adiós

miércoles, 14 de agosto de 2013

Váteres, ¡qué lugares tan gratos para conversar con uno mismo! y un ejemplo de cómo no se debe “miccionar fuera del tiesto”

 

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El váter es una nave que permite darse de vez en cuando un garbeo  por el espacio exterior a la familia. Incluso si se vive solo, donde mejor te ensimismas es sentado en la taza de Roca. El retrete es, además, uno de los pocos escenarios en los que es difícil engañarse. Los ojos, las sensaciones, la desnudez mandan señales inequívocas del estado de las cosas y de cómo ha pasado el tiempo, indicios que reduplican los espejos.

Pero si uno vive en compañía, ese punto de fuga adquiere un lenguaje propio. El tiempo que se pasa en él, los ruidos que salen de allí, la luz apagada o encendida, y sobre todo el silencio prolongado, todo admite interpretaciones que agrietan la intimidad. La radio ayuda a llorar o a lo que proceda, pero está imposible. Hace años que no consigo oír entera una canción.

Me pongo a pensar en escenas de novelas que he leído en estos últimos tiempos y en muchas de ellas ocurren cosas importantes en el baño. En Las leyes de la frontera, de Cercas, el primer encuentro entre el gafitas y Tere, su inolvidable choni, a medio camino entre la tragedia griega y el arrabal, se produce en los servicios de un billar. En Libertad, de Franzen, el hijo del protagonista tiene que buscar el anillo de boda que se ha tragado allí donde no hace falta que les diga. Por supuesto, lo hace en el váter. La escena resume es un trasunto neoyorquino de lo que en algunas tribus es un rito de paso, la despedida de la adolescencia camino de la madurez que el chaval alcanza al final del relato. En Los detectives salvajes, una novela fragmentada donde la haya, uno de los episodios más largos, aquel en el que se narra la toma de la universidad de la ciudad de Méjico por parte del ejercito, también ocurre en el baño. Una asustada secretaria-poeta pasa quince días medio encerrada allí. La escena en la que ella levanta las piernas para no ser vista por debajo de la puerta, mientras el soldado que ha ido a controlar si queda alguien en el edificio se mira al espejo, tiene algo que hace que tarde en borrarse de la memoria. Bueno y no sigo haciendo esfuerzos de memoria, porque seguro que la lista de escenas de váteres literarios es interminable. Para ver váteres televisivos, remito a Flavowire, que hace unos días hizo una selección  de las mejores escenas de series  que se desarrollan en el baño.

Y un ejemplo de redicha polémica popular:

1. Alguien escribió “Mear a dentro”.

2. Otro tachó “a”.

3. Un tercero o el mismo de 2. escribió Miccionar o orinar.

3. Quizá 1. o 2. o tal vez 3. en un pentimento corrigió “o” por “u”.

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