Exposición conjunta con la escuela de Arte de Huesca

domingo, 15 de noviembre de 2015

París, tocado, pero no hundido (Fluctuat nec mergitur). París se despierta.

…cuando me oigan decir, por ejemplo, que París no se acaba nunca, lo más probable es que lo esté diciendo irónicamente. Pero, en fin, espero no agobiarles con tanta ironía…Me gusta un tipo de ironía que yo llamo benévola, compasiva…No me gusta la ironía feroz sino la que se mueve entre la desilusión y la esperanza. ¿De acuerdo? (Enrique Vila-Matas, París no se acaba nunca, Anagrama, 2003, p. 11)




P. Conte decía de Génova que es una idea como muchas otras. París, para mí, también es una idea, pero no una idea como muchas otras, sino una de las mejores que se me pueden ocurrir. Bastantes estudiantes españoles que conozco echan pestes de la ciudad y piensan más en volver a sus acogedoras capitales de provincia que en disfrutar de la antigua capital del mundo. Las quejas son variadas: alquilar una habitación suele ser complicado y caro, la gente no sonríe,  los estudiantes con los que comparten las clases son unos puntillos y los funcionarios son unos bordes; todo es difícil en una ciudad inmensa, hasta divertirse, y cualquier papeleo te lleva, como poco, una mañana. Nada del carácter excepcional que muchos atribuimos a París, ese que resumía Stefan Zweig: "Paris, c’est le luxe, l’élégance, l’entrain, la légèreté, la joie, l’« antiprovince », la liberté, et avant tout les femmes, beaucoup de femmes" (Trois poètes de leur vie), o Balzac: "L’être qui ne vient pas souvent à Paris ne sera jamais complètement élégant" (Traité de la vie élégante), aunque mi elegancia consista en curiosear por las librerías, visitar inigualables museos, callejear a la espera de sorpresas y tomar algún demi antes de volver a un caro hotelucho a dormir para madrugar. Me queda algo del París que todo lo compensa, el del presuntuoso Hemingway, ligado, en mi caso,  a los sueños de libertad cultural, de costumbres, de modos de vida, frente a la dictadura franquista y también a lo que supuso la ciudad para algunas de las estrellas de mi paraíso lector, Benjamin y Baudelaire, por encima de otros de sus habitantes: "Paris was always worth it and you received return for whatever you brought to it. But this is how Paris was in the early days when we were very poor and very happy” (A Moveable Feast). 
Pero la tradición quejosa de la capital francesa tiene también honda raigambre y no solo entre los estudiantes españoles, añorantes del buen trato que reciben en casa de sus padres. Vila-Matas, por ejemplo, entre veras y bromas, se quejaba así de ella: "Cuando mi padre quiso saber por qué había vuelto, le dije que era porque me había enamorado de Julia Grau, y porque además en París siempre llovía y hacía frío y había poca luz y mucha niebla. Y es tan gris, añadió mi madre, supongo que refiriéndose a mí" (París no se acaba nunca). Yo también soy gris, un siempre triste, como decía el mismo Conte en Wanda, pero los días que despierto del sopor y sueño con patrias acogedoras y paraísos terrestres, París se  me aparece con un nimbo resplandeciente alrededor de su largo cuello, sus ojos pintados, su leve sonrisa y su vestido ajustado, algo viejo, como su bolso, pero encantador.
Oigo reproches sobre la falta de compasión hacia otras víctimas del terrorismo lejanas en el espacio, sobre la desatención mediática hacia el atentado de Beirut, totalmente oscurecido por la masacre parisina, y no puedo evitar sentir que me importa menos eso que aquello. Noto que la intensidad con que vivo una cosa y otra es muy distinta, que entre una y otra hay la misma diferencia que la que habría entre un robo en mi casa y en la casa del vecino. Tengo poderosas razones familiares para seguir pendiente de París casi todo el día, pero aunque no fuera así, no me avergüenzo de decir que me duele más una cosa que la otra, por más que las dos me parezcan barbaridades. En fin, cuestión de vida y destino, de afinidades electivas.

Place de la République 1937  Photo Willy Ronis (Fuente)


Intento de entender qué lleva a alguien a disparar contra un grupo de gente indefensa, factores históricos y razones ligadas a la condición humana, también históricamente determinadas, un cóctel nauseabundo que, sin embargo, emborracha a algunos. Lo que más me "conmueve" y asusta de los asesinos es que sus crímenes son seguramente la expresión de un sentimiento de superioridad, la muestra de una elección radical de vida ligada a la pureza, producto de la desafección hacia una existencia, la de la mayoría, que entienden como impura, insuficiente, anodina. Estos asesinos se redimen matando. Por eso lo hacen, por eso no dudan, en eso consiste el fanatismo. Y ese vacio, spleen, ennui, claro, está manipulado por otros: "Nella testa dei ragazzi che hanno ucciso a Parigi c’è questo: un’incontrollabile irrazionalità cui la fede religiosa estremista di uomini più maturi di loro ha dato un ordine e una struttura coerente. Nessuno può facilmente estirpare queste idee dal cervello di chi le ha sentite ripetere incessantemente e con la forza che deriva da un’autorità religiosa, o ritenuta tale" (M.Belpoliti). Los escenarios del crimen de París son la quintaesencia de lo que los asesinos desprecian, de la existencia de la que reniegan, muchas veces como conversos, lugares de ocio, de diversión, música, de entretenimiento, ligue, consumo de alcohol y tabaco, son la antimezquita radical, sitios de perdición. Como dice el comunicado de reivindicación de los atentados, París es Gomorra y el Bataclan un lugar de depravación, punto de encuentro de "centaines de idolâtres dans une fête de perversité" (Comunicado). Elorza tiene razón,  no estamos frente a una mera cuestión religiosa en términos generales, que podría llevarnos a una condena cuando no persecución de todos los creyentes del islam, sino ante una corriente ferozmente integrista: "El problema reside en que si bien el islam no es terrorista, insistamos en ello, el yihadismo, y como culminación suya el Estado Islámico sí son una versión ultraortodoxa del islam.
Pero volvamos a París, a la ciudad que mañana lunes volverá a sus rutinas, recordando el lema de su escudo: Tocado pero no hundido

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París, Plaza de la República. Fuente de la imagen

Y recordemos la hermosa canción escrita por Jacques Lanzmann y cantada por un J. Dutronc inspirado, Paris s'éveille, Paris s'éveillera demain matin, un canto al derecho de cada uno de ir y venir por donde y como quiera, a la hora que le plazca, una canto a la libertad y a la vida común, con sus licencias y benditas anomalías, todo ello dentro de los valores de la L, I (E, en francés), F, los valores republicanos, claro:

Je suis le dauphin de la place Dauphine
Et la place Blanche a mauvaise mine
Les camions sont pleins de lait
Les balayeurs sont pleins de balais
Il est cinq heures
Paris s'éveille
Paris s'éveille
Les travestis vont se raser
Les stripteaseuses sont rhabillées
Les traversins sont écrasés
Les amoureux sont fatigués
Il est cinq heures
Paris s'éveille
Paris s'éveille
Le café est dans les tasses
Les cafés nettoient leurs glaces
Et sur le boulevard Montparnasse
La gare n'est plus qu'une carcasse
Il est cinq heures
Paris s'éveille
Paris s'éveille


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