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martes, 24 de junio de 2014

La dolce vita, vida loca. Hollywood a orillas del Tíber, donde atraviesa Roma.

Con el título de “The Years of La Dolce Vita”, se exponen en Londres, en la Estorick Collection of Modern Italian Art, fotos de los felices años en que Roma se convirtió en una sucursal de Hollywood, en un estudio cinematográfico en el que sus grandes estrellas protagonizaban  superproducciones y, al tiempo, se divertían a lo grande. A orillas del río de la ciudad que un tiempo había sido capital del mundo,  productores y actores, nuevos ricos, herederos directos del país que había ganado la Segunda Guerra Mundial, se encontraron en un escenario de ensueño con un regusto embriagador. La exposición está dedicada en especial a Marcello Geppetti, uno de los fotógrafos que retrató la Roma de entonces. Una segunda parte de la exposición muestra fotos de  Arturo Zavattini , hijo de Cesare Zavattini.

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A partir de principios de los 50 Roma había empezado a ser conocida como Hollywood on the Tiber. En el ámbito de una política proteccionista, las grandes productoras americanas se vieron obligadas por ley a invertir en suelo italiano las ganancias allí obtenidas, lo cual condujo a un gran desarrollo de la industria, basado en particular en las películas de género, las de romanos y las del oeste, en particular. El rodaje de Ben Hur costó en 1958 la increíble cifra de 15 millones de dólares y para las famosas carreras de bigas se importaron de Yugoeslavia 120 caballos. Películas como Ben Hur supusieron una inmejorable publicidad para la ciudad, esa Roma que en 1953 había aparecido en Vacaciones en Roma, de W. Wyler, con G. Peck y A. Hepburn, cuyas imágenes sirvieron de inmejorable promoción turística para la ciudad. La bicicleta de las primeras pelis neorrealistas había sido sustituida por la motocicleta como medio de locomoción privilegiado para los desplazamientos urbanos.

La Roma de las pelis de romanos era una ciudad falsificada en escenarios de cartón piedra, como lo era también la historia que servía de fondo a los argumentos. C. Augias (1) señala cómo F. di Biagi en su libro sobre Cinecittà hace notar que en Gladiadores (D. Daves, 1954) se llegó a cometer una falsificación tan grotesca que seguramente fue hecha aposta. Entre las esculturas que adornan el Coliseo figura una réplica del David de Miguel Ángel, ese patán colosal (J. Addington Sysmond) o mozo de mercado (Théophile Gautier), que figura en el top ten universal de las obras de arte más admiradas.

Esa Roma cinematográfica fue un trampolín para la mundanidad de las fiestas con piscina, las borracheras, los excesos en los hoteles de Via Veneto. Claro, que la mayoría de los romanos vivía aún en medio de los últimos coletazos de la penuria provocada por la gran guerra. En los años de la reconstrucción, los turistas americanos son, a menudo, presentados como candidatos al timo. Como señala G. P. Brunetta (Cent´anni di cinema italiano, 2. dal 1945 ai giorni nistri, Laterza, 2004, p. 44),  si en Guardie e ladri (Steno, Monicelli, 1951), Totó vende la Fontana di Trevi a un incauto, otros no se cortan un pelo: “Le he vendido el Coliseo por 5000 dólares”, “Yo vendo las cosas de casa, el Golfo de Nápoles, la Torre de Pisa” (L´eroe della strada, C. Borghesio, 1958). La escena inicial de Guardie e ladri da idea, en clave satírica, de los que un americano listillo podía encontrarse en la ciudad antes (enlace a la escena):

Augias en su libro describe así el cambio de costumbres que fue produciéndose con el paso de los años y el desarrollo capitalista:

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Como señala acertadamente, sin embargo, Gian Piero Brunetta (ibid, p., 107-108), la estrecha relación entre Hollywood y Cinecittà, los grandes estudios cinematográficos romanos, no es solo de colonización, sino de intercambio de energías estelares:

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Pero la americanización, tan evidente en el aparato propagandístico y en la presión sobre el imaginario popular como para que se confundan las tramas de la ficción cinematográfica con las de la vida privada de las estrellas, sostiene Brunetta, no es tan marcada en los procesos narrativos, productivos y estilísticos.

La sabia local se las ingenia para demostrar hasta qué punto era posible romper las cadenas del colonialismo a través de un grupo de forzudos gracias a los cuales fue vencido el público de medio mundo:

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Y es que no solo de superproducciones vivía la gente del cine. Si la Cleopatra de Mankiewicz (1963) costó más de cincuenta mil millones de liras, Las legiones de Cleopatra (Cottafavi, 1961), digno producto local, no costaron más de mil millones (cfr. Brunetta, opus cit., p., 156)

Bastaba que el cine hiciera disfrutar para que tuviera éxito y da la sensación de que durante muchos años los lectores de las expectativas del gran público, con pocos o muchos medios, supieron ofrecer lo que éste deseaba soñar despierto en la penumbra y sentado en una butaca, protagonista y comparsa de una ceremonia en la que lo individual y lo colectivo se fundían y potenciaban durante alrededor de hora y media.

El gran Visconti, ya en 1951, en Bellissima (enlace a la película entera),  había hecho un retrato de todas las necesidades e ilusiones que se podían proyectar, con cordura o sin ella, en el cine.

Fellini, acabaría retratando en La dolce vita (1960), las grietas de ese desarrollo capitalista, el reflujo melancólico que producía, eso que  antes se llamaba alienación, a través de estupendas imágenes alegóricas dispuestas como un menú degustación, largo y estrecho, con lo peor y algo de lo mejor de aquellos años.

En esa Roma es en la que M. Geppetti (1933–1998) o un jovencísimo R. Ballinari (The King of Paparazzi) se movieron como peces encantados de pescar, pillar fotos de famosos a orillas de Tíber.

(Fuente de las fotos de la exposición)

La Dolce Vita a LondraMarcello Geppetti , Franco Nero amaga un bofetón a Rino Barillari en la Fontana de Trevi, 1965. MGMC & Solares Fondazione delle Arti 

 

La Dolce Vita a LondraMarcello Geppetti, Carlo Ponti, Sophia Loren y Vittorio De Sica, Roma, 1961. MGMC & Solares Fondazione delle Arti 

 

La Dolce Vita a LondraMarcello Geppetti, Brigitte Bardot en Spoleto,  1961. MGMC & Solares Fondazione delle Arti 

 

La Dolce Vita a LondraMarcello Geppetti , Audrey Hepburn, Roma, 1961. MGMC & Solares Fondazione delle Arti 

 

La Dolce Vita a LondraMarcello Geppetti , Rock Hudson y Cary Grant en Cinecittà, 1961. MGMC & Solares Fondazione delle Arti 

 

La Dolce Vita a LondraMarcello Geppetti (1933-1998), Richard Burton y Liz Taylor en Ischia,  1962. MGMC & Solares Fondazione delle Arti 

 

La Dolce Vita a LondraMarcello Geppetti , Raquel Welch y Marcello Mastroianni en Cinecittà en el  set de “Spara forte, più forte... non capisco”, 1966. MGMC & Solares Fondazione delle Arti

 

La Dolce Vita a LondraMarcello Geppetti, Jayne Mansfield y Mike Hargitay, Roma, 1960. MGMC & Solares Fondazione delle Arti 

 

La Dolce Vita a LondraMarcello Geppetti , Jack Lemmon, Joan Collins y Robert Wagner en el Caffè dell’Epoca, Roma, 1961. MGMC & Solares Fondazione delle Arti

 

La Dolce Vita a LondraMarcello Geppetti , Jayne Mansfield y Mike Hargitay saliendo, y de qué forma, del restaurante “Piccola Budapest”, Roma,  1962. MGMC & Solares Fondazione delle Arti 

 

La Dolce Vita a LondraMarcello Geppetti , Anita Ekberg al volante de un Mercedes, Roma, maggio 1962. MGMC & Solares Fondazione delle Arti

 

La Dolce Vita a LondraMarcello Geppetti (1933-1998), Richard Burton con amigos en un restaurante del  Trastevere, Roma, 1963. MGMC & Solares Fondazione delle Arti 

 

La Dolce Vita a LondraArturo Zavattini (1930), durante el rodaje de  "La Dolce Vita", Marcello Mastroianni. Solares Fondazione delle Arti . Mastroianni, en su libro de recuerdos (Mi ricordo, sì mi ricordo, Baldini e castoldi, 1997), cuenta que sus primeros cigarrillos estaban hechos con pelos de mazorca.

 

La Dolce Vita a LondraArturo Zavattini (1930), durante el rodaje de "La Dolce Vita". El ayudante de cámara  Ennio Guarnieri, Nico Otzak y Federico Fellini, 1960. Solares Fondazione delle Arti 

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(1):

auAugias, Corrado, I segreti di Roma, Milano, Oscar Mondadori, 2007. , p., 190. La primera edición es de 2005.

Un excelente libro, fruto de las pesquisas y los recuerdos de C. Augias, para hacer turismo cultural en Roma.

 

 

(2):

brupotEl segundo volumen de Cent´anni di cinema taliano (Laterza, Terza edizione, 2008), en el que G. P. Brunetta ofrece una interpretación del cine italiano contextualizada históricamente , desde sus orígenes hasta casi nuestros días.

 

 

 

 

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miércoles, 28 de agosto de 2013

Un año más, el Festival de Venecia. Cloony, curioso ejemplar del santoral laico, inaugura hoy el festival.

 

IMGP1826Foto del escaparate de una galería de arte parisina. Desconozco el autor del cuadro.

 

Fotos y documentos tomados del la página de Facebook de la Bienal de Venecia o de la propia página web de la Bienal.

Joseph Cotten toma el sol en el Lido en 1949.

En 1947 el festival se trasladó a la Plaza de san Marcos. Al año siguiente, volvería al Palazzo del cinema, edificio diseñado por Luigi Quagliata, sede principal de la Mostra desde 1937, año en el que abandonó la terraza del hotel Excelsior, donde se habían celebrado las primeras ediciones primeras ediciones.

Palazzo del Cinema

Orson Welles y Darryl F. Zanuck en el  Lido (1948).

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Acta del jurado de la edición de 1967, año en el que Buñuel ganó el León de oro con Belle de jour. Entre los miembros del jurado se encontraba Juan Goytisolo.

imageTelegrama de agradecimiento de R. Aldrich por la concesión del León de plata a su película The Big Knife (1955).

 

imageimageA. Hepburn y su marido M. Ferrer excusan su presencia en el festival de 1955, año en el que concursaba su película Guerra y paz.

jueves, 20 de junio de 2013

Tony Soprano…No tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda, pero sigo siendo el rey..

- Are you in the mafia?

- Am I In the what? (Tony en un diálogo con su hija)

(Fuente de la imagen)

El intento de Tony Soprano de someterse a psicoterapia para curar su stress o su depresión, quizá su spleen de Nueva Yersey,  tiene tanto de ilusorio  como  la idea de que el amor es gozoso (Proust: “en el amor, la felicidad es un estado anormal”). Tony pretende lo imposible, ser un rey primitivo, generoso y cruel, caprichoso y justo, ligado por línea genealógica con los pares de la mesa redonda de la mafia, y al tiempo un buen padre de familia, un buen vecino, un hombre elegante, un emprendedor al uso, casi diríamos.

Condenado a la esquizofrenia, solo es transitoriamente feliz cuando pierde el sentido por amor. Un rato, el tiempo de tirarse a alguna desesperada, porque después en casa tiene que cumplir otra vez, sacar la basura, no poder escoger el canal de la tele que le apetece ver y aguantar al petardo de hijo que le ha tocado en suerte. Este semejante, hermano nuestro, acude a la psiquiatra como quien pide a una bruja  un filtro mágico (Prozac) que le quite la desazón. Tony, pobre, somatiza y oculta los motivos por los que va a la consulta de la doctora. Así no hay nada que hacer, por más que la psicoterapia actual se haya ido adocenado y, todo lo más, pretenda hacer llevaderas vidas que se atragantarían a cualquiera. Hace ya mucho que no se oye a nadie decir lo que significa reintegrar al paciente al mismo orden establecido en el que se gestó su enfermedad, sobre todo cuando el malestar tiene causas estructurales. Pero lo único que Tony quiere es que se le pase la fatiguita…Ya, lo único, como si los angustiados no supiéramos lo difícil que es eso. Resulta sintomática aquella escena en la que acude a ver a la doctora después de desnucar a un matoncillo que ha importunado a su hija. Sin saberlo, se le ha quedado pegado al elegante pantalón un diente del finado. Hubiera sido el momento ideal para la catarsis, el momento de la verdad terapéutica. Pero no, Tony quiere seguir siendo el rey, incluso delante de la doctora, inventarse más capítulos del personaje que le ha llevado a necesitar la ayuda que ahora no sabe aceptar. Aunque, ahora que me acuerdo,  la doctora desde el principio de sus sesiones le advierte de que si le cuenta algún delito se verá forzada a comunicarlo a la poli. En fin, que la terapia es inviable de todo punto, no le vale ni para volver a casa renacido hasta que al día siguiente se le agolpen de nuevo los problemas.

Pobre, pillado entre lo que supone nombrar heredero, aceptar que su sobrino posee el vigor que a él le va faltando, enseñarle los trucos del oficio, perdonarle sus desmanes adolescentes, pillado en fin, entre su sueño de eterna juventud y la necesidad de abdicar, en un nuevo subidón mítico de loca y resabiada sangre real, se deja llevar por sus caprichosos humores y acaba con la vida del príncipe. Ay, señor, más cosas que esconder, que ya no le va quedando nadie con quien poder relajarse. Ni psiquiatra, ni mujer, ni hijos, ni compinches

Ahora que se ha vuelto de actualidad la llamada banalidad del mal, a raíz de la película de M. von Trotta sobre A. Arendt y su hermoso Eichmann en Jerusalén, cabe decir que el mal de Tony no tiene nada de banal, es un mal cuya única curación estaría en ser un verdadero rey que pudiera hacer de verdad lo que le diera la gana, algo difícil en la sociedad democrática.  Solo así, el capo dejaría de tener ganas de liquidar a cualquiera por un quítame allá esas pajas.

En fin, que en esta fábula sobre la justicia poética del ofendido que se resarce salvajemente, un infinitamente poco violento como yo, puede proyectar sus sueños de poder, su malestar y sus ganas de enfrentarse a los de las ventanillas, a los de las multas, a los que dirigen el tráfico y hasta a quienes nos gobiernan a través de un pater famililias con hijos adolescentes y un padrino mafioso. Tony está en la línea de los de los bandidos de Sierra Morena de Robin Hood, pero pasado por lo negocios sucios y el más profundo desencanto.

(Fuente de la imagen)

jueves, 16 de mayo de 2013

Los títulos de crédito del cine

(Fuente de la imagen)

Empieza el festival de Cannes y me acuerdo de una de las cosas que más me desazonan del cine, los títulos de crédito, en particular cuando una buena parte se encuentra al principio de la película y estás obligado a tragártelos. Menos mal que, a menudo, alguna mano piadosa se ha ocupado de mezclarlos con el principio de la acción y, aunque molestan, la retahíla de nombres y oficios se puede sobrellevar. Leo que Caballero Bonald se quedó hasta el mismito final de El cielo protector (Bertolucci) para saber si aparecía su nombre entre los títulos, porque había rescatado una “tonada de raíz arabigoandaluza” que se utilizaba en la peli. Así se entiende la cosa, como también se entiende que uno agote el metraje de la cinta cuando le inquieta algún detalle, que en mi caso suele ser el autor de una canción. Pero, a pesar del interés, me desespero esperando el nombre y, con las luces encendidas siempre me vuelvo a mirar con estupefacción a esos espectadores que mantienen la mirada fija en la pantalla casi con más atención que antes del final de la acción, mientras leen nombres y más nombres que se han ocupado de las cosas más insospechadas de la película.

Ya sé que el cine es un producto fruto de un trabajo colectivo en una  medida infinitamente mayor que, por ejemplo, la literatura. Pero es que si aplicáramos a los libros la minuciosidad de los títulos de crédito, podríamos conocer hasta quién compró el papel en el que está impresa la historia, pasando por el nombre del agente literario que gestionó la venta de la obra, el del dueño de la editorial o el de los correctores de pruebas. Quizá, como mero espectador, se me escapan motivos que expliquen una exhaustividad de los títulos que no alcanzo a entender. Me permito, en este caso, no ponerme en el lugar de nadie y señalar lo tedioso que me resulta el trance.

F Scott Fitzgerald

 F Scott Fitzgerald. Photograph: American Stock/Getty Images

Coda. Si a mí me sirven los títulos de crédito para algo útil es para recordar de quién no debo ir a ver la próxima película que estrene. Mucho me temo que es lo que me va a ocurrir con El gran Gatsby, de Baz Luhrmann. Con lo sencillo que sería que apareciera el nombre del gran Scott Fitzgerald junto al del atrevido director y al del guionista,  eso sí separado el primero de los otros dos por un espacio suficientemente grande como para dejar claras las cosas.

Redford and Farrow in The Great Gatsby - 1974Mia Farrow y Robert Redford en la versión de El gran Gatsby dirigida por Jack Clayton en 1974 versión of The Great. Photograph: c.Everett Collection/Rex Features (Fuente)

Enlace a cuarenta y cinco tapas del la novela de Scott Fitzgerald

miércoles, 8 de mayo de 2013

Google pasa a Saul Bass por el doodlelizador

Google dedica hoy su doodle a Saul Bass, “el más grande diseñador tanto de créditos como de carteles de cine”, según  Gerardo Vera, comisario de la exposición dedicada al diseñador norteamericano que podía verse en el Círculo de Bellas Artes madrileño hasta mediados de febrero.
He aquí algunos detalles de sus carteles que ponen de relieve tanto su delicada imaginería visual como sus constantes referencias a conocidos artistas. En algún caso, incluyo las imágenes asociadas:

1.
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Con Malévich como referencia

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4.
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Motivos picassianos

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Un pequeño homenaje a los recortes de Matisse

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jueves, 7 de marzo de 2013

Pacto de verosimilitud correspondido. Fotos de rodaje de algunas grandes películas.

 

Flavorwire publica una selección de fotos de rodaje de grandes películas. Las imágenes tienen seguramente tanto encanto, porque son fruto del trabajo de grandes fotógrafos de rodaje, still photographers. Pero más allá de eso, tienen la virtud de mostrar el reloj por dentro, algo que no resta interés a la potencia de la ficción. Y es que como todo pacto, el de verosimilitud, también se basa en una cesión de las dos partes contratantes, solo que en el caso de la ficción el pacto es muy desigual, el creador pone encima de la mesa su trabajo ya terminado y el lector o el espectador de una gran obra se rebela o rinde, antes o después. Si la historia te gusta acabas como uno de esos perros que se tumban boca arriba para que hagan de ellos lo que quieran,  convencido de de la necesidad de cuanto está ocurriendo y pides más. Esa es por ejemplo mi postura, decúbito supino y espatarrado, ante, pongamos por caso, La Cartuja de Parma. También en el cine me he tirado al suelo a veces. pero no siempre al cabo de pocos minutos. Con El árbol de los zuecos, por ejemplo, tardé en sacar la bandera blanca, pero cuando lo hice fue derrotado por la belleza de la historia, por una cadencia que impone su propio tempo.

Estas hermosas fotos nos recuerdan que la creación necesita de unos cuantos días para poder ser terminada, unos cuantas noches también, con sus cenas, sus descansos obligados y sus momentos de distracción. Son fotos que nos enseñan la trama de los sueños, antes o después de ser soñados en comunión con nosotros mismos.

godardAl final de la escapada [via] .

 

bunelLa vía láctea [via]

lastradaLa strada [via]

stradaLa strada [via]

 

vita
La dolce vita [via]

 

metropolis
Metrópolis [via]

 

400blows Los cuatrocientos golpes Photo credit: André Dino

 

sevensamLos siete samuráis [via

 

bergmanEl séptimo sello [via]