Viaje a Francia en 2016

jueves, 1 de noviembre de 2012

Muere García Calvo. *Me morimos


Foto2842García Calvo durante una de sus charlas en la Puerta del Sol madrileña, poco después del 15M
Le recuerdo en clase de latín haciendo como que se enfadaba, dando un ligero taconazo con sus zapatos entre principescos y jipis, si no llevabas bien el ritmo de Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris…, de Catulo. O cuando se ponía a leer De rerum natura, con aquella voz varonil, pelo en pecho y patillas de bandido alpujarreño. Me impresionó desde el principio, siempre quise contarme en el círculo de sus jóvenes allegados, pero nunca lo conseguí. Le espié en silencio cuando le vi con Savater en la cafetería de la Facultad, creo yo que hablando de sesos, de un plato de sesos fritos con vino blanco, quiero decir, aunque el detalle quién sabe si solo es fruto de mi imaginación retorcida. De lo que estoy seguro es de que le oí discutir con L. M. Panero un día que el poeta se presentó en clase y desde la última fila se puso a provocarle. Quizá le dijo que le iba a salir un cáncer de lengua, de tanto hablar, y le citó a Lacan, como si de un torero que agita el trapo rojo se tratara. G. Calvo no embistió, le trato como se trata a un hijo pesado. Pero, hace más de 30 años de aquello y, quién sabe si, incluso con Panero por en medio, me vuelve a fallar la memoria. 
Después, al ni poder ser su discípulo,  le leí como poeta, ensayista, lingüista, traductor, latinista. Tres cosas suyas tengo clavadas en la memoria. Una, un artículo de El País sobre las cabinas telefónicas, divertido como pocos; otra, un capítulo de uno de sus primeros libros, Lalia (Siglo XXI, 1973). El capítulo se llama *Nos amo, *me amamos y trata de combinaciones  agramaticales de los pronombres personales. Para que se hagan una idea de cómo se las gastaba, reproduzco un par de páginas  características de su forma de dar ejemplo:

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Y la tercera cosa que tengo clavada en la memoria es mi otro libro preferido de él, que es Del ritmo del lenguaje (La gaya ciencia, 1975). Lo encabezaba la siguiente adivinanza, que “los niños desarrapados le propusieron a Homero cuando vagaba por los barrios bajos de Mitilene, según se cuenta en una de las vidas apócrifas del poeta”:
Ahora que he pasado
soy lo que no era,
y cuando estoy pasando
no soy lo que soy.
No quisiera cerrar esta entrada sin mencionar el que en realidad es el mejor recuerdo, aun a riesgo de rozar el terreno del abuelo cebolleta. Una mañana, quizá día de la ascensión o de la asunción -que se me confunden, aunque una sea, como decía el cómico, parecida a conducir uno mismo, y la otra, a ir en taxi- se puso a recitar a Fray Luis de León. Quizá no lo olvide nunca:
¡Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, oscuro,
con soledad y llanto,
y tú rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro!
¿Los antes bienhadados,
y los ahora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de Ti desposeídos,
a dó convertirán ya sus sentidos?
¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura,
que no les sea enojos?
quien oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?
Aqueste mar turbado
¿quién le pondrá ya freno? ¿quién concierto
al viento fiero airado?
estando tú encubierto,
¿qué norte guiará la nave al puerto?
¡Ay! nube envidiosa
aun de este breve gozo ¿qué te quejas?
¿dó vuelas presurosa?
¡cuán rica tú te alejas!
¡cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!
VALE

Catálogo de manos (prietas, airadas, quedas, parlanchinas, silenciosas, extendidas y ocupadas) menos (dañadas, rotas, ausentes, escondidas, atadas, amuñonadas, reumáticas y atormentadas) y alguna garra, árabes, coptas, cicládicas, griegas, etruscas, pero todas del Louvre de París (II).

 

Manos y menos egipcias, griegas, etruscas y pop (I).

Con le mani sbucci le cipolle. me le sento addosso, sulla pelle ((Z. Fornaciari)

 

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martes, 30 de octubre de 2012

El “sintomatico mistero” de las gafas de sol. Siéntete Ray Ban, que cumple 75 años.

 

“C’è chi si mette degli occhiali da sole per avere più carisma e sintomatico mistero” (F. Battiato, Bandiera bianca)

Marilyn Monroe y Arthur Miller, 1956.

Siempre quise llevar gafas de ver, las busqué -en el sentido de que puse de mi parte todo lo posible para para usarlas, aunque al principio la escasa graduación que necesitaba me hubiera permitir prescindir de ellas-  y al final se hicieron uña y carne conmigo. Como uñas, como pellejos, en los años de la desazón, mordisqueé alguna patilla, hasta el punto de que, de tanto maltrato y retorcimiento, el extremo curvo que acaba con esa redondez característica, tan propicia para sujetarla entre los dientes, se llegaba a separar del resto, dejando al desnudo el alma metálica que se escondía baja la pasta o el preciado carey.

Pero, lo cierto es que mi pasión por las gafas pocas veces se ha visto correspondida por un par del que me sintiera del todo satisfecho. Supongo que eso es un síntoma de cierto desacuerdo conmigo mismo. Por un lado, está el desdén por la vanidad, el desprecio por quien, a través de una imagen estereotipada, quiere trasmitir rasgos de  personalidad que quizá no acaba de poseer del todo. Por otro lado, veo un carrusel de seductoras imágenes de personajes en los que las gafas parecen ser algo más que un mero adminículo. Machado, Benjamin, Azaña, trasmiten la sensación de que son un frágil órgano más de su cuerpo. Una vez, quizá tuve unas que se acercaban al ideal, pero me las en seguida cargué de un raquetazo. Bien merecido me estuvo por practicar algo tan peligroso como el deporte aficionado. Después, he ido acomodándome a ofertas, consejos familiares, molduras en las que cupieran los cristales de otro par anterior e intentos de dar una imagen poco relevante. Además, las que me parecen más bonitas y adecuadas, en vez de costar poco, como debería ser, porque son diseños muy antiguos, resulta que, con el cuento de lo vintage, salen por un ojo de la cara.

Las gafas de sol, sin embargo son otra cosa. Están ligadas a lo ocasional, a la playa, a la calle, a la naturaleza y no al trabajo, a los libros, o a la casa, como las de ver. Fuera rayo, o algo parecido, podría traducirse el nombre de esta marca, Ray-Ban,  que ahora cumple 75 años. Parte del dinero que gané con mi primer sueldo se fue en comprar un par de esas gafas de sol. Decían que más que la montura, lo bueno eran los cristales. Yo las quería por la montura, para qué nos vamos a engañas. Me costaron 2.500 pesetas y creo que todavía andan por casa. Aunque nunca acabaron de sentarme bien, tenían cierta aura, la de los grandes espacios de América, las motos, los bosques y un toque entre hippy y relamido. Entre eso y el yankis go home del momento, no  sabias bien si dejarlas en casa o no quitártelas ni en el cine .

Con el tiempo, he dejado de usar gafas de sol, porque las progresivas que llevo puestas aceptan mal los infieles devaneos veraniegos y cada vez que me las quito para ponerme las de sol, me paso diez minutos mareado. La progresividad me liberó de aquellos años felices en los que en clase llevaba mis gafas de astigmático y encima unas lupas pregraduadas del todo a 100. Un día, sobre esos dos pares, como para bromear, me puse las de sol y el mundo me pareció renacer, pero noté ciertas risitas que me hicieron desistir de mi empeño acumulador. Abandoné definitivamente las de sol y me hice unas progresivas no personalizadas, de gama baja, con las que soy casi feliz, aunque la montura siga sin convencerme del todo.

Con motivo del cumpleaños, Ray-Ban publica un libro, “Legends: Untold Stories”, con fotos de ilustres portadores de sus modelos. He aquí algunas de ellas:

Fuentes de las imágenes: 1, 2, 3, 4.

Patti Smith

 

J. DeanJames Dean wearing Ray Ban

 

Malcolm X en los años 60.item3.rendition.slideshowHorizontal.ray-ban-ss04

 

J. Nicholson y S. Penn

 

JFKJFK______10357

 

Keith Richards, Mick Jagger y Bob Dylan, 1972.item4.rendition.slideshowHorizontal.ray-ban-ss05

 

H. Bogart y L. Bacall

 

Robert Redford, 1974.

 

J. Nicholson, de nuevo, con gafas de un calibre inferior a la medida de su careto.JACK-NICHOLSON______10204