adiós

jueves, 30 de mayo de 2013

Contra Baudelaire, prevaricador ocasional.

 

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Si Baudelaire tuviera, como los dioses de las religiones politeístas, un atributo que sintetizara su característica más notable, sería quizá una farola. No la lámpara de Diógenes, buscador de esencias, sino un flexo en su habitación y una turbia farola parisina por la calle. Baudelaire como Diógenes padece de desazón profunda, pero no busca un centro de gravedad permanente, al que casi ha renunciado (Je ne passe jamais devant un fétiche de bois, un Bouddha doré, une idole mexicaine sans me dire: C´est peut-être le vrai dieu). Más bien, se entretiene desesperadamente iluminando verdades parciales, emociones intensamente pasajeras. Es un especialista del retrogusto al que poco interesa la explosión de sabores en el paladar. Todo debe ser filtrado antes de saber si vale la pena, todo debe ser traducido a palabras mediante esa fantasque esgrima (Le soleil) en la que se ejercita. Si algo es refractario a esa luz, es mejor callar, que diría el otro.

La mirada de Baudelaire en los autorretratos expresa esa mezcla de avidez y ensimismamiento, curiosidad infinita y rigor máximo en lo que se escoge. Creo es W. Benjamin quien subraya que el París del poeta empieza a ser la ciudad del alumbrado público. Ya no hace falta llevarse a cuestas la lámpara, como Diógenes, para acumular un desengaño tras otro y muy de vez en cuando en cuando descubrir un destello, un bendito detalle de lo real que se convertirá en poema. Lo cierto es que el flâneur auténtico sabe que el paseo reserva desengaños, pero no por ello abandona la caminata, porque sabe también que si se para, se cae, y que además, como el psicoanalista freudiano con su atención dispersa, tarde o temprano acabará por sentir el reclamo de lo significativo. Los ojos de Baudealire serán entonces foco supremo, tendrán, en palabras de Calasso (La Folie Baudelaire, Adelphi, 2008; Anagrama, 2011) la capacità folgorante di percepire ciò che è.

Pero en esa pulsión iluminadora, Baudelaire corre el riesgo de abusar de lo real, de servirse de ello para colocar sus obsesiones, y como un prevaricador proyectar su infinita inquietud. Ese es quizá el sentido del curioso reproche que le hace Jules Renard en su Diario. Si el equilibrio entre lo visto y aquello que, por nuestro carácter, estamos condenados a ver, entre la variedad de lo real y nuestras fijaciones, se decanta demasiado del lado estas últimas, entonces nos enfrentamos a esa frase lourde, comme chargée de fluides électriques, de Baudelaire (J. Renard, Journal 1887-1910, Actes Sud, 1995, p. 52). Ver lo real, iluminar lo real, no forzarlo  para decir lo que queremos, no someterlo a nuestra neurosis, poética o no:

Baudelaire: “l’âme du vin chantait dans les bouteilles”. C’est bien cette fausse poèsie qui s’occupe de substituer à ce qui existe ce qui n’existe pas. Pour l’artiste, du vin dans une bouteille, c’est  quelque chose de plus vrai et de plus intéressant que l’âme du vin et l’âme d’une bouteille, car il n’y a pas de raison de donner un âme à un objet qui s’en passe fort bien (J. Renard, opus cit., p, 52)

La frase que espanta a Renard es, tal vez,  un ejemplo banal de la tendencia a la verbosidad, entendida más en lo que se refiere a la intensidad de las palabras que a su número, una selecta verborrea intelectual. Pero, pienso que Renard tiene razón, que un exceso de luz ciega y que la salvación, y al tiempo la condena del dandi radica en que acaba por convertir su indumentaria en un uniforme y, de vez en cuando, necesita hacerle un traje a su medida a aquello que tiene más a mano. Todo, con tal de tener razón poética:

La femme est le contraire du Dandy. Donc elle doit faire horreur.
La femme a faim, et elle veut manger ; soif, et elle veut boire.
Elle est en rut, et elle veut être f...
Le beau mérite!
La femme est naturelle, c'est-à-dire abominable.
Aussi est-elle toujours vulgaire, c'est-à-dire le contraire du Dandy.
Ch. Baudelaire, Mon coeur mis à nu : journal intime, (1887)

Traducción (p. 8 del enlace):

La mujer es lo contrario del dandi. Debe causar horror.
La mujer tiene hambre, y quiere comer; sed, y quiere beber.
Está en celo y quiere ser f...
¡Qué gran mérito!
La mujer es natural, es decir, abominable.
Además, es siempre vulgar; es decir, lo contrario del dandi.

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