Exposición conjunta con la escuela de Arte de Huesca

miércoles, 6 de mayo de 2015

La exposición de mayo en la E.O.I.,1: 9 de mayo, día de la victoria sobre los nazis en la Unión Soviética y después en Rusia.

“…y David se encontró de nuevo junto a Sofía Ósipovna. La mujer se apretó contra el niño con una fuerza que solo los obreros del Sonderkommando habrían podido valorar: cuando vaciaban la cámara de gas nunca intentaban separar los cuerpos de los seres queridos estrechamente abrazados…Sofía Ósipovna Levinton sintió el cuerpo del niño derrumbarse en sus brazos. Luego volvió a separarse de él. En las minas, cuando el aire se intoxica, son siempre las pequeñas criaturas, los pájaros y los ratones, las que mueren primero, y el niño con su cuerpecito de pájaro se había ido antes que ella. “Soy madre”, pensó. Ése fue su último pensamiento.” (Grossman, Vasili, Vida y destino, Galaxia Gutemberg, 2007. Trad. Marta Rebón. P., 705, 707


Победа(Fuente de la imagen)


Pasadas las penalidades (para mantener la moral, una de las órdenes de Stalin era que se fusilase de inmediato al soldado que retrocediera sin haber recibido antes la orden de hacerlo) y la euforia de la guerra (no recuerdo la cita exacta, pero el mismo Grossman, también en Vida y destino, señala cómo en la guerra no se muere de infarto ni se padece reuma), llegó la paz. La firma del armisticio que marca el final de la Segunda Guerra Mundial se celebra en otros países el día 8 de mayo, pero en Rusia se hace el día 9, porque según la hora de Moscú fue precisamente ese día de 1945 (Stunde null, la hora cero, como la llaman los alemanes) cuando se hizo efectiva la rendición del ejercito alemán. Este año, se celebra en Moscú el septuagésimo aniversario con la ausencia en los actos de representantes de los países aliados, porque, como es sabido, las relaciones de Rusia con Europa occidental y Usa pasan por malos momentos.


Luanda (Angola). Un restaurante del mercado negro a cielo abierto. Todos los comensales parecen estraperlistas. Más allá de la barandilla que separa el local del exterior, comienza a congregarse gente con la esperanza de que les caiga algo de los platos que sirven los camareros. Poco después, aparecen unos gorilas que se encargan de dispersar, golpe incluido a una vieja, al gentío, formado en su mayor parte por mujeres y niños. La mayor parte se va, pero quedan algunos que miran en silencio a nuestros platos.


Beirut.Todo está llego de refugiados. Nadie les dice nada, pero aunque les animaran diciéndoles que  pronto volverán a sus casas, recogerían sus cosas en silencio, sin esperanza alguna. Viven de prestado, emociones prestadas, comida prestada, ropa prestada, no le ha quedado nada. Deambulan por las calles, hambrientos, erráticos; las madres, adoptivas o no, se sientan con sus hijos escuálidos en los escombros.


El Salvador. La guerra civil continúa. A pesar del nuevo clima internacional, no se vislumbra la paz por ningún sitio. Cada vez que parecía que el gobierno contralaba la situación, los rebeldes volvían a asestar otro golpe que desencadenaba otra vez la represión.


Sri Lanka. Los policías militares llevan cascos y metralletas, pero no parecen muy duchos en el oficio. Aparecen de repente y cargan a cuatro chavales en el camión. También se llevan a tres niñas. Todos ellos se acurrucan, se dan calor, pero pasan de los gritos que les dan los polis, incluso parecen sonreír irónicamente. El periódico habla de asaltos a las casas, de barrios enteros sin luz ni agua, llenos de escombros bajo los que reposan aun decenas de cadáveres. Nadie sabe nada, todos dicen que los culpables son otros. Quienes gozan de mayor libertad son las ratas.


Así es como empieza más o menos Europa en ruinas. Relatos de testigos oculares de los años 1944-1948 recopilados por H.M. Enzensberger (Trad. Begoña Lovet Baquero, Capitán Swing, 2013). El truco está en que todo lo que se cuenta no pasaba hace poco u hoy en Luanda, Beirut, El salvador o Sri Lanka, sino en 1945 en el corazón de Europa, en Stalingrado, en Varsovia, en Berlín, en Nápoles, en Dresde, en Coventry, en Rotterdam, en Caen, etc. al final de la Segunda Guerra Mundial. “¡Qué vacio, qué enfermo, qué absurdo se ha tornado todo de repente al finalizar la guerra!”, escribía Max Frisch. Y, sin embargo, también hubo una auténtica explosión de alegría, de bailes, de fiestas, de luz, de concentraciones en las plazas, de esperanza en el  futuro.


victoria-soviettica-sobre-alemania
(Fuente de la imagen)


Otra cita. Europa, esta vez sí, un toro exhausto, poco después del final de la guerra. Visión de conjunto de uno de los grandes historiadores del periodo(Judt, Tony, Postguerra, Una historia de Europa desde 1945, Taurus, 2006, Trad., J. Cuéllar, V.E. Gordo del Rey): imageimage


Pero volvamos atrás, poco antes del final, para enriquecer de matices el desordenado cuadro. El Ejército Rojo avanza hacia Berlín (1945). Para muestra, un botón:  "A las mujeres alemanas les están sucediendo cosas horrorosas. Un alemán educado cuya mujer ha recibido 'nuevos visitantes'  explica con gestos expresivos y palabras rusas entrecortadas que ha sido violada hoy por 10 hombres. La señora está presente" (Antony Beevor, Luba Vinogradova, Un escritor en guerra. Vasili Grossman en el Ejército Rojo, 1941-1945, Crítica, 2006).


Las fotos oficiales no reflejan tan a menudo la desesperación. Tienden, así de cruel es el poder, a mostrar la alegría del reencuentro, que también la hubo, los actos heroicos, que fueron muchos, los desfiles victoriosos, tan numerosos, pero de vez en cuando se cuela por las rendijas el matiz, el lado gris, el vaho que empaña las grandes palabras. Se puede decir, parafraseando a otro historiador (Luzzatto, Sergio, Partigia, Bestsellers Mondadori, 2014, p. 19), que al menos retrospectivamente, nadie debería tener dudas sobre su postura en relación con la Segunda Guerra Mundial, sobre qué campo elegir, porque uno era el de la humanidad y el del derecho y el otro, el del abuso y la falta total de humanidad. Pero esa guerra, junto con la historia del bien, el bien imperecedero de la lucha contra el nazismo, también fue escenario del propio mal, ese del que nadie está, en mayor o menor media, exento, a menudo, mucho menos quienes rigen nuestro destino colectivo. En el caso ruso, seguramente la batalla de Stalingrado decantó el futuro de la guerra hacia la victoria aliada, pero debemos recordar, además del rastro agridulce que dejaron las tropas allí por donde pasaban, que Stalin, el de las purgas, el de los campos de concentración, regía y rigió durante largos años después los destinos del país.

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