Fotografía de Glyn Klirk (Getty)
Si tuviera que asociar a la figura de Guardiola algunos refranes, todos ellos estarían ligados al sentido común, a la mesura y a la justa ambición que pueda derivarse de la mezcla proporcionada de esos ingredientes. Una vez agitada la coctelera con ellos, el resultado equivale exactamente a la idea que tengo yo del significado de la palabra catalana seny, cuya raíz está presente también en otras lenguas romances. Así, por ejemplo, en el italiano senno y derivados, como forsennato (che, chi è fuori di senno, pazzo), disennato (pazzo, folle) o en el francés forcené ("Un forcené no se puede calificar de loco. Es una persona que ha perdido el dominio de sí
Foto: repubblica.it. Guardiola con Trueba Jr. en el Palio de Sienamismo, que ha perdido la brújula, por un motivo preciso”), términos ligados al extravío, al alejamiento del sentido, la mesura, entendida esta como una correcta relación sin estridencias ni enajenamiento con la realidad. Quizá, la expresión il senno di poi (la facile saggezza di chi giudica a cose fatte), de significado semejante al español “es fácil de decir a toro pasado”, exprese hasta qué punto la base del seny es una comprensión cabal del mundo que se traduce en la vida cotidiana, en el aquí y ahora, que diría un gestaltista, en un comportamiento a la altura de las circunstancias, sin perder nunca la coherencia con los cimientos que lo sustentan, la educación recibida, la formación asimilada. Pensar en Guardiola y que se te vengan a la cabeza cosas como no hay que vender la piel del oso antes de cazarlo, chi fa per se fa per tre, si jeunesse savait, si vieillesse pouvait o buena parte de las expresiones analizadas en el breviario de dichos burgueses de Léon Bloy (Bloy, Léon, Exégèse des Lieux Communs) es todo uno. Guardiola, hasta cuando le ponen casi patas arriba, como en la foto que encabeza esta entrada, conserva el buen corte y porte, el equilibrio; se muestra modoso y firme con el tren inferior y usa los brazos como alerones, para perder justo el control que la ocasión merece, el mismo que denota su expresión infantilmente adulta. Mientras su filosofía vital sea sincera todo irá relativamente bien, capitalismo socialdemócrata en el que a los de abajo les toca un poco más que los despojos. Si su discurso se convierte en pura ideología empresarial, podemos temernos lo peor, mucha fachada y pomposos discursos bajo los cuales se esconden los trapos más sucios, y malolientes.
Visto lo visto y hecho lo hecho, a Guardiola, para poner la guinda a su impecable tarta de seny, no le falta sino despedirse en el momento preciso, sin forzar las cosas ni perder la compostura, como lo hace quien pasaba por allí y, más por nosotros que por él, se quedó un rato para endulzarnos el tiempo que tuvimos la suerte de compartir con él. La clave de una vida heroica clásica residía en una muerte temprana. Hasta los tardíos héroes del rock cumplieron la condición. Nada tan penoso como estar loquillo a partir de los cincuenta. En una vida guiada por el seny, la clave de la trayectoria de G., aunque aquí ya no se trate de mitología ni de épica y quizá ni siquiera de novela, reside en que muera pronto, antes de que empiece la decadencia. Que muera como entrenador, ça va de soi, según el guión ideal, el manual del perfecto empresario, que ya no son buenos tiempos para la lírica.
















enemigos y cuando alguien manda a callar es porque puede. En la fauna política si que se hacen diferencias entre adversarios, contrincantes y hasta enemigos, hay políticos que repiten y se recrean en recordar los matices que diferencian el significado de cada uno de los términos, como queriendo demostrar finura conceptual , para después desmentir con los hechos su retórica pretendidamente fina. Pasan de los abrazos a lanzarse los peores calificativos. Recuerdan ese chiste sacrílego que contaba que Cristo iba dando saltitos con su cruz a cuestas, hasta que, de repente, alguien le dice, “los de la tele”, y él se pone a andar abrumado por el peso que lleva a cuestas, real y simbólico. Así parecen hacer los políticos de los partidos mayoritarios, apreciarse hasta que les enchufa la cámara, como si la profesión les exigiera un esfuerzo antagónico sobreactuado, una especie de mala leche de foto, lo contrario de la patata de las instantáneas familiares. Es verdad que también hacen lo contrario los días que la cámara exige la ceremonia de la comprensión, pero últimamente la concordia casi no tiene fiestas que guardar.
Los pasados fueron años en los que el partido en el poder se pareció más de lo aconsejable a otros partidos cuyo ideario era en principio distinto; el grueso de la oposición, por su parte, parecía querer dar la impresión de que sostenía el ideario original del partido en el poder. Y es que desde hace ya tiempo nadie es quien esperarías, casi todos se camuflan, juegan a querer parecer distintos para comportarse después de manera demasiado semejante. Y, además, hablan como si la gente común (vid. García Calvo) fuera un ente abstracto y medio tonto, y no una suma de orejas bien diferenciadas a las que les agradaría oír argumentos
elaborados, verdades sentidas y propuestas atractivas, diferentes en más de un 10 o un 15% de las del contrincante. Como, para más inri, en la tele los listos prefieren parecer tontos, los que tienen menos luces no tiene ni necesidad de esforzarse en mimetizarse, porque casi todo es medianía. Claro que, visto lo visto, es casi mejor que nuestros dirigentes se dejen arrastrar por los acontecimientos, a veces si aparentar si quiera que los controlan, porque cuanto intentan adelantarse o tomar las riendas del carro a menudo el resultado es peor que la correcta gestión del desastre.
Es algo que el PSOE ha pagado bien caro. Si a uno le gusta el café y puede tomarlo no se le ocurre comprar un sucedáneo que se parece demasiado a otra cosa. Para eso, votas a la derecha de marca, la que financia el gran capital, aunque a esta también le den ataques de mimetización. Quien vota a la izquierda, por ejemplo, lo debe hacer convencido de que sus medidas políticas no van a andar de puntillas con los impuestos, los servicios públicos o la justicia. O es que se les ha olvidado que decir socialdemocracia equivale a referirse a un sistema impositivo trasparente, ecuánime y seguramente exigente, destinado
a sufragar el llamado estado de bienestar, expresión que poco a poco va abandonando el léxico político para quizá emigrar a la jerga médico anestésica. Seguramente, a algunos no se les ha olvidado lo que implica la socialdemocracia, sino que han creído que podían hacer milagros. Eso en el mejor de los casos, porque en el peor hay que pensar que solo buscaban perpetuarse en sus puestos, hacer el trabajo sucio a los otros favoreciendo a los de siempre (vid. las clásicas tesis leninistas y, si no recuerdo, mal la fábula de Gramsci sobre el castor), en suma, cambiar algo para que todo siga igual. La historia del PSOE post constitucional ha tendido a reproducir miniciclos semejantes. Ataquines de socialdemocracia seguidos de significativas renuncias, demoras o ambigüedades que acercaban su actuación a las políticas de centro derecha. Al descrédito que ello ha producido, hay que añadir los casos de corrupción y la deriva nacionalista. Alguna de estas cosas se digiere mejor en los partidos de derechas, pero el público de izquierdas las lleva muy mal. hasta tal punto el perfil socialista se ha ido desdibujando que la mimetización ha llevado a situaciones como la de la última foto, en la que el animal debe estar por alguna parte, pero no hay quien lo vea.
Arroyo, Eduardo, Al pie del cañón. Una guía del Museo del Prado, Barcelona, Elba editorial, 2011. 164 páginas. 24 euros.
