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domingo, 8 de abril de 2012

Cioran sobre la escritura a dos euros (I)

Desde que Savater dejó de hablar a menudo de él, casi no había vuelto a verlo citado. En mira por dónde. Autobiografía razonada (Savater, F, Punto de lectura, 2004) Savater lo retrata como alguien sensato y pragmático como pocos, adalid de la prudencia en su vida cotidiana, un rasgo, el de la prudencia, que, según el filósofo vasco, es frecuente entre los grandes pesimistas. Eso en el trato íntimo, porque en sus escritos Cioran (en rumano, se pronuncia de forma parecida a como si en castellano se escribiera Choran) pertenece a la línea de los enfermos de bilis negra, en cuyo olimpo reina Quevedo. Savater lo asocia a los grandes iracundos del S.XX, Céline, Thomas Bernhard, Fernando Vallejo (ibid., p. 280-290).

Anteayer estaba yo pasando un par de días en Bayona, donde llovía a mares. Fuimos a un centro comercial y durante un rato me quedé solo. Se me ocurrió ir a ver libros a la pochothèque. De repente, encontré una breve antología de aforismos de Cioran a dos euros (Ébauches de vertige, Folio, 2011. Seleccion). Pertenecen a L’ Écartèlement, Gallimard, 1979).

He aquí alguno de ellos, unidos por el tema común de la escritura. Doy la versión original en francés y una traducción al español:

1. “Si l’on pouvait enseigner la géographie au pigeon voyageur, du coup son vol inconscient, qui va droit au but, serait chose imposible” (Carl Gustav Carus). L’écrivain chi change de langue se trouve dans la situation de ce pigeon savant et désemparé.

Si se pudiera enseñar geografía a la paloma mensajera, de repente su vuelo inconsciente, que va derecho a su objetivo, sería algo imposible” (Carl Gustav Carus). El escritor que cambia de lengua se encuentra en la misma situación que esa paloma sabia y desamparada.

2. Peut-être ne faudrait-il publier que le premier jet, avant donc de savoir soi-même où l’on veut en venir.

Quizá no habría que publicar más que el primer chorro, antes de saber uno mismo a dónde se quiere llegar.

3. Un livre doit remuer des plaies, en provoquer même. Un livre doit être un danger.

Un libro debe remover las heridas, provocarlas, incluso. Un libro debe ser un peligro.

4. On n’écrit pas parce qu’on a chelque chose à dire, mais parce qu’on a envie de dire quelque chose.

No se escribe porque se tenga algo que decir, sino por ganas de decir algo.

lunes, 20 de febrero de 2012

¿Alegría?

…la alegría sobreviene…Como todos los “por qué” están en su contra, debemos llegar a la conclusión de que es sin por qué, como la rosa. Y también sin para qué: otras pasiones, como el odio o la tristeza, nos sirven para defendernos de los demás o para reclamar bienes perdidos, pero la alegría se contenta modestamente consigo misma y no es instrumento para conseguir cosa alguna (Savater, Fernando, Diccionario filosófico, Ariel, 2007, p. 37-89).

Lo que transmiten estos recién nacidos es alegría, a pesar de que las fotos sean algo relamidas. Quizá también sea alegría lo que sienten. Desde  luego, es una alegría que conseguirá muchas cosas, por lo menos de sus papás. Fotos Maria Murray/Iberpress (Fuente):

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       Il sorriso dei neonati nelle foto di Maria Murray

        Il sorriso dei neonati nelle foto di Maria Murray

         Il sorriso dei neonati nelle foto di Maria Murray

             Il sorriso dei neonati nelle foto di Maria Murray

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                 Il sorriso dei neonati nelle foto di Maria Murray

       Il sorriso dei neonati nelle foto di Maria Murray

          Il sorriso dei neonati nelle foto di Maria Murray

         Il sorriso dei neonati nelle foto di Maria Murray

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Savater, pildoras de consuelo.

 

…el periódico de ayer ya se quedó viejo pero Homero siempre es joven.

Ciertamente la afición a la lectura no es garantía de habilidad en la gestión de la cosa pública ni de tino para afrontar las crisis más urgentes. Y sin embargo, carecer de interés por los contenidos que atesora nuestra tradición intelectual tampoco es precisamente un buen síntoma. (El País, F. Savater)

Otro tanto cabría decir seguramente de la vida privada. A quien le gusta, la  lectura le garantiza diversión, entretenimiento, sufrimiento, dolor y gozo, pero dudo que siente las bases de la sabiduría, entendida como una gestión ecuánime y fructífera de la vida. Si acaso, en quienes llevan la sabiduría en la sangre, la lectura pule las asperezas, da profundidad a los planteamientos, crea resonancias, establece puentes. Pero eso es otra cosa. Sin embargo, es evidente que muchos de los grandes sabios unían conocimiento y acción, porque la acción sola a menudo acaba en disparate y, por otro lado, nadie tan patético como quien sabe todo y no conoce nada.

domingo, 17 de julio de 2011

Savater, 15 M, mastuerzos, ¿qué hacer?, refundar la socialdemocracia, i segreti della casta di Montecitorio

Unos de los leitmotiv de los indignados consistía o consiste en proclamar que nuestros políticos no nos representan. Savater, con sarcasmo, ha venido a decir, según entiendo yo, que el problema es que sí que nos representan y que soslayar este hecho  es fruto del desconocimiento de  nuestro sistema democrático y puede abocar a quienes apoyan esa idea, calificados por él como “mastuerzos”, a desmanes que acaben por alimentar las deficiencias del sistema que se intentaba criticar: "no seas majadero, el problema es que sí te representan y por eso debemos buscar a quien mejor nos represente".

La polémica me trae a la cabeza a esos muchachos que desilusionados por un padre mandón, pegón, maltratador o simplemente intransigente o criticón, dicen que “ese no es mi padre”, como los indignados dicen que los políticos no les representan.

Que el padre sí lo era se podría haber demostrado simplemente con el libro de familia, pero, además, se encarga generalmente de demostrarlo el tiempo, a través de rasgos físicos o actitudes que, queramos o no, van acentuándose. Pero en la negación del padre suele, sin embargo, haber un ideario implícito que pone en tela de juicio los valores que guiaban el comportamiento paterno. Hasta tal punto que el hijo llega a hacer de su vida un drama dedicado a negar los hechos y dichos de su progenitor.

Algo parecido ocurre con nuestros políticos. Que nos representan es algo cuyas consecuencias podemos observar a diario. También asistimos al espectáculo de esa representación a través los medios de comunicación. Y quien piense que es todo un montaje y las imágenes del parlamento están trucadas puede incluso solicitar una invitación a la tribuna de invitados.

Desde luego, otra cosa es decir que un padre no se comporta como debería de comportarse o que los políticos no nos representan como deberían de hacerlo, todo ello de acuerdo a una escala de valores de esos con los que la llamada educación para la ciudadanía tendría mucho que ver. Porque quien siente a su padre biológico como si ni siquiera lo fuera y quien desprecia al pelotón de los políticos como un homogéneo rebaño infectado, por lo menos en el caso de los indignados, suele hacerlo por despecho. Quizá, aquel “no nos falles” dirigido a un Zapatero recién elegido hace casi ocho años fuera un síntoma de lo que acabaría ocurriendo. Pero eso es otra cuestión. Lo que quiero poner de relieve es que una parte de tanta desilusión es la otra cara de la moneda de la ingenua ilusión de los años de bonanza, cuando tantos podían permitirse muchas cosas y decían me lo quedo alegremente. No puede ser que el sistema sea tan bueno cuando nos favorece y tan malo cuando cambian las tornas, porque entonces equivaldría a una partida de póquer.

Y si hay algo insoportable en una timba es que el que pierde se queje y el que gana se muestre demasiado contento.

Quizá Savater se mostraba tan indignado con los indignados, porque sabe que hay formaciones políticas que persiguen objetivos semejantes a algunos de los del 15 M y obtienen escaso porcentaje de votos, que él mismo lleva dando la cara muchos años por planteamientos que defienden la honestidad, la transparencia, la obligación de rendir cuentas y un recién indignado no tiene legitimidad para enmendarle la plana.

Sin embargo, es cierto que en los eslóganes, en buena parte de las propuestas, en muchos de los modos de actuación del 15 M, había verdad, salud, deseos de una sociedad más justa y libre. No creo que eso  pueda negarse y de ahí, seguramente, proviene la espontánea simpatía que el movimiento provocó en mucha gente. Lo que pasa es que una actitud ingenua, utópica, es fácil que pueda caer en la demagogia o en la simplificación excesiva. Un reciente blog y página de facebook de enorme éxito en Italia quizá sea un buen ejemplo de  ello. Un trabajador con contrato temporal despedido recientemente del parlamento está denunciando  los muchos privilegios de los diputados italianos, desde las cuantiosas partidas dedicadas a la salud bucal de sus señorías y familia hasta los descuentos en tarifas de móvil o en la compra de coches, algo que recuerda a lo que ocurrió en Inglaterra cuando se descubrió que los parlamentarios cargaban todo tipo de gastos personales a partidas públicas.

Y es que quien protesta, tarde o temprano debe plantearse a dónde conduce lo que plantea, y debajo de la indignación asoma la cabeza la gran cuestión del qué hacer, si considerar que el sistema no es válido y organizarse para erosionarlo o refundar la socialdemocracia siguiendo, por ejemplo, los planteamientos de uno de los autores que hacen parte de la biblioteca del  indignado ilustrado, Tony Judt, el autor de Algo va mal, recientemente reeditado en la colección de bolsillo de Taurus. En el primero de los dos casos, cuestionando las bases del sistema democrático capitalista, corremos el riesgo de volver a cagarla, como la cagaron estrepitosamente los regímenes socialistas de la Europa del Este. Habrá quien prefiera aquello a esto. Esto, sin duda, va mal para muchos y muy mal para demasiados, pero es que aquello no daba para más. En el segundo de los casos, el riesgo, casi la certidumbre, consiste en saber que seguramente las cosas mejorarán, pero también que, a causa del carácter cíclico de la economía capitalista y por ende de los epifenómenos ligados a ella, todo volverá a repetirse y que los jóvenes del 15 M serán padres de hijos de otro día y de otro mes moviditos del futuro. Entre tanto, bien está que andemos con ojo en las próximas elecciones, no vaya a ser que todavía empeore más la situación, aunque algunos pensarán que debe ser precisamente eso lo que pase antes del día de la lucha final. 

[Foto2697[4].jpg]

Nota: las fotografías que aparecen en segundo, tercer y cuarto lugar pertenecen al blog del Dep. de español para extranjeros de la E.O.I. de Zaragoza.

sábado, 10 de julio de 2010

Sonambulismos varios: Sleep-walking, sleep-eating, sleep-copulating and sleep-murdering

Por segundo día consecutivo me topo en la prensa con referencias al sexomnio, “un trastorno del sueño que conduce a practicar sexo, en compañía o en solitario, mientras la persona está dormida” (El País, EP3, Sexo consultorio, 9 de julio de 2010). En el caso del sexo en compañía debe entenderse que debe estar dormido antes de acto por lo menos uno de los participantes, y que no vale quedarse frito ni durante ni después. La segunda referencia a este trastorno se encuentra en la reseña que publica el iht de un libro dedicado a distintas cuestiones ligadas al sueño, una (in)actividad cuya función está aún poco clara.

WIDE AWAKE. A Memoir of Insomnia, Patricia Morrisroe. 276 pp. Spiegel & Grau. $25

Hace poco leí que la poetisa Concha  Méndez supo que vagabundeaba sonámbula  casi tanto como despierta por el rastro de cera de las velas que utilizaba para iluminarse. Cernuda, que quizá la vio por allí, porque pasó en la misma casa el último periodo de su vida, a pesar de lo reservado que era podría haberle hecho notar en un aparte no sé si la inutilidad (quizá lo hacía para disimular), pero sí desde luego el peligro que suponía abusar de las velas durante sus garbeos nocturnos. Recuerdo que, por lo menos como deseo, también existe el sleep-learning de idiomas. Todavía este año he tenido un alumno que lo practicaba con excelentes resultados, según él. Se ponía unos auriculares a través de los que oía una cadena de mantras, noticias, cotilleos, anuncios de compraventa, discursos de gran orador que es Berlusconi, etc,  durante toda la noche. Se despertaba algo cansado, en las clases le veía bostezar distraído, pero él pensaba que valía la pena, porque, se te quedan las palabras, la pronunciación y hasta las estructuras sin esfuerzo,  comentaba ojeroso. Yo prefiero dormir, aunque tenga que levantarme temprano para estudiar, decían sus compañeros.

Salvo el sleep-murdering de mosquitos, lo ideal sería  que se pudieran practicar todos los otros trastornos del sueño bien combinados, hasta llegar al sleep-working, que es algo que, por otro lado, algunos hacen ya muy bien, sobre todo en grado de tentativa. Que un trastorno haya acabado por convertirse en un hábito positivo no debe ser algo raro en el progreso humano. Quizá cocinar los alimentos empezó siendo un caprichito de unos pocos melindrosos y acabó por convertirse en lo que hizo al hombre. No se me ocurren mejores ejemplos, pero intuyo que convertir  la necesidad en arte está en la base de la evolución humana. Cuando, por fin, hagamos casi todo dormidos y hayamos invertido el tiempo medio de sueño y vigilia, habremos conseguido dar verdadero sentido a las cosas que hagamos despiertos, que serán de las que seremos verdaderamente responsables. De las 24 horas que dura el día habrá que escoger unas 8 para estar despiertos, aunque a algunos les basten 6 o incluso menos para llevar un ritmo de vida normal.  A F. Savater, por ejemplo, con cuatro, más diez minutos después de comer, le será suficiente para desplegar toda su actividad pensante. Parafraseando un libro de microcuentos que no recuerdo bien -lo leí con la técnica del sleep-reading- si, llegados a la hora del juicio final, Madoff, por citar uno de tantos, adujera el calor como motivo de su parte de error en los millones de errores que han provocado la crisis financiera mundial, el improbable jurado que se ocupara de su caso podría decirle, pero para establecer su grado de responsabilidad lo que nos interesa a nosotros es saber si usted estaba dormido o despierto cuando lo hizo. A lo que él podría  contestar, en un ataquín de sinceridad, no sé si estaba dormido o despierto, pero les puedo asegurar que estaba soñando.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Rincón de los reportajes. Batallitas y merchandising taurino. Más perdido que Carracuca sobre la cuestión del toro: bullfighters, bull trainers, bull lovers, bullfigthingphobics, bull-baiting, bull-ring y hasta bull-runnings.

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Un regalo taurino. Lista de artículos en venta en una tienda situada cerca de la madrileña plaza de las Ventas.

Ando dando vueltas al asunto ya desde hace meses. Nací cerca de la plaza de toros de las Ventas, en Madrid. El portero de mi casa, para sacarse un dinerillo, era acomodador de fin de semana en el coso y, a veces, durante la feria de San Isidro, nos daba alguna entrada de tendido. Había conseguido el puesto a través de otro vecino, D. Rafael Campos de España, conocido crítico taurino. Otras veces, de pequeño, iba a la plaza con mis padres. Recuerdo haber aborrecido el espectáculo, quizá porque no me querían dejar solo en casa y me obligaban a acompañarles. Cuando eran novios, mi padre también llevaba a mi madre a las corridas. Recuerdo haberle oído contar a ella de cuando vio a Manolete, Arruza o Bienvenida. Después, compartí afición con un hermano mío. Durante temporadas asistí a la plaza por San Isidro, la feria de Otoño y hasta muchos domingos al tendido del siete, a protestar, o ver cómo protestaban, sobre todo, los cuatro de turno, cómo a la menor decían “pico”, “pico”, si el matador ponía oblicua la muleta al citar a la res. Vi a Sánchez Ferlosio, I saw his ribbons and his bows, y al erudito americano David Reher. También vi a un toro desnucarse contra el lateral de cemento de una barrera y quedar allí a la espera de una puntilla que no había manera de dar por la postura de aquel cuerpo de más de 500 quilos. Otro día, vi salir al ruedo a un perrillo, creo que durante una Corrida de la Prensa, y vi cómo no había manera de atraparlo, cómo se hizo de noche y tuvieron que encender los focos y pasamos de las dos horas habituales que dura una corrida a más de tres. También vi el mechón blanco del redivivo Antoñete y alguno de sus trincherazos y medias verónicas. Creo que hasta le vi cortar una oreja. Y vi al albatros Rafael de Paula hacer el paseíllo patizambo y al poco convertirse en el bailarín conocido como er pinsé. Le vi, además, salir del ruedo entre almohadillazos, pero también estuve presente cuando, de repente, el toro le gustaba y hacía una chicuelina y la plaza enmudecía y el paso del tiempo se alteraba, más que en Perdidos. Una chicuelina y, todo lo más, la emocionada espera de otra. También a Curro Romero le vi hacer de las suyas ante un público dispuesto a lincharle o a rendirse ante él, pero a no perdonar que el tarro de las esencias se quedara cerrado y el diestro de Camas se fuera de rositas. Y es que, a quién no le gustaría vivir mecido en una de sus verónicas. Y a Manolo Vázquez, magnífico en su austeridad, también le vi. Y a Morenito de Maracay, poniendo banderillas y yo riéndome, para impresionar a mi novia, de aquellos ademanes pintureros. Y vi a Esplá, el erudito, y a un hermano suyo, que me parecía mejor torero.

Nestoque Después, dejé de ir a los toros. Una de las últimas corridas que vi fue en Ciempozuelos, desde la barrera, porque mi padre tuvo que ir como Médico de pueblo. Se habia jubilado de otro trabajo y pidió el reingreso en aquel cuerpo. Desde la barrera, el espectáculo me acabó de disgustar. Aquel ballet, visto de cerca, se hacía amargo. Después, con el paso del tiempo, creo que en algún momento me sentí declaradamente anti taurino y esperaba la columna anual de Vincent en El País para festejar mi nueva fe. Pero, he de decir que si me caía una entrada entre las manos la aprovechaba y si se trataba de buenos toreros disfrutaba hasta de momentos de solaz durante la lidia.

Al hilo de la polémica suscitada por el debate que está teniendo lugar en el parlamento catalán sobre el tema (http://www.abc.es/20100303/toros-/salvador-boix-levanten-sitio-201003031049.html), me llegó un correo titulado Artistas o asesinos hace unos días. Todo él rezuma maximalismo –ergo simplicidad. Dándole crédito, los toreros no serían otra cosa que un grupo compacto de crueles malhechores y la corrida una actividad en la que se mata por mera diversión, llena de atrocidades y cruel refinamiento, una ciencia de la tortura, en palabras textuales. En el lado contrario, a distancia sideral de la primera postura (aunque mirada la cosa con detenimiento la distancia que separa a unos y otros es la misma que separa a los extremeños), se sitúan los defensores a ultranza de la llamada Fiesta Nacional, entre ellos los que quieren declararla Bien de interés cultural y apelan incluso a la Unesco(http://www.elmundo.es/elmundo/2010/03/05/toros/1267761653.html), como si así el debate quedara ventilado ad aeternum, gracias a una especie de creencia en que lo cultural es carne de dios, intocable, inmarcesible, sagrada, aunque, en verdad, la etiqueta cultural está mas bien ligada a cosas como la letra de aquella canción… “me lo dijo Pérez, que estuvo en Mallorca y vino encantado de todas las cosas que vio por allí”. Se cuenta que un parlamentario inglés tiró a otro un vaso de agua en respuesta a sus comedidos argumentos sobre una cuestión. El agredido, aunque incómodo por lo mojado que había quedado, le contestó: “Bueno, sigo esperando su argumentación”. Creo que las posturas maximalistas descritas son jarros de agua helada lanzados contra el oponente, que dicen más de quien las lanza que de aquello que se trata de dilucidar, porque, en tanto que argumentos, carecen de peso. En cuestiones complejas como esta, en la que hay en juego tantos factores e intereses de todo tipo, legítimos y seguramente alguno también ilegítimo, es en las zonas grises donde radica el quid y no en las zonas extremas, o sea, en las que ocupan, por un lado, los abolicionistas radicales y, en el otro los defensores de las esencias culturales patrias.

toros

Es verdad que el toro de lidia sufre de forma brutal durante la corrida, pero también lo es que en su vida previa vive, podríamos decir, como un señor, libre, con espacio, bien cuidado y alimentado, en compañía de sus congéneres. Es verdad que en cierta medida el sufrimiento del toro es gratuito, si por gratuito entendemos que podríamos prescindir de la corrida sin riesgo para nuestra vida, pero también lo es que podríamos prescindir de todos o la mayor parte de los alimentos que provienen de animales con sistema nervioso central y cuya vida es más desgraciada que la del toro. Es verdad que el toro muere en el ruedo mala manera, pero también lo es que los animales de matadero mueren en especie de centros de exterminio, por decenas de miles todos los días. Como dice Elisabeth Costello, un personaje de Coetzee, quizá su alter ego en estos temas:

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Coetzee, J.M., Elisabeth Costello, Barcelona, Debolsillo, 2005, p. 102-103.

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Entre los contarios a la corrida los argumentos son poderosos, como, por otro lado, no podía ser menos ante la evidencia del espectáculo. Lo que pasa es que el tono, a menudo, es excesivo y hace pensar que la ilustración de cuya herencia se reclaman herederos tiene tintes iluminados. Es el caso de J. Mosterín en las páginas dedicadas al tema en Vivan los animales (ed. Debolsilo, p. 251-270).

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Afirmaciones como las siguientes pecan, en mi opinión, de verborrea lógica y poco ayudan a configurar una imagen realista de la cuestión: “…siguen una faenas de capote…Es el único momento de la fiesta taurina que una persona sensible puede contemplar sin sentir ganas de vomitar” (p. 258); “Los políticos…prefieren seguir la corriente al poderoso grupo de presión de los empresarios taurinos, que mueve miles de millones de pesetas embruteciendo a las masas…” (264); “…el hortera mundo taurino, con su cursileria supersticiosa, su sensibilidad embotada y su retórica ramplona y achulada.” (P. 269).

Es verdad que el momento dulce de la corrida son los quites con el capote y, ahora que me doy cuenta, casi todo aquello a lo que me he referido en mi experiencia como espectador tenía que ver con ello, pero es un exceso augurar que cuando por fin se llegue a la abolición del espectáculo “los picadores, toreros y demás ralea recibirán una beca para que aprendan un oficio con el que ganarse la vida honradamente.” (p. 270). Mosterín acusa a a F. Savater de no estar a la altura de su habitual finura en el tema -sobre la posición de este véase, por ej., http://www.elpais.com/articulo/cultura/abuso/arrogante/elpepicul/20100304elpepicul_3/Tes-, pero se tiene la impresión de que, por momentos, quien adolece de finura es él mismo. No me parece suficiente responder a los a menudo endebles argumentos –“o, más bien, exabruptos” (p. 265)- de los defensores de la fiesta (p. 265-268). Más bien, habría que plantear argumentos de fondo sobre nuestra relación con el medio y sobre el difícil equilibrio entre la crueldad y el ejercicio de la violencia necesaria en relación al desarrollo de la vida humana. Rebatir lo simple no es suficiente si se quiere convencer, además de vencer.

toro

Si se ha de dar un voto de condena pública al espectáculo yo estaría de acuerdo, porque encuentro pocos argumentos positivos a favor de él y bastantes negativos. Entiendo la afición como una especie de vicio privado, no sé si grande o pequeño. No creo que estar afectado por él y estar dispuesto a considerar sus aspectos negativos sean cosas incompatibles. Pero, prohibir, como pretenden las recientes iniciativas, es otra cuestión. No se puede excluir la medida, desde luego. Sin embargo, antes, se debería intentar llegar a un acuerdo maduro, en esa zona gris en la que se mueve la vida adulta, un acuerdo que, como es de rigor, no contentara a nadie, pero que supusiera un esfuerzo por ponderar las razones propias y ajenas, más allá de los intereses de parte, en aras de bien colectivo. Ese sí que debe ser un imperativo ético, tal y como yo lo veo, un imperativo de la actividad política bien entendida.

miércoles, 27 de enero de 2010

Rincón de las anécdotas. Exámenes orales

Los exámenes orales a veces me resultan muy difíciles de hacer, no tanto de preparar como de ejecutar. Me ocurre que en los monólogos, que son más bien breves discursos del tipo de los temas de oposición, pero sobre cuestiones banales -huimos de la densidad como los gatos huyen del agua (quizá para no discriminar, quizá para no ponernos en evidencia- me ocurre, digo, que me pongo a hablar y acabo robando la palabra al alumno, que poco a poco me cede el protagonismo hasta a veces enmudecer. En los malos días, pienso que sufro de narcisismo, en los buenos, que me gusta debatir, convertir la situación en algo parecido a la realidad, esa en la que dos personas hablan sobre algo, porque cuando habla uno solo tanto tiempo con tan poca chicha disertadora como la que solemos escuchar le toman por loco o charlatán. Pero es que, por otro lado, de eso se trata precisamente, de asumir con corrección el papel de charlatán, porque, monólogos de tres minutos son, por suerte, excepcionales en la vida ordinaria. Los examinadores nos fijamos más bien en la forma, en la capacidad para construir con mediana corrección un pequeño edificio lingüístico, sin parones y con cierta agilidad. A veces, una apariencia de soltura nos basta, como si no fuéramos conscientes de que cuanto más denso es el contenido más difícil es de mover con ligereza. Y es que los exámenes de lenguas extranjeras son un canto a la banalidad, una antología del tópico. Los que cuenta es el cómo lo dice, no qué se dice, porque lo que se dice aprender cosas, en nuestras clases se aprenden pocas, quizá por eso los alumnos tienden muy a menudo a tomar la propia como la madre de todas las lenguas, porque derivamos hacia un juego de formas en el que el vértigo del conocimiento, los contenidos, con su inercia positiva, no se imponen sobre la forma.

El caso es que el otro día, en mi examen trimestral, el alumno en cuestión, una persona de cierta edad, no pudo resistirse a hacer consideraciones serias sobre la ciudad de Roma y además en un alarde de conocimiento quiso envolverlas con un ropaje a la altura de la ciudad eterna. Empezó hablando del Papá, derivó hacia Jesucristo, de ahí paso a los cuatro judíos más importantes de la historia, y cuando dijo que eran el citado Jesús, Marx, en ámbito político social, y Einstein, por lo que se refiere a la ciencia, yo no pude resistirme ante la injusticia y dije, siguiendo por cierto, como he visto después la opinión de decenas de sitios web , que faltaba Freud. la cosa no pareció agradarle, quizá porque otras tantas páginas web presentan otros hit parades de importancia distintos. Después , he seguido dando vueltas al asunto, y me reafirmo en que por lo que a mí respecta Freud debe estar en la pomada. Casi nada que tenga que ver con el interior de las personas, con su carácter, pasiones, dudas…, puede interpretarse sin un trasfondo, más o menos intenso, más o menos ortodoxo, freudiano. A menudo, soy incapaz de participar en conversaciones en las que tópicos como la neurosis, la histeria, las manías, todo con un inequívoco velo freudiano, mediaticen mis opiniones. Pero es más, mimo mis pulsiones, soy medianamente consciente de los vericuetos de mi subconsciente, mi super ego me tiene a raya, y para qué les voy a hablar de mis sobreactuaciones si no conocen mis complejos.

Después del examen me acordé de un hermoso texto de F. Savater sobre la cuestión, hermoso y clarividente, porque sitúa la figura del gran psicólogo en un ámbito tan amplio como para poder hablar de él en términos de dignísimo heredero en parte rebelde de la gran tradición humanista y racionalista. De Jesús y Marx no digo nada, que, sobre todo al segundo, lo tengo en un pequeño altar que descuido a menudo, y de Einstein sé poco. Leí la vieja introducción al personaje de D. Font y la más reciente de Fernández Buey, y he oído que hasta los móviles existen en parte gracias a él. No sé si reprochárselo o agradecérselo. Desde luego, a fin de mes, maldigo su nombre en euros. Pero, he de reconocer que soy casi analfabeto en temas científicos. savi1defsavi22def

savidef Savater, Fernando, Diccionario filosófico, Madrid, Planeta, 1995, La voz Psicoanálisis ocupa las págs. 296-303.