adiós

lunes, 4 de marzo de 2013

Una foto de Jacqueline kennedy, de E. Erwitt, y la anatomía del instante del magnicidio literaturizado.

Entre las fotos que Guardian selecciona del libro antológico que Phaidon ha publicado con imágenes de Elliot Erwitt, titulado Snaps, figura una instantánea de Jackie en el entierro de su marido, J. F. Kennedy.

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Jackie Kennedy, Arlington, Virginia, 1963  Photograph: Elliott Erwitt/Magnum Photos


He aquí dos recreaciones literarias del magnicidio:

Así es como Jed Mercurio relata la muerte de su marido, JFK, en su desigual novela Un adúltero americano, (Anagrama, 2010, trad. Jaime Zulaika), que no he sabido dejar a medias, aunque he estado tentado un par de veces:

“La caravana presidencial gira bruscamente a la derecha y poco después hace un brusco viraje hacia la izquierda, y orillan una plaza abierta y con césped, en dirección a un paso subterráneo. El día es más caluroso de lo esperado y la piel suda y le pica por debajo de la faja, pero sigue sonriendo y saludando con la mano.
De repente, el dolor explota en la espalda y la garganta del presidente, y empieza a asfixiarse. Se siente como su bebé debió sentirse cuando se debatía para respirar, y el pensamiento de la valentía de su hijo, que todavía le enorgullece, le cruza como un rayo por última vez. Brota sangre de su frente y la primera dama grita: “¡Jack! ¡Jack!”
Él intenta agacharse. Cae y gira, aterrado; el borde duro de la faja ortopédica se le clava en la piel, pero está fabricado para mantenerle erguido. Nunca cederá.
Este hombre se destrozó la espalda salvando a un camarada herido, pero esto es solo una parte la historia. la dolencia la exacerbaron sus enredos en una habitación de hotel de El Paso, y por esas dos razones inseparables lleva una faja que le mantiene la cabeza erguida, porque de lo contrario habría podido agacharse para esquivar el segundo disparo.
Su mujer grita de nuevo, pero  la bala lobotomiza al presidente y le libera por fin del dolor de cabeza. El sonido final que se oye no es el chasquido de los disparos, ni las aclamaciones de la multitud, que se están convirtiendo en gritos, sino la voz de su mujer gritando su nombre. Es lo único que consuela a la primera dama, que él muriera en lo brazos de la única mujer a la que amaba” (p. 357-58).

M. Vázquez Montalbán (Yo maté a Kennedy (Punch ediciones, 1972, p. 86)  iba por otra senda que no conduce al beso:

“Vi los insectos motorizados rompiendo el túnel del aire entre el gentío. Al fondo avanzaban los ojos muertos de los primeros coches de la caravana. las motos rasgaron mi inmediata zona de visión y por el jirón se metió un coche, y otro, y otro… en el que iban John, Jacqueline y Connally y avanzaba a marcha algo más lenta. Estaba a unos cien metros.
Entonces me eché el fusil a la cara y apunté con seguridad de robot. de mi ojo brotaba un cañón metálico que brillaba mil veces más que el sol. El estampido llegó a mis oídos mucho más tarde que el griterío de la gente. Vi a Jacqueline tendida sobre el cuerpo inclinado del presidente y a un agente saltar de su coche al presidencial casi sin que se detuviera la marcha. pero yo no estaba quieto. desde que había desaparecido el estampido ya corría hacia el puente y sólo cuando agarré la baranda de la escalera metálica para dar impulso a mi subida, me di cuenta que en el otro extremo la estela de gas se iba del tubo de escape de una berlina”.

Enlace las imágenes rodadas aquel día por Mark Bell.
Enlace a un fragmento de la película de O. Stone sobre JFK.

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