adiós

jueves, 25 de julio de 2013

miércoles, 24 de julio de 2013

Antonia, donde no habite el olvido: ¡Sé cómo eras, no sé si fuiste! Lecturas del verano de 2013 (IV)

 

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Quienes nos quieren no nos llaman  por nuestro nombre y apellido. Y, sin embargo, cuando encargan la inscripción que debe figurar en nuestra tumba, nos apuntan con la filiación completa, como constamos en los registros, en la cartilla de ahorros, en el correo que todavía llega a casa, en todo el inútil rastro de documentos que los muertos guardan en nuestros cajones.

Para los vivos, los muertos dejan pronto de ser para transformarse en él, ella. Pero, hasta que las letras del pronombre cambian del todo, pasa un tiempo en que revisamos sus enseres, usamos su ropa, los mejores zapatos que dejaron, la cartera casi nueva que caprichosamente desdeñaron y no queremos sentarnos en su sillón. Entonces, todavía no son él o ella, y , como un resto de cuando les llamábamos por su nombre,  llevan nuestra incómoda  mano cogida en su bolsillo o de repente encontramos los sudokus que olvidaban entre las páginas de un libro. Si hace falta, incluso nos ponemos sus calcetines. Los notarios, las funerarias, los bancos, por otro lado, se empeñan en acelerar el proceso que lleva del vocativo al nominativo, que sustituye la presencia ligada a un nombre por el nombre y apellidos sin cuerpo. Entre ellos y el tiempo, casi ganan la batalla. Sin embargo, cuando menos lo esperamos, quizá un ocioso día de verano, en un maldito duermevela que se escapa al control, volvemos a llamarlos. Ni están ni se les espera, pero todavía no hemos aprendido que ya es casi él, ella, y no va a responder, no se va  a molestar nunca más  porque no le dejamos en paz ni para mear.

Vamos, quizá unos meses después, al cementerio y las letras de bronce que brillaban demasiado, se van pareciendo a las de los antiguos residentes. Leemos el nombre completo,  el del libro de familia, y pensamos que ese fue nuestro marido, amante, hermano. Tú, corazón mío, a quien  llamaba sin parar en mi ayuda, como un injusto reflejo, has pasado de ser tú, a secas, a ser  Vargas Heredia, hija y nieta de Camborios.

Por eso, entre los ilustres prohombres de un cementerio civil de postín sentí el grito que salía del nicho de Antonia, a la que alguien quiso evocar en carne y hueso en cada visita, alguien que se negaba a darla por muerta del todo, alguien que no sabía que las flores marchitan sin remedio y en lugar de olor proyectan sombras.

- Otras grandes fes. Lecturas del verano de 2013 (I)
- Lápida con amor y espinas. Lecturas de verano de 2013 (II)
- Lápida. Perder la voz en la maleza. Lecturas de verano de 2013 (III)
- Identidades. Las tarjetas de visita y la ecuación de Coetzee: “JB ≠ yo”

martes, 23 de julio de 2013

Indigentes, mis semejantes, mis quasi frères.

 

IMGP0195My Madinah, Pupp Tent, Puss Tent, 2005. Jason Rhoades. Colección Helga de Alvear.

No sé cómo llamarlos. Se me atragantan todas las palabras que se me ocurren. Pobres, mendigos, indigentes. Lo son, pero no es eso lo que los define, me parece. Vagabundos, tal vez. Pero vagabundos pobres que a veces no piden. Además, el vagabundo tiene algo de vocacional. Los términos sin techo, sin casa, calcos del inglés, me contentan solo porque no arrastran  en mí aludes de connotaciones, evitan saludar  a tantas otras palabras que se cruzan en su camino. Quizá clochard, que no es nada transparente, sería mejor. ¡Pero, cualquiera se atreve a decirla! Intentaré usarla conmigo mismo.

También se me atraganta hacerles fotos. Solo me permito disparar deprisa y corriendo, a bastante distancia, sintiéndome culpable, no tanto porque les vaya a molestar como porque  tienen derecho a molestarse.

He leído que no suelen acabar en la calle a la franciscana, despojándose iluminados de lo que tenían, renegando de su origen, sino poco a poco, bajando de uno en uno los peldaños de su escalera, saltando tramos enteros a veces. Despidos que se enconan, trastornos mentales que no se asisten, drogas demasiado caras y exigentes. Cosas, que en mayor o menor medida, nos pasan a casi todos.

Veo a uno leyendo, bajo los soportales de El Corte Inglés de Goya, en Madrid, y a otro al que se le han pegado las sábanas en su terraza de la sucursal de un banco y esos escorzos de dulce vida cotidiana descontextualizada los acercan a mí. Me recuerdan que siempre tuve un porcentaje, variable con los años, de deseo de abandonar, de impermeabilizarme frente a lo deseable, lo previsible, de no ser lo era, lo que soy. El verano lo acentúa, el calor lo reaviva.

En la última estúpida fiesta de disfraces sin ingenio a la que asistí me negué a acatar el diktat que imponía un sedicente atuendo ibicenco. Bajé al sótano del chalet adosado y rebuscando encontré un viejo carrito de la compra. Le metí dentro un palo de fregona  y subí diciendo que me había disfrazado de indigente. La ropa no lo desmentía. No abandoné el carro en toda la noche y no pude llevármelo a casa, porque en un descuido la dueña lo recuperó. Quizá no haber cumplido en la vida un acto de ruptura con todo invita a hacer pantomimas como esa.

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IMGP0198My Madinah, Pupp Tent, Puss Tent, 2005. Jason Rhoades. Colección Helga de Alvear (detalle).

domingo, 21 de julio de 2013

Lápida con amor y espinas. Lecturas de verano de 2013 (II)

 

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Alguien me contó una bronca marital. La mujer había hecho unos huevos fritos con chorizo al marido. Pero él se negó a comérselos porque decía que estaban hechos sin amor. No sé si es que tenían galladura, si el chorizo no estaba cortado como cuando eran novios o chorreaban aceite. O tal vez eran perfectos, mejor hechos incluso que nunca antes, unos huevos fritos con chorizo de ensueño… pero sin amor. Y así, ay, no soy nada.