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miércoles, 8 de octubre de 2014

Camas, qué lugares tan gratos para…(2)

Camas, qué lugares tan gratos para…(1)

el desnudo…”es una forma de arte inventada por los griegos en el S. V, de la misma forma que la opera es una forma de arte inventada en Italia en el S. XVII. La conclusión resulta, desde luego, demasiado brusca; pero tiene el mérito de poner de relieve que el desnudo no es un tema del arte, sino una forma de arte” (Kenneth Clark, El desnudo. El estudio de la forma ideal, Alianza froma)

Viendo estos cuerpos desnudos resulta más fácil de entender que  bastantes de nuestras lenguas vecinas tiendan a utilizar preposiciones distintas para indicar que un objeto inanimado o animadísimo, como es el caso, está situado sobre otro  (on, sur, su), o que se encuentra en el interior (in, dans, in). Hay veces en las que la realidad se merece ese tipo de distinciones preposicionales. Desde luego, si estuviesen metidas en la cama, estas señoras no tendrían la misma aura, por decirlo finamente.

Por lo demás, la cama entendida como expositor cobra verdadero pulso erótico si las sábanas están desechas, los cojines desordenados o por los suelos. Si no, falta el temblor de la carne triste o cautivadora, el pálpito de esos tonos perlados, de esas mujeres transparentes, como la princesa Micomicona, a la que se le veía pasar el vino  por la garganta (oh, añoradas lecturas adolescentes en catalán, buscando grafías distintas para la misma preposición) o iluminadas por dentro, como las condenadas prostitutas del este de las que habla R. Chirbes en En la orilla.

Lo curioso es que las modelos de estos cuadros tienen el aire de haber sido soñadas, aunque antes hayan sido (entre)vistas y es que, cuando la cosa sale bien, no hay como uno mismo para recrear, extender, potenciar, contagiar  lo vivido. De eso trata el arte,  de la ampliación de la experiencia. Y los consumidores habituales como yo buscamos disfrutar más, dejarnos influir más hondamente con lo no vivido, con lo imposible de vivir, con lo que pertenece a la memoria de otros pero se funde con la nuestra y nos deja pensativos, a vueltas con un nosotros que no acabamos de entender.  Los desnudos clásicos son, en cualquier caso, pintura de género, que, como indica la cita de Clark que encabeza el texto, tiene que ver más con la transfiguración de un ideal que con la mera representación de un cuerpo. La contingencia de las telas que aparecen reproducidas la ponen sobre todo las sábanas. Aunque, para qué vamos a engañarnos, también un poco los cuerpos que despiertan el deseo. El tema de las relaciones entre lo ideal y lo carnal se las trae, como es sabido y, ante la desazón que me produce, lo dejo para mi vejez avanzada.

Por cierto, la idea de que estos desnudos son imaginarios incluso por lo que se refiere a su ejecución, en lo que se refiere a la Maja desnuda de Goyaya, la tuvo J. Berger. Según él, nadie posó para la Maja desnuda: “Goya construyó la segunda pintura a partir de la primera. Con la visión de la Maja vestida ante él, la desnudó en su imaginación y traspasó al lienzo el fruto de su imaginación. Atengámonos a las pruebas” (1). Dejo la lectura de las pruebas para quien esté interesado. A mí me importaba la idea.

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(1) Berger, John, El sentido de la vista, Alianza editorial, 1990, p. 90

(Fuente de las fotos y de los pies de página)

Nudo sdraiato, di Amedeo Modigliani (1918)
Il letto è un dettaglio necessario, un pretesto per allungare la figura traboccante di sensualità e sublimare la realtà, in questo famoso nudo di Modigliani

Venere di Urbino, di Tiziano (1538)
Spogliata di tutti i riferimenti mitologici (e non solo) questa Venere è simbolo di una sensualità che il letto, disfatto, contribuisce ad accrescere

Maja Desnuda, di Francisco Goya (1800)
Considerata “oscena” dal Tribunale dell’Inquisizione in Spagna, l’opera rimarrà occultata al pubblico fino all’inizio del XX sec.

Olympia, Edouard Manet (1863)
Il letto, disfatto, su cui giace la prostituta Olympia rimanda parodicamente ai letti della Venere di Urbino, di Tiziano, e alla Maja Desnuda di Goya

Paolina Borghese come Venere vincitrice, di Antonio Canova (1808)
Una delle sculture più celebri del genio del neoclassicismo, Antonio Canova, oggi custodita nella Galleria Borghese, a Roma. Letto e cuscini, ricavati dallo stesso marmo con cui è scolpito il corpo della donna (la bellissima Paolina Bonaparte, sorella di Napoleone e moglie del principe Camillo Borghese), conferisconosublime armonia all’insieme

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