Viaje a Francia en 2016

sábado, 29 de noviembre de 2014

Sinécdoques. Retratos parciales de escritores (I)

- Sinécdoques. Retratos parciales de escritores (II)

Entre la exposición dedicada a los retratos de escritores desde el Romanticismo hasta la generación del 14 y la dedicada a los Premios Cervantes queda cubierta una buena parte del parnaso español de los dos últimos siglos, como si se tratara de un icónico Panthéon. Como en el caso del ilustre mausoleo parisino, escasean las mujeres, pero me parece que son más numerosas las que aparecen entre las dos exposiciones que las que reposan sus huesos en la capital de Francia.

Lo que aparece a continuación son detalles de los retratos, unos fotográficos, los de la primera exposición, y otros pintados, los de la segunda, salvo un par de magníficas fotos. En general, son mejores las fotos de la primera expo que los retratos de la segunda, de escasa calidad en algunos casos. En los detalles he escogido casi siempre aquello por lo que yo identifico a estos escritores, una especie de monograma con que que yo diría que han querido pasar a una imaginaria galería de la posteridad. Me parece, en efecto, que esa parte de su cuerpo o indumentaria, lejos de ser casual, grado cero de su expresión icónica, es el trasunto de unos de sus rasgos de estilo,  en consonancia con con algún aspecto de su obra.

Cada ocho o nueve retratos doy las iniciales de los retratados, precedidas del mismo número que acompaña la fotos.

IMAG0708 - copia

1.

image

2.

image

3.

image

4.

image

5.

image

6.

image

7.

IMAG0705

8.

IMAG0691

 

9.

IMAG0698

1: V.I.; 2: B.; 3: G.S.; 4: JRJ; 5. V.I.; 6: B.; 7:G.; 8:O.G.; 9: A.

10.

IMGP4460

11.

IMGP4463

12.

IMGP4470

13.

IMGP4466

14.

IMGP4469

15.

IMGP4473

16.

IMGP4475

10: D.A.; 11: B.; 12: U.; 13: N.P.;14: S.F.; 15: T.B.;16: B.V.

Enlace a la página web de la B. Nacional con todos los retratos

viernes, 28 de noviembre de 2014

Día de las librerías. Un mirón en la librería Antígona y en la que fue de Manolo, en el Tubo de Zaragoza. Recuperación de entradas.

 

La mayor parte de las librerías actuales carecen de fondo de armario. Están llenas de novedades, estratégicamente colocadas en función del poderío de las editoriales que las publican. Pero, si vas a buscar algún libro que supere los dos años de edad, estás listo. El diseño de sus interiores no debe producir un volumen de negocio suficiente como para que existan potentes empresas que se ocupen de hacer lo mismo que con los falsos bares o restaurantes temáticos, italianos, del lejano oeste, mejicanos, coloniales, hawaianos. Montados en día y medio, dan la vaguísima sensación de tener decenas de años de vida a sus espaldas. Pero todo llegará y veremos librerías de novedades con olor a centenarias, el equivalente a los parques temáticos que reconstruyen pirámides o los casinos que recrean venecia a tamaño natural. Porque lo que cuenta es eso, la vaguísima sensación de ser feliz, de podérselo permitir, de ser padre, de que las fotocopias que adornan las paredes son documentos auténticos, de que los rinocerontes son tan grandes o más que los de verdad, etc. 

Por suerte, quedan algunas librerías que acumulan volúmenes como si el sueño fundacional de la vocación del librero, que es reunir todos los libros del mundo en su negocio, no se hubiera extinguido. Antígona, en la calle Pedro Cerbuna, no es la única en Zaragoza, pero creo que es la que tiene las estanterías más hambrientas y surtidas. Y no digamos la mesa central, que cuando se acabe por hundir bajo el peso de las palabras que acumula dejará un hermoso y privilegiado cráter. Es una Babel de disciplinas, autores, ejemplares nuevos y viejos, que no puede acabar bien. Solo es posible entender que los tablones alabeados no hayan cedido ya por oscuros campos magnéticos de cuyo secreto es dueña la pareja que regenta el local. Su puerta de entrada también tiene poderes extraordinarios. La fuerza de atracción que ejerce es tremenda, tanta que evito acercarme demasiado al escaparate todo lo que puedo, que no es mucho. Silbo, me acuerdo de la peluquería de Amelia, que está cerca, añoro la vieja sede a la vuelta de la esquina, en Giménez Soler, con oleos de P. Simón y aquellas magníficas fotografías de escritores, pero sé que tarde o temprano, a menos que las greñas sean insoportables, acabaré absorbido hacia el interior. Después, saldré de allí barruntando dolor de cabeza, porque hay definitivamente demasiados libros y, como cuando era niño y me llevaban al zoo, no sé dónde mirar, qué tocar, si leer la contracubierta o ir directamente al precio, si estirar el brazo y coger la rareza que veo al otro lado de la mesa o pillar un fajo entero de obras e ir mirándolas de una en una. Cuando me decido a hojear algo aparece de repente otro reclamo que me hace tropezar, a veces no solo en sentido figurado. Me agoto, disminuyen las defensas, me siento cercano a la compra, me repongo, dudo si la jaqueca va  a ser mayor si me doy  el capricho o si resisto.

Por fin, cuando logro escapar de este ombligo del mundo salgo despedido hacia la calle con una sensación parecida a la que se tenía cuando las ventanillas del tren se podían abrir y, tras sacar la cabeza, la metías en el vagón otra vez, como si volvieras de otra galaxia al mundo ordinario, despeinado pero contento. Pero no,  ni siquiera estás de nuevo en la  vida ordinaria cuando has franqueado el umbral, porque la pareja en cuestión ha puesto una estantería de metal con cosas viejas en el exterior. Y como Baudelaire con los fetiches del todo a cien, que se preguntaría si no son el dios verdadero, me planteo si no voy a encontrar entre tanta metralla el libro de los libros, aquel que contiene el Nilo en la palabra Nilo.

Otra librería, pero esta sin ninguna novedad, enteramente dedicada a libros viejos, era la de Manolo, hoy convertida en otra cosa. La última vez que la vi antes de cerrar también vendía punching balls de entrenamiento. Era una librería papelería, como las de barrio, pero en el Tubo de Zaragoza, detrás del engendro de pasaje sin aura de Puerta Cinegia. Vendía poco, por decir que vendía. A mí me gustaba pasar delante de ella, aunque como me daba un poco de miedo pasaba deprisa. Mi perro, sin embargo, siempre encontraba un motivo para detenerse, que si un olorcillo que salía de la puerta, que si una meadita  entre la fachada y el suelo. Una vez salía de allí una luz intensa a través de la rendija. Esto es lo que mi cámara captó, digo mi cámara porque yo no tuve valor para fijarme bien en lo que fotografiaba.

Imagen0120

Imagen3009

000

Imagen3011