Marta Ester Tabuenca: collages

viernes, 3 de marzo de 2017

Collages de Marta Ester Tabuenca. La exposición de El paredón del gato (del 3 de marzo al 7 de abril).

Hoy, a falta de ultimísimos detalles, ha quedado inaugurada la exposición de diez collages de Marta Ester Tabuenca en la E.O.I.1, de Zaragoza. A continuación, se reproducen dos textos de presentación:


Marta es aragonesa pero, si no lo fuera, debería serlo, porque sus genes son herencia de la raza de Gracián: expresar lo máximo con los mínimos medios y además, hacerlo bien.
A Marta Ester le cuadra perfectamente la letra de aquella canción lejana de Serrat:
“Es menuda como un soplo [… ]
y un aire entre tierno y triste,
como un gorrión”
Pero también engaña. Parece que la fragilidad y esa levedad, dulce y femenina, van a contener ángulos muertos o puntos débiles, sin embargo, nada más lejos de la realidad: su fuerza la lleva a retar a las técnicas, a jugar con las posibilidades, a experimentar: siempre experimentar.
Nos conocimos en un taller de grabado donde la serigrafía a pantalla perdida era el tema principal y mientras los demás llevábamos modelos o imágenes en nuestros cuadernos, ella llevaba propuestas, indagaciones, desafíos en su cabecita. Recuerdo nuestro empeño en que aquello que habíamos dibujado diera, dentro de lo posible, un resultado esperanzador y un recuerdo que mostrar –como los cadáveres tras la cacería- de que éramos mejores de lo que se nos suponía. Marta  partió de la sencillez de unas manchas para ir posteriormente replanteándose qué quería y qué posibilidades tenían las distintas opciones. Nunca pretendió un resultado, sino una búsqueda de posibilidades expresivas que la sedujesen o, al menos, que le abriesen nuevos medios de comunicación con el exterior.
Conversar con ella es entretenido, divertido, acogedor. Siempre vibra “ un corredor de fondo” en sus palabras. Una mente que bulle en ideas, imágenes, relaciones, silencios, propuestas. Es como un carrusel de imágenes que ella va superponiendo hasta encontrar la relación, ambigua o real, superficial o profunda, banal o de raigambre. Y es esa relación lo que nos admira y nos hace preguntarnos: ¿Qué es lo que ella ve que nosotros no hemos ni siquiera atisbado?
La he oído decir muchas veces de su hilazón con el collage, especialmente porque ella –dice- no dibuja, y el recorte, los pespuntes, el pegamento y otros medios que ella maneja a la perfección con sus delicadas manos, convierten ese arte cisoria en puro arte, en medio de expresión, en comunicación con el mundo.
Como se puede ver en la exposición de Marta que hoy presentamos, hay variedad de propuestas, de técnicas –desde lo digital a la tijera de costura- y de vivencias. Dice mi profesora de dibujo –Francisca Zamorano- que cada trazo que ponemos sobre el papel o el lienzo es parte de nuestra vida, de nuestra experiencia vital o emocional. Los collages de Marta son fotogramas de su vida, aunque a veces uno percibe entre las imágenes jirones de su corazón, que palpita y se agita “como un gorrión”.

Andrés Guerrero

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En mi trabajo las citas son salteadores de caminos que irrumpen armados para arrebatar la convicción que alberga el ocioso paseante (W. Benjamin, Calle de dirección única, Trad. Jorge Navarro Pérez,  Obras, IV, 1, p. 78, Madrid, Abada, 2010).

Lord Polonius: 
This above all: to thine own self be true,
And it must follow, as the night the day,
Thou canst not then be false to any man.
Farewell, my blessing season this in thee!
 (Shakespeare, Hamlet,  acto I,  escena III).


La gracia del collage se basa en la tensión entre dos fuerzas contrapuestas, una centrífuga y la otra centrípeta. La combinación de imágenes de la que parten los collages de matriz surrealista hace que cuanto más alejados estén en la vida ordinaria los elementos que los componen mayor sea la belleza que se desprende de ellos, la del “encuentro fortuito de una máquina de coser con un paraguas en una mesa de disección”, como decía Isidore Ducasse en sus Chants de Maldoror. La fuerza centrípeta mantiene unidas las partes, pero la fuerza centrífuga, ligada a la apariencia ordinaria de los objetos, tiende a reintegrarlos en la mente del espectador a su contexto habitual. Sin esa tensión, el collage no es nada,  y, viceversa, cuanto más extrañamente potente, aunque arbitraria en apariencia, es  la asociación, más intensamente compacta/delicadamente precaria resulta la obra.

Para Breton, el poder de una imagen de ese tipo depende de su grado de arbitrariedad. Pero resulta que la arbitrariedad de los mejores collages descubre  que sus elementos llevaban años llamándose, esperándose, penando por su metamorfosis liberadora, resulta que de su unión se desprende vida, rezuma una verdad desconocida, latente sólo hasta entonces. Y es que benjaminianamente, diríamos que los collages pintan ”un tótem de los objetos” y “lo buscan en la espesura de la prehistoria, y la última caricatura de ese tótem es sin duda el kitsch, esa última máscara de lo banal con que nos revestimos en el sueño y en el seno de la conversación, para acoger con ello la fuerza del mundo de las cosas desaparecidas” (Kitsch onírico, Obras II, 2, trad. Jorge Navarro, Ed. Abada, Madrid, 2007, p. 231). De eso se trata, de cosas desaparecidas, de existencias perdidas, precarias, los collages rastrean mitos sin tiempo pero con historia,  los reactivan y los hacen visibles en el presente. Así, en términos benjaminianos otra vez, los collages nos despiertan para enseñarnos arquetipos escondidos en la realidad cotidiana, que es sólo apariencia, escenario de nuestro sopor, contexto ideal para nuestro vivir dormidos. La verdad está en esos abortos imposibles, encuentros paradójicos, ilógicos matrimonios monstruosamente felices que conllevan actos de prepotencia del artista sobre la apariencia. “Esos momentos de iluminación no los producen las guerras, las revoluciones, los inventos o las luchas sociales, lo producen las obras de arte”, escribe F. de Azúa parafraseando al berlinés, que a su vez precisa el momento del día mejor para la iluminación: “¿Deberá ser el despertar la síntesis entre la tesis de la conciencia onírica y la antítesis de la conciencia en la vigilia? Así, el momento del despertar sería idéntico con el ‘ahora del reconocer’, aquel en que las cosas nos ofrecen su rostro verdadero –surrealista–” (1).

Todo lo anterior se refiere a la obra. ¿Pero, quién la hace?  Sin duda un artista bastardo, lejano de la idea del creador absoluto. El colajista es alguien bajo el signo de Diógenes, un recolector de desechos, un buscador en contenedores propios y ajenos, cuando no un insomne vocacional que acecha la pantalla del ordenador a ver qué puede sustraer a la apariencia para devolverlo a la realidad que hemos descrito. Ay, pero a diferencia del collage digital, el manual además desmiente la solución, incorpora rasgos de enfriamiento brechtiano que lo delata como fruto de trabajos manuales, entretenimiento escolar, no de la inspiración suma. Si como decía Ferlosio, el mudéjar supone un desquite del albañil sobre el arquitecto (2), el collage le restriega su verdad en la cara a la impostada pintura realista, pues en su modestia artística se basa su profundidad. Suena a oxímoron, pero es un humilde kitsch. El relieve del recorte, los puntos que marcan las curvas de la tijera, los restos de pegamento, las cosas encontradas en su superficie como si las hubiera dejado la espuma de los días al retirarse, son un recordatorio de que vemos emblemas, ingenios fruto del artificio, del deseo, del afloramiento de la historia, más verdaderos por ello que si nos engañaran y reduplicaran lo real. Los artistas que usan materiales y técnicas más nobles reflejan tímidamente lo que ven o lo que creen soñar, los colajistas, manos tijeras, son los verdaderos creadores a partir de materiales previos, como hizo por otra parte Roma con Grecia, el gótico (en cuya pintura ya había collages, como señaló Apollinaire) con el románico, y así sucesivamente.


Reaparecen las fuerzas centrípetas y centrífugas de las que hablábamos antes, la de la verdad contra el ensimismamiento del realismo vulgar. Tengo a Schwitters por el gran maestro que las domina. Honni soit qui mal y pense, los collages tienen alma de papel encolado a través del que vemos algo más que sombras en la pared de la caverna platónica. Benjamin quería un libro sólo de citas, que no otra cosa son los collages, material de arrastre,  islotes cotidianos a la deriva, expuestos a corrientes contrapuestas, un libro sin pasajes intermedios, una exposición de collages, en el que  sobra argamasa añadida por el exégeta. Ese libro, esa exposición debía despertar la conciencia amodorrada del lector, una conciencia revolucionaria o, por lo menos, crítica.


Para completar este rompecabezas de citas en el que sobra la argamasa de mis palabras, ahí va otra, una condena de lo digital, aunque quizá los collages  puedan salvarnos incluso de la infectas miasmas de datos que nos arrastra: “El diagnóstico del filósofo francés Bernard Stiegler es aún más desalentador: durante las últimas décadas, el uso generalizado de la web ha producido una sincronización en masa de la conciencia y la memoria a través de ‘objetos temporales’ que llevan al consumo gregario estandarizado y la miseria simbólica, y llaman a la creación de ‘contraproductos’ que reintroduzcan la singularidad de la experiencia cultural y desconecten el deseo de los imperativos del consumo”. Pongamos pues pequeños contraproductos en nuestra vidas, son manchas que limpian.

 Javier Brox
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(1) W. Benjamin, Obra de los pasajes, N 3 a, 3, , trad. Jorge Navarro, Ed. Abada, Madrid, 2007.
(2) “Conviene recordar que las incomprendidas torres de ladrillo de Aragón se erigieron a raíz de un levantamiento de la albañilería contra la arquitectura, y el gusto de mirarlas se acrecienta –aunque, a decir verdad, a costa de hacerse algo bastardo– imaginando la rabia  y el horror que le producirían al pétreo y aplastante Buonarroti” (Sánchez Ferlosio, Rafael, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, Ed. Destino, 2001, p. 17)

Sobre Marta Ester Tabuenca:

La obra expuesta:





















miércoles, 22 de febrero de 2017

Se reedita Je me souviens, de Perec, traducido ahora por Mercedes Cebrián

Se reedita la caja de exquisitos bombones, una de esas que piensas que te van a durar una semana y te acabas zampando de dos sentadas. Me refiero a Je me souviens, de Perec, traducido ahora por Mercedes Cebrián. La edición de hace unos años estaba traducida por Yolanda Morató. En francés, el libro es accesible a través de bastantes páginas web. Además, el original es de fácil lectura, aunque supongo que a la traductora le habrá dado no pocos problemas.También en Italiano, por lo menos en lo que se refiere a su utilización escolar, las traducciones son accesibles en línea.
La larga letanía de recuerdos, como la llama Vila-Matas en su reseña de ayer en El País, tiene a menudo la fuerza evocadora de lo involuntario, la de esos olores, sabores, detalles, muchos de ellos insignificantes, que nos retrotraen a universos, instantes, situaciones desaparecidas que de repente se adueñan de nosotros. Perec acierta a enumerar qué hay en cada cosa que hace que se recuerde, más allá del estudio o del conocimiento sistemático. Qué hace involuntariamente inolvidable un acontecimiento. Pongo por ejemplo a Kruschev, que yo también recuerdo por sus zapatazos en la tribuna de la ONU, mucho más que por su papel en la batalla de Estalingrado o por ser el archidesestalinizador que quiso desestalinizar lo que estaba irremediablemente archiestalinizado.
Al precedente libro de Joe Brainard (I Rememer, 1970), que también cita Vila-Matas, habría que añadir, por lo menos, la lista de recuerdos que elaboró T. Capote, y que ahora no recuerdo dónde se encuentra, y también Mi ricordo, las memorias de M. Mastroianni, cuya primera parte es deudora tanto de Brainard como de Perec.



Por cierto, de repente me acuerdo de que se puede aprender a contar en francés gracias a Perec:


¡Por cierto, cómo se las habrá apañado la traductora con todo esto!

Ah, se me olvidaba decir una cosa que parece mentira que haya aprendido sólo con el paso de muchos años. A saber, que se recuerda con emoción aquello que se vivió emocionadamente, que Perec acierta a despertar sensaciones, porque sus pequeños bombones son una exquisitez que lleva dentro el licor de guinda de una mirada sorprendida cuya curiosidad no se sacia.

Otras entradas del blog en las que sale Perec a colación:

martes, 21 de febrero de 2017

Dia internacional de la lengua materna. Un mal buen mal día para los petimetres que enseñamos una lengua que no es nuestra lengua materna

Hoy,  21 de febrero, se celebra el día internacional de la lengua materna, según la UNESCO.
Cada dos semanas desaparece una lengua.
Quedan o quedaban el año pasado 70 hablantes de Vilamoviano (Polonia), 35 de Menominee (E.E.U.U.), 5 de Ndai (Camerún) y ninguno de Akkala Sami (Rusia). 

Los que enseñamos una lengua que no es nuestra lengua materna quizá podamos ser conscientes mejor que otros del tiempo sedimentado que vive en su interior, de la visión del mundo que conlleva, de como se adhiere a la realidad,  al tiempo que la conforma. Pero, quizá en mayor grado que los hablantes nativos, también somos náufragos en un océano de duda e ignorancia, y estamos obligados a constantes consultas, desmentidos, rectificaciones, absurdas búsquedas de rasgos distintivos. Lo que en un hablante nativo es un descuido en nosotros huele a desconocimiento. Quizá por eso sabemos, siempre exiliados parciales y un poco culpables, lo que es y lo que no es una verdadera lengua materna, porque tal vez, siendo hijos adoptivos, podemos vivir una lúcida esquizofrenia, el contras entre un  un amor de sangre y uno electivo electivo. Hijos naturales de una madre queríamos ser hijos putativos de otra, acabamos siendo piccoli maestri, petits-maîtres, petimetres que no se sienten del todo a gusto con las ropas que se empeñan en ponerse

martes, 7 de febrero de 2017

Muere Todorov. Tres citas: su vida, la vida y la literatura


Todorov, Tzvetan, Los aventureros del absoluto, Barcelona, Galaxia Gutenberg Círculo de lectores, 2007, p. 79. Trad. José maría Ridao

“Autour de l’an 2000, je me suis rendu compte que je ne pouvais pas passer le reste de ma vie en jugeant tout avec les lunettes du garçon qui avait vécu dans le monde totalitaire, qui lui permettaient d’être heureux, politiquement parlant, simplement du fait que ce n’était pas du totalitarisme. Je me suis rendu compte que mes contemporains ne pouvaient pas être heureux du simple fait que Paris ce n’était pas Moscou, ou pas Sofia. Il y avait d’autres problèmes, et ces autres problèmes me concernaient aussi. Je vivais depuis longtemps en citoyen français, c’est mon pays, je n’en ai pas d’autre. Mon intérêt s’était ouvert de plus en plus dans le monde dans lequel je vivais, ce monde des démocraties libérales occidentales.”

"Je ne crois pas qu’il y a un vrai moi quelque part en nous, qui attend bien tapi pour se révéler pourvu que le censeur ne lui tape pas dessus pendant ce temps. Je crois que nous sommes très fortement créés, construits, en fonction d’un contexte, d’une demande, et que le vrai moi c’est une illusion de plus. En réalité il y a une série de constructions. Et pour moi la construction humaniste est venu à mon insu, lorsque dans les années 80 (...) j’ai écrit mon premier livre d’histoire des idées, qui s’appelle « Nous et les autres ». C’était un ouvrage qui portait sur la pluralité des cultures telle que l’avait analysée la tradition française. J’ai donc étudié des auteurs depuis Montaigne (…) jusqu'à Levi-Strauss. J’ai essayé de voir comment ces auteurs ont traité cette question difficile pour nous aujourd’hui encore : qui est, unité de l’humanité mais pluralité des cultures. Dans cette série d’auteurs j’ai découvert que ceux dont je me sentais le plus proche, c’était les humanistes."



miércoles, 4 de enero de 2017

El Viejo Topo cumple cuarenta años, aunque pasó dormido unos cuantos. La primera etapa de la revista.

La exposición que presentamos está dedicada a la primera etapa de El viejo topo, la señera revista que nació hace cuarenta años, de la que hemos enmarcado unos cuantos ejemplares. También hemos incluido algún número de Ozono y de Ajoblanco.





Texto de presentación:

“Hay quien no ha dudado en definir El Viejo Topo como la revista intelectual más leída de su época, la de más prestigio. Es posible que así fuera, pero aquí se quiere atender a otro aspecto que podemos considerar de mayor importancia para entender lo que fue la revista y nuestra historia. La revista fue, por encima de otras cosas, la expresión de planteamientos de ruptura con lo que era el franquismo en España y con lo que representaban las sociedades capitalistas occidentales. Y esta expresión es el reflejo de aquello a lo que aspiraban determinados sectores de la sociedad española” (Mir, Jordi, El Viejo Topo. 30 años después, El Viejo Topo, 1976).

“Él se siente presionado y dividido entre dos tendencias: por un lado, el deseo de vivir esos momentos históricos y contribuir con sus amigos al cambio de la sociedad represiva en la que viven, y por otro la repugnancia a las muchedumbres y a las torpes consignas coreadas, la repugnancia a la violencia desatada en la que siempre degeneran ese tipo de manifestaciones, unido al temor casi obsesivo a ser denunciado...“ (Cortés Gabaudán, Helena, Biografía poética de Friedrich Hölderlin, Hiperión, 2014, p. 241-242).


Al cumplirse los cuarenta años del nacimiento de la revista El Viejo Topo, cuyo primer número apareció en noviembre de 1976, Jordi Mir publicó una antología facsimil de textos publicados en la primera época de la revista (1976-1981), que llegó a tirar 50.000 ejemplares en sus mejores momentos, le dedicamos esta pequeña exposición, que celebra también los sesenta años o casi de quienes  descubrimos tantas cosas a través de sus páginas. Entre los colaboradores aparecen el malogrado A. Cardín,  Paco Fernández Buey, que mantuvo su prestigio marxista, casi un oxímoron en la actualidad, hasta su muerte; Luis Racionero, que perdió parte de él, aunque lo tuvo, menos materialista, eso sí, en aquellos años,  Fernando Savater, que tan elegantemente ha sabido defender su trayectoria desde el anarquismo hasta la socialdemocracia antinacionalista, sin salir nunca del todo de la infancia, o X. Rubert de Ventós, sobre el que es mejor que dejemos hablar al viento (de tramontana, of course). En otros números colaboraron también intelectuales de distintas generaciones. No es extraño encontrar entrevistas a o artículos de G. Bueno, Jorge Semprún, J. Goytisolo o M. Vázquez Montalbán, incluso colaboraciones de antiguos falangistas como T. Ballester. El mundo del periodismo también está presente. Baste recordar a T. Delclós, M. Morey, Diego A. Manrique, curioso impenitente de la cultura contemporánea. En ámbito internacional,  las firmas  presentes han acabado por confirmar que allí se cocía algo: E. Galeano, E. Parra, S. Sarduy, U. Eco, R. Rossanda, A. Glucksmann, G. Dorfles, por ejemplo, aunque salga un cóctel desigual y hasta indigesto. A. G. Calvo, zamorano planetario, réprobo del fisco, también, por cierto,  participó en la aventura.




Se diría, pues, que la revista fue una especie de atestado punto de encuentro en el que se acumuló, con variable anhelo y conciencia revolucionaria , una buena parte de la variopinta cultura de oposición al franquismo  que tenía serias ganas de expresar lo que hasta entonces sólo se podía decir a media voz. El tono predominante es el de un marxismo que incorporaba plenamente la herencia de mayo del 68, juguetón, desenfadado, interesado por los márgenes. No es de extrañar por ello que la antipsiquiatría, el feminismo,  el psicoanálisis postfreudiano, la ecología, el antimilitarismo -¡cuánto prefijo!-, la sexualidad, la crítica a la vida cotidiana bajo el capitalismo, la atención a los países insurgentes del tercer mundo, estén muy presentes en sus páginas. Pero no son pocas las colaboraciones de carácter más anarcoide, que acercan la revista a la señera Ajoblanco, que llegó a tirar 100.000 ejemplares, o de sesgo abiertamente contracultural, que la emparentan, por ejemplo, con Ozono. Dicho sea de paso, de esas dos publicaciones incluimos un ejemplar en la exposición.
Lo dicho  distingue  a El Viejo Topo de otras revistas de oposición al franquismo más convencionales, como Triunfo o Cuadernos para el Diálogo, seguramente también más moderadas, más cercanas en su conjunto a los planteamientos de quienes defendían una transición sin ruptura traumática frente a una ruptura radical con el pasado franquista. O quizá, la acumulación en El Viejo Topo de tanto material que nos acercaba al pensamiento más avanzado y marginal de los países en los que la democracia estaba ya asentada no suponía sino una especie de normalización acelerada, una asimilación  a trompicones de lo que en otros ámbitos se había digerido no siempre diferenciando el grano de la paja. No todos, por supuesto, pero muchos de los participantes en aquella aventura perderían el variable anhelo y conciencia revolucionaria a favor de una acomodada vida convencional, dicho sea sin el menos ánimo de reproche. De hecho, en ámbitos domésticos más influyentes que el de la izquierda radical, por ejemplo, en el de las organizaciones políticas revisionistas, por usar un término entonces tan preñado de significado, en el ámbito de los grandes sindicatos y partidos de oposición, en el del mundo empresarial, en el de la banca, la suerte ya estaba echada y lo que más se temía era la reacción del denominado bunker, la extrema derecha golpista, un nuevo derramamiento de sangre entre españoles, como se solía decir, aunque algunos reservaran a escondidas algo de dinero para jugar a dos bandas, no fuera a ser que los bestias la cagaran irremediablemente. Dos ejemplos dispares de esa evolución a la que me refería: la versión actual de Savater considera la Transición española un indudable logro (“Pese a los falsificadores del pasado…, la Transición trajo más bendiciones políticas y en menos tiempo de lo previsto”); pero R. Chirbes, colaborador y reseñista literario de Ozono, la considera(ba), en el lado opuesto, “esa larga traición”: “la transición, que no fue un pacto sino la aplicación de una nueva estrategia en esa guerra de dominio de los menos sobre los más, y donde si hubo poca crueldad fue porque, por entonces, los menos eran fuertes y débiles los más"(1).



A mí me da por pensar que se hubiera hecho lo que se hubiera hecho por parte de la izquierda institucionalizada, como ocurre en las grandes decisiones, habría habido motivos suficientes para el arrepentimiento. Si la Transición pactada fue fruto de la virtud de la prudencia o si implicó hacer, no la del topo, sino, mutatis mutandis, la del castor, tal y como explicaba Gramsci (2), es algo que resulta imposible de juzgar. Desde luego, no fue una graciosa concesión de la derecha, sino un tira y afloja en distintos tableros de juego del que nació algo admirablemente lleno de magulladuras. De lo que estoy convencido es de que el parto hubiera podido acabar en tragedia. En los procesos de cambio de un régimen dictatorial a otro democrático siempre quedan anhelos incumplidos de los que pueden brotar iracundos vórtices o melancólicas desazones. La democracia parlamentaria capitalista tiende a ser un asco, un lodazal, pero el resto es todavía peor, si es que hay otra democracia medianamente digna de ese nombre. Estoy con Savater, no pidamos la luna, sino buena iluminación en las calles, que el concesionario no se lo lleve crudo, un buen servicio de mantenimiento, garantías legales en caso de incumplimiento, etc., pero dejemos en paz el asalto al cielo, cosa de iluminados.



Vuelta atrás y adelante, tomada la cosa personalmente:

Hace poco, Ana Puértolas, en El grupo (Anagrama, 2016), reconstrucción nostálgicamente crítica de la vida de una célula de un partido de extrema izquierda prochino entre 1964 y 1974, explicaba que, ante ciertos acontecimientos imprevistos como la Revolución de los claveles (1974), que había venido y nadie por estos pagos sabía cómo había sido, antes de extenderse en un análisis improvisado de los acontecimientos, algunos camaradas decidieron esperar a leer lo que expusieran al respecto instancias superiores del partido, más duchas en la interpretación maoista de los hechos, para saber qué pensar y qué decir a continuación sobre lo acontecido: “… Carmenchu se lanzó al ruedo con ánimo conciliador, pues nada, camaradas, tampoco pasa nada, podemos dejarlo para cuando llegue el documento de la dirección, así tendremos los elementos necesarios para centrar el debate…” (p. 320). Algo así me ocurría a mí con El Viejo Topo. Sus artículos tenían sabor a verdad, a palabra culturalmente fresca, lejos del ligero tasto de otras publicaciones. Esperaba a menudo a leer mi Viejo topo para hacerme con un bagaje que me permitiera decir algo interesante en las discusiones. Palabrita de El Viejo Topo, hubiera podido decirse.




Pero es impensable no evolucionar y poco queda del cegato animal revolucionario, “metáfora de subversión y experiencia. Paulatina excavación de galerías subterráneas, lenta y minuciosa destrucción de los cimientos de una sociedad absurda”, según rezaba uno de los ejemplares (p. 22). El tigre de papel capitalista, con ayuda del castor socialdemócrata que se autoemasculó,  se zampó al topo. Desde entonces, la izquierda no ha hecho más que discutir. Como para que venga ahora un joven timonel a deslegitimar una Transición hecha a ratos con los ojos vendados, no en aras de la Justicia, desde luego, sino de la justicia que se pudo hacer. Algún reproche se merece, pero de matiz, no una enmienda a la totalidad, a menos que se quisiera otra cosa distinta que una democracia parlamentaria capitalista. Capitalista, desde luego no se quería, pero esta por verse si democracia es un término que, en el mejor de los casos, puede combinarse con otro adjetivo que no sea capitalista ¿O es que todavía no se han enterado los nuevos comisarios políticos  de que le mieux est l'ennemi du bien, dicho sea en francés, en recuerdo de Don Hermógenes, que lo hubiera dicho en griego? Me da por pensar que alguno tiene ataques de nostalgia ficticia de las carreras ante los grises que no vivió. Ya le pasó algo parecido a la izquierda extraparlamentaria alemana o italiana a finales de los 70, cuando asimilaba la democracia burguesa al fascismo y tanta fue su añoranza de los ideales perdidos en los albores de la globalización. Acabó perdiendo el norte, el sur y los otros dos puntos cardinales.

La primera etapa de El Viejo Topo duró hasta 1981 y no sería hasta 1993 cuando empezara la segunda, que dura hasta hoy en día. Pero con ese Topo renacido apenas he tenido relaciones. Supongo que seguirá adelante con voluntad optimista e inteligencia pesimista. Cómo me gustaba aquella cita, qué buenista la encuentro hoy. Quizá lo mío sea no un intento se salvación individual, sino de absolución colectiva, que mira más al pasado que futuro perdido.
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(1)    Rafael Chirbes, El novelista perplejo, Barcelona, Anagrama, 2002, p. 119 y 108.
(2)    (Un castoro, inseguito dai cacciatori, che vogliono strappargli i testicoli da cui si estraggono dei medicinali, per salvarsi la vita, si strappa da se stesso i testicoli).




In memoriam:


He aquí tres de las reseñas de las que por entonces R. Chirbes, crítico de cine y libros de Ozono,  publicaba en la revista . La primera, es sobre Recuento, de L. Goytisolo, uno de los cuatro libros de Antagonía, obra que, según pasaban los años desde su publicación, fue ganando capitalidad en la narrativa española contemporánea (Ozono, Año 2, N. 9, Mayo, 1976, 50 pts.)


 


La segunda, por aquello de acercarme a Aragón, es poco más que una nota sobre un libro de Mainer (Ozono, Año 1, N. 2, Junio, 1975, 50 pts.):


                                               R. Ch.

La tercera reseña es sobre Tiempo de silencio, del tan malogrado escritor como político Martín- Santos. Como Camus, acabó estampado en la carretera (Ozono, Año 1, N. 2, Junio, 1975, 50 pts.). La semblanza que de él hizo Benet en Otoño en Madrid hacia 1950 resulta difícil de olvidar:

 






lunes, 2 de enero de 2017

Muere John Berger. Dos citas


"Ni quienes encargaban los retratos ni quienes los pintaban pudieron jamás imaginar que los vería la posteridad. Eran imágenes destinadas a permanecer bajo tierra.
Ello significaba una relación especial entre el pintor y la persona que posaba. Esta no era todavía un modelo, y el pintor no era todavía un medio para alcanzar la gloria futura. Al contrario, los dos, ambos vivos en aquel momento, trabajaban juntos en la preparación para la muerte, una preparación que aseguraba la supervivencia. Pintar era dar nombre, y tener un nombre era una garantía de continuidad.
En otras palabras, al pintor de El Faiyum no se le llamaba para que hiciera un retrato, tal como lo entendemos hoy, sino para que plasmara a su cliente, hombre o mujer, mientras le miraba. Era quien se sometía a la mirada, más que el "modelo". No debemos considerar estas obras como retratos, sino como cuadros que representan la experiencia de que nos miren Flaviano, Isarous, Claudina..." (J. Berger)

  

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La idea de que el desnudo de Goya es imaginario la tuvo J. Berger. Según él, nadie posó para la Maja desnuda: “Goya construyó la segunda pintura a partir de la primera. Con la visión de la Maja vestida ante él, la desnudó en su imaginación y traspasó al lienzo el fruto de su imaginación. Atengámonos a las pruebas” (1). Dejo la lectura de las pruebas para quien esté interesado. Creo recordar que tiene que ver con unos pechos poco probables. Me importaba más la idea.

(1) Berger, John, El sentido de la vista, Alianza editorial, 1990, p. 90.

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Oído al parche: cuestión de sílabas: tris-te (español) versus tri-ste, tri-ste, tri-ste come me (italiano)

Per questo canto una canzone tri-ste, tri-ste, tri-ste, tri-ste, tri-ste, tri-ste, tri-ste, tri-ste, tri-ste


Tri-ste come me.


domingo, 1 de enero de 2017

Fiestas de Nochevieja: se equivocaba Longhi sobre El Greco

Se equivocaba el crítico italiano sobre El Greco, que según él era "demasiado deliciosamente poético para ser olvidado, demasiado personal para ser principio de una nueva tradición". 
(Longhi, R., Breve pero auténtica historia de la pintura italiana, Trad. Zósimo González, Visor, 1994)



sábado, 31 de diciembre de 2016

Nota: Muñoz Molina tizna de Reader's Digest el halo de Benjamin

“Yo creo bastante en la eficacia de la impertinencia, sobre todo en la de determinadas opiniones impertinentes… En cierto modo esas opiniones son, por impertinentes, las más útiles, las más atractivas. Si las opiniones se matizan, pues se vulgarizan, y entonces caen en el lugar común. En cierto modo, la opinión radical puede hacer daño, pero no deja de ser un extremo del campo de la opinión, lo linda… Una opinión tajante es más atractiva que una opinión mesurada. Me gusta ir por el mundo con ideas radicales. Ya que uno no puede radicalizarse en la vida pública, sí al menos en la vida privada”. 

Benet, Juan, Ensayos de incertidumbre, edición de Ignacio Echevarría,  Barcelona, Debolsillo, 2012, p. 477. 


Hoy, que es fin de año, me dejo llevar por mi mínima,  muy mínima, afición a leer el Ida y vuelta de Antonio Muñoz M. en Babelia, dedicado no tanto a W. Benjamin como a la biografía que Howard Eilland y Michael Jennings escribieron sobre el polígrafo alemán. Si de vez en cuando no pescara en los arítculos del ubetense embajador de El País en los Estados Unidos, no podría mantener viva mi antipatía por el personaje, algo que anima mis mañanas de sábado provinciano. 
Hace tiempo que Muñoz M. se ha convertido en el masticador de los grandes acontecimientos del mundo cultural, en especial del anglosajón. Tengo entendido que vive vive o medio vive en Nueva York, lo cual debe facilitar el empeño digestivo, amplificado por los babélicos aunque cadenciosos vómitos semanales. Tersos textos que vulgarizan lo que de original pueda quedar en los personajes reseñados, de los que se apropia desde su óptica de curioso burgués , tiznando a menudo de empalagosa ficción la vida de quienes merecen mayor respeto, la muerte del príncipe idiosincrásico por antonomasia: "El reloj estaba abierto sobre una repisa, junto a la cama donde yacía Benjamin, que no paraba de mirar la hora. Quizás en ese momento ya había tomado su dosis de morfina y comprobaba en el reloj la rapidez de su efecto". Y es que ni morir tranquilo le deja, con ese intruso afán de sentirlo uno de los suyos, unido a él en el camino de la cultura adocenada. 
En fin, que espero estar de vuelta otra vez dentro de algunos meses, una mañana de frío, con mi perro que tira de la correa, leyendo a trompicones el adormecedor artícul de turno, quizá otro fin de año, como hoy. Hasta entonces, me basta con esta ida. ¡Pobre príncipe, mira que hacerlo morir con las gafas puestas, menos mal que todavía hay quien se lo toma en serio e intenta mantenerle el pulso tomándose a risa su halo

Benjamin según Scholem. Retrato impresionista sobre la idiosincrasia del príncipe o ¿quién lo hubiera dicho? (I).

viernes, 23 de diciembre de 2016

miércoles, 21 de diciembre de 2016

El canon de los sentimientos: sentimientos impostados que imitan a los verdaderos/sentimientos verdaderos que imitan a los falsos

Cet art admirable l’avait longtemps séduit; mais il rêvait maintenant à la combinaison d’une autre flore.
Après les fleurs factices singeant les véritables fleurs, il voulait des fleurs naturelles imitant des fleurs fausses (J. K. Huysmans, À rebours)


martes, 13 de diciembre de 2016

Algo bonito. Mensajes por navidad

La idea nació de la conserjería y del personal de limpieza del centro. Enseguida, fue apadrinada por la dirección. Se trataba de escribir algo bonito, majico, rebonico, en un post-it, y pegarlo en un mural que se encuentra ya instalado en el hall.


Como suele ocurrir a menudo, han sido los estudiantes de español para extranjeros los que han recogido con más alegría la iniciativa. La distancia no es el olvido para ellos, por lo menos cuando llega la navidad, y sus deseos están ligados muchas veces a la paz, a la difícil situación en que viven sus países, sus familias, aunque alguno tiene entre ceja y ceja el aprobado final (1). La idea de lo bonito cuando se es extranjero puede ser algo distinta de la que tiene alguien que no lo es, aunque los deseados efectos de la lotería estén presentes por doquier. Por otra parte, la navidad también cansa y alguno lo hace saber expresando que, a pesar de ella, resistirá.

¡Suerte a todos, a los que quieren la paz, a los que esperan descendencia, propia o ajena, a los que quieren dinero, a los que están ya un pelín hartos de la navidad y, sobre todo, a los que esperan aprobar! Tienen todo mi apoyo y quien espera perder el miedo al avión el año que viene, tiene también mi desesperanzada solidaridad.

 (1) Desconozco el contenido de alguno de los mensajes que reproduzco. Me dejo llevar por la confianza en el sentido común de sus autores y, sobre todo, por la belleza de unos caracteres que me son completamente opacos.
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He aquí algunos de los mensajes: