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domingo, 12 de octubre de 2014

Visiones apocalípticas el día del Pilar. Mañicos arrastrados por la corriente. Baudelaire en los escaparates de los alrededores.

“Je ne passe jamais devant un fétiche de bois, un Boudha doré, une idole mexicaine, sans me dire: C´est peut-être le vrai dieu.”  (Charles Baudelaire) 

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Sondeo a mi quiosquero, un hombre simpático e ingenioso, para ver si comparte mis sueños apocalípticos sobre la Plaza del Pilar, y me confiesa que al acercarse las fiestas se produce una enorme crecida del Ebro en una de sus pesadillas recurrentes:  Baturros arrastrados por la corriente de un tardío deshielo tienen dificultades para mantenerse a flote a causa de sus pesados trajes típicos. No digamos las mujeres que llevan zarcillos,  que a la altura del Puente de piedra se quedan enganchadas a la maleza de la orilla, hasta dejarse las orejas por el camino. De repente, sin embargo, las aguas comienzan a amansarse, los remolinos pierden velocidad, algunos maños/as incluso consiguen agarrarse a los pilares del Puente de hierro, hasta que como la corriente se para y las aguas se dividen en dos, dejando, además de varios carriles bici expeditos, unos claros semisecos llenos de cuervos. Hay quien ya se empieza también a aclarar la voz para entonar una jota, una seguidilla y hasta una asturianada, otros intentan recomponerse el traje, aligerándose del barro que les cubre. Y al poco, quien más quien menos, empieza a bailar, aquí sevillanas, ahí pericotes. Pero todo tiene una aire como de danza endiablada, como si no pudieran parar de bailar o estuviesen haciendo kun-fu, imitando a Berna, campeón mundial. Se oye olé, oles, hala, y hasta algún Aláh en los múltiples acentos de las tierras de España, gritos de viva el Pilar, o y hasta el grupo japoaragonés se anima tímidamente  con un viva el Pilal. Justo entonces los remolinos empiecen de nuevo a formarse y el espacio libre dejado por las aguas a estrecharse. La bandada de cuervos deja un rastro oscuro en el cielo. El quiosquero  les dice  adiós con lágrimas en los ojos, hasta que nos volvamos a ver, mientras nota que los únicos que se han librado de los rápidos del río cada vez más poderosos son un grupo de bailarines de sardana que se había puesto a salvo sobre una elevación.

“Pero, lo más sorprendente -me confiesa mi amigo- es que veo  la imagen de la Virgen sin manto  arrastrada por el agua y al día siguiente, cuando vengo al quiosco a ordenar los periódicos, leo que ha sido encontrada, mojada, pero intacta, en un huerto murciano. Lo del trasvase me traumátizó, pero no creía que tanto. Al final del sueño, en vez de aparecer las palabras The end, como me suele pasar, leo sobre la pantalla de mi frente Némesis, el libro que me pediste”.

Yo por mi parte, me veo paseando al amanecer sobre una plaza del Pilar que se ha convertido en grandes cascotes, porque debajo algo muy importante que no llego a saber qué es. Voy con mi perro, y no paro de decirle que tenga cuidado, que se va a hacer daño, y que deje de olisquear, que no está entrenado para esos olores.

Nadie es dueño de sus sueños.

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Baudelaire en el blog:

- Contra Baudelaire, prevaricador ocasional.
- Otro (auto)retrato de Baudelaire. En la mirada está el principio de la condenación y de la salvación individual.

lunes, 1 de octubre de 2012

Aldabas de Zaragoza (I). La calle Alfonso y la Plaza de España: A todo gas en la Plaza Sas

 

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De la importancia de la Calle Alfonso dan muestra los elaborados batientes de sus portales, ambiciosos en tamaño, con molduras y motivos cincelados. La calle que mejor permite acceder a la Plaza del Pilar no podía ser modesta y en sus aproximados quinientos metros de extensión se juntó un puñado de viviendas señoriales a las que la burguesía adinerada del momento se trasladó de buen grado. La homogeneidad de estilo dota al conjunto de cierto aire que lo distingue de casi todo el resto de la ciudad, como si reinara en esa calle un microclima arquitectónico y artesanal único. Mucha fachada decorada, mucho balcón, mucho portón de madera, de época unos cuantos, y otros tantos de imitación.

Destacan, además, las tiendas de los bajos. El gran comercio tradicional ha ido dejando paso a las cadenas de tiendas de alimentación y a los locales de ocio, pero permanecen, reconvertidas al gusto actual, las tiendas de ropa, con especial querencia por los trapos de celebración y ceremonia, casi siempre algo cursis, según mi austero parecer. Tampoco escasean los negocios de recuerdos, de baja y media gama, con todo tipo de imágenes de la Virgen. De plata, oro, barro, porcelana, madera, resinas varias, la Pilarica, tan ligada al agua, quizá de raíces melusinianas, no podía estar ausente en forma de estatuillas que cambian de color según la temperatura y la humedad ambiente.

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Del blanco al azul que anuncia lluvia, parece, por momentos, convertirse en un pequeño icono pop. Ocurre  hasta tal punto que resulta difícil reconocerla cuando se llega a su proximidad. Ningún efecto turifel (“…especie de descrédito que va minando irremediablemente la autoridad de la presencia física de determinados monumentos mundialmente famosos cuando esa presencia es, por así decirlo, desgastada por el precedente de una indiscretamente inmoderada anticipación de representaciones iconográficas”, Ferlosio dixit) empaña su visión. Demasiado pequeña, demasiado engalanada como para no sorprender cada vez que uno la ve. Tenia razón Manuel De Lope en Iberia. La imagen múltiple cuando comparaba a la basílica con una central nuclear, en la que capilla donde se aloja la imagen de la virgen sería el núcleo del reactor; los curas y personal del templo los ingenieros y personal de mantenimiento; y la zona de enfriamiento correspondería a las dos fuentes que hay en la plaza misma.

Viví en la Calle Alfonso los primeros años tras mi llegada a Zaragoza. Pagábamos 23.000 pesetas mensuales por un primer piso sin ascensor ni calefacción ni derecho a utilizar el cuarto de estar, la mejor estancia del piso, que daba a la plaza Sas, por un lado, y a Alfonso mismo, por el otro. El pasillo estaba lleno de armarios divididos en pequeños compartimentos, como si allí hubiera tenido la sede algún comercio de  objetos menudos. No nos servían para nada aquellos armarios, pero avivaron mucho nuestra imaginación, entre otras cosas porque no cerraban bien y daban un aire inquietante al pasillo. Mi suegra, un día que se despertó por la noche para ir al baño, quiso meterse, creo que por error, en uno de ellos. La dueña de la casa, que vivía en el principal, además de múltiples locales de tiendas, tenía una casa con calefacción y el doble de grande que la nuestra, pero se había reservado nuestro salón para guardar las piezas de menor fuste de su mobiliario. Nos lo dejó abierto, con la advertencia de que no era para usarlo. Alguna vez, me atreví a entrar. Por sigiloso que fueras y aunque dieras pasos de ballet, al andar todo vibraba y tintineaba algún cristal, como si estuviera pasando Nacho Duato en metro por debajo del edificio. Bajabas el picaporte con gélida manina -el pasillo, desde el que se accedía, era helador- y descubrías cosas mezclada, en ese desorden de trastero que solo entiende el propietario,  una vieja alfombra, algún mueble, telas, una decepción, en suma, para quien como yo esperaba encontrar el salón de la zarina. Creo que más que por el valor de lo que contenía, la dueña no nos dejaba usar ese cuarto por no tener que llevarse las cosas que no se decidía a tirar a la basura a otra parte.

La casa era fría, una de los pocos grandes edificios de Alfonso sin aldaba en el portón de entrada, pero la recuerdo con mucho gusto. El brasero del cuarto de estar sigue en mí como un locus amoenus lleno de eléctrica sensualidad, de flores carnales, y también recuerdo Siberia, que es como llamábamos al baño, un destierro que aumentaba en aprecio por la mesa camilla del cuarto de estar, que no salón.

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lunes, 25 de junio de 2012

Galeotes de amor en el Puente de Santiago, Zaragoza

 

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¡O amador! si tu amiga quisiere que penes, pena; e si quisiere que mueras, muere; e si quisiere condenarte, vete al infierno en cuerpo y alma (Sermón, Diego de san Pedro) / libre te quiero, pero no mía, ni de dios, ni de nadie, ni tuya siquiera (A. García Calvo)

martes, 29 de mayo de 2012

Pies fuera. Olvidarse (de) los zapatos o el patuco cuando llega el buen tiempo.

Llega el calor estable y aparecen los pies, desesperados de tanto estar Foto0643ocultos por el frío y la timidez del invierno. Los más comedidos optan por un primer paso antes de atreverse a desnudarlos, empiezan por abandonar el calcetín, pero todavía lo mantienen cubierto con calzado de tela o calado, como si hubieran cambiado el edredón por una colcha de entretiempo, mi-saison. Ayer, en la parada del bus, había una señora con sandalias y medias de cristal, con las uñas pintadas de rosa metálico, todo un espectáculo de indecisión, de timidez pedestre, unas uñas como esas a través de una pantalla de seda son como una mano que se estrecha con guantes.

Antes, al llegar el calor, me fijaba en los escotes, eran el solsticio de verano de mi sensualidad, pero de un tiempo a esta parte, quizá porque, como las Foto1949carnes, también se me ha caído al suelo la mirada,  no veo más que pies en sandalias étnicas, de tirilla, de pulsera, de esparto o de piel, compradas en selectas zapaterías o en los chinos. Los pies que llevan puestos esas sandalias suelen estar muy cuidados y sin durezas, con las uñas pintadas, sean como sean, rebeldes o sumisas, indignadas, socialistas o peperas. Quizá, esos talones lijados, sin atisbo de aquellas dolorosas grietas de hace veinte o Foto2598treinta años, la escasez de juanetes, hoy casi una especie protegida, sean uno de los síntomas más claros del progreso del bienestar en España, porque nada retrata mejor a un pobre que sus manos y sus  pies, convertidos en un escudo coriáceo contra el suelo, más que en un sensible punto de contacto placentero con la tierra. El futuro es incierto, puede ser que vuelvan a florecer los zapateros remendones con sus philips y olor a cola, puede que volvamos a comprender cuánto se puede querer a los zapatitos viejos. Quizá, un salto atrás como ese, sería, en el fondo, un buen síntoma, lo que llaman crecimiento sostenible, moderación en el consumo, el final de los carros repletos de colesterol del Hipercor por navidad o repletos de productos ortodietistas, que también los hay.

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Pero, me alejo de los pies, esos benditos que nos ponen en contacto con el suelo y que nunca nos dejamos olvidados en casa ajena. Gafas, paraguas, carteras, jerséis, hasta bolsos, sobre todo de hombre, abrigos, teléfonos móviles, todo puede quedarse en el cine, el bar, en casa de la suegra, pero no conozco a nadie al que se le haya olvidado un zapato que llevara puesto y se le hubiese caído o se hubiese quitado para dar recreo a los pies. Por eso, bienaventurados sean los niños y los locos, los únicos que son capaces de volver a casa descalzos, dispuestos a prescindir hasta de las sandalias, los únicos dispuestos a vivir en contacto permanente con el suelo, consigo mismos.

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jueves, 10 de mayo de 2012

¿Dónde estará ahora el golem maño? Escenas de Praga en Zaragoza.

“Zaragoza no suelta. No nos suelta a nosotros dos. Esta mamaíta tiene garras. Hay que adaptarse o… deberíamos prenderle fuego en dos puntos, El Pilar y la Torre del agua, y así sería posible liberarnos. Piénsatelo un poco hasta el carnaval” (Pseudo F. Kafka en carta a Oskar Pollak, 1902 –citado por Ripellino Angelo Maria, Praga mágica, Julio Ollero editor, 1991, p., 19).

El  golem de Zaragoza se ha ido quizá para no volver:

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El golem  (Jorge Luis Borges)

Si (como el griego afirma en el Cratilo)
El nombre es arquetipo de la cosa,
En las letras de rosa está la rosa
Y todo el Nilo en la palabra Nilo.

Y, hecho de consonantes y vocales,
Habrá un terrible Nombre, que la esencia
Cifre de Dios y que la Omnipotencia
Guarde en letras y sílabas cabales.

Adán y las estrellas lo supieron
En el Jardín. La herrumbre del pecado
(Dicen los cabalistas) lo ha borrado
Y las generaciones lo perdieron.

Los artificios y el candor del hombre
No tienen fin. Sabemos que hubo un día
En que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
En las vigilias de la judería.

No a la manera de otras que una vaga
Sombra insinúan en la vaga historia,
Aún está verde y viva la memoria
De Judá León, que era rabino en Praga.

Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dio a permutaciones
de letras y a complejas variaciones
Y al fin pronunció el Nombre que es la Clave.

La Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
Sobre un muñeco que con torpes manos
labró, para enseñarle los arcanos
De las Letras, del Tiempo y del Espacio.

El simulacro alzó los soñolientos
Párpados y vio formas y colores
Que no entendió, perdidos en rumores
Y ensayó temerosos movimientos.

Gradualmente se vio (como nosotros)
Aprisionado en esta red sonora
de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.

(El cabalista que ofició de numen
A la vasta criatura apodó Golem;
Estas verdades las refiere Scholem
En un docto lugar de su volumen.)

El rabí le explicaba el universo
"Esto es mi pie; esto el tuyo; esto la soga."
Y logró, al cabo de años, que el perverso
Barriera bien o mal la sinagoga.

Tal vez hubo un error en la grafía
O en la articulación del Sacro Nombre;
A pesar de tan alta hechicería,
No aprendió a hablar el aprendiz de hombre,

Sus ojos, menos de hombre que de perro
Y harto menos de perro que de cosa,
Seguían al rabí por la dudosa
penumbra de las piezas del encierro.

Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
Ya que a su paso el gato del rabino
Se escondía. (Ese gato no está en Scholem
Pero, a través del tiempo, lo adivino.)

Elevando a su Dios manos filiales,
Las devociones de su Dios copiaba
O, estúpido y sonriente, se ahuecaba
En cóncavas zalemas orientales.

El rabí lo miraba con ternura
Y con algún horror. ¿Cómo (se dijo)
Pude engendrar este penoso hijo
Y la inacción dejé, que es la cordura?

¿Por qué di en agregar a la infinita
Serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
Madeja que en lo eterno se devana,
Di otra causa, otro efecto y otra cuita?

En la hora de angustia y de luz vaga,
En su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga?

lunes, 7 de mayo de 2012

Tremendo y mortal combate de Amadís con la Belle sans merci en un bar de la ciudad.

De la simpar escaramuza que acabó con la vida, aunque no con el deseo de Amadís.

Ella tenía unos ojos muy hermosos  y se acercó a Amadís dudando si despreciarle o hacer de él dos pedazos,  tres a lo sumo. Amadís, a pesar de su escasa agilidad, intuyó el golpe y dudó si dejárselo dar. Al fin, quiso esquivarlo, pero fue alcanzado con la punta de una mirada y, por su parte, apenas consiguió dejar un leve rasguño en la dueña de aquel hombro que hubiese querido besar. Ella, por la saña que tenía, por el disgusto que llevaba, por la difícil vida que le había tocado, por lo mucho que le gustaba el drama, no sintió el arañazo y volviéndose a Amadís le clavó los ojazos en la cara  y lo derribó a tierra, con el vaso y todo de gin tonic a medio beber. Recobrado, sin embargo, Amadís  le rasguñó con otra mano el brazo al tiempo que decía “qué perra eres, coño” y la intentó pellizcar  y casi le hirió las carnes, que el alma era de pedernal. Ella pugnó por arrancarse el pellizco, pues, por raro que parezca, bien que lo había notado y, por ende, parecía,  por lo menos desorientada. Amadís, aunque en el fondo gustaba de su propia

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herida de amor, también procuraba arrancar de su ser aquella presencia extraña. Fue entonces, a resultas del esfuerzo, cuando perdió pie y dio con su cuerpo y otro gin tonic en un precario taburete. En ese momento su suerte hubiese quedado en manos de Ella, si no hubiese sido por un repentino empujón de otro de uno de sus cortesanos, que quizá celoso, quizá sólo torpe, de un empentón le hizo  hincar a ella un rodilla en tierra. Procuró no soltar la birra, pero no pudo ser. Amadís, mientras tanto, se había reincorporado y quiso ir contra Ella. Así fue,  le dio un golpe tan fuerte en la cabeza que le hizo saltar el yelmo y parte de su armadura, una de las mejor trabajadas del barrio. Al verla tan cerca y sin maquillaje creyó que podría cortarle la cabeza. Y de hecho le cortó los pelos a cercén, pero no acertó con la carne tolenda y la negra mirada, que era lo que a él le traía a mal traer. Ella entonces se apartó y Amadís, sin soltar el mechón, con el impulso que llevaba  dio en tierra sobre una mesa y se quebró por la mitad, él y la mesa.  Ella se tentó la cabeza por ver si estaba seriamente herida. Al no sentir nada de nada fue en un último esfuerzo con los ojos enhiestos contra Amadís, que, partido en dos como estaba, comenzó a temblar en el suelo, y le dio un golpe tremendo en el corazón.  Amadís se agitó con la angustia de la muerte y finó, él, su blog, su facebook y todo cuanto poseía.

A esa sazón, el padre Amadís, venido desde el más allá, se había inclinado sobre su hijo y con sus manos trataba de detener la sangre de sus heridas. Cuando lo vio muerto, empezó a blasfemar.

Ella le dijo:

- Desesperado de Dios y de tu bendita madre, ese que ahí yace ha pagado su  atrevimiento y ganas de juerga.

Y, haciéndole quitar las manos de las heridas de su hijo, dijo también:

- En guardia, Vd. también, señor padre, que yo me los meriendo de siete en siete.

El padre no hacía más que maldecir a Dios y a los santos. Ella arrancó la mirada que había quedado clavada en el cuerpo muerto de Amadís, se la puso de nuevo en su cara y sonrió, pero en lugar de acabar con el anciano espectro se fue a su casa a través de la espesura sin más explicaciones.

Los alguaciles pusieron el cuerpo de Amadís en su carreta y qué grandes  eran los ríos de sangre que manaban de allí. Los pocos habitués que habían aguantado el espectáculo lloraban y así fueron contando lo ocurrido por la ciudad de Zaragoza, donde todos quedaron maravillados de las hazañas de Ella.

(Pseudo Amadís de Aragonia)

domingo, 29 de abril de 2012

Otra inocente acción del Urban knitting Zaragoza…¿y van cinco?

El Urban knitting Zaragoza ha vuelto a actuar a la luz del día, lleno inocencia, buena voluntad y ganas de jugar. Desde que el día de San valero llenaron de jascos y graciosos roscones de punto la Calle Alfonso y el Puente de piedra no había vuelto a ver huellas de sus andanzas por la ciudad.

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Visito de nuevo su blog y todo me lleva a pensar en un grupo de gente que comparte la inocencia de un juego colorista en torno a la actividad solitaria y también de grupo de hacer punto. Tan cándidos me resultan que no me sorprendería que un día le pusieran patucos a los inexistente pies de la Virgen del Pilar o le regalaran una funda para piano de mucha cola a la mujer del alcalde.
Busco en mis diccionarios de autor (BierceSavinioLéon Bloy) una definición irónica sobre la inocencia, como para gritar al viento que a estas tejedoras les falta mordiente, una buena carga de profundidad crítica, que se me mueren de castas y de sencillas, pero después me doy cuenta de que la sonrisa que se me ha escapado esta mañana al ver los veinte o treinta metros de barandilla sobre el Ebro que preceden al Puente de Piedra enfundados en piezas de punto se debe sólo a eso, a la bendita inocencia del juego.


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lunes, 2 de abril de 2012

Tender la ropa, tenderse sin ropa

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Bruno Stefani, Calle veneziana, s.d. (1949), mm 393x293
(stampa fotografica in bianco e nero, gelatina bromuro d’argento su carta baritata)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Se tiende la ropa como se sacan las miserias a pasear, de verdad o para coquetear, para mitigar el mal olor que nos atufa. La necesidad de aire es universal, hay algo en nuestros trapos sucios que nos hermana con los demás, aunque no quieran compartirlos.

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Hasta en el rechazo hay reconocimiento. A veces, un hombro que se aparta con tino es mejor que otro que se encuentra demasiado a gusto bajo nuestra frente. Entre las dos reacciones, la que nos acoge y la que no quiere saber nada de nuestros espejos rotos, puede haber la misma distancia que hay entre entre el aire viciado y la brisa de la sierra. El sufrimiento, como la suciedad,  reclama ventilación, aunque sea en la barra miserable de un bar de los que todavía usan serrín, basta compartir el mismo aire.

Yo hace tiempo que tengo secadora en casa, algo parecido a disponer de un psicólogo de confianza siempre que se quiera. Está bien, pero, por más técnicas que usen para ponerte en trance, es distinto a encontrarte con quien quieres o con quien odias. La secadora me crea sensación de extrañamiento en relación a los habitantes de cuyos balcones veo con embeleso colgar prendas, sobre todo al llegar el fin de semana, cuando el traje de faena se

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puede lavar sin prisas. El otro día, la aristocrática Toya, una de las madres protagonistas del programa ¿Quién quiere casarse con mi hijo?, se quejaba de un barrio en el que vivía una de las pretendientes de su hijo, porque las calles estaban llenas de ropa tendida. No le parecía bien, los pijamas al viento airean lo íntimo, que en la cultura de la contención debe quedar en la intimidad. Enseñar no es elegante y da armas al enemigo, que puede estudiar nuestros puntos flacos, pero en las casa pequeñas no hay espacio para tanta colada y se impone aprovechar los balcones, a veces convertidos en trasteros. Cada acto doméstico encierra un significado profundo que va más allá de su neutra apariencia. Intalación de Hans Haacke

Tender la ropa concentra en mi caso un puzzle de viejas obsesiones, todas ellas ligadas al equilibrio, quizá al orden mínimo, pero imageimprescindible para disfrutar de la vida, sucio proceso de ingesta, metabolismo y expulsión, de la comida o de los sentimientos. Tender permite reubicar lo vivido, seguir adelante, volver a usar nuestro pobre aliño indumentario. Si hay una imagen de vecindario que me reconforta es la de aquellas ciudades en las que las fachadas de dos casas, frente a frente, permanecen unidas por la cuerda de tender, cuyo ruido, al girar sobre su goznes tiene el aroma del mejor arte, el que nace de la necesidad.