Exposición conjunta con la escuela de Arte de Huesca

miércoles, 15 de julio de 2015

Verano de devaneos (I): hace 36 años ardía el hotel Corona de Aragón en Zaragoza. I. Martínez de Pisón cuenta el incendio.

10995684_10153507825423086_7432181726230758671_n(Fuente de las foto)

Hace tres días que se cumplieron 36 años del terrible incendio del hotel Corona, situado en la Zaragozana Avenida Cesar Augusto. Las circunstancias de la tragedia que provocó 83 víctimas mortales no estarán nunca claras del todo. Si se trató de un atentado o no, es algo que se ha llegado a saber. Lo cierto es que el Tribunal Supremo sostuvo en 1989  la intencionalidad del incendio, “señalando que no guarda relación la escasa entidad del incendio producido en la freiduría del hotel ( ... ) con las catastróficas consecuencias que se originaron”. El acontecimiento ha entrado a formar parte del acervo de las generaciones que lo vivieron, derecta o indirectamente. En la vida de las personas, de repente se producen acontecimientos en los que el individuo se siente particularmente ligado a la colectividad, parte de un conjunto cuyo latido por un instante se acompasa al suyo. Ocurre en la desgracia como en la dicha. Si es en la segunda, se trata de idilios en los que uno se siente protagonista de la  gran historia y busca reliquias semipaganas, como, pongamos por caso, un ladrillo del muro de Berlín. Cuando, por el contrario, te ves envuelto en el huracán de la desgracia no queda otra que ser espectador desalmado o lanzarse a socorrer. Quizá sea en esas ocasiones donde de verdad, si la gente está a la altura de las circunstancias, se pueda decir que es una bendición vivir en común, pertenecer a una comunidad solidaria.

Esta es la evocación de los hechos que I. Martínez de Pisón, cronista literario oficioso de la capital aragonesa, ofrece en su última novela, La buena reputación (Seix Barral, 2014, p., 427-428):

- ¿Qué es eso?

- ¿No te has enterado? Un incendio. En el Corona.

… Elías fue al salón y se asomó a la ventana. Como una libélula gigante, un helicóptero sobrevolaba la Gran Vía a la altura del cruce con Goya. Encendió la radio y sintonizó una emisora local. Lo del Hotel Corona de Aragón, el único cinco estrellas de la ciudad, no era un simple incendio. Era una catástrofe. El locutor, con la voz entrecortada por la emoción, hablaba de decenas de muertos, tal vez un centenar, muchos de ellos huéspedes que, acorralados por el humo y las llamas, habían optado por arrojarse al vacío. Los relatos de los testigos eran estremecedores. Una mujer, entre sollozos, decía haber visto más de treinta cadáveres alineados en la acera. Un vecino describía la desesperación de una madre intentando descolgar a su pequeña hija atada a unas sábanas. de vez en cuando, el locutor tomaba la palabra para recordar que las autoridades habían descartado que se tratara de un atentado terrorista, hipótesis que había cobrado fuerza al hacerse público que en el hotel estaban alojados muchos familiares de militares (incluidos Carmen Polo y cuatro miembros de la familia Franco), que esa mañana iban a asistir en la Academia General a la entrega de despachos a los cadetes. Elías, alterado, corrió al dormitorio.

¿Te has enterado? ¡Casi muere la viuda de Franco!

(…) Ahora decían que el fuego se había declarado en la cocina de la primera planta y los materiales inflamables con los que estaba decorado el edificio habían facilitado su rápida propagación. Tanta insistencia por parte de las autoridades resultaba sospechosa, y a Elías le parecía que eso no restaba dramatismo a los hechos. El ruido atronador de los helicópteros le recordaba que todo eso era verdad y que estaba ocurriendo muy cerca, muy cerca de allí, en una calle por la que había pasado cientos de veces. le sobrecogía pensar que en ese momento pudiera haber alguien como él colgado de una ventana y dudando entre arrojarse contra el asfalto o dejar que las llamas le devoraran. ¡Morir y además de esa manera! Nuevos testimonios aportaban más detalles de sufrimiento, y sólo algunos rasgos de solidaridad espontánea y valentía procuraban algún consuelo en medio de aquel horror: los transeúntes que habían amortiguado con mantas el impacto de un salto desesperado, el bombero que había cargado a hombros con una anciana, las numerosas llamadas de gente anónima que se ofrecía para donar sangre y colaborar…Elías permanecía atento a la radio como los niños a los cuentos de miedo, con la misma sensación de angustia y escalofrío.

Después, la novela cuenta cómo una de las supervivientes del incendio vivió los hechos desde dentro del hotel. Pero no quiero abusar de la cita. Lo copiado da cuenta de los hechos principales. Lea el libro aquel que se haya interesado en la narración.

(Fuente de las fotos)

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