Exposición conjunta con la escuela de Arte de Huesca

miércoles, 8 de abril de 2015

El impostor, de J. Cercas, una impostada novela sin ficción

«Non vedo cosa ci guadagnerei a raccontarglielo.»
«Diresti la verità.»
«Non è sempre bene confessare la verità» obiettai. «Intendo dire che l'essenziale è non mentire, ma a volte è meglio non dire la verità senza bisogno di mentire.» Sorrisi.
«Insomma, temo di essermi incasinato.»
Claudia rise. (J. Cercas, La donna del ritratto, El vientre de la ballena, trad. Pino Cacucci)

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El impostor. Javier Cercas. Literatura Random House. Barcelona, 2014, 425 páginas. 22,90 euros (digital: 12,99)

Veo que El impostor, de J. Cercas, vuelve a colear en los medios digitales y reordeno mi recuerdo de su lectura.

Los meses que han pasado desde que leí El impostor no han aminorado la decepción que me produjo. La compré atraído en extremo por el personaje protagonista y porque conocía bastante de la obra del autor, en particular, su penúltima creación, Las leyes de la frontera, con la que disfruté, sobre todo por Tere, la protagonista femenina. Por cierto, dicho sea entre paréntesis, en el paratexto de El impostor sobre la trayectoria de Cercas, allí donde se citan sus obras, se omite Las leyes…

Sobre su antepenúltima obra, Anatomía de un instante mi juicio es menos firmemente positivo. Creo que le sobran más de cien páginas y que carece de homogeneidad, en el sentido de que se apoderan de la escritura elementos de la tradición novelesca que chirrían en una obra con otra voluntad de estilo, alejada de los trucos de la ficción. En su Anatomía, Cercas da demasiados pasitos palante y patrás, en el límite entre el ensayo histórico cultural, la novela de no ficción y la ficción novelesca, narrador omnisciente incluido.

Decía Mainer en la crítica que  dedicó a El impostor en Babelia  que “resulta tan protagonista el uno [Enric Marco] como la otra [la novela misma], y como quizá lo sea también el mismo autor que busca manufacturar con probidad su relato”. El uno es, en efecto, Enric Marco, que ha pasado muy buena parte de su vida haciéndose pasar por quien no era, haciendo creer que había hecho cosas que no había hecho, aunque si que había llevado a cabo otras parecidas, hasta el punto de que, según él,  lo realizado le autorizaba a decir que había llevado a cabo esas otras cosas que poco a poco se demostraron falsas. El montaje al final le estalló entre las manos al protagonista poco antes del acto que hubiera supuesto su consagración, la lectura en 2005 de un discurso conmemorativo de la liberación de Mauthausen ante J.L.R. Zapatero y otras importantes dignatarios. Formulada la cosa en otros términos más favorables al punto de vista de Marco mismo, diríamos que exageraba, pero no mentía del todo sobre sus peripecias,  lucha en el frente republicano durante nuestra guerra civil,  internamiento en un campo de concentración alemán, resistencia antifranquista, fundamentalmente, porque algo de casi todo ello, más de unas cosas que de otras, desde luego, hubo en su vida.

Archives nationales, CP/72AJ/1413
© Archives nationales, France. Marco no estuvo internado en un campo de concentración, algo de lo que le gustaba hacer gala, sino que fue a Alemania como trabajador voluntario, donde fue procesado y encarcelado.

Si lo mejor y lo peor de Marco se puede resumir en su afán por construir un personaje alejado de la verdad en distancias variables, pero siempre presentes, la obra de Cercas es en síntesis la crónica del empeño por deconstruir ese mismo personaje, la crónica de cómo se desarrolló la empresa de desmontaje y los resultados mismos del proyecto desarquitectónico. Todo, en aras de la elevación del caso Marco a nivel de símbolo de un momento histórico, de unas circunstancias político culturales, las de la transición española a la democracia, primero, y las de la recuperación de la llamada memoria histórica (una especie de pequeña segunda transición que intentó torpemente saldar cuentas pendientes), bajo el mandato de R. Zapatero como primer ministro, después. Y el signo de esos tiempos, según parece, fue el de la mistificación, el de la adulteración interesada del propio pasado personal de muchos futuros dirigentes de todo tipo, entre ellos el (pseudo)anarquista Marco, que llegó con pies de barro a ser secretario general  de la CNT, entre 1978 y 1979, y años después presidente de la Amical de Mauthausen, asociación que representa “a los deportados de este campo austriaco y de todos los campos del III Reich”, dedicada a mantener vivo el recuerdo del Holocausto nazi. En el caso del zapaterismo, el Zeitgeist de aquel periodo tan lejanamente cercano fue el de la santificación de las víctimas, entendidas como augures retrospectivos de la verdad histórica. Se sustanció aquello en el conjunto de iniciativas legales, asociaciones, publicaciones, documentales,subvenciones, reportajes que han sido conocidos como Recuperación de la memoria histórica de la guerra civil y la represión postbélica franquista, “la gran moda de la memoria histórica” (p. 86). La actitud de Cercas al respecto oscila entre el análisis indignado que le produce todo aquel entramado, convertido en nicho de mercado cultural kitsch -por usar un término que en el libro adquiere gran significado-, de medio pelo, diríamos, y el repudio de Marco, quintaesencia encarnada del fenómeno.

En El impostor, Marco sufre un proceso contrario a aquel al que buena parte de la novela contemporánea suele someter a sus personajes, a los que no juzga (Dovstoievski), a los que todo lo más somete a pruebas de genuinidad literaria (Coetzee). Cercas, o el personaje Cercas, sin embargo, se presenta como una suerte de (anti)pigmalión reeducador de quien no comprende la dimensión histórica de su impostura, Marco, uno que se muere por salir siempre en la foto, como se dice expresa y repetidamente en la obra. Entre el egoísmo de Marco, su narcisismo ridículo y dramático, y la transcendencia del imperativo kantiano que Cercas pretende encarnar, entre un comportamiento deleznable, pero que en buena medida resulta meramente anecdótico y relativamente inocuo, si no fuera por el tema (las víctimas del Holocausto), y otro comportamiento legítimamente universalizable, que es el que Cercas no soporta que Marco no acepte, naufraga parcialmente la narración. La obra no cumple lo que el escritor en una entrevista concedida a la cadena Ser dice haber pretendido, la comprensión de Marco, la conversión del episodio en caso por medio de la novelización. Si se ha pretendido alcanzar, por volver a Coetzzee, “esa clase de verdad en la que pensaba Aristóteles cuando decía que la poesía es más verdadera que la historia; más verdadera debido a su poder para condensar lo múltiple en lo típico”, el objetivo, en mi opinión, no ha sido alcanzado. Como decía Mainer, hay notable un intento de manufacturar con probidad un relato, pero el personaje disgustado con su personaje en el que se convierte el narrador carece de matices y acaba resultando tan poco interesante como el objeto mismo de su inquina, despersonalizado por el camino. Los puentes entre la parte ensayística (digresiones sobre la verdad, sobre la memoria histórica, sobre las relaciones entre la ficción y la realidad)  van mucho más allá en sus planteamientos de lo que va la historia en si misma de Marco, del que  no se ha sabido sacar el jugo agridulce de la verdad, la verdad poética. El mismo Marco se quejaba en una entrevista de que poco menos que se le había querido vestir con un traje preconcebido. Pero no es tanto eso, como el hecho de que Marco no pasa de ser poco menos que un esbozo de personaje. Si no es más que un retal, una especie de arlequín hecho de remiendos, resulta que, como Cercas pensó antes de decidirse a escribir el libro, quizá el tema no merecía una novela, sino simplemente una obra historiográfica; si, sin embargo, atribuimos al autor la responsabilidad de la endeblez del resultado, diríamos que a la probidad de la que habla Mainer le ha faltado la inspiración. Intentar negociar con Marco plantándole delante responsabilidades que van más allá de su capacidad para entender los hechos objetivos es algo que acaba por resultar patético. Cercas triunfa en sus pesquisas sobre la impostura de su personaje, algo que, por otro lado, debía haber quedado claro en el informe que el historiador B. Bermejo redactó y que sirvió para que Marco no pudiera leer su discurso de conmemoración de la liberación de los campos de concentración ante Zapatero; Cercas triunfa, sí,  en ese aspecto, pero la novelización, el intento de comprensión compartida con el lector, del personaje fracasa. Ni la intriga de la falsificación de documentos saca a flote un cuerpo con tantas piedras en el bolsillo como se le han ido metiendo. La impostura  no acaba de adquirir suficiente consistencia dramática, quizá, porque en el terreno histórico es dudoso que la tenga y en el de la vivencia personal, el autor no ha sabido  dársela.Tomando como referencia In Cold Blood, de Capote y L’adversaire, de E. Carrèrre, que Cercas cita como obras maestras del género, cabe decir que en las dos nos encontramos ante hechos trágicos en sí mismos, por más que la carnicería de los asesinos de los Clutter se consume también en medio de la banalidad, cuando Perry decide enseñar a Dick a ser malo de verdad, o que el personaje de Carrère no sea ajeno a ese viento caprichosamente kitsch del destino que va enredando las cosas, desde un examen al que no quiso presentarse el protagonista hasta acabar con un asesinato múltiple. Lo que pasa es que Carrère ha sabodo huir del kitsch a través de un

Cercas, mezclado en calidad de presidente del jurado en el asunto del XVIII Premio de Novela Alfaguara (2015).

proceso de enfriamiento trascendente en su actitud hacia el personaje, justo lo contrario de lo que hace Capote, que sobrecalienta el texto en paralelo con las apelaciones a la sentencia de muerte de sus protagonistas. Cercas también intenta alejarse de la nube kitsch que todo lo va envolviendo, a través de la investigación y a través también del espesor de las digresiones,  pero al tiempo el narrador se deja enredar en una nube negra de acusaciones morales a su personaje. Marcos no pronunció el NO de los héroes, sino el SÍ de los mediocres y eso el narrador no se lo perdona. Mala cosa para una novela aunque sea sin ficción.

Javier Brox

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