Exposición conjunta con la escuela de Arte de Huesca

sábado, 21 de febrero de 2015

Oliver Sacks anuncia que empieza a contar sus últimos días sobre la tierra. El sombrero que confundió una mujer con su cabeza y Migraña, uno de sus primeros libros.

Con un artículo muy comedido, pero intenso, amparado en la autoridad de Hume (My Own Life, 1776), Oliver Sacks anuncia en el New York Times (traducción El País) que empieza a contar sus últimos días sobre la tierra. Ya ha dejado en parte de mirar hacia fuera, dice que no ve el noticiario de la noche, porque trata de problemas cuya resolución corresponde a las futuras generaciones (I shall no longer look at "NewsHour" every night. I shall no longer pay any attention to politics or arguments about global warming…This is not indifference but detachment – I still care deeply about the Middle East, about global warming, about growing inequality, but these are no longer my business; they belong to the future) y que se va a concentrar en lo que le queda de vida “to deepen my friendships, to say farewell to those I love, to write more, to travel if I have the strength, to achieve new levels of understanding and insight.". Supongo que en ningún momento adquiere más verdad el sentido metafórico del dicho “quien pierde la mañana pierde el día” y que en momentos así escuece la necesidad de aprovechar el tiempo en lo que uno considera más importante.

Neurologist and writer Oliver Sacks at the 2009 Brooklyn Book Festival(Fuente de la foto) Neurologist and writer Oliver Sacks at the 2009 Brooklyn Book Festival Photo: LUIGI NOVI

Sacks es conocido entre el público lector, además de por ser el autor del libro autobiográfico en el que está basada la película Awakenings, Despertares ( Penny Marshall, 1990),  por haber escrito The Man Who Mistook His Wife for a Hat (1985) (El hombre que confundió a su mujer con un sombrero) una especie de bestseller de culto, en el sentido en el que se utilizaba hasta hace poco el término de culto, referido a  productos de consumo apasionado por parte de un público exigente, no siempre muy extenso, pero extremadamente fiel. El hombre que confundió a su mujer… es, como buena parte de sus otros libros, una recopilación de casos clínicos. Con todo lo que tiene de sorprendente, de increíble en muchos casos, decepciona un poco como libro, quizá porque se tiene la sensación de estar leyendo, uno tras otro, historiales de enfermos insólitos, raros, en el sentido italiano del adjetivo (Che si incontra poco di frequente, difficile a trovarsi . También una de las acepciones castellanas del término subraya este aspecto. Rae: 3. adj. Escaso en su clase o especie). Me hubiera gustado quizá encontrar algo más de trabazón entre las partes, más análisis sobre los casos, sobre la frontera que los separa de la salud. En cualquier caso, la obra parece por momentos una invención surrealista sobre la degeneración de las formidables capacidades humanas del cerebro humano, una degeneración que al lector a veces le dibuja una sonrisa en la boca, un gesto de espanto o la duda de si no le estará empezando a pasar lo mismo que ha leído. En cualquier caso, uno se reafirma en la idea de hasta qué punto un vulgar cerebro que funcione medianamente bien, dotado de suficiente memoria, es un milagro de la evolución.

En la medida en que yo también fui migrañoso, de Sacks  me interesó sobremanera Migraña (1970) (Anagrama, 1997), una pequeña enciclopedia sobre el tema, no sé si del todo rigurosa, pero desde luego muy amena. La idea básica es que los síntomas de la migraña pueden llegar a ser de lo más aparatoso, semejantes a otros que en otros casos anuncian un rápido final de la vida. Una vez superada la crisis, sin embargo, es como si no hubiera parado nada. Sacks asocia la migraña a la epilepsia y cuenta casos de lo más pintoresco, desde personas a las que les estallaba el episodio en el momento álgido del acto sexual hasta otras a las que les ocurría viendo  la nieve caer  a través de una persiana semi cerrada. Hay también casos probados de estallidos migrañosos al ver los puntos de luz de las antiguas televisiones en blanco y negro cuando se quedaban sin programación, una cosa que, por cierto, siempre me hizo pensar en la protagonista de Poltergeist, la niña que oye la voz del más allá mientras ve esos puntos de luz en su televisor.

Dice Sacks que las migrañas se pasan por lisis o por crisis. Cuando yo las padecía, recuerdo haberlas superado de las dos maneras. A veces, por ejemplo, un vomitona me dejaba como nuevo. El problema era el rato previo, el malestar, la desazón que predecía el estallido. Ese sería un ejemplo de superación por crisis. En cuanto a la lisis, recuerdo las visitas al baño para orinar cada veinte minutos y cómo poco a poco fluía también el dolor hasta que ya no quedaba nada de él. Sacks aconseja dormir cuando uno se pone malo de migraña y también aconseja algo que parece paradójico, tomar mucho café. Se explica, porque la cafeína es vasoconstrictora. De hecho, el medicamento que yo tomaba, la Ergotamina, la contiene, junto con otra sustancia derivada del cornezuelo de centeno, que, si no me equivoco, ha estado ligado tradicionalmente al mundo de las brujas.

Hacia los cuarenta años, mis migrañas empezaron a remitir hasta prácticamente haber desaparecido dos o tres años después. Hoy no queda rastro de ellas, vulgares y esporádicos dolores dolores de cabeza. tengo sin embargo la sensación de haberlas sustituido por otras dolencias que no es el caso de exponer. De todos modos, Sacks además de buscar antecedentes históricos, hace un amplio elenco delos distintos tipos de migraña, hasta el punto de que tiene uno la sensación de que la migraña se puede metamorfosear casi en cualquier alifafe más o menos intenso. Señala, por toro lado, dos grupos de migrañosos, aquellos en los que se desarrolla el proceso sin previo aviso y los afectados por la llamada aura, tan poética a veces, tan sugerente. Se trata de un anuncio de lo que va a pasar y se presenta de las más variadas maneras, olores inesperados, sonidos misterios, distorsiones de las imágenes, en fin un mundo a mitad de camino entre lo racional y lo mágico, un poco como la dolencia misma, que debe remitir a estados mentales de un hondo espesor irracional.

Yo solo alcancé a ver el nacimiento de una nueva generación de medicamentos, que costaban un ojo de la cara por aquel entonces. Se trataba de jeringas auto inyectables que te clavabas en el muslo. La jaqueca no desaparecía, pero quedaba como en sordina, algo parecido a esas tormentas lejanas cuyas señales ya no asustan. creo que me auto inyecté un par de veces, moratones posteriores incluidos. Una vez oí a un compañero en un claustro sugerir que los migrañosos le echaban morro a  asunto para no asistir a clase. Creo que me reboté, que el comentario cubrió su imagen con un velo de cazurronería que me ha costado levantar.

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