adiós

viernes, 13 de septiembre de 2013

Muere Carlos Blanco Aguinaga

La última andanada que he leído contra la Historia social de la literatura española (Blanco Aguinaga, C., Rodríguez Puértolas, J., Zavala, Iris M., Castalia, Madrid, 1978) proviene de F. de Azúa, quien en su reciente Autobiografía de papel (Mondadori, 2013) se pasaba de pólvora y pecaba, cosa rara en él, de falta de perspicacia, al referirse a la obra como “ tan rabiosamente estalinista que concedía mucha mayor importancia a César Arconada, redactor el  Mundo obrero, que a R. Sender (p. 57). No es que en algún caso a B. Aguinaga no pueda acusársele de cierto voluntarismo crítico, pero quien haya tenido el placer de leer sus artículos y ensayos difícilmente podrá evitar reconocer su rigor documental y, en muchos casos, su agudeza crítica.
Mi recuerdo de él se concentra en una visita a casa. Iba vestido de manera informal, pero muy cuidada, con una chaqueta larga de cuero y unos pantalones semi vaqueros. Alto, apuesto, con el pelo largo ya canoso, resultaba sumamente atractivo en el panorama de finales de los 60, portador de una mezcla de usos foráneos, pero con un innegable gusto e interés  por lo de aquí, por la literatura, claro, pero también por lo que estaba pasando en esos últimos años de la dictadura.
Después, oí a mi hermano hablar del famoso seminario, que Blanco dirigía y en el que participaban jóvenes cultos e inquietos, provenientes de distintos sectores de la oposición marxista (Chirbes, Bértolo, R. Rivero, A. Puértolas). Claro que me hubiese gustado estar allí, incluso como mascota, pero eran, definitivamente, cosas de mayores más leídos que yo, miembros de la generación anterior. A la mía, la de los que ahora tenemos unos 50 y tantos años, la de los miembros del seminario, que andan por los sesenta y tantos, casi solo le dejó las migas de la política y de la crítica de oposición. Por suerte, diría yo, visto lo visto y dónde hemos llegado. Alguno de ellos sigue en la brecha, pero en su jardín (edición, novela, crítica cultural), porque los sueños de renovación colectiva están muy caros de soñar. Otros muchos de aquella oposición hicieron carrera, carrerón unos cuantos, y han contribuido a que ahora haya casi solo un bando.
Los hermanos pequeños tendimos más a la ensoñación, quizá porque nuestros años mejores de infancia fueron de menos privaciones, aunque también de mucha tristeza y cutrerío. Ellos, los nacidos en torno a 1950, creyeron de verdad en la revolución, pero nosotros, pasado el entusiasmo del final de la dictadura, no nos enfadamos tanto con quienes  daban señales de estar mudando la piel gracias no solo a la buena ropa que compraban en tiendas de marca. El PSOE renunciaba a casi todo lo que estaba en su nombre de pila, a  casi todo menos a la P, y nosotros, los nacidos en torno a 1960, nos refugiamos en otros poetas que no nos eran tan antipáticos como al director del seminario. Además, teníamos el visto bueno de V. Montalbán. Por eso, quizá me quede el recuerdo de haber señalado inocentemente a mi hermano, antes de una de las sesiones,  que G. de Biedma en unos versos de un poema  que iban a analizar y en los que hablaba  de un cenicero lleno de colillas sobre la mesita de noche de una pensión, eran en realidad un homenaje a T. S. Eliot, que, como es sabido, era para B. Aguinaga uno de los peores poetas de la historia. Caprichos marxistas de un gran estudioso de la literatura. Las filias franquistas de uno son las fobias del otro. Pero seguro que, además, había razones de orden estético. Ya no las podrá explicar.


Javier Brox

Reedito a continuación la reseña que se publicó en este blog dedicada al segundo de los volúmenes de la autobiografía de B. A.
Las memorias de C. Blanco Aguinaga. Ni incluido ni excluido, la vida de un exiliado del 39.
Blanco Aguinaga, Carlos, De mal asiento, Caballo de Troya, Madrid 2010. 329 páginas. 17´95 Euros.
...Pasa sin detenerse/la luz/avanzando siempre/la Tierra/por el espacio de los astros/mientras que aquí/-pobres de nosotros-/no vamos a quedar/ni siquiera vascos/ni gallegos cosmopolitas/como Alfaya/ni señoritos de Madrid o de Barcelona/como fueran Gil de Biedma/y Hortelano. (Antonio Ferres, Cruzar Madrid aún)
El prestigioso hispanista Carlos Blanco Aguinaga publica el segundo volumen de sus memorias, De mal asiento, Caballo de Troya, Madrid, 2010. El primer volumen había sido editado en 2007 (Por el mundo. Infancia, guerra y un principio afortunado, Alberdania, Irún, 2007). En el caso que nos ocupa, el autor trata de la parte de su vida que empieza con su asentamiento en el terreno sentimental y laboral, como profesor, y termina en 1985, año que pone punto final a su trayectoria como catedrático contratado de la Universidad del País Vasco. Su figura, en el ámbito del hispanismo, está ligada sobre todo (a pesar de la gran fortuna de algunos de sus artículos sobre el soneto de Quevedo Cerrar podrá mis ojos, sobre Cervantes y la picaresca, Rulfo u O. Paz) a sus estudios dedicados la generación del
[ag[3].jpg]98, en particular a Unamuno, a la generación del 27, con especial atención a Emilio Prados, del que fue amigo y editor, y a Galdós (De mal..., p., 74). Y, cómo no, a aquella Historia social de la Literatura española, que tantas ampollas levantó por su orientación marxista cuando fue publicada en el año 1979 por la editorial Castalia. Lo ha recordado, en ocasión de la publicación de estas memorias, M. Rodríguez Rivero , quien participó en un seminario sobre teoría literaria dirigido por B. A. (De mal...,p., 289).
Foto de C. B. Aguinaga en la contraportada de Juventud del 98, Siglo XXI, Madrid, 1970.
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Los tres volúmenes de Historia social de la literatura española, Blanco Aguinaga, C., Rodríguez Puértolas, J., Zavala, Iris M., Castalia, Madrid, 1978.
Del marxismo entendido como método de análisis de la literatura se podría decir, intentando cargar las tintas lo menos posible, algo parecido a lo que comenta Savater en su Diccionario filosófico (1999) sobre las teorías de Freud en torno a la psique humana; a saber, que se trata de un intento de comprensión racional, basado en principios de raigambre humanista, del fenómeno creativo en términos histórico-sociales. En el fondo, este ejercicio epistemológico no busca sino iluminar un fenómeno que se suele presentar como insondable, fruto de oscuras instancias ajenas, en mayor o menor medida, a determinaciones constatables.
juv1Por lo demás, el marxismo de B.A. no es solo teórico, y de ello queda constancia a través de las diversas luchas reivindicativas en las que tomó parte. Entre ellas, los movimientos de la nueva izquierda que surgieron en los Estados Unidos de América en contra de la guerra de Vietnam o a favor de la incorporación a la universidad, a finales de los años sesenta, de minorías como los chicanos. Algunas de las páginas más interesantes de estas memorias están ligadas a los conflictos en los que participó junto a personajes como  A. Davis o H. Marcuse, por citar a dos de los más conocidos.
Otra de las líneas fructíferas de lectura de estas memorias tiene que ver con la amistad de B. A. con algunos grandes escritores como Prados, Cortázar, C. Fuentes, D. Viñas o Blas de Otero. A ellos se dedican páginas llenas de calor y color.
A algunos otros el autor les dedica, sin embargo, críticas a mi juicio desmedidas, entre ellos a O. Paz, con el que tuvo algo de relación, y a T. S. Eliot (“el tonto pretencioso que creía ser poeta teológico, uno de los peores poetas modernos”, p.17). Este blog se llama holdontightmarie y no Marie, Marie, hold on tight (La tierra baldía), por razones que no vienen al caso, pero evidencian mi desacuerdo sobre la calidad del poeta en cuestión.
No de menor interés es la crónica sobre el hispanismo de la que a través de sus peripecias como profesor universitario en España y EEUU va dejando rastro. Quienes aparecen en ese contexto son, en la mayor parte de los casos, personas que, como él mismo, están ligadas al exilio que provocó el final aciago de la guerra civil y con posterioridad la dictadura franquista. Por el libro desfilan los grandes personajes del Colegio de Méjico, A. Reyes y Raimundo Lida, el discípulo de A. Alonso, y tantos otros, entre los cuales parte de lo más granado de la especialidad, Claudio Guillén, Alatorre, A. del Río, Casalduero, Montesisnos, amén de sus colegas norteamericanos, Gilman, Zahareas o G. Jackson.
Un aspecto nada desdeñable de las memorias son las referencias a capítulos abiertos ligados a la actividad creativa y a la historia. Me refiero, por ejemplo, a esos “virulentos sonetos” de Guillén dedicados a JRJ, de los que C.B. dice haber oído uno, y de los que no ha quedado constancia pública (p., 59-60 y 325); y también estoy pensando en la correspondencia entre Unamuno y Prieto, que según este mismo, si se publicara dejaría a D. Miguel muy mal ante la Historia (p. 45).
Dos apuntes más. El primero sobre la vocación creativa de B.A., presente desde el principio de su trayectoria intelectual -véanse las páginas dedicadas a la señera revista mejicana Presencia(Cap. 1)-, pero más intensa en su madurez y vejez, a través de su labor como novelista, a la que se refiere no pocas veces en este libro. Y el segundo, sobre su condición de exiliado, hijo de exiliados, expulsados de su patria, huidos de sus casas para salvar la piel. Los sentimientos ligados a esa circunstancia vital son una corriente continua que fluye alda través de todo el libro, a veces remansada, otras presente como un sentimiento hondo de carencia, a veces, casi resuelta, gracias a ajustes de cuentas cumplidos con sus coetáneos que crecieron en España. Quizá la visión panamericanista del continente que le acogió y también su hondo internacionalismo puedan leerse como una sublimación de su herida, como el sueño de una patria no excluyente.
La de Bringas, de Galdós, coeditada por  C.B.A. y su hija Alda (Cátedra)

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