adiós

sábado, 31 de diciembre de 2016

Nota: Muñoz Molina tizna de Reader's Digest el halo de Benjamin

“Yo creo bastante en la eficacia de la impertinencia, sobre todo en la de determinadas opiniones impertinentes… En cierto modo esas opiniones son, por impertinentes, las más útiles, las más atractivas. Si las opiniones se matizan, pues se vulgarizan, y entonces caen en el lugar común. En cierto modo, la opinión radical puede hacer daño, pero no deja de ser un extremo del campo de la opinión, lo linda… Una opinión tajante es más atractiva que una opinión mesurada. Me gusta ir por el mundo con ideas radicales. Ya que uno no puede radicalizarse en la vida pública, sí al menos en la vida privada”. 

Benet, Juan, Ensayos de incertidumbre, edición de Ignacio Echevarría,  Barcelona, Debolsillo, 2012, p. 477. 


Hoy, que es fin de año, me dejo llevar por mi mínima,  muy mínima, afición a leer el Ida y vuelta de Antonio Muñoz M. en Babelia, dedicado no tanto a W. Benjamin como a la biografía que Howard Eilland y Michael Jennings escribieron sobre el polígrafo alemán. Si de vez en cuando no pescara en los arítculos del ubetense embajador de El País en los Estados Unidos, no podría mantener viva mi antipatía por el personaje, algo que anima mis mañanas de sábado provinciano. 
Hace tiempo que Muñoz M. se ha convertido en el masticador de los grandes acontecimientos del mundo cultural, en especial del anglosajón. Tengo entendido que vive vive o medio vive en Nueva York, lo cual debe facilitar el empeño digestivo, amplificado por los babélicos aunque cadenciosos vómitos semanales. Tersos textos que vulgarizan lo que de original pueda quedar en los personajes reseñados, de los que se apropia desde su óptica de curioso burgués , tiznando a menudo de empalagosa ficción la vida de quienes merecen mayor respeto, la muerte del príncipe idiosincrásico por antonomasia: "El reloj estaba abierto sobre una repisa, junto a la cama donde yacía Benjamin, que no paraba de mirar la hora. Quizás en ese momento ya había tomado su dosis de morfina y comprobaba en el reloj la rapidez de su efecto". Y es que ni morir tranquilo le deja, con ese intruso afán de sentirlo uno de los suyos, unido a él en el camino de la cultura adocenada. 
En fin, que espero estar de vuelta otra vez dentro de algunos meses, una mañana de frío, con mi perro que tira de la correa, leyendo a trompicones el adormecedor artícul de turno, quizá otro fin de año, como hoy. Hasta entonces, me basta con esta ida. ¡Pobre príncipe, mira que hacerlo morir con las gafas puestas, menos mal que todavía hay quien se lo toma en serio e intenta mantenerle el pulso tomándose a risa su halo

Benjamin según Scholem. Retrato impresionista sobre la idiosincrasia del príncipe o ¿quién lo hubiera dicho? (I).