adiós

lunes, 11 de febrero de 2013

¿Dejalá el empeladol de los Estados Unidos de Amélica que sus pelos no le dejen dolmil?

 


“Querido Paul: Dos pasos adelante y uno atrás, esa es la expresión con que describes el progreso social de tu país, un país que, en la medida en que es una potencia hegemónica mundial, también es, en enorme medida, mi país, y el de todos los habitantes del planeta, aunque con la condición de que el resto no tomemos parte en sus procesos políticos” (Carta de J. M. Coetzee a P. Auster, Aquí y ahora, Cartas 2008-2011, Anagrama y Mondadori, 2012, p, 212.

 

Encuentro por casualidad, en Guardian, una serie de imágenes de los perros de unos cuantos presidentes norteamericanos y me pregunto cómo será el trato que mantienen los emperadores con ellos, qué espacios compartirán, cuanto tiempo pasarán juntos. El mío duerme en mi cuarto. “Respira como un hombre”, dice mi mujer a veces, cuando da un profundo jadeo, como si estuviera asumiendo una realidad difícil de digerir. También cuando sueña y mueve las pezuñas como si estuviese corriendo, mientras lloriquea, tengo la sensación de que como poco somos primos. Es peludo y suave, como aquel burro, pero no es la ternura infantil lo que me más me une a él. Tampoco lo la admiración que despierta en mí su astucia, quizá, porque es proporcional a mi tolerancia o falta de firmeza. Poco a poco ha ido adquiriendo derechos consuetudinarios que ni se me pasa la por la cabeza discutir. Comparte dormitorio con nosotros, compartimos coche con él, de todo prueba y casi todo le gusta. Hoy, por cierto, le he ofrecido un trocito de pulpo y su rechazo me ha confirmado en la fealdad del cefalópodo.

La raíz de la mezcla de sorpresa, afecto, curiosidad, deseo de protegerle que despierta en mí tiene su raíz en ese estatuto fronterizo del perro que Valéry resumió resumió muy bien: “El animal, enigma verdadero, opuesto a nosotros por la similitud”, precedido por Lacan: “En un animal doméstico hay hombre” (Grenier, Roger, La dificultad de ser perro, Alba editorial, 2001, p, 12). Ese saber que se está hablando de uno, pero no entender lo que se dice, es dramático. Aunque, quizá, lo más conmovedor es la parte que entienden, esa capacidad para resumir el parloteo en alegría porque se sale, tristeza por la soledad.

Me pregunto hasta dónde llega el cuerpo a cuerpo entre los presidentes americanos y sus perros, si duermen con ellos, si les bajan de noche cuando tienen diarrea, si sufren sus tirones, si se levantan del sofá a darles agua corriente del bidé, si les piden pan del día o les llevan un paño de la cocina al Despacho Oval para que jueguen con ellos, si les despiertan por la noche, porque es difícil imaginar una buena relación con un perro, del que tanto hay que ocuparse, sin ocuparse de verdad. Ocurre como con los niños, que son hijos de quien los quiere bien. No sé, me da por pensar en los ataques de celos del empelador cuando se dé cuenta de que su perro tira más hacia sus cuidadores que hacia él. A menos que el empelador deje que sus pelos no le dejen dormil.

He aquí a Bo, Barney, Buddy, Rex, Liberty, King Timahoe, Pasha, Vicky, con sus presidentes de turno. Bueno, Fala, la perra de Franklin D. Roosevelt, solo le está oyendo por la radio.

Fuente de las imágenes y otras tantas:

First Dogs: First Dogs

 

barney-white-house-dog-dies-gallery

 

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First Dogs: First Dogs

 

First Dogs: First Dogs

 

First Dogs: First Dogs

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