adiós

viernes, 28 de junio de 2013

La falta de sincronía entre la vida del amo y su perro

“Después algún dormido se cansó de que lo anduvieran pateando y moviendo de un lado a otro cada vez que al sanjuanino le tocaba hurgar por su sitio y le avisó: – ¡Ahí lo tenés, dejate de joder con tu gusano…! –y señaló el vasito.

Lloraba casi el sanjuanino cuando fue al vasito. Creyó que se lo tenían muerto, pero sacó la tapa y la lombriz –bien comida- le saltó a enroscársele en la mano que debía apestar a cigarrillo y él estuvo como una hora como se le habla a un perro, o a un hijo, hablándole a ella. O a él.” (Los pichiceros, Fogwill, Periférica, 2010, p. 173-174)

A menudo, los perros aparecen en la vida en los momentos de transición, al principio de uno de sus largos periodos. Si te haces con un cachorro y lo tienes contigo hasta que se muere, los años compartidos son una media de trece o catorce. Supongo que  cada momento es propicio para compartir cosas distintas. Los niños les dan su merienda, alguna chuche, algún helado y muchos revolcones. Los viejos  comparten a menudo con el ellos sus medicinas. Una vecina mía que se ocupa de la perra de su nieto emigrado, preocupada por la artrosis del animal, le pasa las pastillas masticables de calcio que le recetado el médico del seguro. La perra se toma el yeso con la resignación de la que carece su dueña, que la lleva siempre suelta. El bicho no la pierde de vista, porque sabe que el ama tiene un bypass, una inquietante palabra que le hace levantar una ceja cada vez que la oye. En el parque del tío Jorge me cruzo con otra vieja que, a base de lingotazos de Dalsy, ha rescatado de la agonía a su chucho. Ahora pasea tan pancho con la manta de soldado que le ha cosido a modo de abrigo, después de no sé cuántos abcesos perianales curados en casa. Ella  también está contenta con lo que se ha ahorrado en veterinario geriatra y la misma inquietud olfativa que gasta ahora el perro demuestra la mujer con la mirada curiosa de las ocho de la mañana.

Yo tuve a mi Roco al principio de la edad madura, tardía en mi caso, y a fuerza de contradictorias chuches y discursos demasiado simples para él, tan poco dado a la duda, casi le vuelvo loco de atar, que es lo que menos le gusta. La falta de sincronía entre la vida de un perro y la de su dueño es quizá la mayor desgracia cuando, como dicen los psicoterapeutas, la relación funciona, aunque con dificultades. Lo señalaba R. Grenier en Les larmes d’Ulysse (Gallimard, p. 42. En español se titula La dificultad de ser perro, 2001, Alba editorial):

“Quand on aime un chien et qu’ il vous aime, le malheur est dans le manque de synchronisation entre la vie humaine et la vie animale. Je me souviens que madame Simone m’avait téléphoné:                       

- Mon chien est mort. Il paraît que vous vous y connaissez. Vous n’airiez pas une adresse, por que je puisse m ‘en procurer un autre?

Elle avait alors quatre-vingt-quinze ans. Quel optimisme! Elle avait peut-être raison puisqu-elle a vécu jusqu’à cent sept ans, certains disent cent dix. Il lui restait donc à peu près la durée d’une existence canine.

Sé que cuando mi Roco me falte me va a dejar muy solo y tengo la sensación de que si me pusiera a hacer compartimentos en mi vida, que sé yo, mi infancia son recuerdos, el retrato del pretendido artista como adolescente, juventud, adulterio decente, etc., uno, el más inesperado y sorprendente, estaría dedicado a él. En fin, que cuando leo eso de que en la vida hay que escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo, pienso en que lo más cierto es lo último y le añado que también conviene haber tenido un perro.

123Inspitration publica una serie de imágenes de perros que han crecido junto con sus dueños. En perro se ha hecho viejo, pero los dueños, solo han recorrido una de las etapas de sus vidas. Triste falta de sincronía que da un punto de dramatismo a la relación con nuestros parientes caninos.

(Fuente de las imágenes)

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jueves, 27 de junio de 2013

Cincuenta años son dos veces nada: Rayuela en mi noche de los tiempos como lector. Sus traducciones a otros idiomas.

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¡Cortázar en inglés! (¡Hay que ver en una de esas camas señoriales lo que parece el finado Cortázar puesto en inglés!) (Muchacha Punk, Cuentos completos, Fogwill, Alfaguara, 2009, p. 147)

Se cumplen cincuenta años de la publicación de Rayuela y noto que la leí hace demasiado tiempo como para que me quede en la memoria algo más que el lejanísimo recuerdo de que con la Maga fui infiel  a la anterior heroína de la que me había enamorado, quizá la mujer de la que A. Adamov habla en el segundo volumen de sus memorias (II. Yo... ellos, Cuadernos para el diálogo, 1972, or. 1968). A la mujer de Adamov le puse cara y todo y la llevaba pegada en una carpeta. De la Maga, tal vez porque excedía mi imaginación de lector tardoadolescente (tiene algo de niña vieja), no llegué a pintármela con rasgos tan definidos. También recuerdo que seguí el orden básico, aunque probé a seguir el otro que creo que Cortázar aconseja.

Firma autógrafa de Cortázar en un ejemplar de Le déplepeur, S. Beckett. (Fuente)

A veces me pregunto si la lectura temprana de algunos libros equivale a no  haber gozado verdaderamente de la experiencia. No es mi caso con Rayuela, que disfruté enormemente. Las lecturas de (de)formación tienen un carácter distinto del que poseen las lecturas a las que nos acercamos por pura curiosidad intelectual. Lamento recordar tan poco de Rayuela, pero, sin embargo, no olvidó de dónde la saqué bajo el sobaco, y sobre todo, cómo me deslumbraba por momentos. Oigo el capítulo siete leído por J. L. Gómez y me viene un regusto de aquello.

He aquí, a modo de homenaje a Cortázar y a sus heroicos traductores, unos ejemplos de cómo se vertió el título de la novela en algunas otras lenguas. Las imágenes están todas ellas copiadas del la estupenda página web Biblioteca Cortázar, de la Fundación March –la biblioteca personal del escritor fue cedida por su viuda, Aurora Bernárdez, a la Fundación en 1993. Clica en el enlace que aparece debajo de cada una de las portadas si quieres conocer el nombre de los traductores.

Italiano:

imageFuente de la imagen

Francés:

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(Fuente de la imagen)

Inglés:

image(Fuente de la imagen)

Alemán:

image(Fuente de la imagen)

domingo, 23 de junio de 2013

La magia realista de los dibujos de E. Hooper

 

Josephine Hopper, la viuda E. Hooper (1882–1967), cedió al Whitney Museum of American Art unos 2500 dibujos del gran pintor americano. Muchos de ellos son trabajos preparatorios de algunos de los grandes óleos, como Nighthawks, 1942, New York Movie, 1939; otras veces, son estudios de pequeños motivos o de los interiores que tanto sedujeron a Hooper, lugares  emblemáticos del paisaje cerrado de la vida americana, la oficina, el dormitorio, la cafetería; también, aparecen las carreteras o las gasolineras, esas presencias que en manos del pintor se renuevan cada vez que las miras. Hasta el seis de octubre el museo neoyorkino dedica una exposición a esos estupendos dibujos que recorren el proceso creativo hooperiano  a partir a veces de motivos, como la toma de agua, que se convierten en pequeños emblemas seminales, escudos de familia de su estilo. Dejando a un lado el perfil cinematográfico y los concomitancias literarias que se han señalado en relación a su pintura, Hooper, en mi pensamiento, se asocia al escritor Eduardo Zuñiga. En los dos noto una voluntad realista enrarecida, que, a fuerza de cuidada elaboración, tiene querencia por un preciosismo nada relamido, sino ligado a las posibilidades de los objetos, de los ambientes, a su capacidad para cargarse se sentido, para dotarse de insospechadas profundidades. Luces doradas en las que la belleza está, a menudo, en la luz misma, silencios cargados de silencio…quizás a los dos se les podría aplicar aquel proverbio (árabe) que recordó J. Goytisolo cuando se quedó viudo, no calla quien quien calla, sino quien no calla.

(Fuente de las imágenes)

1.

Edward Hopper (1882–1967), Nighthawks, 1942. Oil on canvas, 33 1/8 × 60 in. (84.1 × 152.4 cm). The Art Institute of Chicago; Friends of American Art Collection 1942.51. Photography © The Art Institute of Chicago

Edward Hopper (1882–1967), Study for Nighthawks, 1941 or 1942. Fabricated chalk and charcoal on paper; 11 1/8 x 15 in. (28.3 x 38.1 cm). Whitney Museum of American Art, New York; purchase and gift of Josephine N. Hopper by exchange  2011.65<br /> Edward Hopper (1882–1967), Study for Nighthawks, 1941 or 1942. Fabricated chalk and charcoal on paper; 11 1/8 × 15 in. (28.3 × 38.1 cm). Whitney Museum of American Art, New York; purchase and gift of Josephine N. Hopper by exchange  2011.65

Edward Hopper (1882–1967), Study for Nighthawks, 1941 or 1942. Fabricated chalk and charcoal on paper, 8 1/8 × 8 in. (20.6 × 20.3 cm). Whitney Museum of American Art, New York; Josephine N. Hopper Bequest 70.253. © Heirs of Josephine N. Hopper, licensed by the Whitney Museum of American Art. Digital image © Whitney Museum of American Art

Edward Hopper (1882–1967), Study for Nighthawks, 1941 or 1942. Fabricated chalk on paper, 8 7/16 × 10 15/16 in (21.4 × 27.8 cm). Whitney Museum of American Art, New York; Josephine N. Hopper Bequest 70.193. © Heirs of Josephine N. Hopper, licensed by the Whitney Museum of American Art. Digital image © Whitney Museum of American Art

 

Edward Hopper (1882–1967), Study for Nighthawks, 1941 or 1942. Fabricated chalk on paper, 8 1/2 × 11 1/16 in. (21.6 × 28.1 cm). Whitney Museum of American Art, New York; Josephine N. Hopper Bequest 70.195. © Heirs of Josephine N. Hopper, licensed by the Whitney Museum of American Art. Digital image © Whitney Museum of American Art

Edward Hopper (1882–1967), Study for Nighthawks (recto), 1941 or 1942. Fabricated chalk on paper, 8 1/2 × 11 in. (21.6 × 27.9 cm). Whitney Museum of American Art, New York; Josephine N. Hopper Bequest 70.194a–b. © Heirs of Josephine N. Hopper, licensed by the Whitney Museum of American Art. Digital image © Whitney Museum of American Art

2.

Edward Hopper (1882–1967), Study for New York Movie, 1938 or 1939. Fabricated chalk on paper, 11 1/8 × 15 in. (28.3 × 38.1 cm). Whitney Museum of American Art, New York; Josephine N. Hopper Bequest 70.277. © Heirs of Josephine N. Hopper, licensed by the Whitney Museum of American Art. Digital image © Whitney Museum of American Art

Edward Hopper (1882–1967), Study for New York Movie, 1938 or 1939. Fabricated chalk on paper, 8 3/8 × 10 15/16 in. (21.3 × 27.8 cm). Whitney Museum of American Art, New York; Josephine N. Hopper Bequest 70.100.© Heirs of Josephine N. Hopper, licensed by the Whitney Museum of American Art. Digital image © Whitney Museum of American Art

Edward Hopper (1882–1967), Study for New York Movie, 1938 or 1939. Fabricated chalk on paper, 10 7/8 × 8 3/8 in (27.6 × 21.3 cm). Whitney Museum of American Art, New York; Josephine N. Hopper Bequest 70.101. © Heirs of Josephine N. Hopper, licensed by the Whitney Museum of American Art. Digital image © Whitney Museum of American Art

Edward Hopper (1882–1967), Study for New York Movie, 1939. Fabricated chalk and charcoal on paper, 15 × 11 1/8 in. (38.1 × 28.3 cm). Whitney Museum of American Art, New York; Josephine N. Hopper Bequest 70.455. © Heirs of Josephine N. Hopper, licensed by the Whitney Museum of American Art. Digital image © Whitney Museum of American Art

Edward Hopper (1882–1967), New York Movie, 1939. Oil on canvas, 32 1/4 × 40 1/8 in. (81.9 × 101.9 cm). The Museum of Modern Art, New York; given anonymously 396.1941. Digital Image © The Museum of Modern Art/Licensed by SCALA / Art Resource, NY

 

Edward Hopper (1882–1967), Early Sunday Morning, 1930. Oil on canvas, 35 3/16 × 60 1/4 in. (89.4 × 153 cm). Whitney Museum of American Art, New York; purchase with funds from Gertrude Vanderbilt Whitney 31.426. © Heirs of Josephine N. Hopper, licensed by the Whitney Museum of American Art. Digital image © Whitney Museum of American Art

 

Edward Hopper (1882–1967), Study for Early Sunday Morning, 1930. Fabricated chalk on paper, 6 × 4 in. (15.2 × 10.2 cm). Whitney Museum of American Art, New York; Josephine N. Hopper Bequest  70.823

 

Edward Hopper (1882–1967), Soir Bleu, 1914. Oil on canvas, Overall: 36 × 72 in. (91.4 × 182.9 cm). Whitney Museum of American Art, New York; Josephine N. Hopper Bequest 70.1208. Photograph by Sheldan C. Collins. © Heirs of Josephine N. Hopper, licensed by the Whitney Museum of American Art. Digital image © Whitney Museum of American Art

Edward Hopper (1882–1967), Couple Drinking, 1906–07. Transparent and opaque watercolor, graphite pencil, and fabricated chalk on paper, 13 1/2 × 19 7/8 in. (34.3 × 50.5 cm). Whitney Museum of American Art, New York; Josephine N. Hopper Bequest 70.1340. © Heirs of Josephine N. Hopper, licensed by the Whitney Museum of American Art. Digital image © Whitney Museum of American Art

Edward Hopper (1882–1967), Study for Stairway, 1949. Fabricated chalk and graphite pencil on paper, 12 3/16 × 19 1/4 in. (31 × 48.9 cm). Whitney Museum of American Art, New York; Josephine N. Hopper Bequest 70.849. © Heirs of Josephine N. Hopper, licensed by the Whitney Museum of American Art. Digital image © Whitney Museum of American Art

Edward Hopper (1882–1967), Study for East Side Interior (recto), 1922. Fabricated chalk and charcoal on paper, 9 × 11 1/2 in. (22.9 × 29.2 cm). Whitney Museum of American Art, New York; Josephine N. Hopper Bequest 70.342a–b. © Heirs of Josephine N. Hopper, licensed by the Whitney Museum of American Art. Digital image © Whitney Museum of American Art

Edward Hopper (1882–1967), Study for Gas, 1940. Charcoal and white chalk with graphite pencil on paper, 15 1/16 × 22 1/8 in. (38.3 × 56.2 cm). Whitney Museum of American Art, New York; Josephine N. Hopper Bequest 70.349. © Heirs of Josephine N. Hopper, licensed by the Whitney Museum of American Art. Digital image © Whitney Museum of American Art (fuente)