lunes, 21 de marzo de 2016

Me enSancho, me enSancho: Exposiciones sobre Cervantes. Concurso y exposición sobre Shakespeare para alumnos de inglés

Cartel (4'00x1'30 m.). Detalle. Reyes Casasnova y sus alumnos de Español para extranjeros

"Así que debe haber un momento en toda catástrofe en que ya no existe juicio moral, o es inapropiado, o accesorio, o inútil para juzgar lo nuevo de la forma en que se enjuiciaba lo viejo, y en ese momento breve o extenso -poco importa, repito-, los "buenos" textos literarios deben ser iguales que los "malos" textos literarios ante los ojos de quienes los observan, y La Ilíada debe valer lo que el programa de una representación teatral mediocre o la Comedia de Dante lo que el manual de instrucciones de un tren eléctrico para niños. En ese momento, pienso, ya no se debe saber cuál es la normalidad y quiénes son los monstruos, y qué hace posible la grandeza de una obra y qué la impide" (Patricio Pron, No derrames tus lágrimas para nadie que viva en estas calles, Random House, 2016, p. 60)


En un viejo artículo, T. de Mauro proponía entender la cultura como cualquier forma de vida no prevista como obligatoria por el patrimonio genético de la especie, aunque, evidentemente, no lo contradiga (1). En la base de esas formas de vida, por lo que se refiere en particular a la especie humana, estarían tres capacidades básicas, la de imitar, la de utilizar segmentos de experiencia que hemos memorizado y sabemos imitar, y la de de inventar. Es esta última aquella de la que, a diferencia de otras especies animales, la humana está más dotada. De Mauro pone el ejemplo del famoso huevo de Colón, que el genovés habría roto para mantener en pie. Dudo de si es el mejor ejemplo de esta capacidad, aunque el brete quedara resuelto. En cualquier caso, lo cierto es que, como Alejandro ante el nudo gordiano, Colón demostró que  ante un problema irresoluble en los términos en los que se plantea, el problema se puede superar alterando los términos del planteamiento. Cosa peligrosa en cuestiones jurídicas, pero que da prueba de la capacidad humana de ir más allá ante una situación aparentemente peliaguda. 

En este sentido, "podemos llamar cultura a todas las formas de adaptación de las cosas a nosotros y de nosotros a las cosas, formas a las que recurrimos o (I) por imitación, es decir, conservación y memoria, o (II) por combinación de elementos previos, o bien (III) a través de la creatividad, manipulando y forzando los elementos datos, inventando elementos nuevos y nuevas reglas para agrupar combinatoriamente los elementos (2). 

Ahora bien, si tantas cosas son cultura, qué diferencia lo más simple de lo más complejo, qué aquello elevado de lo ramplón, qué distingue la gran obra de la mediocre, por qué El Quijote es uno de los grandes logros de la historia toda de la literatura. Seguramente, lo es porque además de grandes dosis de (I) y (II), pocas obras poseen tanto (III). De acuerdo Mainer, en su reciente Historia mínima literatura española (3), Cervantes combinó en El Quijote elementos, tramas, estructuras de la novela pastoril (hacer entrar y salir personajes); de las novelas de caballerías (el molde de la "escritura desatada"); de la épica cómica (el tono y una justificación poética para su invención); del diálogo humanista (el arte de la conversación en libertad); de las formas teatrales cómicas (motivos y encadenamientos humorísticos); de los libros de pícaros (la invención del narrador interpuesto); de los tratados humanistas sobre los caracteres humanos (la acentuación de la novela en la locura entreverada de lucidez); "de aquí y de allá de sus lecturas del siglo XVI" (la idea de la naturaleza entendida como norma y pauta de vida). 

Con esos mimbres, entre otros, urdió su obra. Además, cuando Cervantes la escribió era viejo, había vivido y sobre todo aprendido, se había alejado de sus planteamientos más ortodoxos de juventud, se había acercado en definitiva al hombre moderno. Una de las maneras más productivas que tiene éste de enfrentarse con la realidad a través de la cultura es la ironía. Alienado sin remedio, o más bien, con una identidad sin amarres sólidos, bajo cuyos pies la tierra firme de la religión, de la moral basada en ella, y más tarde del progreso, de la revolución, no cesan de agrietarse, una buena solución es tomárselo bastante a guasa, pero elegantemente, sin desdeñar la acción, como el gran personaje cervantino. En ese sentido, El Quijote se muestra irreductible como profeta de una verdad que se construye ante cada circunstancia. No una verdad esencial, sino gris, matizada por los años, por el desengaño, la verdad de quien intuía que somos un cuerpo como es un cuerpo cualquier otro animal, pero, a diferencia de ellos, al tiempo tenemos un cuerpo y que entre el cuerpo que es y el que se tiene media la conciencia, la voluntad, todo aquello que nos hace seres excéntricos, desdoblados, observadores de sí mismos, reflexivos, descreídos, irónicos(4). 

La condición humana es fronteriza, en desequilibrio reequilibrado permanentemente, en el mejor de los casos, y no constituye tanto una categoría en sí misma como una negociación entre categorías. Si no existes más que en tu inmediatez, si sólo vives y experimentas, tu cuerpo es en demasía y corres el riesgo, por ejemplo, de comportarte como un pequeño salvaje; si te distancias de tu experiencia inmediata, si tu cuerpo es demasiado tenido por ti a distancia tiendes, dicho vulgarmente, a mear colonia. Hay que bailar una danza imposible entre ser primario y/o secundario a cada instante. En saberlo y actuar en consecuencia consiste la ironía, pero la apariencia de Don Quijote es la de un loco, un talibán, extremista que no deja pasar una ocasión con tal de mostrar que él es el más caballero, un poco como esos payasos que se esfuerzan en pasa por los más tontos, pero que a través de su tontuna nos descubren la nuestra. Cuánta guasa en tamaña seriedad. Además, Sancho lo ensancha, lo educa, desbrava su afán de quête medieval, su querencia por embestir en cuanto puede, hace de él un gentleman, como si fuera un espejo sabio que le mostrara a la justa distancia socrática cómo debe ir siendo para mejorar en su sabiduría, en su descreimiento con fe. De ese baño cultural surge una especie de iluminado que vaga llevado por los hilos de su burattinaio para transmitir al mundo la buena nueva de la ironía sin acidia. Vano empeño, desde luego. Pero, qué inmensa pena da acabar este libro. Ese es mi mejor recuerdo de él, la melancolía que da llegar al final, notar que se muere el caballero, saber que quiere volver a empezar... Y te vas pastor y nos dejas, pastor del optimismo de la voluntad, del pesimismo de la razón, pero con guasa.


Felice chi è diverso
essendo egli diverso.
Ma guai a chi è diverso
essendo egli comune.
(Sandro Penna, Tutte le poesie, Milano, Garzanti, 1970, 1972, p. 191)
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(1)  De Mauro, Tullio, La nozione di "cultura", en L'Italia delle Italie, Editori Riuniti, 1987, p. 4-17.
(2)  Opus cit., p. 10.
(3)  Mainer, José Carlos,  Historia mínima literatura española, Taurus,  2014, p. 90
(4)  Critchley, Simon, Sobre el humor, quálea editorial, 2010, p., 93-95. Trad. Antonio Lastra.


Con motivo del IV centenario de las muertes de Cervantes y Shakespeare, la E.O.I., 1, de Zaragoza, ha organizado dos pequeñas exposiciones. La dedicada a Cervantes presenta un gran cartel pintado por Reyes Casasnovas con la colaboración caligráfica de sus alumnos de español para extranjeros. Por otro lado, Ricardo Duerto, también junto con sus alumnos de Español para extranjeros, a medio camino entre la escritura y el dibujo, ha transcrito el principio y el final de El Quijote. A partir de esta próxima semana, por último, añadiremos a lo expuesto los dibujos de unos niños sobre el personaje cervantino. Llenos de errores, sus faltas, como le gustaba decir a Lorca, son manchas que limpian.









Ensanchamiento (Ricardo, Reyes y Mapi)










Por otro lado, el Depto. de Inglés, con Esther Lozano y M. José Auria a la cabeza, ha organizado otra pequeña exposición sobre Shakespeare. Además, está abierto un concurso cuyos premios son libros sobre  el dramaturgo y su época. De todo ello aparece cumplida información en el blog de la Biblioteca de nuestro centro (clica aquí para acceder a la entrada explicativa).

El concurso al que nos referíamos se ha montado a partir de citas de Shakespeare. He aquí en qué consiste y a quién está dirigido:







domingo, 20 de marzo de 2016

Llega la primavera: allá, el hielo se derrite, acá, un maniquí se descalza



Veo las fotos del hielo de Marte, que empieza derretirse con la llegada de la primavera, y pienso que lo llaman hielo por llamarlo de alguna manera y que hablan de primavera por decir algo. Después, veo que hablan de hielo seco (anhídrido carbónico) y me quedo algo más tranquilo, porque lo que tiene de incomprensible para mí el nombre científico y el oxímoron me hacen definitivamente inasequibles los términos. Pero, al poco, vuelven a utilizar otros que entiendo algo mejor, como colinas, rocas, arenas, e insisten por esa vía, apropiándose de una primavera que no es nuestra. Dicen que el año marciano dura 687 días y por tanto, pienso, allí todavía no habrán abierto las piscinas cuando aquí estemos en otoño. Esto último me complace un poco, pero desconozco el motivo. Tiene  la primavera sus locuras. Basta una de sus horas para enamorarse. Doscientos veintidós días marcianos dan para mucho, pero los noventa terrestres también.

Volviendo a la cosa científica, creo que las versiones vulgares de la ciencia más que aclarar las cosas las ensombrecen. Decimos los legos como yo hielo seco, anhídrido carbónico,  y creemos que por saber decirlo entendemos algo.  Menos mal que no hace falta entender, que esta maravilla que hoy empieza no necesita explicaciones, que todo lo que se diga resta, hasta incluso el susurro Luis de León:

¡Oh, desmayo dichoso!
¡Oh, muerte que das vida! ¡Oh, dulce olvido! 

Si allá en Marte el hielo se derrite, en un escaparate un maniquí se descalza:


jueves, 17 de marzo de 2016

No me acordaba de que Caran d'Ache quiere decir lápiz

Je me souviens que "Caran d'Ache" est une transcription francisée du mot russe qui veut dire "crayon" (G. Perec)





martes, 15 de marzo de 2016

La vita, sai/C'est la vie. Galicismos que petan el italiano

En la transcripción del audio que incluyo a continuación aparecen en cursiva los galicismos,  con raíces más o menos largas y uso más o menos extendido en italiano. En cualquier caso, un buen diccionario italiano recoge más del noventa por ciento de ellos. En cuanto a los plurales, he seguido un criterio variable, acogiéndome en la transcripción a las indicaciones del diccionario Sabatini Colletti, que a menudo propone el plural afrancesado y también la consideración del término en cuestión como invariable. Seguramente, la pronunciación de muchos nativos italianos correnpondería a una ligera adaptación de la fonética francesa a la italiana, allí donde se parecen menos los fonemas de las dos lenguas. La pronunciación afrancesada del locutor, que apiñona la boquita, resultaría en algún caso afectada. En otros, no tanto.

C’est la vie

Come ogni mattina, al dolce suono del carillon, Henriette si sveglia e accende l'abat-jour, apre la finestra che dà sul parterre, si infila il bustier, le culotte, i collant e si lega i capelli in uno chignon, con un foulard.
Per non restare in deshabillé, sopra la lingerie indossa un tailleur beige, e in una nuvola di eau-de-toilette sceglie tra i bijoux una parure con collier, che le mette in risalto il décolleté.
Dopo aver dato il gourmet al suo bichon frisé, Henriette tira fuori dal garage la coupé cabriolet, per recarsi alla boutique di una griffe à la page, quando en passant, uno strano déjà-vu, le fa imboccare un cul-de-sac.
Arrivata alla boutique, Henriette compra un tutù di tulle con paillette e inserti in lamé, e fa colazione con dei bignè, un croissant e una crêpe, prima di recarsi a uno spettacolo di ballo burlesque e cabaret. Si prepara all'ouverture indossando il tutù, e di fronte al pubblico si esibisce in una révérance, un plié e un arabesque, ma, mon Dieu, Henriette non ha il physique du rôle per essere un'étoile, e la sua première diventa un exploit di gaffe.
Per riprendersi dalla bruciante défaillance come soubrette, Henriette si concede un pranzo in un bistrot, dove mangia una baguette, delle omelette al tartin con champignon flambé e per dessert, un profiterol e della crème brûlée, accompagnata da una flûte di champagne, offerta da un sommelier col papillon.
Sfoggiando charme e nonchalance, Henriette si allontana senza pagare il conto con lo spirito da vera bohémienne. Si reca quindi allo chalet, dove con il suo savoir-faire esercita la professione di cocotte, e il concierge la accompagna in una suite, per un rendez-vous con un noto viveur con il toupet, amante di bondage, che le propone un ménage à trois con un clochard. Ma il povero clochard non può permettersi il cachet di Henriette, e si deve accontentare di toglierle una guêpière, prima di fare ritorno alla roulotte senza aver soddisfatto le proprie fantasie di voyeur.
Dopo il tour de force con il viveur, Henriette porta i soldi nel caveau, e fa tappa in palestra per cyclette e tapis rouland. Indossa una camicia di chiffon coi volants, una longuette bordeaux a pois col plissé, e sceglie una pochette in pendant con la longuette, per prapararsi a un tête-à-tête con un gigolo, con cui ha un affaire.
Ma lui, astuto tombeur de femmes, che lavora come croupier alla bouvette del casinò, d'emblée, le da forfait. Per superare l'ennesima débâcle, Henriette,  visita il vernissage di un atelier, dove ammira i quadri in trompe-l'oeil, dipinti en-plein-air, si concede una manicure, e indossato un gilet di lapin, si reca a una degustazione di nouvelle cuisine, dove riesce a entrare grazie a un passe-partout che si era procurata con un escamotage degno di una femme fatale da film noir. Scegliendo dal menu à la carte, ordina del camembert, del pâté de foie gras e la specialità dello chef, un trionfo di escargot su un letto di cordon bleu ricoperto da crème chantilly.
Henriette si abbuffa soddisfatta, senza preoccuparsi della silhouette, e giunta a casa trascorre la serata davanti alla tv gustandosi un frappé in una comoda salopette. Guarda una réclame, un drammatico reportage, un vecchio classico d'essai e, sdraiata sulla moquette, si dedica al découpage, al bricolage e fa anche un collage, ritagliando brochure e dépliant.

Terminato il film d'essai, indossa un négligé e con la sua mise molto chic e un po' osé, spegne l'abat-jour, senza perdere il bon-ton. C'est la vie Henriette, cadere nei cliché per sfuggire alla routine.

lunes, 14 de marzo de 2016

Reedición de Azúas (¡Ave Félix!). Al hilo de la actualidad académica: 1. Aunque si de mí dependiera. Fomento de la confusión lectora; 2. Cruce de citas: El mudéjar aragonés y Gaudí, pasando de lejos por Brunelleschi y resumido por Azúa; 3. Azúa, Felix de, Autobiografía sin vida, Mondadori,2010; 4. F. de Azúa, dux del ingenio productivo.

1. Aunque si de mí dependiera. Fomento de la confusión lectora.

When I hold you in my arms (oh yes)
When I feel my finger on your trigger (oh yes)
I know nobody can do me no harm (J. Lennon)

“Aunque si de mí dependiera me limitaría a citar este verso: “Bajo el palio sonrosado de la luz crepuscular”, como uno de los mejores de Jaime Gil de Biedma, aunque es de César de Haro y lo cantaba Jorge Sepúlveda. Y este otro: “Reloj, detén tu camino/porque mi vida se apaga”, ¿no podría ser de Antonio Machado en lugar de de Los Panchos?

(Azúa, Félix de, Autobiografía de papel, Barcelona, Mondadori, 2013, p. 66)

2. Cruce de citas: El mudéjar aragonés y Gaudí, pasando de lejos por Brunelleschi y resumido por Azúa.

(Gaudí) “ …se veía a sí mismo como un artesano, no como un teórico. Decía, y sin duda tenía razón, que había aprendido las complejas curvaturas y estructuras de las membradas observando a su padre golpear el hierro y las láminas de cobre…Eso explica casi todo lo que es preciso saber para entender que Gaudí no fuera un arquitecto moderno, en el sentido de modernidad de Mies-Gropius-Le Corbusier. A diferencia de estos, incluso a diferencia de sus contemporáneos catalanes…pensaba en términos de espacio manual, no conceptual. Otros se dejaban guiar por la cuadrícula; a Gaudí no le servía para nada. Su obra madura no podía ni empezarse a imaginar a partir de un simple dibujo…A Gaudí no le gustaba dibujar, el dibujo no conservaba suficiente información sobre los complejos volúmenes y espacios huecos que tenia en la cabeza. Prefería hacer maquetas, de madera, de papel, de arcilla o con nabos recortados”. (Hughes, Robert, Barcelona la gran hechicera, Latitudes, National Geographic, 2005, p. 120-121. Trad. Esther Roig)

“Conviene recordar que las incomprendidas torres de ladrillo de Aragón se erigieron a raíz de un levantamiento de la albañilería contra la arquitectura, y el gusto de mirarlas se acrecienta – aunque, a decir verdad, a costa de hacerse algo bastardo- imaginando la rabia  y el horror que le producirían al pétreo y aplastante Buonarroti” (Sánchez Ferlosio, Rafael, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, Ed. Destino, 2001, p. 17)

“Brunelleschi es el primero en pensar la arquitectura como espacio, o sea como la manifestación  -la única posible- de una ley constructiva del universo que solo puede revelársele al hombre, ya que el hombre está dotado de razón, y dicha ley, que no es otra que la ley divina de la creación (la “divina proporción”), es racional por excelencia” (Argan, Giulio Carlo, Brunelleschi, Xarait ediciones, 1981, p. 97. Trad. carlos Martí Arís

“Las artes eran oficios practicados por artesanos como los escultores en piedra, los pintores…, pero también los pescadores, o los carpinteros, sastres, zapateros. Si lo que llamamos “artes” se llamaba en Greciatécne y en Roma ars, ello es debido a que la separación entre técnicas y artes obedece tan solo a una exploración desarrollada a lo largo de los dos últimos siglos, pero ni antes se diferenciaron ni parece que vayan a seguir diferenciándose mucho tiempo más. Nada, en su esencia, separa a las artes de las técnicas” (Azúa, F. de, Diccionario de las Artes, Anagrama, 2002, p. 56)


...El libro de F. de Azúa es un magnífico intento de narrar una vida sin recurrir apenas a la peripecia personal, al anecdotario privado. Las fases de la vida del autor, sus sentimientos predominantes, se nos presentan a través de lo que pasa a convertirse en su trasunto histórico artístico, en un difícil pero conseguido equilibrio entre lo intimo y lo colectivo, entre la influencia recibida en tanto que miembro de una generación y la lectura singular del mundo. Y todo ello, la historia del arte y la vida misma del autor, entendido como una elegía de la inocencia irremisiblemente perdida y apenas reencontrada en fragmentos casuales que se cruzan inesperadamente por el camino. Pero de esas experiencias dice preferir hacer tesoro silencioso el narrador en una especie de invitación al silencio y al goce callado.

4.  F. De Azúa, dux del ingenio productivo.

Félix de Azúa decía hace poco que se iba a jubilar para poder trabajar sin distracciones. A mí lo que más me gusta de este poeta, novelista, ensayista, profesor, gestor cultural, articulista, bloguero son sus gracias. Los libros de humor puro, como los programas televisivos de humor, me resultan muy difíciles de soportar.
A menos que su autor sea uno de los pocos genios del género que ha dado la humanidad o que se trate de obras muy breves, lo que empieza por hacernos reír acaba mortificándonos. Será quizá, porque el humor, como todo lo intenso, necesita de mucho paréntesis reestablecedor de la calma. Azúa es un maestro en estas cuestiones.
Dos de los libros con los que más me he reído son suyos. Uno es el Diccionario de las Artes (Barcelona, Anagrama, 2002. La edición original, de 1995, pertenecía a la colección Diccionarios de autor, de Planeta) y otro, que es el que aquí nos interesa, Venecia de Casanova (Venecia de Casanova, Barcelona, Planeta, 1990). De ninguno de los dos recuerdo apenas nada, salvo las risotadas que me produjeron. De otras obras suyas que he leído, como Las lecciones suspendidas o Historia de un idiota contada por él mismo no recuerdo nada de nada.
En Historia de un idiota contada por él mismo (Barcelona, RBA, 1994. la primera ed. es de 1986) , según M. Sarrión, “hay páginas desternillantes” sobre el grupo de los novísimos (Martínez Sarrión, Antonio, Jazz y días de lluvia, Madrid, Alfaguara, 2002, p., 62). Yo no las recuerdo.
Como articulista, Azúa es muy brillante. Buena prueba son las Tribunas de El País. La última, al hilo de la exposición que se celebró en el Prado  (El arte del poder. La Real Armería y el retrato de corte), era estupenda:
Alguna de las voces del Diccionario de las Artes es ejemplo de lo lejos que puede llegar el ingenio culto productivo mezclado a la ironía a la hora de enseñar cultivando. El libro sobre Venecia tampoco tiene desperdicio. La tendencia de Azúa a vacilar cuando lo que está tratando le provoca distanciamiento por falta de fe o desilusión hace que el discurso adquiera un tono cómico admirable. Seguramente, el fragmento que he escogido no les haga ninguna gracia, pero les aseguro que los hay mejores, aunque, por otro lado, a mí me resulta que este no está nada mal.

El volumen hacía parte de una magnífica colección de monografías dedicadas a momentos históricos de algunas grandes capitales europeas:
Mancha que limpia: muchos de los ejemplares de esta colección, Ciudades en la Historia, acabaron siendo saldados en grandes almacenes. 


He aquí el fragmento sobre los cafés venecianos y el Florian:
Azúa, op. cit., 113-14.

Papa terminar, reproduzco dos estampas que retratan a Azúa como príncipe del ingenio, de esa chispa inteligente que a J. A. Marina le cuesta concebir como verdaderamente productiva.

1994- Marzo:
Pániker, Salvador, Cuaderno amarillo, Barcelona, Plaza y Janés, 2000, p., 210-11.


José María Caballero Bonald habla de su primer viaje a Barcelona a finales de los años 50. En un momento dado trata sobre sus contactos con los jefes de Seix Barral. Azúa, nacido en 1944 ya prometía. Quizá no tuvo buen señor poético.

Caballero Bonald, José Manuel, La costumbre de vivir, La novela de la memoria II, Madrid, Alfaguara, 2001, p., 195-196.


sábado, 12 de marzo de 2016

Gifs kitsch neorrenacentistas



“La memoria non è che un’imitazione della sensazione passata, e le ricordanze successive, imitazione delle ricordanze passate. La memoria…è quasi imitatrice di se stessa”. (Leopardi, Leopardi, Citati, Piero, Oscar Mondadori, 2011, p. 56-57)

Algunos Gifs animados provocan una especie de hipnosis, proponen pequeñas  secuencias de actos que uno querría pasarse toda la vida haciendo o evitando, ajeno a lo que ocurre a su alrededor, ciego incluso ante lo que le está pasando por dentro. Uno de mis Gifs otoñales favoritos consiste en pillar por sorpresa una novela y pasarme tres días leyéndola, con cara de perro absorto que solo atiende al olor de la letra.
Fueron días de adolescencia con, pongamos por caso, Chandler o Hammett, días a medio camino entre la cama y el sillón, que no volverán. Como ese mismo perro con el hocico pegado al suelo en pos de un rastro, el del recuerdo, intento revivirlos. Esa imagen, la del sabueso esclavizado por un pasado ancestral de sabrosos olores, miles de años de humus macerado, es la que usaba no recuerdo cuál psicoanalista para ilustrar nuestro vínculo con la infancia, con las experiencia fundadoras.
Algunas enfermedades o manías, idiosincrasias,  también son como Gifs animados. Rajoy  cuyas cejas se independizan, Pablo Iglesias, que, en su afán por buscar raíces antifranquistas, parece que añorar  haber corrido delante de los grises, una visita a los calabozos de la D.G.S., un poco de verdadera emoción, vamos.
Los Gifs evocan nuestras rutinas, las electivas y las involuntarias, los rituales de repetición que constituyen una de las habilidades humanas esenciales en la relación que establecemos con el mundo. Pero de lo que son un verdadero trasunto es en los mitos. Sísifo a vueltas con su piedra, o el hígado de Prometeo picoteado por el águila, el pobre Ícaro escaldado, cosas del carácter o del instinto que nos esclaviza. De ahí nace la cultura. Repetición y articulación de segmentos en orden combinatorio distinto. El resto, es invención, cosa de pocos

Como dice Pániker que decía Jung, hay que pasarse la primera parte de la vida construyendo un yo fuerte que permita rechazar los asedios de los ejércitos invasores, vecinos, socios del mismo club, militantes del mismo partido, compañeros de trabajo, para en la segunda parte de la existencia derretir esa personalidad a fuerza de sencillez y comunión con el cosmos y los otros. Pero hasta que llega el momento, hay que armarse de Gifs hoscos, huraños, de misántropo aragonés, el no va más. Si caes en la tentación cristiana del Gif amable, estás perdido. Se  te irá la vida siendo bondadoso, la perderás par délicatesse, que decía el otro. Después, a partir de los cien, la cosa cambia, llega el momento de dedicarse a los demás. Es el momento de prepararse para ser buenos abuelos,  de disolver el yo huraño en nubes de algodón azucarado…pero, por momentos, ¡qué nostalgia, qué ganas de pegar el hocico al suelo lleno de hojas por caer y atender sólo al olfato que pide tinta!







viernes, 11 de marzo de 2016

Jorge Semprún. Ejercicios de supervivencia. ¡Valió la pena, mais oui, madame!

 Jorge Semprún

Tusquets Editores S.A.

1ª ed. (01/03/2016), 136 páginas

Traducción: Javier Albiñana



"Ménilmontant, mais oui, madame..." (Charles Trénet)
 
Ejercicios de supervivencia (Excersices de survie, con un prólogo de Régis Debray en su edición original, de la que no aparece la fecha de publicación en la traducción española) tiene el aspecto de ser un libro con grandes dosis de edición, las suficientes como para haber convertido un conjunto de materiales sin terminar en un libro acabado. Parece ser que la muerte pilló a Semprún en 2011 a vueltas una vez más con su memoria de los años de lucha contra los nazis y después contra Franco, encuadrado primero en la red maquis Jean-Marie Action, y después, sucesivamente, en el seno del P.C.F. y del P.C.E. Por momentos, se tiene la sensación de que el libro desfallece, porque se vuelve a contar lo mismo que el escritor ya había contado en otros libros con la característica medio torpeza compositiva que le caracteriza.  

Otras veces, sin embargo, en particular en la última parte, la dedicada a la liberación de Buchenwald, el campo de concentración en el que estuvo internado, ocurre lo contrario. Se aprecia un mayor trabajo textual, una mayor elaboración de los materiales, una buena selección de los detalles que sirven para dar vuelo a las digresiones. Es quizá cuando estas 136 páginas alcanzan su cota más alta, porque Semprún hace gala de lo mejor que le caracteriza, de sus condecoraciones vitales. Vivió experiencias clave del S. XX en una posición que le permitió asistir a ellas a mitad de camino entre la gran historia y la memoria, entre el papel protagonista y el papel de víctima. De ahí que supiera reciclar lo ocurrido, metabolizarlo hasta conseguir trascender de lo parcial a lo general, algo que consigue transmitir, por ejemplo, a través del grupo de desarrapados, famélicos, enloquecidos y dichosos resistentes que se encaminan a Weimar, tras la autoliberación de Buchenwald. Orgullo de prisioneros que no pasa desapercibido a los dos soldados americanos de ascendencia judío alemana que, como miembros del ejército americano, acuden, en sentido contrario, hacia la entrada monumental del campo montados en un jeep. Cosas del destino, a la hora de escribir el informe correspondiente, para referirse a una de las armas en poder del grupo (hungry-looking men) con el que se habían cruzado, uno de esos dos oficiales utilizará el término alemán, con el que quizá estaba más familiarizado por su origen, en lugar del término internacionalmente reconocible. Judíos americanoalemanes que llegan a liberar, entre otros, a judíos alemanes que ya se han liberado por sí mismos de los nazis. They laughed and waved wildly as they walked, así  los vio el oficial americano por la carretera, camino de Weimar, a la que querían también liberar.

El otro punto fuerte del libro consiste en que contiene la versión más detallada que Semprún ha ofrecido de su paso por la tortura a la que le sometió la Gestapo en Auxerre, tras su captura de 1943 en Joigny, cuando se había unido a la resistencia francesa. No se trata de una descripción minuciosa. Semprún, como Levi, no soportaba la espectacularización del sufrimiento padecido, que consideraba una especie de patrimonio común de las víctimas, una pieza orgánica de la lucha, por otro lado. Así, lo que hace es intentar entender el significado de la resistencia al sufrimiento, de la negación a hablar, no como un desafío a  uno mismo, a su capacidad de soportar la humillación más profunda, un sublime ejercicio narcisista, sino como un acto de generosidad, de fraternidad, más en concreto:

"La resistencia la la tortura, aunque esté deshecha al final -y cualquiera que sea su duración: horas, días, semanas-, está totalmente impregnada de una voluntad inhumana, sobrehumana, más bien, de superación, de trascendencia. Para que posea un sentido, una fecundidad, es necesario postular, en la abominable soledad del suplicio, un más allá del ideal de Nosotros, una historia común que debe prolongarse, reconstruirse, inventarse sin cesar" (p. 37).

Por eso, Semprún no entiende cómo otra víctima de la tortura dice haber acabado definitivamente con el mundo tras haber pasado por ella, confiesa haber perdido su fe en la vida. Antes bien, a Semprún, la experiencia le recoloca, en cierto sentido, le enriquece al proporcionarle un poso de trascendencia, de urdimbre afectiva con el otro. Un otro, otros, que, en particular durante sus largos años de clandestinidad en Madrid, callaron por él ante la brigada político social franquista. Hermandad, fraternidad, que como dice alguien al que el viejo ex comunista se encuentra fortuitamente en París en 2005, valieron la pena, "...esas batallas había que hacerlas, tuvieron ustedes razón haciéndolas".  Y eso, a pesar de que el cenizo de Vargas Llosa recuerde en su prólogo a la edición española que Semprún descubrió, "cuando entraba en la etapa final de su existencia, que el ideal comunista al que tanto había dado, estaba corrompido hasta los tuétanos y que, de triunfar, hubiera creado acaso un mundo todavía más discriminatorio e injusto que el que él quería destruir". Digamos lo que el mismo Semprún, con palabras de Renan, dice: podría ser que la verdad fuera triste. ¡Salud!, aun así. Y música, la de esa orquesta de presos que celebran la liberación del campo de concentración con un concierto de jazz, una palabra que, por cierto, el fascismo italiano quiso convertir infructuosamente en giazzo en los años treinta, hermosa música degenerada.

jueves, 10 de marzo de 2016

Hacer el primo o la prima inter pares. Apólogo sobre las denominaciones reales de eso: merde, mierdra, merdra

Ella dejó un día la imagen de su cara, el sonido puro de su voz, resabiada, pero sensual, congelados en un telediario, y Él se quedó prendado, pensó que había llegado el momento de que alguien así ocupara su corazón.
Buscó aquella cara, aquella voz y se equivocó dos o tres veces. Como la paloma, pensó que el norte era el sur y que la noche, la mañana. Tenía consejeros, aquellos animalillos que habían crecido con él, personal de la casa, familia hiperprotectora, una madre cuyo escudo de armas reza "mi fuerza, el cariño de la gente". Como en el cuento, le advirtieron hasta dos veces, cuando llevaba a sus princesas a los apartamentos prestados, a las casa de amigos cómplices, pares, sí, pero no primos,  para sentir si, a la luz de la noche, su cara era la misma que le había traspasado, le había abierto de par en par los ojos, como un dulce vendaval, algo a la vez irrefrenable y tierno, la misma imagen que había quedado congelada en la pantalla de un televisor. A oscuras, les hacía hablar, preguntaba cosas sin sentido, para saber, o mejor dicho, para sentir, si su voz, resabiada, pero inolvidable, sonaba igual en la oscuridad que en el telediario, si era la misma que abría todas sus puertas.

Fíjate bien, fíjate bien:
Es de marca, pero no es igual
Fina, pero vulgar
Tu novia verdadera te espera en el altar

Le decía su conciencia, o sus consejeros, ya no sabía bien. Y él se resistía, volvía a probar, a pedir a sus pares, pero no primos, las llaves de aquellos apartamentos caballerescos a los que llegaba tras haber despedido a sus escoltas, a sus secretarios, adjuntos, agregados, en busca de la verdad, en pos de una imagen y una voz.

Y otra vez, vuelta a empezar, al salir quedo de madrugada, volvía a oír la canción:

Fíjate bien, fíjate bien:
Habla alemán, inglés y español
Francés, tal vez, también,
Pero no llega al sí bemol

Y vuelta a empezar la quête, en recepciones, embajadas, convenios y platós, allí donde pudiera intuir que quizá la cara y la voz que llevaba dentro pudiera estar fuera. Todo se le hacía páramo, yermo, sólo a aquella voz quería atender, solo sus nuevas quería saber, nuevas de amor.

Ella, mientras tanto, obligada a servir a un empresario, deseosa de ahorrar pero también de vivir, había ido de aquí para allá,  en busca de algo que guardar. Pero, qué difícil era, casi había ya perdido la esperanza de encontar el amor. Lo había tenido entre los dedos, mas, agua en canasto, se le había escurrido, quizá por demasiado apretar.
En su trabajo diario separaba las noticias buenas de las malas, gracias a la ayuda de un pajarito, uno entre los muchos que le revoloteaban alrededor, que le decía:

¡Las buenas en el cacito.
Las malas en mi piquito!

¡Y el pajarcillo se las llevaba volando, las borraba con la patita puesta en delete, como si no existiesen, como si lo malo se pudiera borrar, ignorar, tirar a la papelera de reciclaje, dejar ir por el desagüe! Pero, qué chica, hasta de esas noticias aprendía, les miraba a la cara, tomaba notas, sacaba conclusiones, extraía enseñanzas. Luego, seria y maquillada, dejaba fluir su voz, aquella voz, hacía brillar su luz, su fotogenia, aquella fotogenia.

Los fines de semana, si libraba,  volvía al Paraíso, su tierra de origen, y allí, ante la tumba de un antepasado que aún no había fallecido, al lado de un joven eucalito (sic), decía:

¿Qué será, será de mí cuando no estés?
Arbolito, sacúdete, libérate,
de oro y plata cúbreme

Por oro Ella entendía todo menos vil metal. Pensaba en su futuro a la altura de su voz y de su imagen y no podía evitar que se le viniera a la cabeza un eslogan publicitario que había oído hacía poco: Te lo mereces, y lo sabes... Deja de verlo detrás del cristal. Todo esto y mucho más, te lo mereces y lo sabes.¿Recuerdas aquel vestido de  ***. Pues, vuelve a por él...

Un día, por fin, el molde y el flan se hicieron uno. Y fueron dichosos, no comieron perdices, porque no eran de esos, pero sí que festejaron con sus pares, pero no primos, aquellos que tan serviciales habían sido a la hora de ayudarles a hacer subir el suflé, como ese perrillo que en la Châtelaine de Vergy ayuda a los amantes a encontrarse. Tuvieron hijos y todo lo demás.

Con el tiempo, no cambiaron de pares pero no primos, sino que siguieron frecuentando a los mismos amigos, no como muchos otros, a los que se les sube a la cabeza el rango adquirido y no quieren saber nada de sus colegas de antes. Él y Ella adoraban aquella amistosa fraternidad, pura excelencia, combinación de respeto y sinceridad, medición exacta de las distancias, en todo momento, en toda circunstancia, señor, el equipo sensor viene de serie en la gama alta, evita roces contra las columnas, golpes tontos que acaban por afear la pintura de las relaciones.
Para Él, aquello era una parcela sagrada, como esas costumbres de juventud a las que nos aferramos, más cuanto más pasa el tiempo, que no perdona. Para ella, también eran importantes los pares, le hacían revivir su dulce juventud, tiempo de camaradería, diversión y bromas que no estaba dispuesta a perder del todo. Los amigos le recordaban que se lo había merecido, que ella era prima inter pares, aunque fuera por poderes, por contagio, por amor, desde luego, también, y eso le gustaba. Aquellos dulces caballeros, lo más granado de distintos sectores de la élite económica, financiera, empresarial, judicial, y hasta un pelín cultural, amigos, friends, sin más, y también alguno que no era de la crème de la crème,  que añadía el toque exótico, colegas, y algún excompañero de profesión que había conocido antes de pisar las alfombras doradas, antes de haber dejado que su cara y su voz se congelaran en palacio. Salir, ir al cine, a cenar, juntarse, tenía un efecto balsámico para ella, le hacía seguir siendo quien había sido  antes de de su segunda vida, pero vista desde el balcón del palacio. Definitivamente, la dulce compañía, de la que no podía gozar, además, muy a menudo,  le recordaba a cuando todavía, con ayuda de un pajarito protector, tenía que separar las noticias grano de las noticias paja:

¡Las buenas en el cacito.
Las malas en mi piquito!

Sí, se lo había merecido, había sabido elegir entre lo bueno y lo mediocre,  y lo sabía.

...

Por eso, porque eran amigos, forever friends, Ella dijo merde a su escudero, aquel que había propiciado los encuentros con el hombre de su vida. Y , como para que no quedaran dudas de su solidaridad, ahora que l'ami estaba pasando por malas horas, añadió algo así como que qué porquería de artículo, nuestra amistad está por encima de lo vulgar, quizá no tenías cambio de 30.000, qué cosas, se creen que uno lleva fajos de billetes en la cartera, con lo pequeños que son los bolsos que uso yo ahora. Quizá pensó para sus adentros, si basta con una de esas tarjetas que tú tenías, que son incomparablemente mejores que una varita mágica, quizá lo pensó, instinto no le faltaba, pero no, lo que hizo fue condenar a sus antiguos compis de profesión. Lo que a ellos les había parecido grano e ella le resultaba merde.

martes, 8 de marzo de 2016

Una donna per amico



"El jardín cerrado por altas tapias de la Casa Azul, con sus plantas que se estiran hacia la luz del cielo -troncos lisos de magnolios, follaje ceniciento de ahuehuetes, trenzado de hojas y lianas-, se convierte en una especie de universo cerrado en el que Frida puede encontrar el mundo entero ahora que ya apenas viaja -los animales familiares, los pájaros, los perros itzcuintli comprados en el mercado de Xochimilco que se convierten en su imagen, esas escuinclas que, por su desnudez y su fragilidad, y también por ese aire triste venido del fondo de los tiempos representan para Frida los arquetipos de la condición humana" (Le Clézio, J. M. L., Diego y Frida, Ed. Temas de hoy, 1994, p. 203. Trad. Mauro Armiño)