adiós

lunes, 4 de marzo de 2013

Un mirón en la librería Antígona y en la de Manolo. La primera cumple 25 años y la segunda ya no existe.

 

(Veo en facebook que la librería Antígona cumple veinticinco años de vida y reedito una entrada de enero de 2010. Recuerdo a su hermana mayor, Muriel, con aquellos cuadros de P. Simón y unas magníficas fotos de escritores. ¡Qué mirada severa la de V. Woolf!)

La mayor parte de las librerías actuales carecen de fondo de armario. Están llenas de novedades, estratégicamente colocadas en función del poderío de las editoriales que las publican. Pero si vas a buscar algún libro que supere los dos años de edad, estás listo. Por suerte, quedan algunas que acumulan volúmenes, como si el sueño fundacional de la vocación del librero, que es reunir todos los libros del mundo en su negocio, no se hubiera extinguido. Antígona, en Pedro Cerbuna, no es la única en Zaragoza, pero creo que es la que tiene las estanterías más surtidas, y no digamos la mesa central, que cuando se acabe por hundir bajo el peso enciclopédico que acumula dejará un hermoso y privilegiado cráter. Su puerta de entrada también tiene poderes. La fuerza centrípeta que ejerce es tremenda, tanta que evito acercarme al escaparate, porque sé que tarde o temprano acabaré absorbido hacia el interior, y que después, al salir, correré el riesgo de constiparme o de volver con dolor de cabeza, porque allí hay definitivamente demasiados libros y, como cuando era niño y me llevaban al zoo, no sé dónde mirar, qué tocar, si leer la contracubierta o ir directamente al precio, si estirar el brazo y coger la rareza que veo al otro lado de la mesa o pillar un fajo entero de libros e ir mirándolos de uno en uno. Casi todo me llama, los nombres, las portadas, pero cuando me decido a hojear algo aparece de repente otro reclamo, que me hace tropezar, a veces no solo en sentido figurado. Me agoto, disminuyen las defensas y cuando logro escapar de este ombligo del mundo salgo despedido hacia la calle con una sensación parecida a la que se tenía cuando las ventanillas del tren se podían abrir y, tras sacar la cabeza, volvías a meterla en el vagón, en el mundo ordinario. Ahora, ni siquiera, porque han puesto una estantería de metal en el exterior con cosas viejas. Con suerte, diez minutos más.
Otra librería, pero esta sin ninguna novedad, enteramente dedicada a libros viejos, es la de Manolo, que también acuna a su gato y vende punching balls de entrenamiento en el mismo establecimiento. Es una librería papelería, como las de barrio, pero en el Tubo, y vende poco, por decir que vende. A mí me gusta pasar delante de ella, aunque como me da un poco de miedo paso deprisa. Mi perro, sin embargo, siempre encuentra un motivo para detenerse, que si un olorcillo que sale de la puerta, que si una meadita justo en el ángulo ente la fachada y el suelo. Me doy menos prisa de la habitual en marcharme, como si me hubiera cruzado con una chica que me inquieta. Al final, indeciso, tiro de él por cumplir, porque en realidad  siento el cosquilleo de quien nota un grato peligro a la entrada de un cueva misteriosa. El otro día salía de allí una luz intensa a través de la rendija. Esto es lo que mi cámara capto, digo mi cámara porque yo no tuve valor para fijarme bien en lo que fotografiaba. Me pregunto si esta librería estará como muestran las fotos por no querer vender novedades y dar cobijo los gatos.

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