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domingo, 4 de septiembre de 2011

Ecos buenos y malos del conflicto de los profesores de Madrid

Me llegan noticias del conflicto en el que está enfrentado el gobierno de la Comunidad de Madrid con un buen número de los profesores de enseñanzas medias que rechazan las instrucciones de principio de curso mandadas a los centros por la Consejería de Educación, encabezada por Lucía Figar. La razón fundamental son las medidas en la que se han traducido los recortes en el presupuesto destinado a educación. En el fondo de la cuestión también aparece el rechazo de muchos profesores a la declarada orientación neoliberal de E. Aguirre, que tan mal casa con la potenciación de los servicios públicos y tan bien encaja con su descrédito. Ante los apuros en los que se encuentran las arcas públicas resuenan los ecos de la, en palabras de Toni Judt, inmortal frase de Margaret Thatcher (1), uno de los modelos políticos de la presidenta madrileña, “no hay alternativa”. Algo parecido a la constante evocación del mercado para presentar las propias decisiones como indiscutibles. Pero los profesores sí creen que la hay alternativa y están organizándose para que las cosas se hagan de otra manera que no perjudique a la buena calidad de la enseñanza, tan anhelada por todos -de boquilla, a menudo- y perseguida por tan pocos.

Por lo que he visto, la voz de los profesores de E.O.I no ha estado muy presente en los debates. En un amplísimo resumen de una de las multitudinarias asambleas celebradas estos últimos días solo una interina tomó la palabra para expresar su miedo a quedarse sin trabajo este año y quejarse de que se habían cerrado grupos y eliminado idiomas (intervención n. 38 del resumen).

Por lo demás, en los grandes medios de comunicación el debate se ha centrado en la ampliación del horario lectivo de 18 a 20 horas impuesta por E. Aguirre. Los comentarios de los lectores que he leído en algunos medios digitales al respecto me han dado vergüenza ajena, por imagen tan simple, injusta e ignorante de la realidad laboral de los profesores que reflejan. La mayoría de los comentaristas habla de nosotros como privilegiados que trabajamos muy poco y encima no somos solidarios con los esfuerzos que, en condiciones penosas, están haciendo ellos para sobrellevar la crisis. Comparan nuestros horarios de trabajo con los suyos y concluyen que somos vagos redomados. No merece la pena contradecir opiniones tan infundadas o faltas de matiz, pero sí decir algo al respecto sobre cómo quienes se quejan de horarios infernales, de pésimas condiciones de trabajo (horas extra sin remuneración, constante obligación de atender encargos en su tiempo libre, tremendas bajada de sueldo) desean lo mismo para nuestro colectivo sin pararse a pensar en que él podría reivindicar mejoras en sus condiciones de trabajo. Valgan este par de botones copiados de El Mundo como muestra de la tónica de las intervenciones:

#12 el bajo nivel academico y la actitud de los profesores es uno de los grandes problemas de este pais, si se estan quejando para no trabajar que valores inculcan en los alumnos? pura vagancia, desazon, apatia, etc... el que no quiera trabajar A LA CALLE!!! que hay muchos interinos esperando plaza fija y deseando trabajar de verdad. Es facil echar la culpa a los alumnos de sus mala actitud en clase, etc pero yo creo que la culpa nunca es 100% de uno solo, y la vagancia de los profesores cuenta en la educacion y ejemplo a los alumnos.
#14 Los "profesoros" y profesoras son funcionarios de la enseñanza, luego es normal que cualquier esfuerzo laboral les espante. Si tan crudo lo ven, si tan esclavos se sienten, lo tienen fácil: que dejen sus puestos de trabajo a los profesores de la educación privada. Estos están acostumbrados a trabajar mucho más que ellos y por menos sueldo. Que cierren al salir.

No he leído comentarios que hablen de la conveniencia de organizarse para luchar en defensa de los derechos laborales, del trabajo realizado en buenas condiciones, salvo las respuestas de los que provienen del gremio. Parece que la crisis, en lugar de despertar la solidaridad reivindicativa, está despertando la sumisión, provocando una especie de nuevo ¡vivan las caenas!, un florecimiento de la carne de cañón que solo puede concebir a los demás trabajadores de igual manera.

Quizá el mundo que, entre veras y bromas, evoca este rap, un mundo férreamente compartimentado y clasista no es esté por venir, sino que ya está aquí. Quizá “pagar la crisis” no significa solo un paréntesis de precariedad, sueldos más bajos, mayor paro y peores condiciones de trabajo, sino que además significa desandar a palos legales el camino hecho, hasta la (re)instauración de un sistema, destinado a perdurar, en el que las cesiones coyunturales se hagan definitivas, a menos que nos opongamos a designios e intereses que no son los de la mayoría:

(1) Judt, Tony, El refugio de la memoria, Madrid, Taurus, 2011, p. 193.