaparición de alguien verdaderamente querido. Quizá, la muerte interpuesta se deja pensar más que la muerte que nos sume en la desolación, por eso las esquelas de los periódicos, que conviene consultar todos los días, son (Fuente de la foto. The Magnificent Nine New Brand Poets) como un bajo continuo que da gravedad a la insignificante rutina diaria.
Muere Ana María Moix y, aunque sé que fue más que eso, que escribió y tradujo bien, que fue la única nuevenovísima, no puedo evitar ver en ella a la figura de la hermana pequeña de alguien que brilló mucho más. En la biografía de Terenci Moix que Juan Bonilla publicó hace dos años (El tiempo es un sueño pop. Vida y obra de Terenci Moix, RBA, 2012), A. M. Moix, a quien está dedicado el libro, aparece casi siempre en segundo plano, a menudo como una especie de reactivo que provoca una visión realista de las anécdotas de su pintoresco hermano, alguien a quien se acude para que aclare cómo fue de verdad lo que ocurrió, lo que se cuenta. Apegada a la memoria, da muestras de tener una fuerte querencia por reconstruir fehacientemente un pasado que se escapa por las rendijas del tiempo y los excesos. Ella recorta, esencializa, desliteraturiza o literaturiza  según otros parámetros, el anecdotario de aquel sobre el que parece ser que Pasolini dijo: “Ya me previno Elsa Morante. A este no se la levantas si no entras en un cuadro de Caravaggio” (ibid. p, 318). A Pasolini, una cosa así le parecía triste, pero Caravaggio, comparado con los actuales afrodisiacos de internet, desde luego no tiene color, o mejor dicho gana por goleada en cuanto a sombras y colores.
En fin, que entresaco de la biografía de  Bonilla unas pinceladas que reviven a la hermana y que dan idea de hasta qué punto debió de disfrutar y padecer a la sombra de su hermano:

“Una mañana Terenci se presentó en el colegio de su hermana y pidió hablar con el director, Emilio Ramos, y le dijo que tenía que dejar salir a la niña antes de su hora, porque su madre la necesitaba en casa. Concedido el permiso, una vez en la escalera, Terenci le ordenó a su hermana pequeña: “Corre, nena”. La niña preguntó: “¿Pasa algo grave?”. “No, tonta, no; nos vamos al cine”, le dijo Terenci. Y, en efecto, se fueron al Savoy a ver Noches blancas, acto que repetirían varias veces porque la película les encantaba” (p., 139).

“De aquellas sesiones de trabajo…da cuenta también, con plausible y encantadora hilaridad Ana María Moix en el libro de entrevistas Infame turba, donde el joven Gimferrer aparece como un ser extraplanetario, incapaz de comunicarse con la joven sino a través de su hermano, incluso en las ocasiones en las que ella estaba presente, ocasiones en las que Gimferrer comenzaba sus frases dirigidas a ella, a través de Terenci, con un “Dile a tu hermana que…” (p., 212).

miércoles, 26 de febrero de 2014

Muere Paco de Lucía, grandísimo guitarrista y buzo ocasional.

45Cuando hace muchos años oía Entre dos aguas, solo me quedaban las migas del inmenso placer que se reflejaba en los gestos de Paco de Lucía, las que alcanzaba a pillar como consumidor, cosa bien distinta al plato caliente del que disfrutaba el creador. Que era un manjar exquisito lo que había en juego me lo decían sus gestos ambiguos, de dolor tanto como de dicha, esos movimientos dulces de la cadera que por momentos parece cabalgar majestuosa al ritmo de la rumba. Deliquio es la palabra que me viene a la cabeza, y, sin embargo, cada poco, Paco de Lucía vuelve de sus cosas para controlar con una mirada la (Dibujo de A. Cristina Lapiedra) interpretación, el escenario, para recordarnos que quien manda es él.  En un instante, su cara pasa del estremecimiento a reflejar el ejercicio rutinario del currante frente al público. Esa mezcla placer y  trabajo desconcierta, lo acerca a la figura del individuo que es pillado en un acto  para el que conviene no estar a la vista,  tanto concentrado ensimismamiento desprotege al amante. Y uno tiene un poco la sensación de que  está mirando algo que no debería ser visto, por lo que tiene de privado. Pero, al tiempo, ocio y negocio de por medio, la figura del artista se yergue como el arquetipo del príncipe que sabe atender a todo porque se ha preparado concienzudamente para ello. Paco de Lucía en su esplendor resulta retraído y contenido en la ejecución, sin alharacas, pero  muy expresivo, como generalmente son las cosas verdaderas.

Al ver el video,Vuelvo a ver hoy, día de su muerte, la actuación televisiva suya de hace más de treinta años y  confirmo  mis impresiones: hacía cosas parecidas, ponía gestos que  recordaban a los grandes guitarristas rock, con una mano sostenía el mundo y con la otra lo acariciaba, y era tal el placer que sentía que al espectador le quedaba un gusto amargo, porque pensaba que era bonito lo que sonaba, pero que la dicha verdadera, entre dos aguas, la disfrutaba el maestro.

martes, 28 de enero de 2014

Muere Pete Seeger. ¡Requeteviva la canción protesta!

 
Pete Seeger, the American folk musician, has died at the age of 94.Fuente de la imagen  Photograph: Brian Shuel/Redferns
Que un gran compositor de música popular como Pete Seeger, muerto ayer a los 94 en Nueva York, haga una versión de una canción de otro autor creo que significa que admira la obra. Es como cuando algún buen escritor recomienda sinceramente la novela de otro, una garantía de que ahí ha encontrado estilo, intención. Los grandes, pongamos por caso Dylan o Quico Veneno, suelen ser parcos en versiones, tienden a fabricar ellos mismos sus creaciones, no se suelen sentir cómodos en camisa ajena, pero de vez en cuando lo hacen. Quico Veneno, por ejemplo, lo hizo con otro Dylan, lo contrario resulta difícil de imaginar, pero quién sabe… Seeger versionó esta canción de Malvina Reynols, Little Boxes, que si no fuera por cierto toque de tierna delicadeza sarcástica, bien podría contar entre sus grandes creaciones como If I Had a Hammer o Where Have All the Flowers Gone?

1. Little boxes on the hillside,
Little boxes made of ticky-tacky,
Little boxes, little boxes,
Little boxes, all the same.
There's a green one and a pink one
And a blue one and a yellow one
And they're all made out of ticky-tacky/ And they all look just thesame.

2. And the people in the houses/ All go to the university,/ And they all get put in boxes,/ Little boxes, all the same./And there's doctors and there's lawyers/ And business executives,/ And they're all made out of ticky-tacky/ And they all look just the same.

3. And they all play on the golf-course,
And drink their Martini dry,
And they all have pretty children,
And the children go to school.
And the children go to summer camp
And then to the university,
And they all get put in boxes
And they all come out the same.

4. And the boys go into business,
And marry, and raise a family,
And they all get put in boxes,
Little boxes, all the same.
There's a green one and a pink one
And a blue one and a yellow one
And they're all made out of ticky tacky/ And they all look just the same.

 

La versión del grandísimo V. Jara:

 

Las casitas del barrio alto
con rejas y antejardín,
una preciosa entrada de autos esperando un Peugeot.
Hay rosadas, verdecitas,
blanquitas y celestitas,
las casitas del barrio alto
todas hechas con recipol.
Y las gentes de las casitas
se sonríen y se visitan. Van juntitos al supermarket y todos tienen un televisor. Hay dentistas, comerciantes, latifundistas y traficantes, abogados y rentistas y todos visten polycron. Juegan bridge, toman martini-dry
y los niños son rubiecitos y con otros rubiecitos van juntitos al colegio high. Y el hijito de su papi luego va a la universidad
comenzando su problemática y la intríngulis social.
Fuma pitillos en Austin mini, juega con bombas y con política,
asesina a generales, y es un gánster de la sedición. Y las gentes de las casitas se sonríen y se visitan. Van juntitos al supermarket y todos tienen un televisor. Hay rosadas, verdecitas, blanquitas y celestitas, las casitas del barrio alto/ todas hechas con recipol.

Pero no todo eran escuelas de negociantes ni casitas rojas, violetas o verdes. Una año antes de que se compusiera esta canción, en 1961, Martín-Santos, príncipe de la inteligencia cuya vida quedó truncada en un accidente de coche, describía un poblado de chabolas en Madrid:

martin

Martín-Santos, Luis, Tiempo de silencio, Barcelona, Seix Barral, 1961, p. 42.

En 1941, a los 30 años,  W. Guthrie, otro de los grandes cantantes folk americanos , escribió una lista ilustrada con 33 propósitos para el año nuevo de 1942. El nº 30 es Love Pete. No sé si ese Pete es Seeger. Me agrada pensar que así es. En la página oficial de W. Guthrie aparece una foto de Seeger y una frase de Nora Guthrie que reza: I grew up at his feet, thinking haw tall he was. Now that I’m grown up I see he is even taller.

via Lists of Note

(Selección en españo)

Trabajar más y mejor – Planificar el trabajo – Lavarse los dientes, si quedan- Afeitarse – Bañarse – Comer bien, futa y verdura, leche – beber muy poco – Escribir una canción al día – Vestir ropa limpia – Limpiar los zapatos – Cambiar de calcetines – cambiar a menudo las sábanas – Leer muchos buenos libros – Oír mucho la radio – Aprender más de los otros – Ser feliz – estar en compañía de los demás, pero sin perder el tiempo- cantar y tocar bien – Bailar mejor Ayudar a ganar la guerra y derrotar al fascismo – Levantarse y luchar- Querer a Pete

El original transcrito:

  1. Work more and better
  2. Work by a schedule
  3. Wash teeth if any
  4. Shave
  5. Take bath
  6. Eat good — fruit — vegetables — milk
  7. Drink very scant if any
  8. Write a song a day
  9. Wear clean clothes — look good
  10. Shine shoes
  11. Change socks
  12. Change bed cloths often
  13. Read lots good books
  14. Listen to radio a lot
  15. Learn people better
  16. Keep rancho clean
  17. Dont get lonesome
  18. Stay glad
  19. Keep hoping machine running
  20. Dream good
  21. Bank all extra money
  22. Save dough
  23. Have company but dont waste time
  24. Send Mary and kids money
  25. Play and sing good
  26. Dance better
  27. Help win war — beat fascism
  28. Love mama
  29. Love papa
  30. Love Pete
  31. Love everybody
  32. Make up your mind
  33. Wake up and fight

jueves, 9 de enero de 2014

Muere J. M. Castellet. La reseña del segundo volumen de sus memorias.

imageReedito la reseña del segundo volumen de memorias de J. M. Castellet, muerto hoy, a los 82, en Barcelona.

TítuloSeductores, ilustrados y visionarios. Seis personajes en tiempos adversos Autor: Josep Maria Castellet Traducción: Rosa Alapont EditorialAnagrama ISBN: 978-84-339-7218-7 Páginas: 288 PVP: 19,50 € Publicación: Octubre de 2010

"La casa abierta, tan marinera que ni molesta que Carlos vaya vestido de capitán de altura. ¡Qué hijos tan grandes tienes, Yvonne, quién lo diría, sin verlos!" (Aub, Max, La gallina ciega)


Castellet, figura de gran relieve en el mundo cultural y editorial catalán e importante en el castellano, ofrece en su segundo libro de memorias un autorretrato que parte de su adolescencia hasta llegar a su madurez. Y lo hace a través de los perfiles de algunos de sus amigos, también del mundo cultural y editorial, aunque habría que añadir a esos dos adjetivos el adjetivo político, pues tanto Sacristán como Comín, protagonistas de estas memorias, jugaron un papel reseñable en la lucha estrictamente política antifranquista del momento.
Nos encontramos con una especie de autorretrato transversal que atraviesa los seis grandes capítulos dedicados a M. Sacristán, C. Barral, J. Fuster, G. Ferrater, A. Comín, T. Moix, amén de otros personajes que aparecen de soslayo, como Dámaso Alonso o S. Espriu. La unidad temática de fondo es fruto entonces de la acertada elección de los materiales significativos, de manera que resulta un retrato coherente de la trayectoria vital del escritor, proyectada y enriquecida en la mezcla con las claves vitales e históricas de los otros personajes retratados. En cierto sentido, Castellet se retrata retratando a otros, dibujando a un grupo. Cabe señalar, sin embargo, que, por momentos, se tiene la sensación de que la unidad formal de los capítulos está cosida con un hilo muy frágil. Las repeticiones y referencias sobrantes producen la sensación de que el volumen no fue trabajado como una obra unitaria.
Entre los puntos fuertes del libro se halla,  sin duda, el paisaje que se dibuja de la amarga encrucijada histórica que tocó vivir a los protagonistas en los mejores años de sus vidas. Todos ellos, en efecto, en medida muy desigual  -que va desde el estricto compromiso político de Sacristán o Comín, hasta el rechazo de franquismo a flor de piel por parte de Moix, pasando por la labor más directamente cultural, editorial o artística de Barral, Ferrater o Fuster- tuvieron que vérselas con la dictadura . Y la impresión predominante que se desprende es la de que la resistencia ruidosa que practicaron supuso para ellos una notable y molesta , aunque inexcusable, pérdida de tiempo y energía. Hay que ver a un Barral contrariado por los impedimentos constantes con que la administración torpedeó sus premios literarios, o a Castellet mismo prestándose a asistir a encuentros internacionales, si no de escaso, por lo menos sí de tangencial interés para él, o a Moix haciendo desaparecer las cartas de sus amantes ante la amenaza de un registro policial . A la larga, tantos esfuerzos y penalidades contribuyeron quizá al final del franquismo, pero queda patente en estas memorias cómo todos los personajes vivieron esa parte se sus vidas con una mezcla de entrega y resignación, como una obligación moral que, sin embargo, en mayor o menor medida, contrariaba sus gustos y aficiones y les restaba tiempo para dedicarlo a ellas. Además, como marco último de ello, Castellet da un tono clásico a sus reflexiones, ligándolas  a la irreversibilidad del tiempo y a lo que suele ser la vida de todos, una lucha entre el deber y el placer, entre los deseos y la realidad, el carácter y las circunstancias. En el paisaje de la sinrazón del franquismo de los años sesenta, a Castellet le hubiera gustado gozar de mayor serenidad y Sacristán confiesa, en un momento dado, su añoranza por una vida de retiro machadiano. Barral, como queda quizá patente en sus propias memorias, es otro caso, porque su desazón interna iba más allá y probablemente una vida dedicada a las letras por entero tampoco hubiese sido capaz de calmarla. Pero las zancadillas que puso el régimen a su labor editorial acentuaron ese disgusto por lo práctico, por la vida de empresa, por más cultural que fuera. Por cierto, resultan espléndidas, desde el punto de vista de la reconstrucción, las páginas dedicadas a los premios concedidos por la editorial que dirigía este homme à lettres contrariado. En el caso de Moix, el régimen franquista aparece más bien como un freno a su desarrollo personal, un desarrollo difícil  a causa de esa imaginación desbordante que hace que el escritor sea percibido por muchos como un exagerado inventor de sí mismo, un inventor que, en palabras de Pasolini, no tenía sexo, porque entre las piernas le colgaba una filmoteca y, cuando se las daba de cultivado, una biblioteca (p. 268). No es de extrañar que cuando ese paisaje era contemplado por sus ojos de escritor diera buenos frutos.
Y así, durante los largos años del franquismo, es como se desarrolló la fructífera amistad de este grupo unido por afinidades varias y desunido a veces por intereses espurios y por imperativos de la historia, una materia por la que Castellet, por cierto, dice estar poco interesado, quizá por exceso de ingesta.

domingo, 27 de octubre de 2013

jueves, 24 de octubre de 2013

Muere M. Escobar. La nostalgia retrógrada de Dónde estará mi carro (rosebud) frente al canto a la libertad de Porque no engraso los ejes.


montal1Miro a ver dónde colocaba V. Montalbán en su Cancionero  general del franquismo (Ed. Crítica, 2000) una de las canciones emblemáticas que interpretó el hoy fallecido M. Escobar, Mi carro, y la encuentro en el capítulo titulado Hacia la normalización neocapitalista (1954-1970), en el apartado La canción nacional. En el prólogo al libro, Montalbán también se refiere a la canción, presentándola como un ejemplo tardío, sino desfasado, de un gusto que había dado ya paso a otras tendencias músico sentimentales. Una canción retro, vamos:
“La corriente de la canción nacional sobrevive hasta los años setenta, pero gracias a la inercia retórica. Es decir: esta tendencia está históricamente vivificada por el culto a la peculiaridad y al aislacionismo; en cuanto las fronteras se abren y penetran capitales y discos extranjeros, esta tendencia

  È morto Manolo Escobar   video   inventò il "porompompero"

queda arruinada y sólo subsiste para alimentar retóricamente a un público inmovilizado en esta fase del gusto. Su adecuación a los tiempos marca el viaje que va desde El romance de la otra hasta Dónde estará mi carro, desde Conchita Piquer a Manolo Escobar. La España agraria ha traspasado la hegemonía a la España urbana en la que ya no quedan carros".
Mi carro fue escrita en 1969 por A. Cintas y R. Jaén. Dejando a un lado el final semifeliz de la historia (Preguntando busqué/ por todas partes,/ y por fin lo encontré/ sin atalajes), el texto chorrea por todas partes una nostalgia no asumida por un universo que se descompone. Si en Ciudadano Kane rosebud, el trineo en el que el futuro millonario fue feliz de niño, se convierte en el leitmotiv de su agonía, en forma de némesis que le recuerda que el poder no hace del todo felices, el carro al que Escobar cantaba es el símbolo de una España agraria que ha ido viendo cómo la mano de obra tenía que emigrar a las ciudades en busca de un futuro mejor. Algo parecido a lo que Celentano cantaba con otro estilo en Via Gluck. El carro, por más que esté tuneado, evoque el olor de las romerías, la cercanía del río o la visión de la luna de amor (Les digo por el camino/hablando con los romeros,/que lleva sobre las varas/mi nombre grabao a fuego…porque en él me crié/ allá en el río…En mi carro gasté/ una fortuna,/ y en mis noches de amor/ llevé la luna), es un inútil medio de transporte en la gran urbe, el campo lleva tiempo mecanizándose, y mejor hubiera hecho el dueño en ahorrar para una letra del seiscientos que en empeñarse en buscarlo para seguir recordando el terruño que abandonó, no le fuera a ocurrir como a Boabdil, que lloró por lo que no había sabido defender como hombre. Además, a este buscador empedernido de un símbolo del pasado se le hubieran reído en su cara los amigos, que ya no querían saber nada de aperos. Mi carro es, en cierto sentido, la versión especular de Porque no engraso los ejes, verdadero canto, ese sí, a la libertad, a la diferencia, y no mera expresión de añoranza por el antiguo régimen, aunque retóricamente esté muy conseguida.
Coda: Aplíquese lo dicho a la cantilena dónde estará mi móvil, mi ipad, mi libro, mi honra, etc.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Muere Carlos Blanco Aguinaga

La última andanada que he leído contra la Historia social de la literatura española (Blanco Aguinaga, C., Rodríguez Puértolas, J., Zavala, Iris M., Castalia, Madrid, 1978) proviene de F. de Azúa, quien en su reciente Autobiografía de papel (Mondadori, 2013) se pasaba de pólvora y pecaba, cosa rara en él, de falta de perspicacia, al referirse a la obra como “ tan rabiosamente estalinista que concedía mucha mayor importancia a César Arconada, redactor el  Mundo obrero, que a R. Sender (p. 57). No es que en algún caso a B. Aguinaga no pueda acusársele de cierto voluntarismo crítico, pero quien haya tenido el placer de leer sus artículos y ensayos difícilmente podrá evitar reconocer su rigor documental y, en muchos casos, su agudeza crítica.
Mi recuerdo de él se concentra en una visita a casa. Iba vestido de manera informal, pero muy cuidada, con una chaqueta larga de cuero y unos pantalones semi vaqueros. Alto, apuesto, con el pelo largo ya canoso, resultaba sumamente atractivo en el panorama de finales de los 60, portador de una mezcla de usos foráneos, pero con un innegable gusto e interés  por lo de aquí, por la literatura, claro, pero también por lo que estaba pasando en esos últimos años de la dictadura.
Después oí a mi hermano hablar del famoso seminario que Blanco dirigía y en el que participaban jóvenes cultos e inquietos, provenientes de distintos sectores de la oposición marxista (Chirbes, Bértolo, R. Rivero, A. Puértolas). Claro que me hubiese gustado estar allí, incluso como mascota, pero eran, definitivamente, cosas de mayores más leídos que yo, miembros de la generación anterior. A la mía, la de los que ahora tenemos unos 50 y tantos años, la de los miembros del seminario, que andan por los sesenta y tantos, casi solo le dejó las migas de la política y de la crítica de oposición. Por suerte, diría yo, visto lo visto y dónde hemos llegado. Alguno de ellos sigue en la brecha, pero en su jardín (edición, novela, crítica cultural), porque los sueños de renovación colectiva están muy caros de soñar. Otros muchos de aquella oposición hicieron carrera, carrerón unos cuantos, y han contribuido a que ahora haya casi solo un bando.
Los hermanos pequeños tendimos más a la ensoñación, quizá porque nuestros años mejores de infancia fueron de menos privaciones, aunque también de mucha tristeza y cutrerío. Ellos, los nacidos en torno a 1950, creyeron de verdad en la revolución, pero nosotros, pasado el entusiasmo del final de la dictadura, no nos enfadamos tanto con quienes  daban señales de estar mudando la piel gracias no solo a la buena ropa que compraban en tiendas de marca. El PSOE renunciaba a casi todo lo que estaba en su nombre de pila, a  casi todo menos a la P, y nosotros, los nacidos en torno a 1960, nos refugiamos en otros poetas que no nos eran tan antipáticos como al director del seminario. Además, teníamos el visto bueno de V. Montalbán. Por eso, quizá me quede el recuerdo de haber señalado inocentemente a mi hermano, antes de una de las sesiones,  que G. de Biedma en unos versos de un poema  que iban a analizar y en los que hablaba  de un cenicero lleno de colillas sobre la mesita de noche de una pensión, eran en realidad un homenaje a T. S. Eliot, que, como es sabido, era para B. Aguinaga uno de los peores poetas de la historia. Caprichos marxistas de un gran estudioso de la literatura. Las filias franquistas de uno, que apoyó al bando fascista en la guerra- son las fobias del otro. Pero seguro que, además, había razones de orden estético. Ya no las podrá explicar.


Javier Brox

Reedito a continuación la reseña que se publicó en este blog dedicada al segundo de los volúmenes de la autobiografía de B. A.
Las memorias de C. Blanco Aguinaga. Ni incluido ni excluido, la vida de un exiliado del 39.
Blanco Aguinaga, Carlos, De mal asiento, Caballo de Troya, Madrid 2010. 329 páginas. 17´95 Euros.
...Pasa sin detenerse/la luz/avanzando siempre/la Tierra/por el espacio de los astros/mientras que aquí/-pobres de nosotros-/no vamos a quedar/ni siquiera vascos/ni gallegos cosmopolitas/como Alfaya/ni señoritos de Madrid o de Barcelona/como fueran Gil de Biedma/y Hortelano. (Antonio Ferres, Cruzar Madrid aún)
El prestigioso hispanista Carlos Blanco Aguinaga publica el segundo volumen de sus memorias, De mal asiento, Caballo de Troya, Madrid, 2010. El primer volumen había sido editado en 2007 (Por el mundo. Infancia, guerra y un principio afortunado, Alberdania, Irún, 2007). En el caso que nos ocupa, el autor trata de la parte de su vida que empieza con su asentamiento en el terreno sentimental y laboral, como profesor, y termina en 1985, año que pone punto final a su trayectoria como catedrático contratado de la Universidad del País Vasco. Su figura, en el ámbito del hispanismo, está ligada sobre todo (a pesar de la gran fortuna de algunos de sus artículos sobre el soneto de Quevedo Cerrar podrá mis ojos, sobre Cervantes y la picaresca, Rulfo u O. Paz) a sus estudios dedicados la generación del
[ag[3].jpg]98, en particular a Unamuno, a la generación del 27, con especial atención a Emilio Prados, del que fue amigo y editor, y a Galdós (De mal..., p., 74). Y, cómo no, a aquella Historia social de la Literatura española, que tantas ampollas levantó por su orientación marxista cuando fue publicada en el año 1979 por la editorial Castalia. Lo ha recordado, en ocasión de la publicación de estas memorias, M. Rodríguez Rivero , quien participó en un seminario sobre teoría literaria dirigido por B. A. (De mal...,p., 289).
Foto de C. B. Aguinaga en la contraportada de Juventud del 98, Siglo XXI, Madrid, 1970.
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Los tres volúmenes de Historia social de la literatura española, Blanco Aguinaga, C., Rodríguez Puértolas, J., Zavala, Iris M., Castalia, Madrid, 1978.
Del marxismo entendido como método de análisis de la literatura se podría decir, intentando cargar las tintas lo menos posible, algo parecido a lo que comenta Savater en su Diccionario filosófico (1999) sobre las teorías de Freud en torno a la psique humana; a saber, que se trata de un intento de comprensión racional, basado en principios de raigambre humanista, del fenómeno creativo en términos histórico-sociales. En el fondo, este ejercicio epistemológico no busca sino iluminar un fenómeno que se suele presentar como insondable, fruto de oscuras instancias ajenas, en mayor o menor medida, a determinaciones constatables.
juv1Por lo demás, el marxismo de B.A. no es solo teórico, y de ello queda constancia a través de las diversas luchas reivindicativas en las que tomó parte. Entre ellas, los movimientos de la nueva izquierda que surgieron en los Estados Unidos de América en contra de la guerra de Vietnam o a favor de la incorporación a la universidad, a finales de los años sesenta, de minorías como los chicanos. Algunas de las páginas más interesantes de estas memorias están ligadas a los conflictos en los que participó junto a personajes como  A. Davis o H. Marcuse, por citar a dos de los más conocidos.
Otra de las líneas fructíferas de lectura de estas memorias tiene que ver con la amistad de B. A. con algunos grandes escritores como Prados, Cortázar, C. Fuentes, D. Viñas o Blas de Otero. A ellos se dedican páginas llenas de calor y color.
A algunos otros el autor les dedica, sin embargo, críticas a mi juicio desmedidas, entre ellos a O. Paz, con el que tuvo algo de relación, y a T. S. Eliot (“el tonto pretencioso que creía ser poeta teológico, uno de los peores poetas modernos”, p.17). Este blog se llama holdontightmarie y no Marie, Marie, hold on tight (La tierra baldía), por razones que no vienen al caso, pero evidencian mi desacuerdo sobre la calidad del poeta en cuestión.
No de menor interés es la crónica sobre el hispanismo de la que a través de sus peripecias como profesor universitario en España y EEUU va dejando rastro. Quienes aparecen en ese contexto son, en la mayor parte de los casos, personas que, como él mismo, están ligadas al exilio que provocó el final aciago de la guerra civil y con posterioridad la dictadura franquista. Por el libro desfilan los grandes personajes del Colegio de Méjico, A. Reyes y Raimundo Lida, el discípulo de A. Alonso, y tantos otros, entre los cuales parte de lo más granado de la especialidad, Claudio Guillén, Alatorre, A. del Río, Casalduero, Montesisnos, amén de sus colegas norteamericanos, Gilman, Zahareas o G. Jackson.
Un aspecto nada desdeñable de las memorias son las referencias a capítulos abiertos ligados a la actividad creativa y a la historia. Me refiero, por ejemplo, a esos “virulentos sonetos” de Guillén dedicados a JRJ, de los que C.B. dice haber oído uno, y de los que no ha quedado constancia pública (p., 59-60 y 325); y también estoy pensando en la correspondencia entre Unamuno y Prieto, que según este mismo, si se publicara dejaría a D. Miguel muy mal ante la Historia (p. 45).
Dos apuntes más. El primero sobre la vocación creativa de B.A., presente desde el principio de su trayectoria intelectual -véanse las páginas dedicadas a la señera revista mejicana Presencia(Cap. 1)-, pero más intensa en su madurez y vejez, a través de su labor como novelista, a la que se refiere no pocas veces en este libro. Y el segundo, sobre su condición de exiliado, hijo de exiliados, expulsados de su patria, huidos de sus casas para salvar la piel. Los sentimientos ligados a esa circunstancia vital son una corriente continua que fluye alda través de todo el libro, a veces remansada, otras presente como un sentimiento hondo de carencia, a veces, casi resuelta, gracias a ajustes de cuentas cumplidos con sus coetáneos que crecieron en España. Quizá la visión panamericanista del continente que le acogió y también su hondo internacionalismo puedan leerse como una sublimación de su herida, como el sueño de una patria no excluyente.
La de Bringas, de Galdós, coeditada por  C.B.A. y su hija Alda (Cátedra)

viernes, 30 de agosto de 2013

Muere el poeta Seamus Heaney



Cavar
Entre el pulgar y el índice
la pluma petizona reposa
confortable como un arma.
Bajo la ventana, un ruido límpido que raspa:
la pala que se hunde en el suelo de grava
mi padre, cavando. Yo bajo la mirada:
se tensa su trasero entre los canteros
inclinándose. Se yergue veinte años
a buen ritmo, agachándose en los hoyos de papas
donde estaba cavando.
El botín basto se apoyaba en el borde, el cabo
firmemente empuñado contra la rodilla
desarraigaba raigones, hundía el filo brillante en lo profundo
desparramando papas nuevas que juntábamos
amando la dureza fresca en nuestras manos.
Mi Dios, este hombre podía manejar una pala
tan bien como su padre.
Mi abuelo cortaba más panes de tierra en un día
que ningún otro más en las turbas de Toner.
Una vez le llevé una botella de leche
tapada así nomás, con papel. Se enderezó
cortajeando prolijas las tajadas, levantando terrones
por sobre el hombro, yendo hondo, cada vez más hondo
en busca de la tierra mejor. Cavando siempre. Chapaleo y sopapo.
El fresco olor de la forma de la papa,
de la tierra pastosa, cortos cortes del filo
entre raíces vivas despiertas en mi mente.
Pero no tengo pala
para seguir a hombres como aquellos.
Entre el pulgar y el índice
la pluma petizona reposa
voy a cavar con ella.

Traducción de Miguel A. Montezanti
 

 
Digging
Between my finger and my thumb / The squat pen rests; snug as a gun. /Under my window, a clean rasping sound / When the spade sinks into gravelly ground: / My father, digging, I look down // Till his straining rump among the flowerbeds / Bends low, comes up twenty years away / Stooping in rhythm through potato drills / Where he was digging. // The coarse boot nestled on the lug, the shaft / Against the inside knee was levered firmly. /He rooted out tall tops, buried the bright edge deep / To scatter new potatoes that we picked, / Loving their cool hardness in our hands. // By God, the old man could handle a spade. / Just like his old man. // My grandfather cut more turf in a day / Than any other man on Toner’s bog. /Once I carried him milk in a bottle / Corked sloppily with paper. He straightened up / To drink it, then fell to right away / Nicking and slicing neatly, heaving sods / Over hi shoulder, going down and down / For the good turf. Digging. // The cold smell of potato mould, the squelch and slap/Of soggy peat, the curt cuts of an edge / Through living roots awaken in my head. / But I’ve no spade to follow men like them. // Between my finger and my thumb / The squat pen rests. / I’ll dig with it.


jueves, 20 de junio de 2013

Tony Soprano…No tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda, pero sigo siendo el rey..

- Are you in the mafia?

- Am I In the what? (Tony en un diálogo con su hija)

(Fuente de la imagen)

El intento de Tony Soprano de someterse a psicoterapia para curar su stress o su depresión, quizá su spleen de Nueva Yersey,  tiene tanto de ilusorio  como  la idea de que el amor es gozoso (Proust: “en el amor, la felicidad es un estado anormal”). Tony pretende lo imposible, ser un rey primitivo, generoso y cruel, caprichoso y justo, ligado por línea genealógica con los pares de la mesa redonda de la mafia, y al tiempo un buen padre de familia, un buen vecino, un hombre elegante, un emprendedor al uso, casi diríamos.

Condenado a la esquizofrenia, solo es transitoriamente feliz cuando pierde el sentido por amor. Un rato, el tiempo de tirarse a alguna desesperada, porque después en casa tiene que cumplir otra vez, sacar la basura, no poder escoger el canal de la tele que le apetece ver y aguantar al petardo de hijo que le ha tocado en suerte. Este semejante, hermano nuestro, acude a la psiquiatra como quien pide a una bruja  un filtro mágico (Prozac) que le quite la desazón. Tony, pobre, somatiza y oculta los motivos por los que va a la consulta de la doctora. Así no hay nada que hacer, por más que la psicoterapia actual se haya ido adocenado y, todo lo más, pretenda hacer llevaderas vidas que se atragantarían a cualquiera. Hace ya mucho que no se oye a nadie decir lo que significa reintegrar al paciente al mismo orden establecido en el que se gestó su enfermedad, sobre todo cuando el malestar tiene causas estructurales. Pero lo único que Tony quiere es que se le pase la fatiguita…Ya, lo único, como si los angustiados no supiéramos lo difícil que es eso. Resulta sintomática aquella escena en la que acude a ver a la doctora después de desnucar a un matoncillo que ha importunado a su hija. Sin saberlo, se le ha quedado pegado al elegante pantalón un diente del finado. Hubiera sido el momento ideal para la catarsis, el momento de la verdad terapéutica. Pero no, Tony quiere seguir siendo el rey, incluso delante de la doctora, inventarse más capítulos del personaje que le ha llevado a necesitar la ayuda que ahora no sabe aceptar. Aunque, ahora que me acuerdo,  la doctora desde el principio de sus sesiones le advierte de que si le cuenta algún delito se verá forzada a comunicarlo a la poli. En fin, que la terapia es inviable de todo punto, no le vale ni para volver a casa renacido hasta que al día siguiente se le agolpen de nuevo los problemas.

Pobre, pillado entre lo que supone nombrar heredero, aceptar que su sobrino posee el vigor que a él le va faltando, enseñarle los trucos del oficio, perdonarle sus desmanes adolescentes, pillado en fin, entre su sueño de eterna juventud y la necesidad de abdicar, en un nuevo subidón mítico de loca y resabiada sangre real, se deja llevar por sus caprichosos humores y acaba con la vida del príncipe. Ay, señor, más cosas que esconder, que ya no le va quedando nadie con quien poder relajarse. Ni psiquiatra, ni mujer, ni hijos, ni compinches

Ahora que se ha vuelto de actualidad la llamada banalidad del mal, a raíz de la película de M. von Trotta sobre A. Arendt y su hermoso Eichmann en Jerusalén, cabe decir que el mal de Tony no tiene nada de banal, es un mal cuya única curación estaría en ser un verdadero rey que pudiera hacer de verdad lo que le diera la gana, algo difícil en la sociedad democrática.  Solo así, el capo dejaría de tener ganas de liquidar a cualquiera por un quítame allá esas pajas.

En fin, que en esta fábula sobre la justicia poética del ofendido que se resarce salvajemente, un infinitamente poco violento como yo, puede proyectar sus sueños de poder, su malestar y sus ganas de enfrentarse a los de las ventanillas, a los de las multas, a los que dirigen el tráfico y hasta a quienes nos gobiernan a través de un pater famililias con hijos adolescentes y un padrino mafioso. Tony está en la línea de los de los bandidos de Sierra Morena de Robin Hood, pero pasado por lo negocios sucios y el más profundo desencanto.

(Fuente de la imagen)

martes, 2 de abril de 2013

Socorro, socorro, un león se ha escapado. Murió Enzo Jannacci.

No sé si era por algún tipo de excitación que no controlaba –¡vaya excitación sería si hubiera podido controlarla!-, pero Mexico e nuvole me hacía partirme de risa. La cantaba E. Jannacci, un tipo serio, de la misma catadura que B. Keaton, cara de palo. Además, en los años setenta llevaba unas gafas oscuras, como las del cantante de Los tres sudamericanos, aquel trío de alta densidad erótica, tu boca, guayaba madura. Los cristales tintados, gordos como lupas, le hacían parecer más inexpresivo aun. Y es que el cómico risueño juega con ventaja, pero al de verdad, el que sabe que uno solo se puede reírse de los demás si se ríe de sí mismo, prefiere jugar con una mano en el bolsillo, sin buscar fáciles complicidades de monologuista de turno.
No hay nada tan serio como la sonrisa profunda, la que nace del descreimiento, esa que no consigue convertirse del todo en risa, la que rebuscando en la miseria te reconcilia con el puerco género humano, porque te refresca la cara . Y al salir del cabaret o al acabar la canción en la tele te sientes uno más, aunque un poco mejor que antes, como si la ironía fuera el agua que te hace tragar, digerir sin que se enquiste la mala leche. El humor es compasión hacia uno mismo y solo se puede ser bueno sabiendo a conciencia lo que es ser malo y que los malos de verdad  son los que no se ríen.
Torrebruno hizo una versión de una de las canciones que Jannacci compuso con G. Gaber y D. Fo, el premio Nobel de literatura quizá más divertido de cuantos ha habido. Era una versión infantil de la canción (Vengo anch’io?) más adultamente infantil de cuantas conozco. Torrebruno era italiano. Que yo sepa ese es uno de los pocos ecos que Jannacci tuvo en España. Lástima que, por ejemplo, A. Pla no lo haya versionado.
La versión de Jannacci
La versión en español de Torrebruno

lunes, 4 de marzo de 2013

¡Gel, ayúdame! Muere Tony Ronald.




Muere Tony Ronald y descubro en mi  ráfagas de recuerdos confusos, inventados a medias, a medias sentidos.

El vaho de la ducha que llena el baño una o dos veces por semana. Una vez que estás bajo los chorros no está tan mal, pero dura lo que tarda en acabarse el agua del depósito eléctrico enchufado a poca distancia. Apenas lo suficiente para lavarse también el pelo. Gel, ayúdame, me pongo a cantar, inconsciente de que me oyen al otro lado de la puerta. Moussel de Legrain París, como mi padre, o jabón, como mi hermano, el futuro se abre hacia dos caminos bien distintos, y yo, aunque no lo sepa, ya me he decidido por el jabón. Por eso, quizá, me hace gracia la frase y la repito, gel, ayúdame, no pienses solo en ti, ayúdame, porque las cosquillas ya no me hacen gracia y no tengo dónde mirarme. Pero, al rato, cuando ya me estoy secando, y han picado un par de veces a la puerta para saber qué pasa, el gel se ha convertido en Help. No sé quien será ese señor, pero a él también le pido ayuda, porque me acuerdo de que la canción habla de amor y hay una vecina que al pasar me ha pegado un golpe en el brazo. No sé si me gusta, no sé bien lo que es eso, mi sexualidad se limita a mirar las piernas que veo en las escaleras del metro, pero me agrada gustarle a la vecina y necesito que Help me eche una mano. Aquel fracaso, aquel fracaso…en tu amistad he puesto todo mi ser, o será miser. ¡Qué frase tan difícil de entender, ni que estuviese en inglés!

jueves, 1 de noviembre de 2012

Muere García Calvo. *Me morimos


Foto2842García Calvo durante una de sus charlas en la Puerta del Sol madrileña, poco después del 15M
Le recuerdo en clase de latín haciendo como que se enfadaba, dando un ligero taconazo con sus zapatos entre principescos y jipis, si no llevabas bien el ritmo de Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris…, de Catulo. O cuando se ponía a leer De rerum natura, con aquella voz varonil, pelo en pecho y patillas de bandido alpujarreño. Me impresionó desde el principio, siempre quise contarme en el círculo de sus jóvenes allegados, pero nunca lo conseguí. Le espié en silencio cuando le vi con Savater en la cafetería de la Facultad, creo yo que hablando de sesos, de un plato de sesos fritos con vino blanco, quiero decir, aunque el detalle quién sabe si solo es fruto de mi imaginación retorcida. De lo que estoy seguro es de que le oí discutir con L. M. Panero un día que el patoso poeta se presentó en clase y desde la última fila se puso a provocarlo. Quizá le dijo que le iba a salir un cáncer de lengua, de tanto hablar, y le citó a Lacan -el del cáncer de lengua, por cierto, fue Freud-, como si de un torero que agita el trapo rojo se tratara. G. Calvo no embistió, le trató como se trata a un hijo obviamente pesado, y siguió paseando por el entarimado como si tal cosa. Panero, como un piel roja agotado por el esfuerzo, quizá se quedó sopa, porque no volvió a chistar. Pero, hace más de 30 años de aquello y, quién sabe si, incluso con Panero por en medio, me vuelve a fallar la memoria. 
Después, sin opción alguna en entrar en su batallón dorado ni como para quitar el polvo de los libros,  le leí como poeta, ensayista, lingüista, traductor, latinista. Tres cosas suyas tengo clavadas en la memoria. Una, un artículo de El País sobre las cabinas telefónicas, divertido como pocos y que no consigo encontrar; otra, un capítulo de uno de sus primeros libros, Lalia (Siglo XXI, 1973). El capítulo se llama *Nos amo, *me amamos y trata de combinaciones  agramaticales de los pronombres personales. Para que se hagan una idea de cómo se las gastaba, reproduzco un par de páginas  características de su forma de dar ejemplo:

0111201234101112012343

Y la tercera cosa que tengo clavada en la memoria es mi otro libro preferido de él, que es Del ritmo del lenguaje (La gaya ciencia, 1975). Lo encabezaba la siguiente adivinanza, que “los niños desarrapados le propusieron a Homero cuando vagaba por los barrios bajos de Mitilene, según se cuenta en una de las vidas apócrifas del poeta”:
Ahora que he pasado
soy lo que no era,
y cuando estoy pasando
no soy lo que soy.
No quisiera cerrar esta entrada sin mencionar el que en realidad es el mejor recuerdo, aun a riesgo de rozar el terreno del abuelo cebolleta. Una mañana, quizá día de la ascensión o de la asunción -que se me confunden, aunque una sea, como decía el cómico, parecida a conducir uno mismo, y la otra, a ir en taxi- se puso a recitar a Fray Luis de León. Quizá no lo olvide nunca:
¡Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, oscuro,
con soledad y llanto,
y tú rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro!
¿Los antes bienhadados,
y los ahora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de Ti desposeídos,
a dó convertirán ya sus sentidos?
¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura,
que no les sea enojos?
quien oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?
Aqueste mar turbado
¿quién le pondrá ya freno? ¿quién concierto
al viento fiero airado?
estando tú encubierto,
¿qué norte guiará la nave al puerto?
¡Ay! nube envidiosa
aun de este breve gozo ¿qué te quejas?
¿dó vuelas presurosa?
¡cuán rica tú te alejas!
¡cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!
VALE

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Muere Carrillo. Comunistas.

Entre los ilustres, los ha habido de todo tipo:  filósofos que acabaron abrazando el islamismo o medio locos, como Garaudy y Althusser; otros a los que se les atribuyeron coqueteos con la lucha armada, como Toni Negri; otros que acabaron en las tertulias de las peores televisiones renegando de todo menos de ellos mismos y de quienes les pagan, como Albiac; otros, cuyo comunismo duró lo que dura un sueño de

verano, acabaron siendo ministros del PP, como Piqué. Es verdad que unos pocos, como Fernández Buey, murieron con las botas puestas. También lo hizo su maestro, Manuel Sacristán, de fe falangista en su adolescencia. Los hubo también que en el comunismo vivieron grandes aventuras, como, sin ir más lejos, J. Semprún, pero también los hubo que fueron asesinados, como Grimau, en la línea de los históricos Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. Los hay que son historiadores de primera línea, como E. H. Carr, que, como recuerda Judt  en Olvidado S.XX, nunca ha renegado de sus creencias, y sobre todo, nunca ha denunciado desmanes; hispanistas muy dotados, como Blanco Aguinaga; historiadores del arte, como Anthony Blunt, de los Cambridge Five,  tan bien recreado por Banville en El Intocable. Y también los hubo grandes escritores, como Grossman, que denunció todo lo denunciable, pero siguió creyendo en ideales parecidos a los que llevaron a las prácticas que había denunciado. Por haber, hay hasta estupendos personajes literarios, como Ira Ringold, el protagonista de Me casé con un comunista, la novela de Roth. Pero, es que, si lo piensas bien, los hubo provenientes de todas las clases sociales, la duquesa roja o, si me apuran, el mismísimo E. Berlinguer, hijos de capitostes miltares que tuteaban a Hitler, como la hija de  Hammerstein, al que espió, según cuenta  Hans Magnus Enzensberger en Hammerstein o el tesón, y tantos hijos de don nadie, de los que no sabemos nada de nada, pero que se la jugaron y perdieron o medraron, denunciaron o fueron denunciados, abjuraron o tragaron, sinceramente o por conveniencia. Los hubo españoles, que entraron en el París ocupado antes que nadie, y otros que denunciaron a compañeros, sabiendo que la denuncia era falsa, que fueron torturados, denunciados, expiados, purgados, acusados de desviacionismo, revisionismo, trotskismo, y casi más ismos que los de las vanguardias, por sus camaradas. Ah, y los hubo que sabían que creían, quiero decir que eran conscientes que lo suyo era una creencia parecida a la que criticaban en otros, creencia, superestructura, un traje a medida de sus debilidades, porque necesitaban un hogar, una iglesia, un dios.

Pero no les voy a cansar con más enumeraciones de tipos, actitudes, tendencias, afinidades, porque todo cupo en la larga historia de los movimientos comunistas. Ayer murió uno más, postrer vestigio de lo que impulsó en todo el mundo la Revolución de octubre. Murió uno más, y eso, sin duda hay que concedérselo, de los que creyeron en un mundo mejor, sin pobres ni ricos, en el que se pudiera pedir a cada uno según su capacidad y en el que cada uno recibiera según su necesidad, un mundo por fin sin estado represor, disuelto por innecesario, superfluo, muerto por inanición. En el camino cometieron barbaridades, unos más y otros menos, y de ella son responsables personalmente, sin excusas, pero, y eso también hay que aceptarlo, si no hubiera algo muy poderoso en la idea que les llevó a  la acción, un confuso anhelo de justicia, de igualdad, no se hubieran movilizado millones de personas en la lucha contra las dictaduras y, por desgracia, a veces también, contra las democracias. Carrillo fue uno de ellos.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Muere Robert Hughes, maestro de la altísima divulgación que disfrutó del arte y supo contarlo.

 

Fuente de la imagen: Chester Higgins Jr./The New York Time

 

Se ocupa la prensa nacional y la internacional de la muerte de R. Hughes, el conocido crítico de arte que trabajó durante muchos años para la revista Time. Mis dos últimas lecturas de obras suyas me merecen una opinión desigual. La primera  Barcelona la gran hechicera (Latitudes, National Geographic, 2005, p. 120 p.

121. Trad. Esther Roig), sin carecer de interés y momentos brillantes, está quizá lastrada por la excesiva presencia de amigos de la alta sociedad político cultural catalana, que confieren al texto un tono mundano en el que lo artístico parece, por momentos, una mera nota de color más en el bagaje del gentleman internacional. Alguien como Hughes, de gustos tan hondos y enraizados, no me parece que dé lo mejor de sí mismo en esa mezcla de high class diario y descripción de la ciudad modernista tan hondamente transformada por las Olimpiadas del 92. Roma. Una historia cultural, por el contrario, es un texto modélico de alta divulgación histórico artística y cultural, entendiendo por cultura no sólo esas actividades que financian o financiaban los ministerios del ramo, sino todo producto de la intervención humana.

Roma. Una historia cultural, Robert Hughes. Traducción de Enrique Herrando. Crítica. Barcelona, 2011. 608 páginas. 32 euros.

El gusto por lo descrito y, sobre todo, el amor por el detalle vivificador, el bendito detalle de Navokov, hacen del texto un dechado de intensidad y, al tiempo, de amenidad. El ojo certero de Hughes satisface la curiosidad del lector con inesperadas informaciones, que, cuando no se conocían, dejan buen sabor de boca y que, cuando se sabían, evocan viajes o lecturas acertadas. He aquí algunos ejemplos:

- “Las partes de las termas imperiales que aún siguen en pie han sido una constante fuente de inspiración para los arquitectos contemporáneos…Las thermae romanas proporcionaron los modelos para dos impresionantes expresiones del halo de misterio de los viajes norteamericanos del siglo XX: La Grand Central Station y la antigua estación de Pensilvania, 1902-1911, de McKim, Mead y White…Las Termas de Caracalla también proporcionaron el prototipo para una gran obra maestra del siglo XIX de Nueva York: los frescos y augustos espacios  del vestíbulo de la entrada del Museo Metropolitano de Arte, de R. M. Hunt”, p. 149.

- “La mayoría de los visitantes, cuando ven la escultura de los Niños Fundadores mamando las cónicas tetillas que cuelgan de la lupa en el Museo dei Conservatori, lógicamente piensan que se trata de la obra original. No lo es: la loba es antigua y la fundió un artesano etrusco en el siglo V a. C., pero Rómulo y Remo fueron añadidos entre los años 1484 y 1496 por el artista florentino Antonio del Pollaiuolo, p. 22

- Al hablar de la entrada de los militares triunfadores en Roma, encabezando a sus tropas:  “Los soldados alzaban un canto de alabanza  Io triumphe!, y cantaban canciones ligeramente obscenas, los versos fesnescinos, en los que se burlaban de su líder; una estrofa típica sobre César (que estaba calvo y era conocido por sus apetitos sexuales) decía:

A casa traemos al calvo follador,/doncellas romanas, atrancad vuestras puertas;/ pues el oro romano que le enviasteis/ se fue en pagar a sus putas galas, p. 63

- “De vez en cuando,  podía hacer acto de presencia plostra estercoraria o carretas de recolección de mierda, pero no se podía confiar en ello. la expulsión de basura y deshechos a la vía pública normalmente tenia lugar al anochecer. Ese era uno de los inconvenientes de la vida en la antigua Roma, especialmente ya que (como la terracota tosca no tenía ningún valor) era costumbre lanzar el recipiente junto con sus contenidos”, p. 75

- Refiriéndose al Coliseo: “la palabra no significa edificio gigantesco, sino que significaba lugar del coloso: una distinción necesaria, porque el coloso en cuestión era una estatua real. Era un retrato del emperador Nerón, fundido en bronce por el escultor griego Zenodoro, desnudo y de unos 120 pies romanos de altura (según Suetonio)…, p. 142

Los ejemplos  podrían no limitarse, como acurre con los citados, a la Roma premedieval, pero he preferido que se refiriesen a un periodo homogéneo. Sin embargo, la profusión de pinceladas llamativas no debe hacer pensar que se trate de un libro de curiosidades, porque, en último término, resulta una síntesis convincente de lo tratado.                             Fuente: Tim Robinson/WNET13

Pero, volviendo a la vida de Hughes, me gustaría reproducir una parte del prólogo del libro que quizá explique esa predilección suya por el detalle, por la concreción que I. Calvino quería para la literatura del siglo XXI. El autor cuenta cómo, tras su llegada a Roma en 1959 desde su Australia natal, se encuentra con la materialidad de la ciudad sobre la que había leído, pero necesita ver: “(Roma) es un perfecto ejemplo, sublime y exorbitantemente complicado, de la sustancialidad de los edificios y de otros objetos construidos, de su resistencia a la abstracción. eso es algo que un estudiante en realidad no puede llegar a comprender escuchando clases en la universidad (…).Tampoco…mirando fotografías . Hay que comprender, y sólo se puede comprender a través de la presencia del propio objeto”, p. 17. El objeto talismán que inició a Hughes fue la estatua de bronce del emperador Marco Aurelio:

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P., 19

Las tres imágenes que siguen son solo una fotos que hice en Roma, pero quizá ayuden a quien haya vivido una experiencia semejante a la descrita por Hughes a recordarla. En fin, Hughes se ha muerto, pero que le quiten lo visto.

 

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Entresaco de la nota necrológica que el NYT le dedica algunas opiniones de Hughes sobre artistas contemporáneos. Como podrá observarse, Hughes no se mordía la lengua ni en la crítica acerba ni en el elogio. Sus juicios se basaban, como ocurre con los buenos críticos, en la sinceridad que se deriva del placer o el disgusto razonados, respecto a los cuales no cabe sino fidelidad:

Jeff Koons:  “So overexposed that it loses nothing in reproduction and gains nothing in the original.”

Warhol:  “The alienation of the artist, of which one heard so much talk a few years ago no longer exists for Warhol: his ideal society has crystallized round him and learned to love his entropy.”

Lucian Freud: “Every inch of the surface has to be won must be argued through, bears the traces of curiosity and inquisition — above all, takes nothing for granted and demands active engagement from the viewer as its right.” “Nothing of this kind happens with Warhol, or Gilbert and George, or any of the other image-scavengers and recyclers who infest the wretchedly stylish woods of an already decayed, pulped-out postmodernism.”

martes, 5 de junio de 2012

El grito de Tarzán, marca de la casa. Muere Sergio Tedesco, el doblador italiano de J. Weissmüller

Los personajes de la narrativa popular suelen tener algún gesto que les caracteriza. A veces, en lugar de un gesto es un ruido o un movimiento, una muletilla que repiten. En otras ocasiones, son los autores cultos quienes atribuyen esos tics a sus personajes para darles más intensidad, como quien se figura a un marinero con tatuajes. También hay gestos cultos entre los personajes de media cultura, como Pepe Carvalho, que quemaba un libro en su chimenea en cuanto podía. Lo que pasa es que, en casos como ese, se nota demasiado la mano del autor en los detalles, o sea, en los autores destinados a la pira. Por cierto, qué bien hizo en quemar Tress horas en el mu seo de El Padro, de E. Dors, porque parecen trece.
Pasarse el  dedo por los labios, levantar la ceja, mover las orejas, cojear cuando llueve, estirar el dedo meñique, poner voz aflautada cuando la cosa se pone difícil, jurar por todos los dioses, fumar de ciertas maneras, y, en el caso de Tarzán, pegar un grito de llamada cuando se encuentra en dificultad, cuando viene el lobo, por así decirlo, pero no en vano, como el pastor del cuento. Un grito inarticulado y bastante largo que hace que el resto de los animales acuda en su ayuda y que fue su marca distintiva durante muchos años, hasta que el personaje murió por razones que no alcanzo a entender, quizá porque los remakes del héroe no han sido demasiado afortunados, o quizá por alguna razón que se me escapa y que hace que su personaje no esté a la altura o bajura de los tiempos. Se dice que Weismüller murió en una residencia para ancianos en la que no paraba de gritar sin ton ni son, pero se dice también que murió con poca voz, entre otras cosas por una traqueotomía a la que había sido sometido
Sergio Tedesco, el actor y tenor que doblaba en italiano a J. Weissmüller, el Tarzán más popular de todos, ha muerto recientemente. Van quedando pocos de aquellos dobladores del cine clásico. Vaya en su recuerdo el grito: