adiós

jueves, 19 de agosto de 2010

¿Y si aquello no fue un timo?

Paseo por Madrid a la busca de algún reclamo visual apto para un mirón tuerto como yo. De repente, veo en una esquina de la Gran Vía a un Bob esponja de unos diez centímetros de altura, hecho con papel pintado a mano. Está bailando al ritmo de un radiocasete que vomita la banda sonora de Grease y se mueve sobre unas patolinas de hilo de lana, como el que usaba mi madre para tejer los jerséis de mi adolescencia. Unos círculos de cartulina negra hacen las veces de pies del muñeco. Lo unen al radiocasete dos finos hilos de coser, invisibles en las fotos, que presumiblemente le transmiten los impulsos de los cuales resulta su movimiento sincopado. La forma de moverse me recuerda a Travolta, pero no al de las escenas de baile, sino al pandillero que caminaba  como si fuera un descarado cachorro de dinosaurio vestido con chupa negra, al tiempo que se atusaba el tupé con un peinecillo de esos que tanta vergüenza da sacar y hasta tener en el bolsillo. El puesto improvisado -venta ambulante, me informa el titular del garito- cuenta con otros héroes infantiles del mundo del cómic, Piolín, Burt Simpson, una Supernena…, metidos en sobres que contienen las instrucciones de uso del juguete en un par de idiomas. Todo tiene un aire de encantadora sencillez artesanal y reciclable. Hasta el precio acompaña para hacer convincente la oferta. Es algo que mi mujer definiría como “una monada”, siendo monada un tipo de objeto que dan ganas de comprar, independientemente de su valor de uso y hasta de si su funcionamiento es acorde a las leyes de la física, tema que, por otro lado, conozco bastante 
imagemal.  Me coloco a unos cuatro metros de distancia y no dudo en hacer una foto del conjunto (Foto n.2), de la que consigo excluir al titular del negocio, un poco por miedo a que se moleste y otro poco por mi lejana experiencia con otro de estos bailarines de papel, Mickey mouse, hace entre quince y veinte años, si mal no recuerdo.
Me coloco a unos cuatro metros de distancia y no dudo en hacer una foto del conjunto (Foto n.2), de la que consigo excluir al titular del negocio, un poco por miedo a que se moleste y otro poco por mi lejana experiencia con otro de estos muñecos, Mickey mouse, hace entre quince y veinte años, si mal no recuerdo.

                             

                                                                           (Foto n. 2)
Foto1742
Me explico. Íbamos un día mi mujer y yo de paseo veraniego por Conil de la Frontera cuando vimos a uno de estos bailarines de papel. Nuestra hija era entonces muy pequeña y pensamos en la ilusión que le haría ver bailar a Mickey mouse casi por arte de magia. Seguramente, aunque todo hubiera ido como debía, ella no habría sentido como nosotros la seducción mágica, pues por entonces tenía unos cuatro años y tanto le daba si los muñecos bailaban a empujones como si lo hacían telecomandados o pidiéndoselo por favor, porque para divertirse le bastaba que los 
malditos bailaran. Miento, era una niña sensible e intuíamos que sabría apreciar la sutileza y
exquisita
Foto1743precariedad del curioso juguete casi milagroso. El ingenio de su creador nos había obnubilado hasta el punto de que antes de comprarlo ni siquiera nos planteamos cómo era posible que funcionara. Los escasos conocimientos técnicos que poseemos también debieron de influir para hacernos creer.
Llegamos a casa, montamos el tinglado varias veces, desde el principio con la niña delante, y nada de nada, el cisne no volvió a bailar, aunque el radiocasete seguía cantando. Yo, por entonces, aún creía en los derechos del consumidor, venta ambulante incluida, y pensé en ir a reclamar, quizá incluso lo hice, no recuerdo. Mi hija debió notar nuestra excitación al montar el tingladillo y escoger la música y cómo en silencio apagamos la música después de varios intentos de dar vida al Pinocho de papel. “No pasa nada, no pasa nada”, supongo que diría yo, con el rebote por dentro. Pero no sé si ella sintió lo mismo, el ridículo de sus padres. Seguramente, pasó página al instante, ajena a nuestro exagerado abatimiento.
Había algo desconcertante en el desencanto que sentíamos. Hubiéramos querido que nuestra hija participara de la magia que habíamos visto por un instante, una magia que, sin embargo, dependía de la seguridad de que había gato encerrado, pero el gato de las maravillas. No caíamos en la cuenta de que su mundo infantil era de forma natural, sin tantas alharacas, un mundo lleno de hecho extraordinarios, inexplicables. Hoy siento que al paraíso o al infierno de la infancia no se puede volver más que a medias, con un ojo tapado y el otro bien abierto y no con los dos como platos y la boca abierta, que es como habíamos quedado al ver al  primer bailarín mágico. Seguramente, el timado se suele recuperar anímicamente en seguida, porque comprende que su error se basaba en una inocencia impropia de su edad o condición. A menudo, nos engañan tanto como nos dejamos engañar. De todos modos, queda el hecho de que lo prometido, sea o no sea verdad, era hermoso, por eso se siguen vendiendo esos papelajos con hilos.
Una hora después de la primera foto (Foto.2), poco convencido del resultado, volví al mismo sitio y pregunté al  vendedor si podía tomar otra imagen de Bob desde más cerca. Me preguntó que para qué la quería y me señaló que hacía un rato ya había tomado otra. Me chocó que lo recordará, porque pensaba que ni se había percatado de mí al hacerla, pero me dijo que la venta ambulante estaba prohibida y que tenía que tener cuidado. Le expliqué que no tenía nada que temer y que, además, a él no iba a sacarle en ningún sitio. Para mis adentros, pensé que no podía tratarse de un timo, porque un timador levanta el campo en seguida y no se expone a que a su víctima le dé tiempo a volver de casa a sacarle los ojos. De todos modos, esta vez no compré el muñeco. Mi hija tiene ya casi veinte años y no quería exponerme a nuevas dudas sobre mi manejo del radiocasete y mucho menos a otra desilusión.