adiós

jueves, 1 de noviembre de 2012

Muere García Calvo. *Me morimos


Foto2842García Calvo durante una de sus charlas en la Puerta del Sol madrileña, poco después del 15M
Le recuerdo en clase de latín haciendo como que se enfadaba, dando un ligero taconazo con sus zapatos entre principescos y jipis, si no llevabas bien el ritmo de Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris…, de Catulo. O cuando se ponía a leer De rerum natura, con aquella voz varonil, pelo en pecho y patillas de bandido alpujarreño. Me impresionó desde el principio, siempre quise contarme en el círculo de sus jóvenes allegados, pero nunca lo conseguí. Le espié en silencio cuando le vi con Savater en la cafetería de la Facultad, creo yo que hablando de sesos, de un plato de sesos fritos con vino blanco, quiero decir, aunque el detalle quién sabe si solo es fruto de mi imaginación retorcida. De lo que estoy seguro es de que le oí discutir con L. M. Panero un día que el poeta se presentó en clase y desde la última fila se puso a provocarle. Quizá le dijo que le iba a salir un cáncer de lengua, de tanto hablar, y le citó a Lacan, como si de un torero que agita el trapo rojo se tratara. G. Calvo no embistió, le trato como se trata a un hijo pesado. Pero, hace más de 30 años de aquello y, quién sabe si, incluso con Panero por en medio, me vuelve a fallar la memoria. 
Después, al ni poder ser su discípulo,  le leí como poeta, ensayista, lingüista, traductor, latinista. Tres cosas suyas tengo clavadas en la memoria. Una, un artículo de El País sobre las cabinas telefónicas, divertido como pocos; otra, un capítulo de uno de sus primeros libros, Lalia (Siglo XXI, 1973). El capítulo se llama *Nos amo, *me amamos y trata de combinaciones  agramaticales de los pronombres personales. Para que se hagan una idea de cómo se las gastaba, reproduzco un par de páginas  características de su forma de dar ejemplo:

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Y la tercera cosa que tengo clavada en la memoria es mi otro libro preferido de él, que es Del ritmo del lenguaje (La gaya ciencia, 1975). Lo encabezaba la siguiente adivinanza, que “los niños desarrapados le propusieron a Homero cuando vagaba por los barrios bajos de Mitilene, según se cuenta en una de las vidas apócrifas del poeta”:
Ahora que he pasado
soy lo que no era,
y cuando estoy pasando
no soy lo que soy.
No quisiera cerrar esta entrada sin mencionar el que en realidad es el mejor recuerdo, aun a riesgo de rozar el terreno del abuelo cebolleta. Una mañana, quizá día de la ascensión o de la asunción -que se me confunden, aunque una sea, como decía el cómico, parecida a conducir uno mismo, y la otra, a ir en taxi- se puso a recitar a Fray Luis de León. Quizá no lo olvide nunca:
¡Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, oscuro,
con soledad y llanto,
y tú rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro!
¿Los antes bienhadados,
y los ahora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de Ti desposeídos,
a dó convertirán ya sus sentidos?
¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura,
que no les sea enojos?
quien oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?
Aqueste mar turbado
¿quién le pondrá ya freno? ¿quién concierto
al viento fiero airado?
estando tú encubierto,
¿qué norte guiará la nave al puerto?
¡Ay! nube envidiosa
aun de este breve gozo ¿qué te quejas?
¿dó vuelas presurosa?
¡cuán rica tú te alejas!
¡cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!
VALE

4 comentarios:

  1. Pues, el caso es que estoy convencido de que estaban hablando de sesos y vino blanco. Gajes del oficio de espía. Me puse junto a ellos en la barra con un compañero y le empecé a hablar de las criadillas con tintorro. Lo de fritos, lo he añadido yo, porque no conozco otra preparación. Cada tres o cuatro años me viene a la memoria la curiosa imagen. la única mentira es que me puse junto a ellos en la barra.

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  2. Javier, curioseando en el blog veo este hermosa y entrañable semblanza.Nuestros grandes maestros, los que nos han ayudado a saber y entender, permanecen siempre en nuestro recuerdo.
    Emilio M.

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    1. Emilio, gracias por el comentario.
      Tengo al García Calvo de los años de la facultad entre las brumas del recuerdo. Pero pensar en él es como acabar de despertarse de un sueño agradable. Lo único que me sigue desconcertando es aquel aspecto varonil, entre el bandido y el hippie, pero en versión dandy tanto en las Alpujarras como en la comuna. Siempre hay algo desconcertante en los sueños, si no, serían solo recuerdos.
      Una cosa que no he leído y he estado por lo menos dos veces a punto de hacer son sus memorias, que están publicadas en su editorial, Lucina, pero no son fáciles de encontrar. Su historia con Hacienda da para una novela de Cercas.
      Javier

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