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jueves, 16 de enero de 2014

Más allá de Grecian 2000. Cuidados/torturas estéticas

Tengo la impresión de que todo lo que va más allá del razonable uso de Grecian 2000 pasa ocultar las canas, en lugar de buscar el disimulo de la edad, lo que pretende en realidad es poner en evidencia el paso del tiempo. Esa evidenciación de los efectos del calendario sobre la carne que un tiempo fue tersa es, sin embargo, oblicua, por así decirlo. Si la falta de atención a la proliferación de la arruga implica, en la mayoría de los casos, una señal de aceptación  del devenir de la vida, cuando no un síntoma de cierto abandono pasivo a su decurso, el mensaje que manda el estirado/a es  también metafórico. Los estirados/as, en efecto, no pretenden que se les tome por jóvenes, sino por adultos planchados, por personas que hacen la guerra a la arruga doquiera que se encuentre, como si esa tendencia natural al pliegue que conlleva el paso de los días encarnara el mal. Los estirados y trasplantados no nos engañan, ni siquiera pretenden hacerlo, les reconocemos fácilmente por sus miradas soñadoras de veinteañero bobalicón, por su encantadora duda miope en la manera de escudriñarnos, por la soberbia con que lucen su pequeño retoque o la modestia con la que lo pasean, hasta, en algún caso, la petición de disculpas con la que nos miran a los ojos. Entre ellos mismos, tengo entendido que se reconocen a través de señales que nos pasan inadvertidas a los demás, muecas involuntarias, tiranteces inevitables, algún prurito,  inalterabilidad del pelo ante las perturbaciones del clima, etc. Por suerte, los arreglos no son ajenos al cumplimiento de  trienios, que van normalizando los estragos del cirujano, atenuando el brillo de los ojos, añadiendo ironía, duda, sorna, en los privilegiados. El tiempo, en los estirados, parece correr más deprisa tras la intervención que en el resto de los mortales que non conformamos con leer a los clásicos.
Estirarse, ponerse los pelos de otro o los propios reciclados, depurados, limpios de la espuma de los días pretéritos, es un forma de distinguirse como cualquier otra, noble, quizá, en la medida en que cuesta una pasta y exige una vocación firme en la que se debe persistir, pues, que yo sepa, no tiene vuelta atrás en la poca vida que nos queda. Trasplantarse, estirarse supone una elección definitiva, un’idea come un’altra, la asunción de un estigma que nos significa. Pero que yo sepa, dicho sea en su favor,  los estirados no han buscado formas espurias de autoprotección, discotecas solo para ellos, clubs de vacaciones para cueros capilares rehechos, bonificaciones fiscales.
Con todo lo que acabo de escribir, intento, amigo mío, reconciliarme con personas queridas que han caído en la tentación del bisturí. Como en la canción de Lucio Dalla, esa es la novedad de este año nuevo. No lo consigo del todo,  aunque empiezo a aceptar que, quizá, como decía Lorca de algunos supuestos defectos, el retoque sea mancha que limpia. Por cierto, me ha parecido intuir que V. Llosa, algo se ha hecho.
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Si la figura de Frankenstein es una alegoría que intenta conjurar el miedo  al desarrollo capitalista de los medios de producción, tal vez el abandono a los tratamientos de belleza sofisticados que incluyen todo tipo de ingenio mecánico suponga una rendición a la técnica.
Cuidados estéticos en los años 20, antes torturado que envejecido.(Fuente de las imágenes)












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