Il y avait à Montmartre, au troisième étage du 75bis de la rue d'Orchampt, un excellent homme nommé Dutilleul qui possédait le don singulier de passer à travers les murs sans en être incommodé… (M. Aymé, Le passe-muraille)
Il y avait à Montmartre, au troisième étage du 75bis de la rue d'Orchampt, un excellent homme nommé Dutilleul qui possédait le don singulier de passer à travers les murs sans en être incommodé… (M. Aymé, Le passe-muraille)
Quienes nos quieren no nos llaman por nuestro nombre y apellido. Y, sin embargo, cuando encargan la inscripción que debe figurar en nuestra tumba, nos apuntan con la filiación completa, como constamos en los registros, en la cartilla de ahorros, en el correo que todavía llega a casa, en todo el inútil rastro de documentos que los muertos guardan en nuestros cajones.
Para los vivos, los muertos dejan pronto de ser tú para transformarse en él, ella. Pero, hasta que las letras del pronombre cambian del todo, pasa un tiempo en que revisamos sus enseres, usamos su ropa, los mejores zapatos que dejaron, la cartera casi nueva que caprichosamente desdeñaron y no queremos sentarnos en su sillón. Entonces, todavía no son él o ella, y , como un resto de cuando les llamábamos por su nombre, llevan nuestra incómoda mano cogida en su bolsillo o de repente encontramos los sudokus que olvidaban entre las páginas de un libro. Si hace falta, incluso nos ponemos sus calcetines. Los notarios, las funerarias, los bancos, por otro lado, se empeñan en acelerar el proceso que lleva del vocativo al nominativo, que sustituye la presencia ligada a un nombre por el nombre y apellidos sin cuerpo. Entre ellos y el tiempo, casi ganan la batalla. Sin embargo, cuando menos lo esperamos, quizá un ocioso día de verano, en un maldito duermevela que se escapa al control, volvemos a llamarlos. Ni están ni se les espera, pero todavía no hemos aprendido que tú ya es casi él, ella, y no va a responder, no se va a molestar nunca más porque no le dejamos en paz ni para mear.
Vamos, quizá unos meses después, al cementerio y las letras de bronce que brillaban demasiado, se van pareciendo a las de los antiguos residentes. Leemos el nombre completo, el del libro de familia, y pensamos que ese fue nuestro marido, amante, hermano. Tú, corazón mío, a quien llamaba sin parar en mi ayuda, como un injusto reflejo, has pasado de ser tú, a secas, a ser Vargas Heredia, hija y nieta de Camborios.
Por eso, entre los ilustres prohombres de un cementerio civil de postín sentí el grito que salía del nicho de Antonia, a la que alguien quiso evocar en carne y hueso en cada visita, alguien que se negaba a darla por muerta del todo, alguien que no sabía que las flores marchitan sin remedio y en lugar de olor proyectan sombras.
My Madinah, Pupp Tent, Puss Tent, 2005. Jason Rhoades. Colección Helga de Alvear.
No sé cómo llamarlos. Se me atragantan todas las palabras que se me ocurren. Pobres, mendigos, indigentes. Lo son, pero no es eso lo que los define, me parece. Vagabundos, tal vez. Pero vagabundos pobres que a veces no piden. Además, el vagabundo tiene algo de vocacional. Los términos sin techo, sin casa, calcos del inglés, me contentan solo porque no arrastran en mí aludes de connotaciones, evitan saludar a tantas otras palabras que se cruzan en su camino. Quizá clochard, que no es nada transparente, sería mejor. ¡Pero, cualquiera se atreve a decirla! Intentaré usarla conmigo mismo.
También se me atraganta hacerles fotos. Solo me permito disparar deprisa y corriendo, a bastante distancia, sintiéndome culpable, no tanto porque les vaya a molestar como porque tienen derecho a molestarse.
He leído que no suelen acabar en la calle a la franciscana, despojándose iluminados de lo que tenían, renegando de su origen, sino poco a poco, bajando de uno en uno los peldaños de su escalera, saltando tramos enteros a veces. Despidos que se enconan, trastornos mentales que no se asisten, drogas demasiado caras y exigentes. Cosas, que en mayor o menor medida, nos pasan a casi todos.
Veo a uno leyendo, bajo los soportales de El Corte Inglés de Goya, en Madrid, y a otro al que se le han pegado las sábanas en su terraza de la sucursal de un banco y esos escorzos de dulce vida cotidiana descontextualizada los acercan a mí. Me recuerdan que siempre tuve un porcentaje, variable con los años, de deseo de abandonar, de impermeabilizarme frente a lo deseable, lo previsible, de no ser lo era, lo que soy. El verano lo acentúa, el calor lo reaviva.
En la última estúpida fiesta de disfraces sin ingenio a la que asistí me negué a acatar el diktat que imponía un sedicente atuendo ibicenco. Bajé al sótano del chalet adosado y rebuscando encontré un viejo carrito de la compra. Le metí dentro un palo de fregona y subí diciendo que me había disfrazado de indigente. La ropa no lo desmentía. No abandoné el carro en toda la noche y no pude llevármelo a casa, porque en un descuido la dueña lo recuperó. Quizá no haber cumplido en la vida un acto de ruptura con todo invita a hacer pantomimas como esa.
My Madinah, Pupp Tent, Puss Tent, 2005. Jason Rhoades. Colección Helga de Alvear (detalle).
Alguien me contó una bronca marital. La mujer había hecho unos huevos fritos con chorizo al marido. Pero él se negó a comérselos porque decía que estaban hechos sin amor. No sé si es que tenían galladura, si el chorizo no estaba cortado como cuando eran novios o chorreaban aceite. O tal vez eran perfectos, mejor hechos incluso que nunca antes, unos huevos fritos con chorizo de ensueño… pero sin amor. Y así, ay, no soy nada.
“Quienes habíamos comprado (bastante barata, ciertamente) la felicidad del siglo XX, nos dimos cuenta bastante tarde de que cualquier felicidad que pueda mercantilizarse como liberación colectiva es, necesariamente, falsa.
La felicidad es una abstracción bancaria que se vende como una promesa de bienestar permanente. En el mejor de los casos, como una promesa de futuro al modo bolchevique, católico o nacionalista. Y es una mercancía para masas ansiosas de comprar cualquier medicina que les persuada de que están en este mundo para algo.” (Azúa, Felix de, Autobiografía de papel, Mondadori, 2013, p.105)
Montaje a partir de una vineta de Chumy Chúmez, pesente en la exposición La Transición en tinta china (Biblioteca Nacional), y una obra de mr Clement (Petit lapin pronunciation), de la exposición Pictograma (La Casa Encendida)

Otras migraciones:
“El problema de los refugiados españoles trae loco al Gobierno de Francia. sarraut, ministro del interior, se refirió a la entrada en masa de más de cuatrocientos mil españoles en territorio francés. Se estudia la posibilidad de enviar a una isla del Pacífico a un núcleo muy elevado de refugiados. me pregunto qué isla será esa y que vida les espera en ella.” (Morla Lynch, Carlos, España sufre. Diarios de guerra en el Madrid republicano, Renacimiento, 2008, p. 770).
Fotos del dossier:
Retirada, 15 février 1939. Cerbère, frontière franco-espagnole arrivée d’un convoi de réfugiés espagnols © Bettmann-Corbis
Bourg Madame : le pont frontière où passent les réfugiés, les gardes mobiles les aident à porter leurs bagages. 30/01/1939. « Collection F. Berlic ».
LL’exode des réfugiés espagnols. « 700 enfants, venant de Puigcerda, sont arrivés hier par le train en gare de la Tour de Carol. Les petits réfugiés attendent dans le hall de la gare d’être dirigés vers un centre d’hébergement. » France Presse n°13, 30/01/1939. « Collection F. Berlic ».
Réfugiés espagnols pendant leur transfert au camp de Barcarès (Pyrénées-Orientales), mars 1939, Robert Capa © Musée national de l'histoire et des cultures de l'immigration.
Exode des miliciens espagnols : groupe de miliciens déserteurs, sous escorte de garde mobile, conduit de Bourg-Madame à La Tour de Carol où ils seront refoulés. 04/02/1939. « Collection F. Berlic ».
“El resultado del accidente es terrorífico, y la mayoría de los médicos que examinan a Frida están asombrados de que todavía siga con vida: su columna vertebral está rota por tres partes en la región lumbar, el cuello del fémur se ha partido, igual que las costillas; en su pierna izquierda hay once fracturas, y su pie derecho está aplastado y dislocado; el hombro izquierdo está dislocado y el hueso pelviano roto en tres partes. la rampa de acero del autobús le ha traspasado el vientre, penetrando por el costado izquierdo y saliendo por la vagina.
Pero la resistencia de Frida y su vitalidad son excepcionales. Sobrevive al accidente y a la desesperación…Cuando sale del hospital de la Cruz Roja, vuelve a la casa de Coyoacán donde debe permanecer clavada en el lecho. Entonces decide pintar…Le anuncia la decisión a su madre: “Tan pronto vi a mi madre le dije: No me he muerto, y, además, tengo algo por qué vivir; ese algo es la pintura.” Su madre manda construir una especie de baldaquino encima de su lecho, y a modo de cielo de cama, ordena colocar un gran espejo para que la muchacha pueda verse y convertirse en su propio modelo. Son esa cama y ese espejo los que acompañarán a Frida durante toda su obra…”
Le Clézio, J.M.G., Diego y Frida, Temas de hoy, 2008, p.57-58, trad. de M. Armiño