Mostrando entradas con la etiqueta Rosa Sala Rose. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rosa Sala Rose. Mostrar todas las entradas

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Hitler en Berlín: el horror cotidiano. A raíz de la exposición “Hitler y los alemanes. Nación y crimen” (Berlín, 15v de octubre-6 de febrero de 2011).

Parece ser que la exposición Hitler y los alemanes. Nación y crimen que se está celebrando en Berlín, la primera dedicada al dictador que se organiza en Alemania desde el final de la Segunda guerra mundial, está teniendo gran éxito.

Alemania destapa con esta exposición un tabú a medias: Adolf Hitler

Las fotos que publica la prensa tienen que ver más con la vida cotidiana en las ciudades, con la apariencia de normalidad bajo el nazismo que con los progromos o los horrores de los campos de concentración y exterminio. Y es que la exposición se centra en la atracción que Hitler ejerció sobre muchos alemanes que no tuvieron una participación directa en los crímenes nazis:

Galería de imágenes del Daily Telegraph.

En las obras autobiográficas y las obras de ficción que he leído sobre el nazismo se da cuenta de todo tipo de barbaridades. Baste recordar que la expresión de origen kantiano que mejor define el fenómeno del nazismo, “el mal radical”, puede aplicársele con todo rigor, sea, por lo que se refiere a los artífices del horror, en el sentido de un mal absoluto, demoníaco sea en el sentido de un mal infligido burocráticamente, sin espesor (i)racional alguno. Si pienso en esos horrores a mí me vienen a la cabeza las obras de Primo Levi, en el terreno autobiográfico, o, en el terreno de la ficción

novelesca, Vida y destino (V. Grossman, Galaxia Gutemberg) o, más recientemente, una novela de menos calidad literaria como Las benévolas (Jonathan Littell, RBA). Por otro lado, todavía hoy colean procesos a antiguos nazis, cuestionamientos sobre la propiedad de obras artísticas, o aparecen documentos relacionados con personajes de mediana o pequeña importancia. Las cartas del doctor muerte a su familia que El País publicaba el domingo pasado son un ejemplo de ello.

Sin embargo, siempre me ha ocurrido que lo que mejor recuerdo sobre el nacionalsocialismo son pequeños detalles que, como rendijas minúsculas, me hacen entrever de forma para mí más convincente el inmenso sufrimiento que debió suponer vivir bajo el régimen. Cuando veo Shoah, de Lanzmann, no puedo evitar sentir una mezcla de estupor y desconcierto. Pero es tal la magnitud del horror que se filtra a través de, por ejemplo,

las anécdotas que cuenta Levi, o la intensidad de la desolada ternura que produce la muerte de una mujer que se siente por primera vez madre de una niña desconocida en una cámara de gas (Grossman) que esos hechos se me escapan de la memoria o quizá la memoria huye de ellos. Me resulta imposible metabolizar su recuerdo, mantenerlo vivo como objeto de pensamiento, hasta el punto de se hace presente en mí como si fuera una imagen repentina que tan pronto se enciende como se apaga. Tal vez me ocurra algo parecido a lo que me pasa con los simulacros de incendio, que es tal la distancia entre la ficción del simulacro y la vivencia directa de un incendio que no puedo tomarme del todo en serio la simulación. No se piense nadie que estoy sugiriendo que en el recuento de las víctimas del nazismo están falseados los datos o la magnitud del horror. Lo que quiero decir es que barbaridades semejantes a las cometidas por el nazismo es difícil que puedan ser concebidas, al menos por personas nacidas a partir de los años cincuenta en occidente, porque esas personas no han conocido nada semejante. Por más que uno oiga testimonios directos, tiende, puede ser que como un mecanismo de defensa,a alejarse de ellos, a enfriarlos, asimilándolos a otros tantos datos históricos. Solo así, quizá, sea posible para muchos ver la exposición de Berlín.

En mi caso, son los pequeños detalles los que no puedo evitar recordar, detalles menos sangrientos. Por ejemplo, que Kemplerer (Quiero dar testimonio hasta el final. Diarios, 1933-41, Galaxia Gutemberg) pudo tener un animal doméstico, un gato creo recordar, porque su mujer no era judía, pero que hasta ese pequeño privilegio de matrimonio mixto le fue arrebatado. O también, por ejemplo, recordaré siempre que Jorge Semprún salvó la vida seguramente porque se dejó aconsejar por otro preso a la hora de inscribir su profesión en el campo de concentración, optando por un trabajo artesanal, útil a ojos de los encargados de decidir quién debía vivir y quién no; o que, siendo preso, una vez que se salió del camino que debía seguir para ejecutar un encargo que no recuerdo y se encontró casualmente con un oficial nazi que decidió no matarle allí mismo como a un perro de la misma manera que hubiese podido decidir lo contrario antes de ir a comer con sus conmilitones.

Leo que en la exposición de Berlín no incluye objetos de primera mano del Hitler para evitar peregrinaciones filonazis en pos de lo que consideran reliquias y entonces recuerdo que quizá tanto horror se derivó en parte de la concepción divinizada que llegó a tener una parte de la población de su dirigente. Quizá hubo banalidad en el horror, como señaló en algún momento H. Arendt, pero también hubo creencias que lo hicieron posible. Cuenta Rosa Sala Rose (Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo, El Acantilado, 2003, 207-208) que:

“Todo el mundo debía poseer un retrato del Führer, cuya profanación resultaba duramente castigada…la dimensión icónica del Hitler…terminó por calar hondo en el subsconsciente popular, hasta el punto de convertirse en un factor de auténtica religiosidad sólo comparable a ciertos aspectos de la imaginería católica. Una clara muestra de ello es la creencia, registrada por Kemplerer,

de que en las ciudades alemanas bombardeadas se mantenía en pie únicamente la pared en la que se colgaba el retrato de Hitler” Y está consideración sobrehumana no se limitó al territorio alemán: “…la condesa Von Bredow recuerda que durante las olimpiadas de 1936…una ciudadana recogió del suelo un guijarro que el dictador acababa de pisar, lo besó y se lo guardó en el bolsillo como una reliquia.”

miércoles, 21 de abril de 2010

En(red)ado. Huesitos de diosa. La radiografía de Marilyn Monroe, una reliquia pagana

En(red)ado. Huesitos de diosa. La radiografía de Marilyn, una reliquia pagana

No cabe duda de que el mundo por más que se empeñe la jerarquía eclesiástica no se ha secularizado. Los dioses, semidioses, santos y demás funcionariado de las alturas siguen existiendo, pero son otros, cantantes, actores, artistas, algún político, auténticos santos como Mandela, con su hagiografía y todo (J. Carlin, Invicitus, el libro en el que está basado la película de Eastwood). Su función es parecida a la que tenían las viejas deidades: justificar, censurar, alentar, desaconsejar, consolar. Sus templos, sin embargo, han cambiado. Ahora son los estadios, las galerías de arte, los mítines y sobre todo la televisión e internet, hechos con la materia de los sueños tecnológicos. Siguen existiendo aquellos edificios que llamamos iglesias, pero cada vez más son una atracción turística. Los fieles allí recogidos, ensimismados o rezando en los bancos, son mirados por los turistas culturales como especímenes de una tribu distinta, digna de observación y estudio.

asalto2

Turistas dudando sobre el mejor momento para asaltar S. Maria ad Martyres, el Pantheon romano.













asalto

Otros turistas les observan con sorpresa y quizá envidia.








restri2

Restricciones de uso en S. Maria ad Martyres, el Pantheon, Roma. El casco no está incluido entre la indumentaria prohibida.












restric

Prohibiciones indumentarias para hombres y mujeres en otra iglesia.






Los turistas se quedan a menudo alejados de los fieles, pero de aquí a poco, como animales que se van familiarizando con el entorno, se confundirán con ellos, les dirán “le importa apartarse que quiero ver mejor esa crucifixión” o “por favor, rece en silencio, que me distrae”. Los gestores de las iglesias intentan separarlos. Por ejemplo, en La Seo, si se está celebrando la misa, hay un cancerbero que no deja pasar a quien visita el templo por mera curiosidad. Quizá los dos colectivos algún día lleguen a pequeños enfrentamientos, dada la legitimidad de ambos intereses, tanto más teniendo en cuenta el dinero público que media en muchas de las grandes restauraciones.

Con respecto a las reliquias, cabe decir otro tanto. Siguen existiendo, pero son otras, hechas con materiales, los guantes de de M Jackson, las gafas de J. Lennon, libros dedicados, capotes toreros mechones de pelo de Elvis o Bolivar. Entre las reliquias, por supuesto, las hay de más y menos valor. Las mejores, como en el pasado, están expuestas a imitaciones, ya que sirven como reclamo susceptible de ser explotado comercialmente.

Foto tomada el 17 de noviembre de un guante que el fallecido cantante Michael Jackson llevó en el ucía en la mano izquierda cuando en 1983 mostró al mundo por primera vez su mítico "moonwalk", que luego se convertiría en una de sus señas de identidad artísticaEl guante original santificado por el la mano del cantante y que se vendio por 230.000 euros.






relibara

Baratijas de carnaval jacksonianas. Pero bastaría un toque de su mano para convertirlas en joyas.











Ya uno de los grandes erasmistas españoles, Alfonso de Valdés, en la línea de Calvino, escribía lo siguiente sobre las reliquias en torno a 1530: romas

(Diálogo de las cosas ocurridas en Roma, citado en Blanco Aguinaga, C., Rodríguez Puértolas, Julio, Zavala, I. M., Ed. Castalia, 1978, Historia social de la literatura española, I, p. 207).

Pero la génesis de la reliquia se basa en la relación desigual entre aquel de quien emana y el que la acepta como tal. Sobre el creador se proyecta un poder mágico proporcional al grado de dificultad de la circunstancia adversa contra la que se busca protección. La reliquia no es más que una batería que almacena esa potente energía que emana del leader o santo, pero debe ser un objeto ligado personalmente a él, aunque a veces pueda bastar con una mera evocación suya, como ponen de manifiesto las siguientes anécdotas sobre Hitler en las que sus imágenes comparten su poder mágico con uno objetos cuyo único valor reside en el carácter sobrehumano trasferido por el dictador. El leader es una suerte de rey Midas que en lugar de convertir en oro lo que toca lo convierte en reliquia

sala1

sala2

salatapa

Sala Rose, Rosa, Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo, Barcelona, Acantilado, 2003. p., 207 y 208.










Parece ser que Marilyn Monroe fue ingresada en 1954 en un hospital de Florida para someterse a una operación mientras estaba en trámites de divorcio con Joe Di Maggio. Ahora, la hija del médico que se quedó con la radiografía quiere ponerla subasta junto con otros objetos pertenecientes a la actriz en el Casino Planet Hollywood de Las Vegas donde ya se encuentra expuesta junto con otros objetos ligados a la diva(http://www.elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&idioma=CAS&idnoticia_PK=704085&idseccio_PK=1028).

En inglés se llama a veces a este tipo de objeto Memorabilia. Esta es la definición del término que ofrece la wikipedia: Similar to a souvenir, memorabilia (from Latin, for memorable) is an object that is treasured for its memories; however, unlike souvenirs, memorabilia are valued for a connection to a historical, sporting event, culture, entertainment. Such items include cigarette cards, air sickness bags, publicity photographs, posters, entertainment-related merchandise, movie memorabilia, pins and other, often-licensed, items.

La diferencia entre souvenir y memorabilia tiene que ver con el hecho de que el souvenir tiene un aura privada, ligada a la idea que prodríamos resumir en un yo estuve allí, mientras que la memorabilia posee el aura que proviene del cruce entre la “historia” y nosotros, pobres mortales, algo que se podría formular como él estuvo allí o lo tocó o se lo puso, siendo ese él objeto de muestra adoración.

Para que los objetos de los que se habla se conviertan en reliquias paganas basta que hayan estado en contacto con un diosecillo menor. Si se trata de la diosa por excelencia de la fascinación mezclada a la fragilidad, de aquella cuya mirada promete el paraíso, podemos calificar a su imagen torácica como la radiografía santa:

La radiografia di Marilyn Monroe

reli1

Las prendas por mí mal halladas de Bunbury en un café zaragozano.












clip_image001

Marilyn entre militares.