adiós

domingo, 23 de abril de 2017

El día del libro, cuando deberíamos quedarnos en la cama, en pijama, con un buen libro en la mano.

Leslau

- Nunca he vivido de ilusiones. Soy filólogo (Aub, Max, Campo Francés)

Decía R. Bolaño que era más feliz cuando leía que cuando escribía. Yo soy más feliz leyendo algo que me gusta que haciendo casi cualquier otra actividad que dure algo más de unos pocos minutos. Pero cuando digo feliz no estoy pensando necesariamente en pasarlo bien como si estuviera en un parque temático, donde, por cierto, me aburro soberanamente, más incluso que escribiendo. Pasarlo bien leyendo puede interpretarse de muchas maneras, riendo, sí, pero también dejando caer alguna lágrima, sonriendo, más que riendo, a menudo, o sufriendo, con el cerebro exhausto, dudando si quiero a alguien o si no, con mi pasado, mi futuro en carne viva. Mi presente no, ese queda a salvo de las dudas, porque el libro es un refugio antiaéreo contra las sirenas del deber, un perímetro sagrado que nadie debe pisar, como los cementerios indios. Hay ruidos, voces, llamadas que te distraen, claro, pero los más grandes momentos de intimidad los he conseguido encerrado con un libro, en pijama, a poder ser, sin salir de casa, sucio, yendo al váter o a la cocina sin soltar la presa sagrada, como la cabra de Miguel K. Con la edad, me he civilizado y uso hasta marca páginas al principio. Después, no, superada la página 30, doblo las esquinas para no perder tiempo recolocando el adminículo y me meto el volumen en el sobaco allá donde voy. Si me distrae el hambre o el teléfono los atiendo a regañadientes arameo. Sólo los likes de Facebook me son gratos mientras leo. Lo único bienvenido es la sed, que da gusto apagar entre página y página. Sobre todo si los efectos del bebercio coinciden con el final de la historia, o por lo menos con el de algún capítulo.
Cuando se me atraganta un autor, me siento fatal, intento seguir y de hecho lo hago casi siempre hasta el final, pero no es lo mismo, porque entonces busco distracciones, miro a las moscas que cuando disfruto de verdad con un libro no veo, no paro de dar paseos a la nevera que no doy con QEERTYUIOP, de echar ojeadas al móvil del que ni me acuerdo con el reciente Los años de Jesús en la escuela, de tocarme el cuello dolorido, indemne con La Cartuja de Parma, de bostezar, cosa que no hice una sola vez con El Quijote, aunque me quedé con la boca abierta de la maravilla, incluso mientras sentía la pena  inolvidable que me dio haberlo acabado, el libro que no debería terminar nunca, como algunas pocas personas. Quizá no lo hacen del todo, gracias al recuerdo que nos queda. Aunque el recuerdo no sería igual sin la muerte, sin el final. Los libros, además, a veces se pueden volver a abrir. No siempre, qué tiempos aquellos en los que arrancaba las páginas de A la búsqueda del tiempo perdido para llevármelas a las garitas de mi mili. Cuánto gané entonces, cuántas vidas he vivido en la piel de otros.

Ay, Lesbia mía, vivamos y leamos, que viene a ser todo uno cuando vives bien, lees bien
Dame mil libros, después cien,
luego otros mil, luego otros cien,
después hasta dos mil, después otra vez cien;
luego, cuando lleguemos a muchos miles,
perderemos la cuenta, no la sabremos nosotros
ni el envidioso, y así no podrá maldecirnos
al saber el total de nuestros besos y de nuestros libros!


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