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domingo, 6 de julio de 2014

Sobre La aventura comunista de J. Semprún, de Felipe Nieto


Nieto, Felipe, La aventura comunista de Jorge Semprún. Exilio, clandestinidad y ruptura, Barcelona, Tusquets editores, 2014, 632 pág.


Al glosar la biografía de P. Levi escrita por Myriam Anissimov (1), Tony Judt, en un artículo publicado originalmente en 1999 en The New York Review of Books y recogido después en  Sobre el olvidado S. XX, se quejaba de que la biógrafa había hecho un esfuerzo “contraproducente por reordenar y parafrasear los escritos del proprio Levi”. Salvo su periodo partisano y su posterior envío a Auschwitz-Birkenau (uno de los Vernichtungslager, campos de exterminio), la  vida de Levi fue ordenada, nada aventurera; al contrario que la de Semprún, que fue una vida extremadamente agitada, muy a menudo pendiente de un hilo, por lo menos desde que en 1942 pidió el ingreso en el P.C.E y después se integró en la resistencia francesa hasta 1965, cuando, expulsado ya del Partido, inicia una nueva etapa “guiada únicamente por la terca aspiración hacia la lucidez”  (F. Nieto, p. 489). Sin embargo,  ambos personajes comparten experiencias esenciales, la temporada que pasaron en el infierno de los campos de concentración, aunque fueran de distinto tipo, su difícil supervivencia como víctimas y la necesidad común, distinta en cuanto a urgencias y modos, de narrar lo vivido.
Curiosamente, Levi y Semprún también comparten, en mi opinión, una característica que atañe a los libros que narran sus vidas. Así,  F. Nieto cuenta lo que ya ha contado Semprún en sus escritos, algo parecido a lo que que Judt reprochaba a Anissimov. Y es que, a poco que uno lo haya leído Adiós luz de veranos, Viviré con su nombre, morirá con el mío, La escritura o la vida, Aquel domingo, o las obras más noveladas, como La algarabía o La montaña blanca, siente que se está llevando a la boca un plato sin sabor, sin emoción. Valgan como ejemplo para los aficionados a Semprún el episodio del registro como estucador a su llegada al campo  (p. 38) o el del soldado nazi que se toma su último descanso en el camino cantando La paloma (p. 31).
Cabe reconocer, no obstante, que el equilibrio entre la cita textual y la paráfrasis es difícil de alcanzar. Es curioso que los textos originales del biografiado nos acerquen más a la verdad, “esa clase de verdad en la que pensaba Aristóteles cuando decía que la poesía es más verdadera que la historia, más verdadera debido a su poder para condensar lo múltiple en lo típico” (2) que los textos parafraseados. En este sentido, el detalle preciso contado en primera persona, algo de lo que Levi sabía mucho, adquiere una fuerza nuclear que ilumina lo narrado. Entre el detalle emocionado y el dato crucial, que sería el equivalente en términos históricos, media la gracia literaria.
Otro de los reproches que se pueden hacer al texto de F. Benito es su descuidada redacción o presentación. Entre otros aspectos de carácter discrecional, como el uso de las comas, señalo lo siguiente:
Numerosas concordancias ad sensum: “Una parte de los intelectuales asimismo buscaron…” (p. 27), “De aquí,  la multitud de los resistentes detenidos de esta zona son transportados… (p. 33), “Más de un millar circulaban en manifestación…(p. 268);
formulaciones confusas: “El nombre del órgano de esta internacional comunista oficiosa propuesto por Stalin es bien expresivo: “Por una paz duradera, por una democracia popular.” (p. 125), a veces debidas a locuciones utilizadas impropiamente:“La elección de los participantes en el congreso fue decidida también desde la dirección. Se pretendía que la elección fuera democrática. De hecho la dirección nombra a los que tienen que estar presentes desde las distintas procedencia y sectores” (p. 217), o  a las que un cuyo les hubiera ido de perlas: “No debe confundirse con el pabellón de caza conocido como  Carinhalle, levantado por el gerifalte nazi  Hermann Göring en la misma zona…junto al Großdöllner See, del que apenas subsisten actualmente restos reconocibles de su megalómano esplendor” (p. 299);
erróneas divisiones silábicas, si consideramos que el nombre del premio Nobel suele pronunciarse a la italiana: “Al grito de ¡Pi-ran-de-llo!, ¡Pi-ran-de-llo! (p. 246);
erratas: “Espala franquista” (p. 141), “En Zaragoza, Miguel Labordeta, y en León, Lamoneda y de Pablos (p. 203),  “Celebran reuniones en el domicilio de Antoni Garrigues Díaz-Cañabate, franqueado por su hijo Juan Sebastián (p. 266), “sintieran” por sintieron (p. 276);
irregular uso de las mayúsculas: “…calumnias a dirigentes del partido y que, a partir de ahora, se sumen con entusiasmo a las próximas luchas de masas del Partido” (p. 337);
repeticiones poco justificables: “…al calor de quien fuera símbolo mayor del comunismo español con el que personalmente Semprún no tuvo confrontación personal (p. 494).
Dejando a un lado esas cuestiones, a mí el libro me ha resultado interesante en  otras cuestiones de mayor calado, como son el seguimiento del temprano gusto de Semprún por la escritura y el análisis de sus textos primeros, poemas, obras de teatro. También me parece  que la reconstrucción de la figura de Semprún como un comunista de tomo y lomo, incluso cuando su fidelidad al Partido podía resultar lesiva para otros militantes -caso Yourcenar (p. 72-76) o las purgas de finales de los años 40 (p.117-25)-, está bien hecha. Páginas interesantes son además las dedicadas a la visita de los dirigentes españoles a Stalin o a las huelgas de Vizcaya (1947) y y Barcelona (1951).
Queda, sin embargo, por dilucidar uno de los grandes enigmas del siglo pasado, el que aparece ligado al hecho de que grandes personajes, cultos, inteligentes, generosos hasta donde nos es dado conocer, fueran capaces de mantenerse al calor de partidos que cometían tropelías. Preferir un presunto horizonte de justicia a la rectitud moral inmediata, esgrimir las tinieblas exteriores para justificar la lealtad a una organización que da síntomas de putrefacción, son comportamientos que quizá solo sean comprensibles a la luz del enamoramiento entendido en los términos de matriz Stendhaliana que planteaba F. Alberoni en su lejano ensayo Enamoramiento y amor (1979). El enamoramiento comparte las bases en las que se sustentan  las conversiones religiosas o políticas. Cae en pedazos todo un sistema referencial que es sustituido por otro, construido alrededor de la persona amada. En el rápido proceso de desestructuración y reestructuración se produce el denominado stato nascente, en el que el individuo se funde con el objeto amado para crear una colectividad solidaria formada solo por dos seres, el partido y uno mismo.  Habría que añadir que el posterior paso de la pasión al llano del amor es muy complicado. Entre el largo noviazgo de Semprún con el comunismo, una aventura nada más,  y su frustrado matrimonio para toda la vida medió el rechazo de la amada y la progresiva entrada de luz por unas rendijas que de repente se hicieron grietas, esa vocación de lucidez de la que, si no me equivoco habla el escritor mismo en algún lugar. Siguió colgado por un tiempo tras su expulsión del Partido, siguió pensando que en el  materialismo dialéctico que le había servido para analizar el descosido de Nada (C. Laforet) y el roto de Ortega se hallaba una clave de comprensión universal, pero al cabo todo se fue metabolizando en aras de una lucidez democrática sobre la que, visto lo visto en estos ultimísimos años, sería interesante oírle hablar con su seductora voz.
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(1) Myriam Anissimov, Primo Levi o la tragedia de un optimista, Madrid, Editorial Complutense, 2001
(2) Coetzee, J. M., Mecanismos internos, 2007. DeBolsillo, 2010, Trad. de Eduardo Hojman, p. 249.

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