Exposición conjunta con la escuela de Arte de Huesca

martes, 3 de mayo de 2016

Todo sigue creciendo, como una selva va cubriendo los cráteres.


“Así es, anotaba Max Frisch en la primavera de 1946, la hierba que crece en las casas, el diente de león en las iglesias, y de repente uno se puede imaginar cómo todo sigue creciendo, cómo una selva va cubriendo nuestras ciudades, lenta, inexorablemente, un avance desprovisto de seres humanos, un silencio de cardos y musgo, una Tierra sin historia, y entre medias el gorjeo de los pájaros, la primavera, el verano y el otoño, el aliento de los años que ya nadie lleva en cuenta…” (Enzensberger, H. M., Europa en ruinas. Relatos de testigos oculares de los años 1944 a 1948, Madrid, Capitán Swing, trad. Begoña Llovet Barquero, p., 15)

                                                              (Fuente de la imagen)

Al final de la guerra la Segunda Guerra Mundial,una gran parte de Europa  estaba en ruinas. El centro histórico de algunas hermosas ciudades –Roma, Venecia, Praga, París, Oxford-, se había salvado de convertirse en añicos por acuerdos más o menos tácitos o por suerte (Judt, Tony, Postguerra, Taurus, 2006, p., 39). Pero el resto había quedado reducido a escombros, ventanas sin cristales, edificios en los huesos, marcos maltrechos de puertas inexistentes, tuberías estalladas, cuando no montañas de añicos, amasijos malolientes a cadáver sepultado, entre los que, sin embargo, o precisamente por ello,  empezó pronto a crecer la hierba.

W. G. Sebald en su breve Sobre la historia natural de la destrucción (Anagrama, 2003) señalaba  la escasez de materiales gráficos sobre lo ocurrido en Alemania. Sebald se refería a los terribles bombardeos de saturación aliados sobre las ciudades alemanas –Dresde, Hamburgo, Berlín, Pforzheim, Colonia, Düsseldorf-, a las pocas obras literarias que han recreado los hechos. El motivo, según el escritor fallecido prematuramente,  podría ser un mal asumido sentimiento de culpa, que llevaría a avergonzarse de contar lo ocurrido, pues quienes habían apoyado, consentido o callado la barbarie nazi, presos de  un sentimiento de culpa, no se sentirían legitimados para protestar. Como escribe S. Luzzatto sobre la Guerra Civil en Italia, pero aplicado a la Guerra Mundial, “resultaría tranquilizador pensar que en una guerra (más aún en una guerra civil) el enemigo se encuentra siempre y en cualquier caso fuera de nosotros…Vista desde cerca, la guerra civil italiana  –en relación a la cual a nadie le debería costar por lo  menos restrospectivamente escoger su propio campo, habiendo sido uno de los dos campos el de la humanidad y el del derecho y el otro en de la falta de humanidad y el del abuso– cuenta una historia distinta. Junto con la historia de un bien, el de la impagable lucha contra el nazifascismo, cuenta la historia de un mal insondable, el mal del que ningún hombre… puede sentirse libre. Entre el blanco y el negro aparecen las numerosas tonalidades del gris. A veces, la historia de los partisanos tiene el encanto simple de los contrastes. Más a menudo, tiene la compleja verdad de los matices” (Luzzatto, Sergio, Partigia, Bestsellers Mondadori, 2014, p. 19). El ángel de Paul Klee que alegorizó Benjamin diciendo que todo acto de civilización arrastra otro de barbarie tiene este capítulo de la historia reciente entre sus preferidos.
Si los animales del zoo bombardeado de Berlín vagaban extrañados como niños perdidos (53.000 en Berlín al final de 1945. Judt, ibid., p., 45), atraídos por los fétidos olores que salían de las ruinas, hoy solo quedan vagos recuerdos recuerdos de aquello y los hijos de las familias del país que dicta los destinos del continente juegan en paisajes diferentes al de Edmund, el joven suicida, protagonista de Germania anno zero (Rossellini, 1947).


Desde 2008,  el fotógrafo Henning Rogge se ha dedicado a retratar cráteres de bombas de la Segunda Guerra Mundial en medio del campo, entre bosques. El paisaje los ha absorbido, metabolizándolos, hasta el punto de que sin ser advertidos no habríamos caído en la cuenta de que esos agujeros llenos de agua son un testigo de lo que pasó, sometido a una impecable trabajo de reciclaje por parte de madre naturaleza. La foto, como si se tratara de un sabueso condenado a seguir el rastro del pasado, revela el drama de lo ocurrido y al tiempo la capacidad de regeneración. Fijarse solo en una de las dos cosas supone equivocarse. El recuerdo machacón nos aleja de la vida, la falta de memoria nos convierte en bolsas al viento sin nada dentro.






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