lunes, 12 de agosto de 2013

Calígula, “el botas”, y el papa Bergoglio, dos ejemplos extremos de la relación entre el individuo que vive y gestiona el poder de una institución (I).

 

- Tengo miedo. ¡Qué rabia, después de haber despreciado a los demás, sentir su misma cobardía en el alma! (Calígula, Camus)

Gaius Caesar Caligula Kopenhagen, Dänemark, DK, Ny Carlsberg Glyptothek. Inv. no. 1453

Encuentro por casualidad en facebook una galería de fotos de bustos de  Calígula, el emperador que ha pasado al imaginario popular como el colmo de la excentricidad y como  figura emblemática del poderoso que se deja llevar por sus caprichos y obsesiones, anteponiéndolos al bien común. Es sabido que su apodo se debe al hecho de cuando era pequeño y una especie de mascota de los ejércitos del Rin llevaba puestas unas botitas parecidas a las cáligas, el calzado de combate de los legionarios. Como ejemplo de su locura narcisista, se suele contar que nombró a su caballo Incitatus (Impetuoso) –recuérdese que uno de los caballos se Jesús Gil se llamaba Imperioso-, pero parece que las fuentes solventes no lo confirman. Suetonio se limita a hacer referencia a la cuestión en estos términos: “se dice que llegó a pensar en  otorgar un consulado a Incitatus”.

Sin embargo, no parece que se desinteresara por la cosa pública completamente. Bajo su mandato, por ejemplo, se empezaron a construir dos acueductos, el Aqua Claudia y el Anio Novus, dado que los siete existentes no bastaban para abastecer a una Roma que crecía a ojos vista. También mandó construir una cárcel para notables, la Mamertina, en la que se supone que San Pablo estuvo encadenado. En el terreno del panen et circenses, su contribución mayor fue el Ager Vaticanus, un gran circo en el que unos años más tarde Nerón daría satisfacción a su afán persecutorio de cristianos. Hoy se encuentra bajo la plaza y la basílica de San Pedro, como ejemplo de sólido cimiento espiritual. parece ser que Calígula, aficionado a las carreras compitió en esas pistas incluso con aurigas profesionales.

Otros de los rasgos de la personalidad de Calígula que han favorecido su transformación en  un personaje literario, teatral  y, sobre todo, cinematográfico bastante frecuentado, están ligados a la mezcla de  enconado esteticismo, crueldad y caprichosa indulgencia que se le atribuye. Parece ser que se complacía en condenar a los delincuentes ad bestias, es decir, a ser devorados por fieras. También se le atribuye el gusto por una condena consistente en introducir al reo en una estrecha jaula en la era serrado  por la mitad, no sé si vertical u horizontalmente, aunque tiendo a pensar que, por cuestiones de economía y simplicidad, debía optarse, salvo indicaciones precisas del emperador, por el segundo procedimiento.

En Calígula, van de la mano los rasgos de personalidad que acabo de citar con  una sexualidad desbocada, hasta completar la figura de lo que, en términos castizos, podríamos definir como un fenómeno o buena pieza. Se dice que violó a Drusila,  y componía con ella y otras dos hermana una especie de cuadrigas sexuales incestuosas en público durante los banquetes. Entre sus aficiones estaba el canto, el baile, el combate, la actuación dramática y se sentía muy orgulloso del nivel alcanzado en cada una de ellas, hasta el punto de llevar mal las objeciones que pudieran plantear sus súbditos. Por lo demás, parece ser que estaba bastante puesto en la actualidad literaria.

Pero el episodio más inquietante y, a nuestros ojos, seguramente más poético de los que protagonizó le sitúa frente al Canal de la Mancha. Así es como lo cuenta R. Hughes, el gran crítico de arte y divulgador cultural fallecido hace cerca de un año:

… Suetonio narra cómo, estando en campaña militar en la Galia, frente al canal de la Mancha, Calígula mandó formar a sus hombres en orden de batalla, apoyados por diversas máquinas de guerra –ballistae y similares- apuntadas hacia la lejana costa de Britania. Después, se embarcó en un trirreme y se hizo al mar, navegando una corta distancia. Entonces, su barco de guerra dio la vuelta y lo trajo de nuevo a la costa, donde trepó a su elevada popa y gritó la orden; “¡Recoged conchas de mar!”. Mostrándose perplejos, aunque obedientes a su comandante en jefe, sus soldados así lo hicieron, llenándose los cascos y las guerreras de lo que Calígula definió como “botín de mar que se debe al capitolio y al palacio”. Después, prometió a cada uno de los hombres de su ejercito una paga extraordinaria de cuatro solidi o monedas de oro, aunque no consta en ningún documento que se llegaran a entregar” (Hughes., Robert, Roma. Una historia cultural, Crítica, 2011, p. 120)

Por lo demás, tras el episodio, ya de vuelta a Roma, como informa el mismo Hughes, su afán de reconocimiento le llevó a inventarse una fingida conquista de Britania, con extras melenudos, pelirrojos teñidos, que actuaron como soldados rehenes.

Murió asesinado por su propia guardia a los 29 años, tras cuatro años de poder. Poco antes había mandado construir una estatua de sí mismo, de oro, a tamaño natural. Sus esclavos debían vestirla cada día con ropas provenientes de su rico vestuario.

Dejando a un lado las visiones más groseras del emperador, como la que ofreció Tinto Brass en su película, el fulgor de Calígula seguramente tiene que ver con la la contradicción que los hombres viven como sujetos que deben amoldar sus deseos a los designios de las instituciones en medio de las que viven. Es una contradicción de la que somos víctimas todos, en mayor o menor medida y de cuya resolución depende en buena medida nuestra felicidad. La familia, la escuela, el trabajo, el estado, en ultimo término no son sino grados de los contextos en los que debemos fajarnos para encontrar un cómo equilibrio con nuestros impulsos, tendencia,  anhelos. En ese sentido, Calígula sería un ejemplo máximo, no tanto de alguien que lucha por la desaparición última del estado (una especie de infiltrado emperador anarquista de la estirpe del banquero de Pessoa),  como de alguien que da rienda suelta a su caprichosa individualidad al tiempo que ejerce el máximo poder al que puede aspirar alguien en tanto que cabeza rectora de una comunidad. Quizá, en realidad, no se trate tanto de dar rienda suelta a la individualidad como de extremarla, en la medida en la que la posición de Calígula le permitía aspirar al máximo de la excentricidad de sus caprichos. Decía Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén (Debolsillo, , 2011, p. 219-20) que “el mal, en el Tercer Reich, había perdido aquella característica por la que generalmente se le distingue, es decir, la característica de constituir una tentación. Muchos alemanes y muchos nazis, probablemente, la inmensa mayoría, tuvieron la tentación de no matar, de no robar, de no permitir que sus semejantes fueran enviados al exterminio (que los judíos eran enviados a la muerte lo sabían, aunque quizás muchos ignoraran los detalles más horrendos, de no convertirse en cómplices de estos crímenes al beneficiarse con ellos. pero, bien lo sabe el Señor, los nazis habían aprendido a resistir a la tentación”.

Calígula parece sentir el capricho excéntrico, que puede implicar una gama variable de crueldad, como una tentación positiva que es capaz de concebir con bello artificio y que además, dado su poder, puede ejecutar sin miramientos. Quizá, como dijo Camus, “era un tirano inteligente cuyos móviles parecían a la vez singulares y profundos”. Lo cierto, es que en la imagen que de él nos ha llegado, dejando a un lado los desmanes, se entrevé la voluntad de imponer a la realidad un discurso más que la estrategia de pactar con ella, el deseo o la pulsión de construir una biografía al límite, que acabo por chocar incluso con la institución que había hecho posible la realidad de sus caprichos

Fuente de las imágenes

Portrait of the Emperor Caligula, Yale University

 

Caligula Kopenhagen, Dänemark, DK, Ny Carlsberg Glyptothek. Inv. no. 2687

 

Imperial Portrait of the Emperor Caligula The Houston Museum of Fine Arts

Caligula - Musée du Louvre.

Caigula - Gortyn, Griechenland, GR, Antiquarium

 

Caligula - Sabratha, Libyen, LY, Sabratha Museum. Inv. no. 650

 

Caligula - Paul Getty Museum.

Caligula - Worcester Art Museum. Inv. no. 1914.23

Portrait of Caligula- New York Metropolitan Museum, New York

 

Portrait of Caligula, Trieste Museo Civico di Storia e d’ Arte.

 

Caligula - Museo Nazionale Romano - Museo delle Terme

domingo, 11 de agosto de 2013

Paratextos museísticos (I)

“El término paratexto designa al conjunto de los enunciados que acompañan al texto principal de una obra, como pueden ser el título,subtítulos, prefacio, índice de materias, etc.

El paratexto hace presente el texto, asegurar su presencia en el mundo, su recepción y consumo. El paratexto establece el marco en que se presenta el texto como forma de comunicación” (Fuente de la cita).

Poe analogía con la obra escrita, también existe el paratexto museístico. He, entendido el término en un sentido amplio,   algunos ejemplos:

¡Quién pudiera encontrarse en  el número de los heridos!:

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sábado, 10 de agosto de 2013

¿Dime como tratas a los elefantes y te diré quién eres?

111540971-c3fc4eae-5965-4f2c-8a60-9bf6250ffea5Fuente de las fotos

“Mi primera observación fue que aquel era el primer país en el que  los seres humanos y los animales parecían haber negociado un modus vivendi decente…No vi ninguna señal de crueldad en el trato ni tampoco ninguna señal de impaciencia con los animales, pese a que las vacas deambulan por entre el tráfico abundante y obligan a la gente a pararse. Lo de que las vacas son veneradas en la India es un lugar común. Sien embargo, veneración no me parece el término preciso. las relaciones entre la gente y los animales parecen ser mucho más mundanas: una simple tolerancia y aceptación de la forma de ser del animal, aunque obstaculice la del hombre”. (Aquí y ahora, Cartas 2008-2011, J.M. Coetzee y P. Auster, Anagrama y Mondadori, 2012, p.225-226)

Veo  fotos en las que unos paisanos adornan con flores el cadáver de un elefante que ha sido atropellado por un tren en un pueblo situado a unos 140 quilómetros de Gawahuti, en India.

Noticias así son un ingrediente  más de ese extraño cóctel  que nos ofrecen los telediarios y los periódicos, sobre todo digitales. Vivimos en un mundo de cachos de información que nos llegan a casa como caricias, como piedras o como insípida miga de pan ácimo, imágenes, textos, voces  que se empeñan en dulcificar lo amargo o sobreactúan banalmente hasta hacerse insoportables. Con esa manera de hablar o de escribir, tantos periodistas, en la línea del anciano J. Hermida, parecen vendedores a domicilio de emociones, más exagerados que los de la verdadera televenta , que, quizá más seguros de lo que venden,  por lo menos se empeñan en detallar con calma las características del producto, una manguera que se estira, un aparato que alarga el pene, un arnés  que gracias a un imán limpia las dos caras del cristal al mismo tiempo -se nos cayó al patio en el primer y único uso. Consultas tu facebook o ves el telediario y te enfrentas a un parto real,  la gota fría en Asia,  Lady Gaga en pelotas practicando el método Abramovic, un viejo perro artrítico que se baña con su dueño (76.4554 visitas en Youtube). Sin religión o ideología, no hay nada que ligue los fragmentos ni ayude a interpretarlos, faltan indicios para saber cuánto te engañan, todo convertido en entropía de la sociedad del espectáculo. Pero es difícil sustraerse a los efectos. El verano no ayuda al ensimismamiento. Se te saltan las lágrimas por el accidente de Santiago, pero dos minutos después estás llamando hijo puta al ladrón de turno o viendo el boletín meteorológico, la méteo,  que quizá te asegure un mañana soleado o la bajada de un par de grados de la temperatura. Acaba por fin la tranquilizadora letanía y no recuerdas casi nada de lo oído, pero ha sido uno de los mejores momentos del día.

Después, por vías desconocidas, se conectan los fragmentos de hoy y los del pasado reciente, el elefante indio, y  aquella foto de nuestro jefe de estado delante de un elefante muerto por disparos suyos, estampado contra un árbol como si se tratara de un dibujo animado, y piensas que estás más de acuerdo con la muerte fortuita por atropello y la posterior decoración floral que con la derivad de un disparo real. Aunque en realidad, lo que te revuelve las tripas es que a la hora de disparar, el monarca no se lo pensara dos veces y bajara la escopeta, que no le invadiera una sensación de malestar, de duda, que acabara por vencer su afán depredador. Quizá hasta su acompañante se lo hubiera agradecido. Pero, entonces, te acuerdas de repente de otro viejo fragmento informativo que tienes clavado en el cerebro y con el que además coincides bastante,  según el cual la religión, que seguramente está detrás de las flores, es opio, y añoras aquellos tiempo en que sabías leer las noticias de la mano de Marta Harnecker y todo te parecía claro.

Apago el ordenador, quito la tele e intento entender en silencio el motivo por el que aquella foto del rey para mí tiende a asumir el valor del gesto que provoca una antipatía definitiva, tan solo mitigada porque   se le veía mayor, pidió excusas y quizás quería ofrecer un trofeo real a una bella dama yo diría que finísimamente botulizada.

India, treno travolge l'elefante: fiori sulla carcassa

miércoles, 7 de agosto de 2013

Patolas

 

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IMGP1140Museo de bellas artes de Valencia

 

IMGP1313Cementerio de S. Justo (Madrid)

 

IMGP1098Iglesia

 

IMGP0321Plancha de grabado, Goya (Academia de S. Fernando, Madrid)

 

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