adiós

lunes, 2 de abril de 2012

Tender la ropa, tenderse sin ropa

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Bruno Stefani, Calle veneziana, s.d. (1949), mm 393x293
(stampa fotografica in bianco e nero, gelatina bromuro d’argento su carta baritata)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Se tiende la ropa como se sacan las miserias a pasear, de verdad o para coquetear, para mitigar el mal olor que nos atufa. La necesidad de aire es universal, hay algo en nuestros trapos sucios que nos hermana con los demás, aunque no quieran compartirlos.

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Hasta en el rechazo hay reconocimiento. A veces, un hombro que se aparta con tino es mejor que otro que se encuentra demasiado a gusto bajo nuestra frente. Entre las dos reacciones, la que nos acoge y la que no quiere saber nada de nuestros espejos rotos, puede haber la misma distancia que hay entre entre el aire viciado y la brisa de la sierra. El sufrimiento, como la suciedad,  reclama ventilación, aunque sea en la barra miserable de un bar de los que todavía usan serrín, basta compartir el mismo aire.

Yo hace tiempo que tengo secadora en casa, algo parecido a disponer de un psicólogo de confianza siempre que se quiera. Está bien, pero, por más técnicas que usen para ponerte en trance, es distinto a encontrarte con quien quieres o con quien odias. La secadora me crea sensación de extrañamiento en relación a los habitantes de cuyos balcones veo con embeleso colgar prendas, sobre todo al llegar el fin de semana, cuando el traje de faena se

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puede lavar sin prisas. El otro día, la aristocrática Toya, una de las madres protagonistas del programa ¿Quién quiere casarse con mi hijo?, se quejaba de un barrio en el que vivía una de las pretendientes de su hijo, porque las calles estaban llenas de ropa tendida. No le parecía bien, los pijamas al viento airean lo íntimo, que en la cultura de la contención debe quedar en la intimidad. Enseñar no es elegante y da armas al enemigo, que puede estudiar nuestros puntos flacos, pero en las casa pequeñas no hay espacio para tanta colada y se impone aprovechar los balcones, a veces convertidos en trasteros. Cada acto doméstico encierra un significado profundo que va más allá de su neutra apariencia. Intalación de Hans Haacke

Tender la ropa concentra en mi caso un puzzle de viejas obsesiones, todas ellas ligadas al equilibrio, quizá al orden mínimo, pero imageimprescindible para disfrutar de la vida, sucio proceso de ingesta, metabolismo y expulsión, de la comida o de los sentimientos. Tender permite reubicar lo vivido, seguir adelante, volver a usar nuestro pobre aliño indumentario. Si hay una imagen de vecindario que me reconforta es la de aquellas ciudades en las que las fachadas de dos casas, frente a frente, permanecen unidas por la cuerda de tender, cuyo ruido, al girar sobre su goznes tiene el aroma del mejor arte, el que nace de la necesidad.

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