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lunes, 26 de mayo de 2014

Ecce Penocho. “El hada miente, por lo menos dos veces” (1)

Creo que lo decía Santo Tomás y lo repite Coetzee, no somos dueños de nuestras erecciones. Tampoco Pinocho lo era de su nariz. Somos un cuerpo incontrolable como es un cuerpo cualquier otro animal, pero, a diferencia de ellos, al tiempo, tenemos un cuerpo que no podemos controlar del todo, que tarde o temprano se manifiesta, a menudo contradiciendo a la voluntad. Entre el cuerpo que se es y el que se tiene media la conciencia, todo aquello que nos hace seres excéntricos, desdoblados, observadores de sí mismos, reflexivos. Así es la condición humana, fronteriza, en desequilibrio permanente, en el mejor de los casos. Lo humano no constituye tanto una categoría en sí misma como una negociación entre categorías. Si no existes más que en tu inmediatez, si sólo vives y experimentas, tu cuerpo es en demasía y corres el riesgo, por ejemplo, de comportarte como un pequeño salvaje, de meter la pata constantemente; si te distancias de tu experiencia inmediata, si tu cuerpo es demasiado tenido a distancia por ti,  tiendes, dicho vulgarmente, a mear colonia, a mantenerte en el formol de la corrección.

PinochoBarcelò (obra no perteneciente a la exposición Ecce Pinocchio). Si Tutankamón fue embalsamado con el pene erecto, el cráneo de Pinocho debía ser retratado con el apéndice nasal crecido, quizá porque intentó engañar a la muerte, algo que, al fin y al cabo, hasta su papá putativo le habría perdonado.

El descuido, una de las categorías con más morbo de todo tipo, erótico, desde luego, pero también político, se ha convertido en el reducto último de una verdad que se oculta, como si la verdad y la mentira estuvieran hechas de materiales imposibles de mezclar. La distancia entre lo público y lo privado se ha pervertido hasta tal punto que si, por un lado, lo privado, a través, por ejemplo, de ciertos reality shows, ha llegado a ser el sostén de algunas televisiones, por otro, la obsesión por proteger la privacy, por distanciarla de, como se decía antes, la manera de producirse en público, se ha convertido en un precepto que los personajes públicos, en particular los políticos, no pueden infringir. Así, frente al prurito de corrección, frente a la aceptación sumisa del canon, del tópico, del desdén por el matiz, por el razonamiento que va algo más allá de lo básico, el lapsus, en lugar de ser entendido con un síntoma del equilibrio inestable entre instancias (la voluntad y la pulsión, el proyecto y la inercia) ha adquirido el rango de verdad incontrovertible. Nos olvidamos con ello de que ver el plumero a alguien es solo ver una parte, la menos cercana a lo que nos constituye como personas, que no es otra cosa que la duda, la constante fricción entre lo explícito y lo implícito, entre lo que pretendemos y lo que hacemos. Porque aquello en lo que creemos y aquello que somos se confunde permanentemente, se entrecruza, se corrige, se contradice, no es, al cabo, sino un discurso provisional al que es mejor no agarrarse demasiado fuerte, no vayamos a hundirnos con él.

imageTienda situada junto a la catedral de Valencia

La televisión se ha llenado de polígrafos, estamos más atentos a la ceja de Rajoy que a sus palabras o, en el caso de Marta del Castillo, más al resultado de la investigación que a las hondas emotivas que el cerebro de Carcaño pueda producir ante la proyección de posibles escenarios del crimen a resultas de las  pruebas hospitalarias de alta tecnología a las que ha sido sometido. La verdad parece escapársenos por principio y solo sería accesible a través de síntomas involuntarios que delatan lo que no queremos decir, lo que nos negamos a aceptar. Y sin embargo, si algo enseña, cuando lo enseña, el paso del tiempo, es a mirar a la verdad con tanta desconfianza como a la mentira, sobre todo a la verdad que se autoproclama, y a aceptar que la nariz de Pinocho es sobre todo un síntoma de civilización más que de instinto, de esa lucha que, queramos o no, se produce en nuestro interior entre los discursos  con los que intentamos convencernos de que nos acercamos a una verdad precaria.

A partir del 10 de mayo, se celebra en la isla de Garda una exposición,  Ecce Pinocchio, dedicada a recrear la figura de Pinocho. Como no podía ser menos, la nariz es el leitmotiv en torno al cual giran la mayor parte de las obras expuestas de artistas como Mirko Baricchi, Stefano Bombardieri, Calogero Canalella, Francesca Casolani, Francesco De Molfetta, Patrizia Fratus, Armida Gandini, Ettore Greco, Stefano Mazzanti, Fausto Salvi, Livio Scarpella o Paolo Schmidlin.

Fuente de las imágenes:

Pinocchio, all'Isola del Garda i mille volti della favolaFrancesco De Molfetta, Penocho

Pinocchio, all'Isola del Garda i mille volti della favolaStefano Bombardieri, Vuelvo enseguida

 

Pinocchio, all'Isola del Garda i mille volti della favolaMirko Baricchi, Sin título

Pinocchio, all'Isola del Garda i mille volti della favolaCalogero Canalella, El hijo de la tierra

Fuente de las imágenes:

Armida Gandini

 

Pinocchio, all'Isola del Garda i mille volti della favolaFrancesca Casolani, El ahorcado, del Ciclo El Vientre de Pinocho

El 29 de octubre de 1881, Collodi terminaba la primera versión del libro. Pinocho moría ahorcado de un árbol, a causa de su estulticia y desobediencia (Citati)

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(1) “Ma la sua pedagogia, piena di ironia e di una inimitabile grazia, è una pedagogia dell' errore, come quella di Goethe. Quando si accorge che Pinocchio sta per peccare, non lo costringe: nella convinzione che l' errore si può curare soltanto con l' errore; e alla fine lo salva senza che egli ne abbia merito, con la dolcezza del perdono amoroso. La Fata mente: almeno due volte; perché, mentre noi uomini (o burattini) non possiamo dire menzogne, gli dei, che abitano lassù in cielo o nei boschi verde cupo della Fiaba, possono mentire come e quando desiderano.”,  P. Citati. Vid también, Citati, P., El mal absoluto, Galaxia Gutemberg, 2006, p. 384-396

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