"Naturaleza y civilización...Pero, decidme: ¿que es más naturaleza: un león persiguiendo
a un antílope en el Parque Nacional de Tanganika o un gato persiguiendo a una
rata bajo la luz de los faroles junto a la interminable pared del
matadero", Rafalel Sánchez Ferlosio, Vendrán más años malos y nos
harán más ciegos, Barcelona, Destino, 1993, pág. 10
sábado, 5 de marzo de 2016
jueves, 3 de marzo de 2016
miércoles, 2 de marzo de 2016
martes, 1 de marzo de 2016
La tranquilidad. Bernhard ilustrado
Luigi Ghirri, Alpe di Susi Bolzano, dalla serie
Topografica-Iconografica, 1979.
“Nunca he visto el mundo más amenazador e hiriente que sobre
la cumbre de una montaña. Mientras mi padre decía unas cuantas veces qué
tranquilidad reina aquí en la cumbre, una tranquilidad mayestática, decía, en
el fondo, no aguantaba ya de pura intranquilidad, porque la intranquilidad está
donde se espera la tranquilidad de la forma más grande y absoluta, y él se
atormentaba varias veces diciendo que entonces reinaba la mayor
tranquilidad, todos estábamos de repente en la mayor tranquilidad, decía, y nos
decía si no oíamos que estábamos en la mayor y realmente absoluta tranquilidad,
dije; animaba continuamente a mi madre a decir y reconocer que ahora estábamos
en la más absoluta tranquilidad y mi madre dijo también unas cuantas veces que
estábamos en la mayor y absoluta tranquilidad, qué silencioso, qué
tranquilo se está aquí, todo está tranquilo, dijo ella, aquí reina la
mayor tranquilidad. Y como yo no fui en seguida de la misma opinión de mis
padres, me animaron a decir que allí arriba en la cumbre reinaba una
tranquilidad absoluta y por eso, para poner fin a sus amenazas,
dije también que allí arriba en la cumbre reinaba la mayor tranquilidad, la
tranquilidad absoluta (…) Semejante tranquilidad, dijo mi padre varias
veces. El viento fue pronto una tormenta, y creímos que nos íbamos a helar allí
mismo. De manera que nos apretamos en el rincón de la roca, mirando hacia
fuera. La tormenta era una buena señal, dijo mi padre. Sí, dijo mi madre, dije
yo.. la subida había durado ocho horas. Mis padres se apretaron uno contra otro
en el ángulo de la roca y empezaron a temblar con todo el cuerpo. La tormenta
era tan fuerte que apenas entendí lo que dijo mi padre: qué tranquilidad reina
aquí. También él estaba totalmente agotado, como mi madre. De mí sólo sé que no
sabía cómo había podido seguir siquiera a mis padres. Se quitaron las botas de
montaña y estiraron piernas y pies y se frotaron mutuamente los dedos de
los pies. A mí me parecía estar soñando, dije. Desde entonces odio tanto al
Ortler. Sin embargo, cada tantos años tenía que ser el Ortler, dije, no sé por
qué…"
(Bernhart, Thomas, Reencuentro, Goethe se muere, Alianza Editorial, 87-89)
(Bernhart, Thomas, Reencuentro, Goethe se muere, Alianza Editorial, 87-89)
lunes, 29 de febrero de 2016
Crecen la uñas
10
El hombre ha muerto.
La barba no lo sabe.
Crecen las uñas (Diecisiete haiku, La cifra, 1ra ed. Buenos Aires, Emecé, 1981.
La barba no lo sabe.
Crecen las uñas (Diecisiete haiku, La cifra, 1ra ed. Buenos Aires, Emecé, 1981.
1ra ed. Madrid, Alianza Editorial, 1981. Col. Alianza Tres, 159)
domingo, 28 de febrero de 2016
Mármoles. "Domar las montañas". Miguel Ángel. Star Wars. La Bella y la bestia. Como la luna en un pozo
Menos azul, azzurro como el pomeriggio, lo hay de casi todos los colores. Blanco perfecto, la luna reflejada en un pozo, de las canteras de Luna, en Carrara, al gusto de Augusto, homogéneo, con pocas vetas, como un mal jamón. Pero la cara de una Venus, aunque fuera de provincia, paleta y sana, no debía tener pecas, mucho menos un general, que se cuidaba el cutis como una cortesana, lo que al fin y al cabo no dejaba de ser. Sus efigies no debían tener mácula, eran imágenes idealizadas. El imperio jugaba con los mármoles de colores, signo de su extensión, de la variedad de sus regiones: Asía, Oriente Próximo, todo el Mediterráneo.
La reina de Naboo, Amidala, en Star Wars, desde su cuartel en la Residencia real de Caserta también se presenta como señora de los colores marmóreos, pasado y presente de un imperio conectados por
las paredes y suelos, ciencia ficción comercial y origen de nuestra civilización unidos no por un hilo de continuidad cultural, sino por esa roca metamórfica que se mezcla en el vientre de la tierra con otra rocas. Del amplexo, a veces surgen bellos mestizos, otras, bodrios insufribles.
Mármol azul verdoso, cipollino, acebollado, de Eubea (fuente de la imagen); amarillo, de África del norte; rosa, de la isla griega de Quíos. Pero los edificios de Augusto tendían a cierta sobriedad y eran poco dados a la veta, de manera que el uso de otras variedades de mármol quedó muy restringido. Ya habría modo de reparar tal contención más tarde, en edad imperial incluso, y no digamos siglos después, pues como decía el mayordomo de la Bella y la bestia (Disney, ¡pero que no se enteren los antitemporalistas ferlosianos!), "o es barroco o es barraca".
El afán de Augusto por perpetuarse en mármol hizo que los tallistas, que no le habían visto jamás en persona, tendieran a estereotipar su figura. Dios era, eso sí, y como tal se le escu(l)pía, monótonamente, repitiendo su entrecejo cuantas veces hiciese falta, como en los sellos, en las monedas, los emperadores, los dictadores no tienen alma, sólo poder.
Pero, quizá, el que tuvo más fortuna con el mármol fue Trajano, cuya columna romana, un rollo continuo de 215 metros en torno a un cilindro vertical de 30 metros de altura, es un verdadero cómic esculpido. La historieta está tallada en diecisiete tambores de mármol de Luna, de unos tres metros de diámetro cada uno. Los tambores está huecos, para dejar espacio a una escalera de caracol interior, iluminada por cuarenta y tres ventanitas que no se ven casi desde el exterior. Para qué abrumar con más detalles de está orgía marmórea que debe ser vista con prismáticos, aunque las figuras inferiores van creciendo en tamaño según se asciende. No lo suficiente, sin embargo, para disfrutar de lo narrado... lost in comic.
Mármol, si mucho, muchas de sus variedades llegaron a dar lustre a los fustes de las columnas imperiales. Se pone uno dannunziano, pero es que el pórfido rojo venía de Egipto, el marmo giallo antico, amarillo antiguo, (marmor numidicum, o sea, de Numidia -fuente de la imagen-) de Túnez, el pavonazzetto, blanco
con vetas violáceas, como de cola de pavo, de Turquía, el mármol verde serpentina, sobre el que dejo yo cada día mi cepillo de dientes eléctrico, de Esparta, nada menos. Aunque a D'Annunzio seguramente le gustaba más el cristal, así que llamo Venturina a una de sus amantes, porque sus ojos, de color castaño claro con destellos dorados, le recordaban uno de los tonos que utilizan los artesanos de Murano, parecidos al del cuarzo homónimo.
Siglos después, un gran erudito en mármol fue Miguel Ángel, quien solía insistir en que se sentía más escultor que pintor. Se preciaba incluso de ver a través de la piedra, adivinaba, pedrosalinianamente su mejor yo, la potencialidad que escondía, la forma, gestalt, que pugnaba por salir de allí. Así, como un brujo, establecía un contacto esencial con la naturaleza. En eso puede consistir la cultura, en un acto soberano de pacífico dominio sobre natura, en establecer una línea de continuidad con ella en la que no obstante se produce un salto de calidad, y vaya calidad si se trata de M. A.
En Florencia, sin embargo, el mármol no era un material fácil de conseguir. Había que ir a las montanas, a gran altura y hacer bajar por la ladera, en una especie de trineo, bloques que a veces pesaban toneladas. Después, había que llegar hasta el mar gracias a carros tirados por bueyes, meter el material en un barco y navegar hasta Pisa. Una barcaza llevaba la bendita piedra por el Arno hasta Signa, el punto navegable más alto del curso. Los bueyes se volvían entonces a hacer cargo del cargamento para llevarlo a Florencia, a donde llegaban exhaustos. Los bloques habían recorrido unos 150 kilómetros, quizá durante meses.
Pero a veces, Miguel Ángel quería bloques insólitamente grandes, como los que dibujaba en sus bocetos con una soltura impar. Por ejemplo, para la fachada de San Lorenzo pretendió hacer traer el mármol suficiente como para hacer doce columnas, cada una de ellas de unos seis metros y medio de altura. Los esclavos romanos se habían dejado la vida para transportar los bloque que se utilizaron, por ejemplo, en el Phanteon, pero los tiempos habían cambiado y la mano de obra no era tan abundante ni tan barata. Desde las montañas de Pietrasanta, de donde pretendía sacar el mármol, hasta Florencia hay unos ciento veinte kilómetros, pero, para trasportar la piedra hacía falta acabar de construir una carretera que llevaba a las canteras. Parece ser que por entonces M. A. no paraba de ir y venir de Florencia a las canteras de Pietrasanta, Seravezza y Carrara, bien acompañado de un siervo y cada vez más amigo, hasta convertirse en empresario, emprendedor, diríamos, si no fuera por que el término ha sido usado por demasiados dirigentes empresariales españoles caídos en desgracia por exceso de hormona del emprendimiento fraudulento. Miguel Ángel, en ese sentido, no era del todo transparente, como diríamos ahora: "En cuestiones de este tipo [se refería a la concesión de explotación de las canteras para proporcionar mármol a los artesanos del Duomo y para él mismo] no busco mi propio beneficio, sino el de mis mecenas y el de mi país". La cosa se complicó, porque los canteros de Carrara, celosos de su cuota de mercado, boicotearon el proyecto del artista, quien se sentía una especie de filántropo: "Al intentar domar estas montañas e introducir la industria en estos lares, me he propuesto resucitar a los muertos...¡Maldito sea mil veces el día en que salí de Carrara...".
El mismo proceso siglos después:
(Fuente de las fotos)
Libros discretamente fusilados:
- Hughes, Robert, Roma, Una historia cultural, Crítica, 2011.
- Gayford, Martin, Miguel Ángel, Una vida épica, Taurus, 2014.
- Hughes-Hallet, Lucy, El gran depredador Gabriele D'Annunzio, emblema de una época, Ariel, 2014.
La reina de Naboo, Amidala, en Star Wars, desde su cuartel en la Residencia real de Caserta también se presenta como señora de los colores marmóreos, pasado y presente de un imperio conectados por
las paredes y suelos, ciencia ficción comercial y origen de nuestra civilización unidos no por un hilo de continuidad cultural, sino por esa roca metamórfica que se mezcla en el vientre de la tierra con otra rocas. Del amplexo, a veces surgen bellos mestizos, otras, bodrios insufribles.
Mármol azul verdoso, cipollino, acebollado, de Eubea (fuente de la imagen); amarillo, de África del norte; rosa, de la isla griega de Quíos. Pero los edificios de Augusto tendían a cierta sobriedad y eran poco dados a la veta, de manera que el uso de otras variedades de mármol quedó muy restringido. Ya habría modo de reparar tal contención más tarde, en edad imperial incluso, y no digamos siglos después, pues como decía el mayordomo de la Bella y la bestia (Disney, ¡pero que no se enteren los antitemporalistas ferlosianos!), "o es barroco o es barraca".
El afán de Augusto por perpetuarse en mármol hizo que los tallistas, que no le habían visto jamás en persona, tendieran a estereotipar su figura. Dios era, eso sí, y como tal se le escu(l)pía, monótonamente, repitiendo su entrecejo cuantas veces hiciese falta, como en los sellos, en las monedas, los emperadores, los dictadores no tienen alma, sólo poder.
Pero, quizá, el que tuvo más fortuna con el mármol fue Trajano, cuya columna romana, un rollo continuo de 215 metros en torno a un cilindro vertical de 30 metros de altura, es un verdadero cómic esculpido. La historieta está tallada en diecisiete tambores de mármol de Luna, de unos tres metros de diámetro cada uno. Los tambores está huecos, para dejar espacio a una escalera de caracol interior, iluminada por cuarenta y tres ventanitas que no se ven casi desde el exterior. Para qué abrumar con más detalles de está orgía marmórea que debe ser vista con prismáticos, aunque las figuras inferiores van creciendo en tamaño según se asciende. No lo suficiente, sin embargo, para disfrutar de lo narrado... lost in comic.
Mármol, si mucho, muchas de sus variedades llegaron a dar lustre a los fustes de las columnas imperiales. Se pone uno dannunziano, pero es que el pórfido rojo venía de Egipto, el marmo giallo antico, amarillo antiguo, (marmor numidicum, o sea, de Numidia -fuente de la imagen-) de Túnez, el pavonazzetto, blanco
con vetas violáceas, como de cola de pavo, de Turquía, el mármol verde serpentina, sobre el que dejo yo cada día mi cepillo de dientes eléctrico, de Esparta, nada menos. Aunque a D'Annunzio seguramente le gustaba más el cristal, así que llamo Venturina a una de sus amantes, porque sus ojos, de color castaño claro con destellos dorados, le recordaban uno de los tonos que utilizan los artesanos de Murano, parecidos al del cuarzo homónimo.
Siglos después, un gran erudito en mármol fue Miguel Ángel, quien solía insistir en que se sentía más escultor que pintor. Se preciaba incluso de ver a través de la piedra, adivinaba, pedrosalinianamente su mejor yo, la potencialidad que escondía, la forma, gestalt, que pugnaba por salir de allí. Así, como un brujo, establecía un contacto esencial con la naturaleza. En eso puede consistir la cultura, en un acto soberano de pacífico dominio sobre natura, en establecer una línea de continuidad con ella en la que no obstante se produce un salto de calidad, y vaya calidad si se trata de M. A.
En Florencia, sin embargo, el mármol no era un material fácil de conseguir. Había que ir a las montanas, a gran altura y hacer bajar por la ladera, en una especie de trineo, bloques que a veces pesaban toneladas. Después, había que llegar hasta el mar gracias a carros tirados por bueyes, meter el material en un barco y navegar hasta Pisa. Una barcaza llevaba la bendita piedra por el Arno hasta Signa, el punto navegable más alto del curso. Los bueyes se volvían entonces a hacer cargo del cargamento para llevarlo a Florencia, a donde llegaban exhaustos. Los bloques habían recorrido unos 150 kilómetros, quizá durante meses.
Pero a veces, Miguel Ángel quería bloques insólitamente grandes, como los que dibujaba en sus bocetos con una soltura impar. Por ejemplo, para la fachada de San Lorenzo pretendió hacer traer el mármol suficiente como para hacer doce columnas, cada una de ellas de unos seis metros y medio de altura. Los esclavos romanos se habían dejado la vida para transportar los bloque que se utilizaron, por ejemplo, en el Phanteon, pero los tiempos habían cambiado y la mano de obra no era tan abundante ni tan barata. Desde las montañas de Pietrasanta, de donde pretendía sacar el mármol, hasta Florencia hay unos ciento veinte kilómetros, pero, para trasportar la piedra hacía falta acabar de construir una carretera que llevaba a las canteras. Parece ser que por entonces M. A. no paraba de ir y venir de Florencia a las canteras de Pietrasanta, Seravezza y Carrara, bien acompañado de un siervo y cada vez más amigo, hasta convertirse en empresario, emprendedor, diríamos, si no fuera por que el término ha sido usado por demasiados dirigentes empresariales españoles caídos en desgracia por exceso de hormona del emprendimiento fraudulento. Miguel Ángel, en ese sentido, no era del todo transparente, como diríamos ahora: "En cuestiones de este tipo [se refería a la concesión de explotación de las canteras para proporcionar mármol a los artesanos del Duomo y para él mismo] no busco mi propio beneficio, sino el de mis mecenas y el de mi país". La cosa se complicó, porque los canteros de Carrara, celosos de su cuota de mercado, boicotearon el proyecto del artista, quien se sentía una especie de filántropo: "Al intentar domar estas montañas e introducir la industria en estos lares, me he propuesto resucitar a los muertos...¡Maldito sea mil veces el día en que salí de Carrara...".
El mismo proceso siglos después:
(Fuente de las fotos)
Libros discretamente fusilados:
- Hughes, Robert, Roma, Una historia cultural, Crítica, 2011.
- Gayford, Martin, Miguel Ángel, Una vida épica, Taurus, 2014.
- Hughes-Hallet, Lucy, El gran depredador Gabriele D'Annunzio, emblema de una época, Ariel, 2014.
sábado, 27 de febrero de 2016
Con un poco de azúcar, pero goteando sobre el mantel.
El goteo de un bol sobre el mantel, el cubremantel, la mesa,
la servilleta, el pantalón, las piernas, el suelo, la casa, la casa del vecino,
la comunidad de vecinos entera, el barrio, Zaragoza, E'paññña, el universo
todo...es una de mis pesadillas recurrentes. ¿Cómo se hace, cómo se evita, si en el desayuno no se puede evitar mojar la magdalena, la galleta, fuente de vida
(quien pierde la mañana pierde el día) en el café, cómo se puede impedir el
reproche materno interiorizado, que dura más allá de la vida y pasa de
generación en generación, llegando a afectar incluso a los animales domésticos?
viernes, 26 de febrero de 2016
Epitetadas: "especial españolez del castellano", españolísima España...
"¿Cómo les sonaría a ustedes la siguiente descripción: "Por encima de los coníferos abetos revoloteaban las córvidas cornejas, mientras en el claro las rumiantes vacas pastaban mansamente la gramínea hierba y la ofidia culebra perseguía a las batracias ranas"?... de los corrutos políticos
la cita es de Ferlosio, R.S., Ensayos I, Debate, 2015, p. 416.
jueves, 25 de febrero de 2016
Las piezas muertas del tablero
7
La cifra, 1ra ed. Buenos Aires, Emecé, 1981.
1ra ed. Madrid, Alianza Editorial, 1981. Col. Alianza Tres, 159)
1ra ed. Madrid, Alianza Editorial, 1981. Col. Alianza Tres, 159)
lunes, 22 de febrero de 2016
Interesante Saviano sobre la presencia de uno de sus libros en la mesita de noche del Chapo
Saviano, un poco reiterativo, sin la finura del gran escritor o periodista, pero siempre interesante, sobre todo cuando, como en aquel estupendo capítulo de Gomorra describía las aficiones de los capos, su gusto por las réplicas de la villa de Scarface (algo de ello había también en la adaptación al cine de Garrone) en su versión de Hollywood, la preferencia por amarillo tarantiniano de las mujeres de los ejecutivos camorristas, a las que les tiraban los coches Smart, la manía, copiada de la tele, de disparar con la pistola en horizontal, con los consiguientes estropicios debidos al menor acierto de los tiros..., interesante Saviano, sobre todo,decía yo, cuando habla del Chapo lector, de su interés por lo que pasaba alrededor suyo, de la inteligencia de las organizaciones criminales..., un perfecto consejero delegado de su clan, al que han detenido cuando estaba ya casi prepensionado y no se ocupaba más que de bobadas, de ligar con celebrities, de dar entrevistas a ese actor que tiene el mismo apellido, pero creo que ninguna vinculación, con un gran director de cine americano:
domingo, 21 de febrero de 2016
París-Austerlitz, de R. Chirbes, una disección materialista del amor no exenta de hondo sentimiento.
Paris-Austerlitz, Rafael Chirbes, Anagrama, Barcelona,
2016. 160 páginas. 15,90 euros.
Leo que la novela de Chirbes es un texto descarnado, escrito con frío bisturí, sin piedad ni mentiras piadosas, que la disección que se hace del amor es certera, salvaje y valiente, que se trata de una novela desgarrada y terrible, que se cuenta un amor espoleado y agobiado por una pasión sexual compulsiva y urgente... y me parece todo algo exagerado, sobre todo lo último.
Este nuevo paso de Chirbes por la novela corta deja sabor duradero que revive semanas después de haberla leído. El regusto se debe seguramente, más que a su carácter terrible o desgarrado, al contraste entre la materia narrada y la precisa disección materialista que se hace de ella. La experiencia amorosa, en efecto, es descrita, a mi parecer, entre dos polos opuestos.
Por un lado, los acontecimientos bastante folletinescos, empapados de una profunda tonalidad sentimental de fondo, la tonalidad de la decepción amorosa, la de produce una aventura ensimismada, difícilmente transitiva, que lleva, en quien es más delicado, a la desgracia, porque choca siempre con la vida, con los intereses creados, con la necesidad excesiva de afecto también ("Pero casi desde el principio advertí que esa generosidad corría peligro de convertirse en una forma perversa de intercambio: me doy entero, pero te quiero entero", p. 52), con la imposibilidad de darlo, la exigencia y el consecuente rechazo del amado, que suele salir por peteneras ante el ahogo ("..su exigencia absoluta, su afán por poseerme entero (..) al principio eso me halagó, me dio seguridad, me devolvió cierto orgullo, y me libró de mi propio desamparo, y ahora ya no era así", p. 71); por otro lado, la narración contiene un análisis materialista de los sentimientos que se ponen en juego, basado en la constatación de cómo esos sentimientos dependen de cálculos, a veces implícitos, otras no, del interés, de inversiones que buscan rentabilidad, lejos casi siempre, una vez superado un primer momento de derroche, de aventuras especulativas a fondo perdido. Es servidumbre y prerrogativa de la especie humana ("la fraseología del amor, su retorica, su aspiración universal; pide que lo consideremos como algo nacido de lo hondo de la naturaleza...", p. 114), deuda antropológica, podríamos decir, y también del espécimen concreto de que se trate, determinado por la calidad de su osamenta y por la determinación histórica en la que se mueve. Lo viene a decir Basanta en su reseña, la mejor de las que he leído. La matriz de Chirbes es el realismo "aprendido en Balzac, Galdós y otros maestros del XIX, ... depurado y enriquecido con la asimilación de renovaciones consagradas en la novela del XX... ". Y el mismo Chirbes lo ha repetido: "Con Blanco aprendí la literatura como forma de conocimiento: colocarse ante el puro texto, sin retórica envolvente, y aprender, de paso, que el envite no es tanto situar un libro en su contexto, sino desentrañar el modo en que el contexto forma parte de la malla del libro. La literatura, como ineludible sismógrafo (o policía) de su tiempo". En el párrafo anterior, el escritor se refería a su experiencia como lector crítico, pero, sin duda, lo dicho se puede extender a su labor creativa.
Así, por lo que se refiere a Paris-Austerlitz, el narrador que rememora su aventura amorosa, de vez en cuando nos proporciona informes mensuales sobre el estado de posición de su inversión sentimental, como los que recibimos del banco, pero hechos texto: "Sospechaba que todo lo que Michel me ofrecía tendría que devolvérselo algún día, y empecé a mirar su afán de gastar conmigo hasta el último céntimo como el deudor mira el libro de operaciones del prestamista que acabará por cobrarle un interés desorbitado", p. 52; "... durante meses me había albergado, me había dado de comer y vestido (...). Nunca lo dijo así, pero yo advertía detrás de sus palabras la reivindicación de los derechos que le concedía su deuda", p, 70; "Me veía a mí mismo como el calefactor que climatiza la casa (...). Un bien útil", p. 92; ...imaginé que si Michel se daba cuenta de que ya no dependía económicamente de él, iba a dar por supuesto que lo abandonaría a no mucho tardar", p. 104); "Me confortaba el sentimiento de propiedad: vosotros tenéis las vuestras, vuestras propiedades: : Yo tengo la mía, se llama Michel...", p. 118; "La satisfacción sexual como trabajo de esclavo", p. 119; etc. No es que el amor esté cosificado, es que el dinero es la cifra universal, la única ecuación que todo explica. Más allá de momentáneos excesos, como los de los generosos reyes primitivos, dispendios que sirven para reificar la diferencia de genealogías, el daca y toma (en ese orden, en este caso), paradigma universal, revive en cada acto, nada deja de obedecer a las leyes de mercado, especialmente aquellos ritos que, como el amor, se enmascaran como puros. El deseo, azúcar, alcohol que hace pasar la píldora, es el brujo que preside la engañosa ceremonia ("A fin de mes, nos bebíamos en casa las botellas adquiridas en previsión del día de la paga, y veíamos la tele desnudos, y nos comíamos uno a otro. Lo dice Lucrecio: Los amantes quieren comerse uno a otro. Lo creen posible. Enloquecen", p. 84; "Prodigios de la primera etapa del amor. Engañosas prestidigitaciones de la carne y juegos de disfraces -los disfraces del deseo: la flor que atrae con su brillante color al insecto-", p. 76). Casi puro Proust, por otro lado.
Chirbes consigue moverse entre los dos polos, el del amor literaturizado, mezcla de ideología, instinto culturalizado, tradición que orienta nuestros anhelos, esperanzas y esfínteres, ese amor que tiene que ver con la mala música, que según Proust había que detestar, pero no despreciar (1), y su desmentido, el paso por el filtro de la conciencia que permite ver lo que esconde, sin por ello poderse sustraer del todo al encanto, la malia, en chisporroteo que nos obnubila -¡guay de quien no es poseído por él!: "Cuando, tendido en la cama del hospital, alargaba la mano para e tocarme y me miraba con ansia, aún me parecía descubrir en él la descabellada aspiración que leemos en los cuentos de terror,en la novelas románticas y en las fantasmagorías que les gustaban a los surrealistas: deseo de amor que perdura más allá de la muerte" (p. 20). Solo el personaje que ve a través de esas densas nieblas el estado de su posición logra salir indemne de la peripecia.
Por un lado, los acontecimientos bastante folletinescos, empapados de una profunda tonalidad sentimental de fondo, la tonalidad de la decepción amorosa, la de produce una aventura ensimismada, difícilmente transitiva, que lleva, en quien es más delicado, a la desgracia, porque choca siempre con la vida, con los intereses creados, con la necesidad excesiva de afecto también ("Pero casi desde el principio advertí que esa generosidad corría peligro de convertirse en una forma perversa de intercambio: me doy entero, pero te quiero entero", p. 52), con la imposibilidad de darlo, la exigencia y el consecuente rechazo del amado, que suele salir por peteneras ante el ahogo ("..su exigencia absoluta, su afán por poseerme entero (..) al principio eso me halagó, me dio seguridad, me devolvió cierto orgullo, y me libró de mi propio desamparo, y ahora ya no era así", p. 71); por otro lado, la narración contiene un análisis materialista de los sentimientos que se ponen en juego, basado en la constatación de cómo esos sentimientos dependen de cálculos, a veces implícitos, otras no, del interés, de inversiones que buscan rentabilidad, lejos casi siempre, una vez superado un primer momento de derroche, de aventuras especulativas a fondo perdido. Es servidumbre y prerrogativa de la especie humana ("la fraseología del amor, su retorica, su aspiración universal; pide que lo consideremos como algo nacido de lo hondo de la naturaleza...", p. 114), deuda antropológica, podríamos decir, y también del espécimen concreto de que se trate, determinado por la calidad de su osamenta y por la determinación histórica en la que se mueve. Lo viene a decir Basanta en su reseña, la mejor de las que he leído. La matriz de Chirbes es el realismo "aprendido en Balzac, Galdós y otros maestros del XIX, ... depurado y enriquecido con la asimilación de renovaciones consagradas en la novela del XX... ". Y el mismo Chirbes lo ha repetido: "Con Blanco aprendí la literatura como forma de conocimiento: colocarse ante el puro texto, sin retórica envolvente, y aprender, de paso, que el envite no es tanto situar un libro en su contexto, sino desentrañar el modo en que el contexto forma parte de la malla del libro. La literatura, como ineludible sismógrafo (o policía) de su tiempo". En el párrafo anterior, el escritor se refería a su experiencia como lector crítico, pero, sin duda, lo dicho se puede extender a su labor creativa.
Así, por lo que se refiere a Paris-Austerlitz, el narrador que rememora su aventura amorosa, de vez en cuando nos proporciona informes mensuales sobre el estado de posición de su inversión sentimental, como los que recibimos del banco, pero hechos texto: "Sospechaba que todo lo que Michel me ofrecía tendría que devolvérselo algún día, y empecé a mirar su afán de gastar conmigo hasta el último céntimo como el deudor mira el libro de operaciones del prestamista que acabará por cobrarle un interés desorbitado", p. 52; "... durante meses me había albergado, me había dado de comer y vestido (...). Nunca lo dijo así, pero yo advertía detrás de sus palabras la reivindicación de los derechos que le concedía su deuda", p, 70; "Me veía a mí mismo como el calefactor que climatiza la casa (...). Un bien útil", p. 92; ...imaginé que si Michel se daba cuenta de que ya no dependía económicamente de él, iba a dar por supuesto que lo abandonaría a no mucho tardar", p. 104); "Me confortaba el sentimiento de propiedad: vosotros tenéis las vuestras, vuestras propiedades: : Yo tengo la mía, se llama Michel...", p. 118; "La satisfacción sexual como trabajo de esclavo", p. 119; etc. No es que el amor esté cosificado, es que el dinero es la cifra universal, la única ecuación que todo explica. Más allá de momentáneos excesos, como los de los generosos reyes primitivos, dispendios que sirven para reificar la diferencia de genealogías, el daca y toma (en ese orden, en este caso), paradigma universal, revive en cada acto, nada deja de obedecer a las leyes de mercado, especialmente aquellos ritos que, como el amor, se enmascaran como puros. El deseo, azúcar, alcohol que hace pasar la píldora, es el brujo que preside la engañosa ceremonia ("A fin de mes, nos bebíamos en casa las botellas adquiridas en previsión del día de la paga, y veíamos la tele desnudos, y nos comíamos uno a otro. Lo dice Lucrecio: Los amantes quieren comerse uno a otro. Lo creen posible. Enloquecen", p. 84; "Prodigios de la primera etapa del amor. Engañosas prestidigitaciones de la carne y juegos de disfraces -los disfraces del deseo: la flor que atrae con su brillante color al insecto-", p. 76). Casi puro Proust, por otro lado.
Lo que la novela nos cuenta parece tallado a medida de lo dicho: El París del extrarradio, el del RER y las fábricas, es el escenario de una relación amorosa de unos cuantos meses entre un joven que quiere dedicarse a la pintura, pero por el momento debe contentarse con trabajar como dibujante en una revista de muebles, y un obrero mayor que él, en el que encuentra una tosca inocencia, una exigente entrega, un cuerpo maduro y fornido, tanto un padre como un hijo ("El tocadiscos giraba, me abrazaba al hombre y tenía ganas de llorar, como si el niño moribundo fuese yo y él me tuviese mucha pena), pero desde luego no un par ("Me sedujo ese candor en un cincuentón, la claridad con que nombraba, clasificaba y ordenaba sus sentimientos con una desenvoltura jovial", p. 45). El joven es de buena familia, con la que está peleado, entre otras cosas, por su homosexualidad. Tiene por delante un futuro que labrarse y la posibilidad de hacerlo, pues posee contactos y, en caso de que vuelva al redil familiar, dinero suficiente como para ser un diletante fino pintor rentista, buen gusto y donde caerse muerto. El otro, el mayor, aunque está ya de vuelta y ha vivido la decepción del engaño, es capaz de ilusionarse, más por la idea del amor, quizá, que por el joven en sí mismo, último cartucho de tiros errados. Uno es hijo de una puta, de la miseria, del desorden, del desgate de sus idas y venidas de la fábrica a casa, de un duro trabajo manual que consume sus energías y gracias a cuyo salario puede permitirse sólo tímidos placeres; el otro ha ido al liceo francés, su madre es puta también, pero puta en otro sentido, por cutre, posesiva, enamorada de sí misma, de su estatus, de las formas de la apariencia -imperdible el episodio del jersey). Los amantes, sin embargo, comparten todo, aunque el obrero comparte más que el pintor, que juega a sentirse parcialmente pobre, desvalido una temporada.
La aventura parisina, como en tantas novelas realistas, no será sino un prólogo de la vuelta a casa del hijo pródigo, lleno de recuerdos, pero escarmentado y con las ideas claras, un periodo de aprendizaje sobre el lado capitalista del amor a través de una experiencia acanallada. El joven se convierte en todo para el currante, Dice el narrador en un momento dado que él había ido a París para pintar como pintor de pincel, no como tantos otros, "empeñados en ofrecer instalaciones, montajes, vídeos, artefactos más ideológicos que artísticos, piezas que considero más cerca del acertijo y la ocurrencia que de la obra de arte" (p. 49). Es solo una de las referencias artística del texto. las otras, más significativas, han sido subrayadas en las reseñas publicadas. Así, M. Hidalgo: "Según iba leyendo este texto implacable, comencé a pensar en el atroz universo de pintores como Lucien Freud y Francis Bacon. Al llegar a la página 53, el propio Chirbes (“carnes desolladas”) cita a Bacon y cita “las llagas” de Grünewald. Estas son las referencias estéticas, pero también las claves morales del libro de Chirbes que, por momentos, adquiere rasgos y elementos –ratas, larvas, insectos- de las pesadillas lisérgicas de un Burroughs, sin olvidar el concurso constante del sudor, el efluvio del alcohol, los rudos olores, todos los fluidos y excrecencias de los cuerpos…". Sin embargo, creo yo que Chirbes en la obra se muestra más como un postilustrado, subespecie marxista, que pretende aclarar la escena, el episodio, que otra cosa. Mas, a diferencia del protagonista, mero buen artesano, el escritor fallecido, que a menudo introduce en sus obras una contrafigura del creador cabal, fue un profundo artista (véase el hermoso inicio del Capítulo V) que sabía que el plein feu siempre deja partes en sombra, las del conflicto que evocaba E. Fischer, porque melibeos o micheleos somos y en el camino nos encontraremos.
Una sola cosa, más que el presunto desequilibrio entre las partes del la obra, me enturbia el regusto de esta estupenda novela corta, hermosa hasta en su imperfección, el verbo efectuar, que bien podría haber usado una mediocre artesano dispuesto a tirarse el moco: "Como la mujer no puede efectuar sin ayuda muchos trabajos, en el interior de la casa gotea...", p. 60.
---------------------La aventura parisina, como en tantas novelas realistas, no será sino un prólogo de la vuelta a casa del hijo pródigo, lleno de recuerdos, pero escarmentado y con las ideas claras, un periodo de aprendizaje sobre el lado capitalista del amor a través de una experiencia acanallada. El joven se convierte en todo para el currante, Dice el narrador en un momento dado que él había ido a París para pintar como pintor de pincel, no como tantos otros, "empeñados en ofrecer instalaciones, montajes, vídeos, artefactos más ideológicos que artísticos, piezas que considero más cerca del acertijo y la ocurrencia que de la obra de arte" (p. 49). Es solo una de las referencias artística del texto. las otras, más significativas, han sido subrayadas en las reseñas publicadas. Así, M. Hidalgo: "Según iba leyendo este texto implacable, comencé a pensar en el atroz universo de pintores como Lucien Freud y Francis Bacon. Al llegar a la página 53, el propio Chirbes (“carnes desolladas”) cita a Bacon y cita “las llagas” de Grünewald. Estas son las referencias estéticas, pero también las claves morales del libro de Chirbes que, por momentos, adquiere rasgos y elementos –ratas, larvas, insectos- de las pesadillas lisérgicas de un Burroughs, sin olvidar el concurso constante del sudor, el efluvio del alcohol, los rudos olores, todos los fluidos y excrecencias de los cuerpos…". Sin embargo, creo yo que Chirbes en la obra se muestra más como un postilustrado, subespecie marxista, que pretende aclarar la escena, el episodio, que otra cosa. Mas, a diferencia del protagonista, mero buen artesano, el escritor fallecido, que a menudo introduce en sus obras una contrafigura del creador cabal, fue un profundo artista (véase el hermoso inicio del Capítulo V) que sabía que el plein feu siempre deja partes en sombra, las del conflicto que evocaba E. Fischer, porque melibeos o micheleos somos y en el camino nos encontraremos.
Una sola cosa, más que el presunto desequilibrio entre las partes del la obra, me enturbia el regusto de esta estupenda novela corta, hermosa hasta en su imperfección, el verbo efectuar, que bien podría haber usado una mediocre artesano dispuesto a tirarse el moco: "Como la mujer no puede efectuar sin ayuda muchos trabajos, en el interior de la casa gotea...", p. 60.
(1) Détestez la mauvaise musique, ne la méprisez pas. Comme on la joue, la chante bien plus, bien plus passionnément que la bonne, bien plus qu'elle s'est peu à peu remplie du rêve et des larmes des hommes. Qu'elle vous soit par là vénérable. Sa place, nulle dans l'histoire de l'Art, est immense dans l'histoire sentimentale des sociétés.
sábado, 20 de febrero de 2016
Muere Eco. Reliquias/prendas por sus seguidores mal halladas
¿Quién me dijera, cuando las pasadas
horas qu’en tanto bien por vos me vía,
que me habiades de ser en algún día
con tan grave dolor representadas?
horas qu’en tanto bien por vos me vía,
que me habiades de ser en algún día
con tan grave dolor representadas?
Pues en una hora junto me llevastes
todo el bien que por términos me distes,
lleváme junto el mal que me dejastes;
si no, sospecharé que me pusistestodo el bien que por términos me distes,
lleváme junto el mal que me dejastes;
en tantos bienes porque deseastes
verme morir entre memorias tristes (Garcilaso de la Vega)
verme morir entre memorias tristes (Garcilaso de la Vega)
"Sucedió lo mismo que había pasado con sus colegas
parisienses hacia la misma época: empezaron como profesores, fundaron
editoriales, divulgaron una especie de poética neoaristotélica o neorretórica,
vieron cómo esa disciplina perdía adeptos, y acabaron escribiendo novelas de
escasa calidad: ahí está el caso de Philippe Sollers para darse cuenta de que
el fenómeno alcanzó a más de un país en nuestro continente.
Y es que la figura del intelectual, en los tres últimos
siglos, ha conocido unas transformaciones sorprendentes. Eco ya no tenía nada
que ver ni con Pascal ni con Spinoza, que aún fueron hombres de scriptorium; tampoco
se pareció a los grandes ilustrados, como los sabios Bayle, D’Alembert o
Diderot, capaces de dedicar toda su vida y sus escasos recursos a editar
enciclopedias fastuosas; no se comprometió con las más apremiantes cuestiones
políticas de su tiempo salvo para mostrarse como un pensador liberal —pero
menos que Russell o Berlin, por ejemplo—; ni poseyó, por fin, el perfil de un
Voltaire, un Victor Hugo, un Zola o un Jean-Paul Sartre, dispuestos a aceptar
el exilio interior y exterior o de subirse a un bidón de gasolina para azuzar
la conciencia de la clase obrera en una fábrica de automóviles". Jordi Llovet, El nuevo intelectual
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