adiós

martes, 21 de enero de 2014

Mi casa, sin teléfono. Las fotos de Manuel Cosentino son un buen libro.

 

La casa es una membrana que nos separa del mundo, sus ventanas nos permiten contemplarlo protegidos. Mi casa mejor son los libros. Sus ventanas cambian de pared, a veces dan al frío norte, otras al templado y divertido sur. También puedo escoger el tipo de cristal que media entre mi vista y la vida, lupa de aumento, espejo deformante y hasta catalejo que aleja. En realidad, a la hora de pasar un rato en ellas, casi siempre me dejo llevar por la curiosidad, una inmensa curiosidad, de manera que escojo a medias, la otra mitad de la elección es pasiva. Las habitaciones, claro está, cambian de sitio. Hay castas ordenadas, de esas de menos es más, otras extrañamente ordenadas y alguna que finge estar ordenada o desordenada. Aquellas en las que paso mis mejores días son las que ocultan el orden bajo el desorden. Será cuestión de simpatía.

La estupenda serie de fotos de Manuel Cosentino que copio a continuación me ha traído a la cabeza uno de los grandes libros de Fogwill, Los pichiciegos, en el que pasé uno de los mejores ratos de los últimos años. Es la historia de unos desertores, mancha que limpia, de la Guerra de las Malvinas que viven semiescondidos en un agujero hecho en el suelo. Esa es su casa y cada vez que salen al exterior se enfrentan a la luz que ciega y seduce, muestra y engaña, el mundo. En ese mismo agujero morirán casi todos. También a mí me gustaría morir en el agujero de las páginas de un libro, mi casa, sin teléfono. Me interesa mucho más la vida que hay dentro que la de fuera.

Fotos de Manuel Cosentino: Fuente de las imágenes, a través de Rai edu

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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