Exposición conjunta con la escuela de Arte de Huesca

domingo, 8 de mayo de 2016

Renglones densos e ingrávidos, como paracaidistas de plástico


"La obra debe crear la necesidad y satisfacerla. Y, además, hacer sentir que ni esa necesidad ni su satisfacción estaban a nuestro alcance. De ahí el infinito recomenzar del deseo" P. Valéry, Cuadernos, 1894‑1915

Los paracaidistas de plástico duro con un paracaídas de plástico blando se vendían en tiendas como la Quiteria, de Zaragoza, o la de frutos secos que había a la vuelta de mi cole. Hoy, seguramente, se pueden encontrar en las tiendas de los chinos, que han heredado el muestrario del juguete barato. 

Cuando por razones aerodinámicas que desconozco, uno de aquellos soldados bajaba por el aire balanceando suavemente las caderas con los brazos en jarra era la viva encarnación de la ingravidez. Pero la ligereza, madre de la ingravidez, solo tiene mérito cuando se consigue a partir de lo pesado, cuando lanzado el peso al aire, se hace que caiga lentamente, dejándonos el tiempo suficiente para que  admiremos los detalles. Una pluma que es llevada por un soplo no encarna la ligereza a la que me refiero. 

Lo que yo sentía al ver al paracaidista tardar en caer es lo mismo que siento cuando leo una novela lograda, un poema feliz, por más dura que sea la realidad que describe. Para abajo tira la necesidad de decir, los trabajos y los días, pero el pulso, el control de la voz, contienen la caída. Arriba y abajo se armonizan en un idilio de ritmos contrapuestos, que poco tiene que ver con el contenido. El buen escritor insufla aire en la materia densa y, dándole forma, descubre  transcendencia en lo sencillo, verdad en lo anecdótico, "esa clase de verdad en la que pensaba Aristóteles cuando decía que la poesía es más verdadera que la historia, más verdadera debido a su poder para condensar lo múltiple en lo típico"(1). 

Ligero y denso es, por ejemplo, el paseo de arrabal que lleva al pelirrojo de la Pastoral americana en pos de su única hija, convertida en una una jainita bulímica, porque Roth sabe transformar el trávelin del triunfador en el desfile de quien desciende a la verdad, descubriendo el desolador reflejo que oculta la apariencia; grave e ingrávido es Edmund en Alemania, año cero, de Rossellini, en su camino de vuelta en la medida en que sigue siendo un niño que juega con las sombras de la calle, unas sombras que en su interior se van haciendo de piedra hasta llegar a casa por última vez; densa pompa de jabón es el poeta que convierte la osamenta en polvo enamorado.

El placer del lector, contra el que no hay efecto turifel(2) lector que valga, consiste en participar de esa ceremonia -inteligencia, experiencia y pericia- que consiste en ver cómo avanza un discurso balanceando suavemente los renglones hasta posarse.
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(1) J.M.Coetzee, Mecanismos internos, 2007. DeBolsillo, 2010, Trad. de Eduardo Hojman, p.249
(2) R. Sánchez Ferlosio describe el efecto turifel  en Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, Destino, 1993. En palabras suyas, “consiste en una especie de descrédito que va minando irremediablemente la autoridad de la presencia física de determinados monumentos mundialmente famosos cuando esa presencia es, por así decirlo, desgastada por el precedente de una indiscretamente inmoderada anticipación de representaciones iconográficas”. Otro tanto se podría decir de obras escritas.

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