Mostrando entradas con la etiqueta Reseñas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reseñas. Mostrar todas las entradas

martes, 9 de julio de 2024

Mínima literaria hispánica. La pequeña gran historia de la literatura española, de J.C. Mainer (entrada publicada originalmente el 24/06/2014)

Historia mínima de la literatura española

José-Carlos Mainer, Historia mínima de la literatura española, 2014, Turner, 276
p. PVP: 14,90 euros

M. Rodríguez Rivero le reprochó  que, en la parte dedicada a reseñar las otras Historias de la literatura que ha habido, no hiciera referencia a la Historia social…de Blanco Aguinaga, I. Zabala y Rodriíguez Puértolas; hace unos días, Fernando Valls señalaba ciertas injustas ausencias, “Manuel Chaves Nogales, Ángel Crespo, José Jiménez Lozano o Alberto Méndez; o un comentario, por breve que sea, sobre el reconocimiento que algunos narradores actuales, sobre todo Javier Marías, Rafael Chirbes y Enrique Vila-Matas, están cosechando en otros países, sin ser los únicos”. E via dicendo, más pequeños peros en otras reseñas que ahora no recuerdo y, sobre todo, con las que no doy, a pesar del buscador de turno. Cada uno podría señalar una pequeña mancha. Yo, por ejemplo, creo que se le da demasiada cuerda a M. de Pisón, pero nos movemos en este caso, como en otros, en una zona que por su cercanía temporal invita a la discrecionalidad. Por lo demás, otras de las ausencias señaladas, Dueñas, Reverte, Sierra y compañía son ausencias que limpian.

Lo cierto es que Mainer parece haber encontrado un traje a la medida de sus muchos años de trabajo, un traje de miles de lentejuelas colocadas cada una en su lugar, de manera que refulgen o proyectan sombras, se juntan o dejan pasar la luz, como si  a pesar de estar hecho el conjunto de pequeñas teselas, el crítico no hubiera perdido nunca de vista el equilibrado resultado final. Luce en el detalle y deslumbra en el conjunto. Si se tratara de una imagen digital, diríamos que está tan cargada de píxeles que permite notables ampliaciones sin perder nitidez. Da la sensación, además, de que todo o casi todo deja rastros que permitirían seguir los últimos desarrollos, las recientes y más sólidas visiones de la crítica (para)académica. Y digo que da la sensación, porque un no especialista, como yo, en estos temas no puede afirmarlo con rotundidad. En ese sentido, otra de las virtudes de las que da ejemplo Mainer consiste en la ligereza, entendida esa en este caso como capacidad de pasar del caso a la categoría y viceversa, del ejemplo a la tendencia, del autor a la corriente, siempre con el largo aliento de quien conoce las tramas culturales, las corrientes generales y los riachuelos y desviaciones que se producen a partir del torrente.

Leyendo otros ensayos más detallados de Mainer, sus opiniones, por ejemplo sobre Ferlosio contenidas en Tramas, libros, nombres (Anagrama, 2005) o algunas de sus reseñas en prensa –en Babelia, en particular- a veces he tenido la sensación de que más allá de la facilidad de escritura,  faltaba densidad en el contenido, el texto quedaba corto al dar cuenta de lo que explicaban. No ocurre así en esta Historia mínima, plena de máximo rigor, economía y potencia.

Leí el libro hace un par de meses y ahora lo tengo prestado a la hija de un amigo. La niña tiene 16 años y pasó buena parte del curso escolar en Alemania, gracias a un programa de intercambio. Al volver, los profesores de su instituto se mostraron reticentes a la hora de convalidar las notas obtenidas en aquel país. El de lengua y literatura le pidió un trabajo de conjunto. Hablando con el padre sobre el libro de Mainer, se nos ocurrió que podría serle útil a tal efecto a la criatura. Si lo que ha escrito gracias a la Historia mínima… vale la pena, será prueba de que la obra goza de otra de las virtudes italocalvinistas, la versatilidad, que unida a la ligereza y equilibrio, harían de ella una obra modélica.

Coda: Dicho sea todo esto último, por un lado, como excusa ante la ligera vaguedad de la reseña, y, por otro. para cumplir con el lado íntimo y caprichoso que caracteriza a los blogs.

miércoles, 30 de julio de 2014

Lila, Atenea o Melusina de arrabal, y su amiga Lenú. Los tres primeros volúmenes de la tetralogía de Elena Ferrante.

R. Estudié Lenguas Clásicas y de joven traduje mucho, por placer, tanto del griego como del latín. Quería aprender a escribir y se me antojaba un ejercicio perfecto. Luego no tenía tiempo suficiente y lo dejé. Dice que se nota esa formación en los libros y la creo gustosamente, pero siempre he pensado que mis mujeres, más que atrapadas en el destino, estaban encerradas en compartimentos histórico-culturales (Entrevista digital a E. Ferrante)


Que Lila tiene los superpoderes de una diosa queda claro enseguida. Ya de niña es capaz de salir volando por la ventana. Cierto es que lo hace propulsada por la fuerza de su padre. Hasta ahí, pase, no por ello se desmentirían sus genes divinos, los dioses niños no dejan de ser niños. El padre es zapatero remendón, es cierto, pero en el Olimpo también abundaban las profesiones manuales. Si no recuerdo mal, Vulcano era herrero y Neptuno una especie de fontanero de los que meten sablazos. Lo verdaderamente sospechoso del vuelo de Lila es el aterrizaje en un patio de un barrio de poco después del Napoles ‘44, y sobre todo el daño que se hace en un brazo. Eso sí que son cosas folletinescas de arrabal. Los hechos memorables del personaje, indicios prematuros de estar tocada  por los dioses –también tocada de la cabeza, en la lectura folletinesca– marcan toda su vida, a medio camino entre la sórdida realidad y la trama mitológica, hasta el final del tercer y, por ahora, último volumen de este ciclo de L’amica geniale con el que he pasado algo más de una semana estupenda.

En español:

 un mal nombre-elena ferrante-9788426421739 las deudas del cuerpo-elena ferrante-9788426401489

- La amiga estupenda, Elena Ferrante, trad. Celia Filipetto, Barcelona,  Lumen, 2012, 392 págs., 24.90 €
- Un mal nombreElena Ferrante , trad. Celia Filipetto, Barcelona Lumen, 2013, 560 págs,, 24.90 €
- Las deudas del cuerpo, Elena Ferrante, trad. Celia Filipetto, Barcelona Lumen, 2014, 480 págs,, 23.65 €

En italiano:


- L’amica geniale (Infanzia, adolescenza), Elena Ferrante, Roma, Edizioni e/o, 2011, p. 327, 18’00 €.
- Storia del nuovo cognome (L’amica geniale, Vol. 2º, Giovinezza), Elena Ferrante, Roma, Edizioni e/o, 2012, p. 470, 19’50 €.
Storia di chi fugge e di chi resta (L’amica geniale, Vol. 3º, Tempo di mezzo), Elena Ferrante, Roma, Edizioni e/o, 2013, p. 382, 19’50 €.

Está prevista la publicación del cuarto y último volumen para el próximo otoño.

La obra gusta a grandes y medianos, a adolescentes y abuelos como yo, a mujeres y hombres de corazón,  y es que entre semidioses y macarras está cubierta buena parte del espectro humano, de sus virtudes y defectos, de su rebeldía y mansedumbre. Además, tiene como fondo mucho de la historia de la primera república italiana, usos y costumbres populares, la navidad en Nápoles, las vacaciones de verano en el mar, la vida escolar, la violencia doméstica, los años de universidad. Y algunas de esas cosas están narradas con un tinte dramático muy logrado por momentos, como los amores (de verano), simples caprichos que adquieren el dramatismo que conviene a una narración que oscila entre el folletín y la épica mitificadora, allí donde nació la novela, en el paso de lo heroico a lo pequeñoburgués, como conviene a las dos protagonistas. Una de ellas es Lila, doppelgänger de Lenú, la otra protagonista, hija de ujier, con aspiraciones sociales a través del arduo camino del estudio (Normale di Pisa), la cultura (dos libros publicados, por ahora), y los finos saraos de la gente bien. Su ventana al norte no es la de la sabiduría intuitiva, la del irrenunciable compromiso con implícitas leyes sagradas, como ocurre en el caso de Lila, tan capaz de creer como de descreer. Lenú se deja seducir más por los discursos explícitos, en un difícil equilibrio, de nuevo folletinesco, entre la mejora de las condiciones de vida, sus aspiraciones sentimentales y sociales, y el parte metereológico de su corazón, condicionado por la borrasca de un prematuro matrimonio al que ha llegado corta de experiencia. Su marido la desatiende pero, anónimo héroe civil en años de demagogias pseudoizquierdistas, es un filólogo  que sabe limitar las juergas (báquicas) a los libros. Ella, sin embargo, en la conclusión del tercer volumen, está a punto de volar a Francia, encelada con  Nino, semidiós casquivano este, especialista en sottotesti y sottovesti.
Quizá, como en algún momento se señala, Lenú es solar, pero el sol también tiene manchas. En cualquier caso, si así fuera, habría que pensar que Lila es lunar, en una modalidad de oposición complementaria yinyangesca que no me resulta del todo productiva . Lo cierto es que Lenú dice de Lila que es imprevisible. A mí no me lo parece, sino que más bien, en el juego de intercambio de papeles, es ella la que querría serlo. Ya veremos qué pasa  en la cuarta entrega de la obra.
Lila, mi preferida, quizá, es tan griega como medieval, por lo menos en ese rione napolitano de  viejas comadres y bandas de adolescentes en flor  para quienes Nápoles, la ciudad que tienen al cabo de unas paradas de autobús urbano,  se convierte por momentos en scimmia di luce e di follia (Conte, Genova per noi). En medio de ese paisaje abigarrado de camorristas, artesanos, acomodaticios poetas pomicioni, prósperos tenderos, enriquecidos prestamistas, brilla Lila Melusina, griega en la olimpiada matemática del colegio  y  griega también  en el ascenso a la casa de  Ἥφαιστος, encarnado en el usurero Achille, por quien le será reconocido su valor e importancia mediante la correspondiente indemnización (¡Como si un dios camorrista resarciera de los daños sufridos por su culpa a cualquiera!); pero es melusiniana cuando oculta al marido que es un ser superior, no haciéndole partícipe de su singularidad, la smarginatura, un extraño síndrome sagrado. Y también es melusiniana en la concepción del hijo, un vaina de aúpa, fruto corrupto de un cruce de universos. No sé si queda del todo claro por ahora quién es el padre. Desde luego a mí no me lo ha quedado. Pero, poco importa, el designio de la  Melusina medieval es tener un hijo humano y basta.
Dejando a un lado la mayor o menor sintonía con el estilo de la Ferrante, que sin duda lo tiene y bien marcado, cabe señalar que la constante información que se nos proporciona sobre el uso del italiano y del dialetto en situaciones y estados de ánimo que lo propician podría haberse traducido en un verdadero empleo. Sin embargo, el dialetto, término que, contrariamente a lo que ocurre en la tradición filológica española, en italiano sirve para referirse a verdades lenguas, más que a variantes locales del italiano, está muy poco presente en la obra. La narradora, Lenú, es algo relamida en esas cuestiones, pero un poco de rigor filológico no  habría estado de más.
Después de casi 1200 páginas, me queda la sensación de que la narración va perdiendo algo de intensidad a partir del segundo volumen, aunque melodramáticamente cada vez vuele más alto. No sé, quizá porque la infancia es el verdadero infierno, en el descenso al Hades a la búsqueda de las muñecas (las muñecas, uno de los grandes topoi de la Ferrante) o en la escalera hacia la casa de Don Achille, he sentido que se me hacía un agujero en el estómago, un principio de mi propia smarginatura, un resto de  las emociones que busco en la buena literatura. En los episodios de la adolescencia tardía, los amores con Nino, la boda, todavía queda algo de  pureza stendhaliana mezclada a los enredos mitológicos, esos enredos que me ha hecho recordar por momentos otra novela de trasfondo heroicocotidiano, Los infinitos, de Banville,  aunque aquí los dioses estén menos escondidos. Tengo la impresión de que según avanza la obra magna de la Ferrante la confluencia de esferas, del mundo real y el irreal, la invitación a una lectura fantástica con amarre tardo neorrealista -no lo contario- se decanta más por los enredos y tropezones de la vida adulta, la historia menuda, la anécdota novelesca, y eso ya me interesa menos. Queda la smarginatura, sin embargo, como puerta de entrada a la otra esfera, la de la creación que busca un marco mitológico para lo narrado. Amiga real y amiga prodigiosa, como se ha traducido en francés el término geniale, porque al realismo "es bueno darle un compañero que lo estimule, lo active y desempeñe el papel de su demonio" (Goethe, Fausto), según figura en la cita que abre todo el ciclo.

domingo, 6 de julio de 2014

Sobre La aventura comunista de J. Semprún, de Felipe Nieto


Nieto, Felipe, La aventura comunista de Jorge Semprún. Exilio, clandestinidad y ruptura, Barcelona, Tusquets editores, 2014, 632 pág.


Al glosar la biografía de P. Levi escrita por Myriam Anissimov (1), Tony Judt, en un artículo publicado originalmente en 1999 en The New York Review of Books y recogido después en  Sobre el olvidado S. XX, se quejaba de que la biógrafa había hecho un esfuerzo “contraproducente por reordenar y parafrasear los escritos del proprio Levi”. Salvo su periodo partisano y su posterior envío a Auschwitz-Birkenau (uno de los Vernichtungslager, campos de exterminio), la  vida de Levi fue ordenada, nada aventurera; al contrario que la de Semprún, que fue una vida extremadamente agitada, muy a menudo pendiente de un hilo, por lo menos desde que en 1942 pidió el ingreso en el P.C.E y después se integró en la resistencia francesa hasta 1965, cuando, expulsado ya del Partido, inicia una nueva etapa “guiada únicamente por la terca aspiración hacia la lucidez”  (F. Nieto, p. 489). Sin embargo,  ambos personajes comparten experiencias esenciales, la temporada que pasaron en el infierno de los campos de concentración, aunque fueran de distinto tipo, su difícil supervivencia como víctimas y la necesidad común, distinta en cuanto a urgencias y modos, de narrar lo vivido.
Curiosamente, Levi y Semprún también comparten, en mi opinión, una característica que atañe a los libros que narran sus vidas. Así,  F. Nieto cuenta lo que ya ha contado Semprún en sus escritos, algo parecido a lo que que Judt reprochaba a Anissimov. Y es que, a poco que uno lo haya leído Adiós luz de veranos, Viviré con su nombre, morirá con el mío, La escritura o la vida, Aquel domingo, o las obras más noveladas, como La algarabía o La montaña blanca, siente que se está llevando a la boca un plato sin sabor, sin emoción. Valgan como ejemplo para los aficionados a Semprún el episodio del registro como estucador a su llegada al campo  (p. 38) o el del soldado nazi que se toma su último descanso en el camino cantando La paloma (p. 31).
Cabe reconocer, no obstante, que el equilibrio entre la cita textual y la paráfrasis es difícil de alcanzar. Es curioso que los textos originales del biografiado nos acerquen más a la verdad, “esa clase de verdad en la que pensaba Aristóteles cuando decía que la poesía es más verdadera que la historia, más verdadera debido a su poder para condensar lo múltiple en lo típico” (2) que los textos parafraseados. En este sentido, el detalle preciso contado en primera persona, algo de lo que Levi sabía mucho, adquiere una fuerza nuclear que ilumina lo narrado. Entre el detalle emocionado y el dato crucial, que sería el equivalente en términos históricos, media la gracia literaria.
Otro de los reproches que se pueden hacer al texto de F. Benito es su descuidada redacción o presentación. Entre otros aspectos de carácter discrecional, como el uso de las comas, señalo lo siguiente:
Numerosas concordancias ad sensum: “Una parte de los intelectuales asimismo buscaron…” (p. 27), “De aquí,  la multitud de los resistentes detenidos de esta zona son transportados… (p. 33), “Más de un millar circulaban en manifestación…(p. 268);
formulaciones confusas: “El nombre del órgano de esta internacional comunista oficiosa propuesto por Stalin es bien expresivo: “Por una paz duradera, por una democracia popular.” (p. 125), a veces debidas a locuciones utilizadas impropiamente:“La elección de los participantes en el congreso fue decidida también desde la dirección. Se pretendía que la elección fuera democrática. De hecho la dirección nombra a los que tienen que estar presentes desde las distintas procedencia y sectores” (p. 217), o  a las que un cuyo les hubiera ido de perlas: “No debe confundirse con el pabellón de caza conocido como  Carinhalle, levantado por el gerifalte nazi  Hermann Göring en la misma zona…junto al Großdöllner See, del que apenas subsisten actualmente restos reconocibles de su megalómano esplendor” (p. 299);
erróneas divisiones silábicas, si consideramos que el nombre del premio Nobel suele pronunciarse a la italiana: “Al grito de ¡Pi-ran-de-llo!, ¡Pi-ran-de-llo! (p. 246);
erratas: “Espala franquista” (p. 141), “En Zaragoza, Miguel Labordeta, y en León, Lamoneda y de Pablos (p. 203),  “Celebran reuniones en el domicilio de Antoni Garrigues Díaz-Cañabate, franqueado por su hijo Juan Sebastián (p. 266), “sintieran” por sintieron (p. 276);
irregular uso de las mayúsculas: “…calumnias a dirigentes del partido y que, a partir de ahora, se sumen con entusiasmo a las próximas luchas de masas del Partido” (p. 337);
repeticiones poco justificables: “…al calor de quien fuera símbolo mayor del comunismo español con el que personalmente Semprún no tuvo confrontación personal (p. 494).
Dejando a un lado esas cuestiones, a mí el libro me ha resultado interesante en  otras cuestiones de mayor calado, como son el seguimiento del temprano gusto de Semprún por la escritura y el análisis de sus textos primeros, poemas, obras de teatro. También me parece  que la reconstrucción de la figura de Semprún como un comunista de tomo y lomo, incluso cuando su fidelidad al Partido podía resultar lesiva para otros militantes -caso Yourcenar (p. 72-76) o las purgas de finales de los años 40 (p.117-25)-, está bien hecha. Páginas interesantes son además las dedicadas a la visita de los dirigentes españoles a Stalin o a las huelgas de Vizcaya (1947) y y Barcelona (1951).
Queda, sin embargo, por dilucidar uno de los grandes enigmas del siglo pasado, el que aparece ligado al hecho de que grandes personajes, cultos, inteligentes, generosos hasta donde nos es dado conocer, fueran capaces de mantenerse al calor de partidos que cometían tropelías. Preferir un presunto horizonte de justicia a la rectitud moral inmediata, esgrimir las tinieblas exteriores para justificar la lealtad a una organización que da síntomas de putrefacción, son comportamientos que quizá solo sean comprensibles a la luz del enamoramiento entendido en los términos de matriz Stendhaliana que planteaba F. Alberoni en su lejano ensayo Enamoramiento y amor (1979). El enamoramiento comparte las bases en las que se sustentan  las conversiones religiosas o políticas. Cae en pedazos todo un sistema referencial que es sustituido por otro, construido alrededor de la persona amada. En el rápido proceso de desestructuración y reestructuración se produce el denominado stato nascente, en el que el individuo se funde con el objeto amado para crear una colectividad solidaria formada solo por dos seres, el partido y uno mismo.  Habría que añadir que el posterior paso de la pasión al llano del amor es muy complicado. Entre el largo noviazgo de Semprún con el comunismo, una aventura nada más,  y su frustrado matrimonio para toda la vida medió el rechazo de la amada y la progresiva entrada de luz por unas rendijas que de repente se hicieron grietas, esa vocación de lucidez de la que, si no me equivoco habla el escritor mismo en algún lugar. Siguió colgado por un tiempo tras su expulsión del Partido, siguió pensando que en el  materialismo dialéctico que le había servido para analizar el descosido de Nada (C. Laforet) y el roto de Ortega se hallaba una clave de comprensión universal, pero al cabo todo se fue metabolizando en aras de una lucidez democrática sobre la que, visto lo visto en estos ultimísimos años, sería interesante oírle hablar con su seductora voz.
-------------------------------------
(1) Myriam Anissimov, Primo Levi o la tragedia de un optimista, Madrid, Editorial Complutense, 2001
(2) Coetzee, J. M., Mecanismos internos, 2007. DeBolsillo, 2010, Trad. de Eduardo Hojman, p. 249.

martes, 22 de abril de 2014

La buena reputación, de Ignacio Martínez de Pisón: de las familias es el reino del purgatorio.

 
Martínez de Pisón, Ignacio, La buena reputación, Seix Barral, 2014, 640 págs.

clip_image002En El día de mañana (2011), Martínez de Pisón contaba el proceso de lumpemproletarización de un emigrante que, fracasado su intento por integrarse económica y sentimentalmente en la Barcelona del final del franquismo y el albor de la democracia, acaba por convertirse en confidente de la policía. El marco histórico político en el que  se desarrolla la peripecia se hace presente casi en casa anécdota, de manera que la obra, en feliz  sintonía con el contexto que recrea,transmite una ágil y fructífera comunicación entre lo individual y  lo colectivo. Además, M. de Pisón se afana por crear personajes de cuerpo entero, en busca de la desconcertante idiosincrasia de quienes pueblan la buena literatura. Quizá, la novela flaquea en las figuras secundarias, con respecto a las cuales el autor muestra cierta tendencia a la simplificación melodramática, presente también en La buena reputación y en Dientes de leche (2008), por más que pueda interpretarse como querencia por una especie de neorrealismo sentimental que no será del gusto de los lectores más austeros. En el caso de Dientes…, muy buena parte de la materia narrativa gira también alrededor de hechos históricos, pero, en este caso  la atención está focalizada en torno a los orígenes y desarrollo del Sacrario Militare Italiano (Zaragoza), verdadero catalizador de la trama, símbolo en torno al cual se definen los miembros de tres generaciones de una familia, pues de un interno (urbano) di famiglia se trata. A diferencia de lo que ocurre en El día de mañana, en donde el trasfondo histórico se presenta como determinante, en Dientes… es más un escenario que da profundidad a un estudio de caracteres, crónica de otro fallido proceso de naturalización. El patriarca de la familia, Raffaele Cameroni, carne de cañón de fascista venido a España a luchar por Franco y después afincado en Zaragoza, donde medra, tiene al menos la insuficiente justificación de que le tocó vivir tiempos difíciles. Pisón narra cómo los descendientes, menos acuciados por la necesidad, metabolizan rebelándose una herencia político sentimental podrida, semilla estéril, porque está trufada de tremendas falsedades sublimadas retóricamente.
Las tres obras citadas comparten, por otro lado, una escritura aseada y efectiva, que se carga de intención en el detalle, a menudo emotivo o luminoso (la pincelada Chéjov, en palabras del autor), pero a la que se puede reprochar cierta complaciente prolijidad. Lejos queda Enterrar a los muertos(2005), ejemplo de economía narrativa, antes estupendo reportaje literaturizado que novela como tal. Por lo que a las hechuras se refiere, el ciclo narrativo al que nos estamos refiriendo es de notable solidez. Si se tratara de un mueble, estaríamos ante una gran pieza maciza aunque ligera, terminada con esmero, pero que se inscribe en una tradición que hace más de un siglo alcanzó su culmen y que es ajena a buena parte de las corrientes de la novela contemporánea. Me refiero a aquellas en la que el lenguaje y la estructura intentan reflejar el desconcierto, la disgregación, la alienación, tanto o más que la trama misma. Un rasgo característico de su filiación tradicional, presente de manera especialmente señalada en La buena reputación, es la alternancia de diálogo, narración y análisis, siendo este último aspecto el peor resuelto de la obra, aquel en el que el lector nota menos dotado al autor y cuya aparición hace perder fuelle momentáneamente a la trama, pues se revela como un mero recurso, aunque útil quizá par abreviar una obra que de otra forma hubiera tenido más de las seiscientas y pico páginas que ya tiene.   
Tras un exordio efectivo (Prólogo), una especie de tráiler bien montado que sirve para abrir boca, aparecen cinco partes de unas cien páginas cada una, que se presentan bajo el epígrafe La novela de, seguido por el nombre de otros tantos personajes centrales de la obra. No se trata en absoluto de narraciones que presenten puntos de vista distintos sobre los mismos hechos, sino de una especie de puzzle de conjuntos entre los que hay intersecciones y zonas independientes que afectan más de lleno al personaje en cuestión, aunque a menudo se tenga la sensación de que hay algo excesivo en el nombre de los epígrafes, en la medida en la que no es raro que un personaje quede mejor definido en otra de las narraciones que en aquella que aparentemente le está dedicada. El colectivo al que pertenecen  todos es una familia mixta, judía, por parte de padre, proveniente de  Melilla, y cristiana, por parte de  madre,  hija de militar zaragozano. Los hijos han recibido una educación cristiana, teñida de cierto judaísmo. La trama se desarrolla en un periodo de tiempo que comprende la madurez, vejez y muerte de los abuelos, Samuel y Teresa,  la vida entera hasta la vejez de sus hijas, Miriam y Sara, y la niñez, adolescencia y entrada en la edad adulta de dos de los nietos, Daniel y Elías, desde los momentos previos al final de Protectorado marroquí hasta bien entrados los años ochenta. Una galería de personajes secundarios, a veces muy logrados, como la criada Felisa, las hermanas del Samuel y los maridos de las hijas, completan  lo más importante de la tribu novelada.
En un viaje de ida y vuelta circularmente simbólico, la acción principal pasa de Melilla a Zaragoza, con un paréntesis en Málaga. Una de las cuestiones que se tratan profusamente es la vida de los judíos melillenses y el éxodo de miembros de esa comunidad desde Marruecos hacía Israel, en la medida en que, Samuel, el patriarca de la familia, al inicio un creyente poco militante de corazón y acomodaticio con el régimen franquista, pasa progresivamente a  dedicar todos sus esfuerzos a salvar correligionarios, ayudándoles en su huida. La cuestión religiosa da juego también  en el desarrollo de la historia familiar  por el conflicto costumbrista que produce el cruce de creencias. Es tal vez una impresión mía debida a desconocimiento, pero pensando en algunas novelas de Roth o en Bellow, tengo la impresión de que la descripción de rituales, vestimentas y objetos de culto judío no está suficientemente integrada en la narración y más parece escrita para una buena guía turística. En cualquier caso, la historia se presenta, otra vez casi en palabras del autor, como toda una tradicional saga familiar en la que aparecen algunos de los temas ya tratados en El día… y, en particular, En dientes… Entre otros más evidentes, la necesidad de rebelarse, de distanciarse de ciertos comportamientos de miembros de la familia y la no menos imperiosa necesidad de llegar a pactos con esas mismas personas, en un proceso clásico de desarrollo dialéctico de los conflictos, que arrastran impurezas que un día parecieron imposibles de soportar; la aparición de figuras anómalas o ajenas al núcleo familiar que se convierten en portadoras de verdad, como si de ángeles terribles pasolinianos se tratara, pero convertidos en personajes provincianos; el florecimiento de ocultas simetrías de carácter, que convierten aristotélicamente lo anecdótico en típico; el bullir de instintos criminales en el seno familiar… 
Y, como fondo, encontramos acontecimientos históricos (ley de divorcio, incendio del hotel Corona de Aragón, hundimiento del barco Pisces),  en la línea, por ejemplo, de de lo que en el cine o la televisión han sido la película La meglio gioventù (Marco Tullio Giordana, 2003)  o producciones menos elaboradas como Cuéntame cómo pasó. Esos hechos reales aparecen dramatizados e integrados en la acción, al tiempo que se utilizan para enmarcar líneas de fondo, conflictos con tibios ecos de pasión heroica, pues de lo que esconde y de lo que muestra la buena reputación burguesa estamos hablando –Mercedes, la matriarca, sería en ese sentido, una mujeruca, tanto como una oscura deidad vengadora. Se trata de un viaje  de ida y vuelta entre lo menudo, la anécdota y el sentido profundo de las cosas. Es como si Pisón, más que novelar la historia a la manera, por ejemplo, de Galdós, no pudiera dejar de acercar lo colectivo y  lo personal, pero magnificando lo segundo y cotidianizando lo primero. En ese sortilegio, la progresiva simbolización de los comportamientos humanos aleja la trama de la determinación histórica para proyectarla hacia un limbo ahistórico que parece derivar de una especie de eterno familiar, por más que se trate de la peripecia de una familia burguesa al uso. Quizá, la documentación de base, que parece exhaustiva, el afán  de exactitud en las descripciones mañas, no sean sino el peaje que debe pagar la novela tradicional para acercarse al gran drama, el reflejo de la necesidad de proporcionar un cauce verosímil y verificable al río de la vida. Al final, el lector es guiado desde el caso concreto hacía el significado alegórico. La reaparición de los muertos ante los ojos de Daniel se propone como un ejercicio de justicia poética. Si Pisón ha hecho cuentas definitivamente con la tradición novelística de la que se reclama, en el futuro tendrá que buscar nuevos senderos. Me atrevo a decir que La buena… no está a la altura de las grandes novelas contemporáneas -una altura, por lo demás, muy difícil de alcanzar-, quizá, porque la intención de convertir la anécdota en drama sobre la condición humana es demasiado evidente, demasiado explícita, pero está llena de buenas pinceladas, ocurrencias,  momentos felices…




lunes, 24 de febrero de 2014

Leopardi, leopardissimo, Citati, citatissimo, un libro superlativo.

Acantilado publica la traducción del largo ensayo que P. Citati dedicó al poeta de Recanati (Leopardi, 2010, Mondadori, pagg. 444, euro 22, 10 euros en la edición de bolsillo de Oscar Mondadori. Traducción al español de Juan Díaz de Atauri). Con el paso de los años, Citati, gracias a sus monografías,  ha ido convirtiéndose en uno de los críticos de referencia en la elaboración de interpretaciones sobre algunos de los escritores del canon europeo (Kafka, Goethe, Tolstoi), a mitad de camino entre la alta divulgación y la monografía de autor. En una entrevista televisiva  de 1988 explicaba que había aprendido a escribir gracias a su obra sobre Goethe, que había rehecho dos o tres veces (“…antes, escribía mal, me faltaba el ritmo, la fluidez”) y también señalaba que lo único que le divertía de verdad era entender, entender hasta el infinito (min. 7´15), hasta el límite de sus posibilidades. Si a la pasión exegética ligada a la precisión (min. 5’13), fruto en el caso que nos ocupa de 8000 notas guardadas en cajas de zapato (min. 8’40),  y a la voluntad de estilo, le añadimos la idea leopardiana de que el crítico debe emparentar de alguna manera su forma de escribir con la del escritor estudiado, quizá podamos hacernos idea de la empresa que representa Leopardi. Según Citati, por lo demás,los críticos literarios, categoría a la que pertenezco, son una raza casi inútil. Porque los verdaderos críticos literarios, son los escritores mismos. Lo más hermoso que se ha escrito sobre los escritores lo escribió Baudelaire…”. Consciente de que seguramente no puede medir sus dotes con las de los colosos estudiados, sin embargo,  no les pierde la cara en ningún momento, ni en cuanto a la calidad de los razonamientos ni en cuanto a la elaboración de la prosa ensayística. Buen vasallo para buenos señores, este escudero. Tal vez, nos encontremos ante un perfecto ejemplo de la pujanza de la crítica paraadémica en relación a la académica, a la de las tesis doctorales, que, según señalaba J. Llovet  hace un par de años (Adiós a la universidad),   cada vez menos se atreven menos con los puntales de la tradición literaria, con los grandes temas humanísticos.

A caballo entre la biografía contextualizada, que impone un orden cronológico al estudio de la obra, y el detallado análisis textual que atiende también a referencias y parentescos, la imagen de Leopardi que resulta de Leopardi es la de un gigante de la inteligencia y del sentimiento, con la mirada siempre puesta en sus verdades, como un héroe antiguo. Gran capacidad de trabajo, muy buena formación, aunque algo peor en el estudio de los griegos, inagotable memoria, inteligencia capaz de sistematizar el todo y de apreciar la parte, finura, un corazón sensible, dotes de introspección,  todo ello entre el paréntesis de sus dos jorobas, debidas seguramente a una tuberculosis ósea, y a pesar de sus continuos alifafes, padecimientos severos y depresiones, amén de su metro y cuarenta y pocos centímetros de altura. En cierto sentido, este albatros de la provincia, era como Kafka, un emisor constante de hipótesis sobre la vida, capaz de seguir el hilo de una idea y su contraria, sin descuidar las vías intermedias. Delicado y al tiempo riguroso, su mente se encontraba tan cómoda o crepitantemente incómoda en los intentos de sistematizar como su corazón disfrutaba con el detalle. El de Recanati (fuente de la vista de Recanati), grande entre los grandes, supo ver el bosque y el árbol, o más bien, gracias al árbol supo disfrutar de la inmensidad del bosque en instantes totalizantes. Rigor y vastedad, perspicacia y ternura, cultura libresca y calidad dramática. Esos son los hilos que Citati persigue con tesón y esmero hasta dibujar un personaje que, sin embargo, solo es comprensible por momentos, transparente a fogonazos, pero que escapa a continuación hacia zonas inaccesibles. La lectura del libro, denso por momentos, quizá demasiado prolijo en otros, queda más que justificada por esos instantes y también por la imagen de conjunto.

Por último, quisiera señalar en la versión  original italiana  la profusión de superlativos en –issimo, tan fáciles en esa lengua como raros y a menudo empalagosos en español. He aquí una lista incompleta de los que están contenidos en el libro, a pachas entre Citati y Leopardi, algunos de ellos arcaicos o inexistentes en italiano contemporáneo. Invito al lector curioso a valorar cómo ha salvado el escollo el traductor y pido excusas por las posibles repeticiones, aunque a veces puedan dar idea de los senderos que dibuja Citati. Si al lado de cada adjetivo hubiera puesto aquello de lo que se dice el superlativo, seguramente habría resultado una imagen cabalísima, cumplidísima del ensayo, pero dejo que el lector se construya entre hallazgos y arideces la suya. Mezclo adverbios y adjetivos y conservo el mismo género y número del original de estos últimos:

vecchissimi, divertentissima, generalissimo, reazionarissimo, impazientissimo, ardentissima, cupidissima, inespertissimo, bellissima, costosissimi, pochissimo, larghissime, gentilissimo, credulissimo, rarissimamente, felicissima, ordinatissima,  intensissima, possibilissima,  moltissimo, fragilissima,  soavissimo, ardentissimamente,  chiarissimamente, acutissimi, concentratissime, amenissimo, altissimo, mutabilissima, spregevolissima, disperatissimo, esilissima, acutissima,  oculatissime, disperatissimi, fertilissimo, fittissima, lunghissimi, vitalissimo, felicissimo, sensibilissimo,  ostinatissimamente, amarissima,  grandissima, morbidissima, penetrantissimi, delicatissimi, piacevolissime,  perseverantissimo,  travagliosissima, rapidissimo, tardissimo, singolarissimo,  sottilissime, minutissime, sfuggevolissime, acutissimamente, variatissimi, nuovissima, benissimo,  vastissimo, fortissimo,  innocentissimi, dottissimo,  affettuosissima, volentierissimo, gracilissimo, impazientissimamente, dolcissimo, eloquentissimo, dolorosissima, oscurissima, debolissima, durissimamente, ostinatissima,  solissimi, profondissimo, singolarissime, velocissimo, lentissimi, facilissimo, piccolissimo, afflittissimo, amatissimo,  tetrissima, mitissimo, ferocissima, attentissimamente, dilettissima, gravissima, nerissimi, scontentissimo, incontentabilissima, avidissimamente, singolarissima,  stranissimamente,  freschissime, evidentissime, asprissimo, potentissimo, carissima, lontanissima, intensissima, semplicissima e candidissima, graziosissimo, festosissimamente, vivissimi, confusissimi, incertissimi, falsissimi, vivissimo, intensissima, brevissimo, prontissima, mortalissima, modestissima,  sublimissima, santissima, vivissima, semplicissima, leggiadrissima, vastissima, raffimatissimi, fortissimo, complicatissime, difficilissima, visibilissima, chiarissima, ordinatissima, profondissimamente, tenebrosissima, adattissima, profodissima, amatissima, prontissimo, acutissimo,  rarissima, grandissimo,  disparatissimi, tristissima, malissimo, desertissimi, minutissime, visibilissimi, frivolissime, famosissimo, distintissime, evidentissime, notabilissime, giocondissime, severissimo, austerissimo, quietissima, allegrissima, ospitalissima, odiosissima, noiosissima, malissimo, numerosissima, sudatissima, minutissima, invidiosissima, profondissimamente, bravissimo, moltissimo, amorosissime, buonissima, altissimo, sublimissimo, tenuissima, radissima, innamoratissima, odiosissima, vastissima, remotissimo, velocissimi, leggerissimi, rapidissimo, noiosissimo, menomissima, rarissimo, penetrantissimo,  benedettissimo, parsimoniosissimo, ricchissimo, amicissima, melanconicissimo, vastissima, lietissimo, profondissimo, ostinatissimamente, ironicissima, estremissima, graziosissime, notissimo, pettegolissima, fittissima e foltissima, vivissimo, delicatissimo, poeticissime, vastissimo, antichissima, limpidissima, intensissimo, giovanissimo, mobilissimo, fragilissima,  potentissima, isolatissima, sottilissima, degnissimi, complicatissimo, asciuttissima, ardentissimi, certissimamente, arrogantissimo, odiosissimo, lunghissima, amplissima.

E chi più ne abbia più ne metta. Todo, por diez euros en la edición italiana de bolsillo, frente a los más de veinte de la traducción española.

Javier Brox

Citati habla de Leopardi:

martes, 17 de diciembre de 2013

Canadá, de R. Ford, una novela antipicaresca.



Coincide esta breve reseña con la llegada de la segunda edición de Canadá (Ford, Richard, Anagrama, 2013) a las librerías y las primeras apariciones de la lista de mejores libros del año, entre los cuales, a pesar de las críticas unánimemente favorables recibidas, no he visto la obra de Ford.
Acabé de leer la novela con sentimientos encontrados, pero en los que predomina con mucho la admiración sobre el disgusto. Por un lado me dejó pasmado  la capacidad de Ford para crear minuciosamente un gran personaje adolescente enfrentado a circunstancias adversas. Por otro, la morosidad con la que a ratos se deleita el autor en hacer avanzar la peripecia puede llegar a exasperar a los poco pacientes.
Canadá cuenta en primera persona la vida de una familia de clase media en una ciudad de provincia americana durante los años 60. A partir del sorprendente atraco de un banco por parte de sus padres, Dell Parsons, el joven  protagonista, debe hacer frente a su existencia con la ayuda de algún personaje secundario, pero básicamente con el arma de su buena voluntad, su carácter reflexivo y  su curiosidad por saber cosas sobre mundo que le rodea. La segunda parte de la obra trascurre en Canadá, donde el muchacho es acogido por Arthur Remlinger, el hermano de una amiga de su madre, muerta suicida en la cárcel no mucho después de haber cometido el atraco al que me refería antes. En Canadá, Dell será testigo de un un asesinato. Saldrá indemne del hecho, pero no podrá dejar de verse involucrado de forma colateral. El delincuente será Arthur Remlinger, su nuevo padre putativo, que, si en un primer momento mantiene las distancias, acaba por acercarse al chico, aunque lo hace más para recibir una imagen narcisista de sí mismo que para educarlo.  La tardía reaparición de la hermana gemela, que había huido poco después del encarcelamiento de los padres, preludia el final de la historia. Si el joven, ya adulto y felizmente casado y colocado, ha conseguido rehacer su vida gracias a su carácter, curiosamente una mezcla de lo mejor de sus padres, la hermana, alcoholizada y con un cáncer terminal, representa el envés de la moneda.
Más allá de la peripecia, una fábula sobre la capacidad del individuo de metabolizar el mal, da homogeneidad a la novela la voz narrativa de Dell, quizá lo más conseguido de la obra. Ford construye un raro y a la vez convincente personaje que, envuelto fortuitamente en grandes tormentas, sabe no perder el rumbo gracias a la brújula de una especie de autoestima roussoniana. En ese sentido, la obra se inscribe en la larga tradición de las novelas de formación, la llamada Bildungsroman, aunque aquí, más que de la forja de un carácter, que parece predeterminado casi desde el principio, se trate de un ensayo narrativo en el que se ejemplifica cómo una personalidad semejante es capaz de enfrentarse a circunstancias adversas. Leyendo la novela no se tiene apenas la sensación  que el personaje crezca, sino que más bien el interés se centra en la manera en que el adolescente es capaz de narrarse a sí mismo frente a diversos avatares. De alguna marera, la novela podría ser el inicio de una serie de grandes aventuras de Dell, el adolescente indestructible y, al tiempo, sensiblemente delicado y receptivo. Se trata de una figura heroica que recuerda en sentido inverso a la del pícaro de la mejor tradición literaria española. Coincide con ella la novela en la narración en primera persona  y también en la aparición de amos para los que el protagonista debe  trabajar, aquí metamorfoseados en el padre natural y después en A. Remlinger, el padre adoptivo. Pero si la mejor  picaresca da cuenta cínicamente del proceso de adaptación e integración del pícaro a una sociedad corrompida, basada en el engaño, Ford parece haber decidido narrar la difícil supervivencia de un joven de buena voluntad, un self made (young) man, en una especie de versión dura y al tiempo esperanzada de la realidad, un largo ejemplo de  la gran resistencia del bien frente a las hostilidades del mal. El proceso de degradación del pícaro  se ha convertido ahora en un proceso de dignificación personal.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Muere Mandela, príncipe del santoral laico.

 
“Margot confía en que sus palabras se entiendan en el sentido más amplio, con todo el significado que, para su vergüenza no puede expresar: “Debo decirte lo agradecida que estoy por lo que tú y tu colega estáis haciendo por una anciana blanca y su hija, dos desconocidas que jamás han hecho nada por vosotros sino que, por el contrario, un día tras otro han colaborado en vuestra humillación en la tierra donde nacisteis". (Verano, J. M. Coetzee)
 
Imagen004El lugar donde nació Mandela. Foto de Hannah Collins, expuesta hace unos años en Caixaforum.

image
Mi conocimiento de la figura de Mandela proviene básicamente del libro de J. Carlin (El factor humano. Nelson Mandela y el partido que salvó una nación, Barcelona, Booklet, 2010. Traducción de M. L. Rodríguez Tapia).

No está escrito en cuaderna vía, pero es un libro de santo de pies a cabeza. En tiempos de Berceo, nuestro excelso hagiógrafo benedictino, las obras de ese género servían a los intereses económicos y propagandísticos del monasterio. El ilustre juglar de la Virgen hacía frecuente referencia al libriello que le servía de modelo para dotarse de autoridad. Carlin se apoya en su propia experiencia como corresponsal en Sudáfrica. Su autoridad proviene de eso que se suele juzgar como trascendental, el haber estado allí, como si Berceo hubiera sido medio colega de San Millán.

Carlin cuenta uno de los momentos estelares de la vida política de Mandela, cuando asistió a la final de los Mundiales de rugby de 1995 vestido con la camiseta de los Springbok, el equipo que simbolizaba la esencia del apartheid, en un país en que el rugby era un deporte casi exclusivamente de blancos. De que a Mandela vestir el sudario en forma de camiseta, para más inri con el número del capitán, debió costarle sudores fríos, no me cabe duda. Carlin no rebusca, sin embargo, en la conciencia de Mandela, sino que presenta siempre sus logros bañados en la alegría, la confianza, la sonrisa. Un enfado un día en que Winnie llegó tarde a un compromiso importante a causa de su peluquero, alguna diferencia de opinión con su prole, el disgusto profundo ante el asesinato de un leader negro amigo y cómo se las tuvo tiesas con un general al que le hizo entender que si el conflicto armado se generalizaba todos iban a salir perdiendo, son las únicas asperezas, si es que así podemos llamarlas, del bendito leader. Lo otro, la dulzura de carácter, la capacidad de seducción, la habilidad en el trato, la constancia, es lo que ocupa la mayor parte del libro, ejemplificado a través de anécdotas varias.

Del retrato que Carlin hace de Mandela surge la figura de un padre de la patria, una figura excepcional que si el discurso hagiográfico prospera acabará formando parte del escaso panteón de las grandes figuras míticas de la política, escasísimo si nos limitamos al siglo XX. Quizá el rasgo que unifique a las figuras de los santos laicos contemporáneos de la política es la coherencia radical entre los planteamientos y la acción, el esfuerzo en ser ellos los primeros en dar ejemplo con sus vidas. Incluso la credibilidad de los mitos negativos, desde los genios del mal como Hitler o Stalin hasta brujos democráticos como Berlusconi, se basa en esa misma aparente coherencia, en este caso negativa. Genio y figura hasta la sepultura. El puritanismo que se atribuye a la política americana y que ha truncado tantas prometedoras carreras, probablemente haya que leerlo en esos términos, no sólo como mero fruto de un apego melindroso por las apariencias.

El libro de Carlin sobre Mandela es el de alguien que ha sido seducido por el modelo que retrata. Yo soy de natural desconfiado y tiendo a leer la imagen que se ofrece de Mandela más como síntoma de las necesidades de Carlin que como un retrato fidedigno, pero hay en mí un margen de incertidumbre que piensa que quizá sea verdad y que la camiseta que el leader negro llevaba en la final de rugby del 95 no era solo fruto del oportunismo, sino que la había sudado de verdad. Las fotos de Hannah Collins sobre el lugar de nacimiento de Mandela que estuvieron expuestas en Caixaforum abundan en los rasgos de la santidad, sencillez, humildad, austeridad:

El lugar donde nació Mandela. Fotos de Hannah Collins, expuestas hace unos años en Caixaforum.

Imagen011
Imagen008

domingo, 15 de septiembre de 2013

La infancia de Jesús, la nueva novela de Coetzee sobre las nuevas vidas que se escapan.

la infancia de jesus-j. m. coetzee-9788439727279
La infancia de Jesús, Coetzee, J. M., Mondadori, 2013, trad., Miguel Temprano García.
“Lo sorprendente de la visita a Inés, cuando se para a pensarlo después, es lo extraño e impredecible que ha sido ese episodio de su vida. ¡Quién habría pensado, el primer día que vio a aquella joven tan serena y lozana, que llegaría un día en que tendría que limpiarse su mierda del cuerpo! ¿Qué dirían en el Instituto? ¿Inventaría la mujer de cabello gris una palabra para describirlo: la caquidad de la caca?” (pvenna

Un niño, acompañado por quien se ha convertido en su protector, llega a Novilla en busca de una nueva vida. Novilla es un lugar en el que todo parece funcionar medianamente bien, donde han desaparecido las pasiones y la ironía en las personas, una especie de utopía en la que una administración hipertrofiada se ocupa de mantener en un relativo bienestar a los miembros de la comunidad. Sin embargo, el protector del niño parece complacerse en recordar su anterior condición imperfecta, porque la nueva asepsia,  que no resulta problemática para los demás, sí lo es para él. Es alguien apegado a la imagen de sí mismo que  le acompaña como  su sombra. Se parece, en ese sentido, al funcionario testarudo de Esperando a los bárbaros, al viejo enamorado de El hombre lento, al profesor sensualista de Desgracia o al protagonista de Diario de un mal año. La condición antigua resurge entre los pliegues de la anodina vida integrada de la que gozan los que sí han dejado definitivamente atrás el pasado. Este cinquentón,  rebautizado en el nuevo mundo como Simón, por contra,  se aburre por la falta de pasión, de conflicto, siente un apremiante deseo sexual, pretende ir en consonancia con el progreso que impone la mecanización en el trabajo, aunque eso altere el plácido estatus de los trabajadores del muelle de descarga en el que se gana la vida. Hasta ahí, nada nuevo en Coetzee por lo que respecta a la anécdota y al personaje central, nada del todo nuevo en el escenario tampoco si pensamos, por ejemplo,  en Elisabeth Costello, obra en la que el personaje homónimo se ve enfrentado a un tribunal de pesadilla que siempre  rechaza su pretensión de acceder a otro lugar, o en los funcionarios de El maestro de Petersburgo, por no hablar de Vida y época de Michael K. Pero Simón, a través del cual, como decía, se cuelan cuestiones pendientes que entran por la venta cuando han sido expulsadas por la puerta, en un momento dado deja de ser el núcleo de la narración, que pierde la componente mínimamente melodramática que parecía dibujarse a través de la relación del personaje con una mujer, esta sí, nueva, que vive el sexo como un mero paréntesis de momentánea descongelación. La novela, a partir de entonces, gira para centrase progresivamente en David, el niño extraordinario, catalizador infantil de los conflictos, que parece evocar, más que el personaje de los evangelios canónicos, el niño caprichoso y travieso de los evangelios apócrifos que usa sus poderes de forma un tanto arbitraria.  David no hace milagros en sentido estricto, pero el tema de lo excepcional, lo mágico, lo extraordinario, la verdad que está más allá de la apariencia material, está presente tanto en la peripecia como a través del Quijote, libro de cabecera de la criatura y con el que aprende a leer.
Al final, el conflicto entre el individuo y las estructuras sociales, como suele ocurrir en Coetzee, se agudiza, sin que unos ni otras cedan. A los protagonistas  no les queda otra solución que huir a la búsqueda de otra vida, lejos de la tierra de promisión a que habían acudido, también huyendo, en busca de una tierra de promisión.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Penúltimas lecturas de verano 2012 (XVII). Vale más tirarse a gusto por las escaleras que vivir empujado sin darse cuenta. La CT (Cultura de la Transición) es mero entretenimiento.

 

imageEse viernes, se proyectó una de las pocas películas con contenido crítico incluidas en la programación del año. Contaba las dificultades de un matrimonio para seguir adelante en tiempos crisis. El marido, despedido por desavenencias con sus compañeros de empresa, empieza a encabronarse, a amargarse, porque no encuentra otro empleo a la altura de las altas remuneraciones que percibía en el anterior. El tren de vida de la familia debe disminuir. Empiezan dando el finiquito a la interna que les servía y acaban teniendo que mudarse a una barrio de clase obrera. La mujer pasa de trabajar por gusto a media jornada, a pluriemplearse a jornada repleta por obligación. Las relaciones de pareja se resienten, la desesperación hace mella en  el matrimonio y ella es infiel al marido con uno de sus nuevos jefes. Al final, los protagonistas se reencuentran, decididos a preservar su unión contra el viento y marea de la crisis.

La película, cuyo título ni recuerdo, no es nada del otro mundo, pero, por lo menos, refleja cosas que están pasando, recoge los efectos de la crisis sobre la vida diaria. Acaba empalagosamente, con un final que no está a la altura de la realidad que por momentos parecía querer retratar, pero tiene la suficiente carga de verdad como para inquietar, desazonar, recordar la que está cayendo.

El lunes siguiente aludo a ella, intento trasmitir lo que acabo de explicar. Me encuentro con un muro de rechazo, flota en el ambiente el reproche de que no hay derecho a poner películas como esas, insoportables, dolorosas, que, “dan una tras otra”, en palabras del estudiante que seguramente vive peor del grupo, uno que me da la impresión de que curra mucho y en malas condiciones. Me dicen que lo que quieren es reírse, pasar un buen rato. Les digo que el tipo de comedia que se proyecta habitualmente harta al cabo de diez minutos, es totalmente previsible, tópica, aburrida, prescindible. Hablamos de Benigni, del cine que más les gusta y no parece que estemos de acuerdo en casi nada, salvo en el hecho de que existen grandes películas, de que en la pantalla se puede producir el milagro del arte que resume, como ninguna otra cosa, las verdades de la vida. Pero, de nuevo, a la hora de poner ejemplos, media entre nosotros un abismo. El mismo estudiante que más se ha quejado de la película sobre la crisis a la que antes me refería, me da un ejemplo de una gran película, Intocable (Intouchables, 2011). Al poco, la veo y soy incapaz de llegar al final. Me resulta falaz (por más que distintas personas me insistan en que se trata de una obra basada en hechos reales), sobreactuada, ridícula por momentos, demagógica en extremo, dulzona, tan previsible como tópica, bajo apariencia de originalidad.

Y me pregunto si experiencias como la narrada son fruto de la llamada CT (Cultura de la Transición), de esa cultura aproblemática, que más que ahondar en lo real, lo enmascara, vive de espaldas a cuanto revele su cara menos amable.

Hace no mucho, cuando llegó a Madrid la marcha minera de julio pasado, hubo unas cargas policiales en Callao contra un grupo de manifestantes. En la misma plaza, otro grupo de jóvenes hacía cola ante los Cines Callao para asistir a una proyección del Mula Festival. En un momento dado, la policía cargó contra quienes esperaban a la puerta del cine. Los gritos de protesta no se hicieron esperar. Uno de ellos fue: “¡Esto es cultura, hombre!” (minuto 1’37 del video), como queriendo decir que la cultura debe ser considerada intocable, está por encima de los conflictos, más allá del bien y del mal, es puro entretenimiento, quizá el mejor que hay, porque, además está teñido de prestigio.

Esa cultura inocente no es la cultura verdaderamente democrática, necesariamente crítica, sino la del poder interesado en distraer, en adocenar, “un invento del gobierno” (Sánchez Ferlosio) , de los muchos gobiernos que se han sucedido desde que se instauró la democracia en España y que en conjunto han conseguido que, en palabras del mismo autor, a la mera palabra 'cultura'  (se le cuelgue) impropiamente una connotación valorativa de cosa honesta y respetable.

No es de extrañar  que de vez en cuando a alguno se le vea el plumero y se le escape la verdad, como al portavoz de Hacienda, que hace poco justificaba la subida del IVA de las actividades culturales por considerarlas “entretenimiento”, con el consiguiente escándalo de la Unión de Asociaciones Empresariales de la Industria Cultural Española. Seguramente, la idea de cultura de los empresarios culturales y la del portavoz del ministerio de Hacienda no difieren tanto en el fondo, salvo por lo que se refiere a detalles como el IVA o las subvenciones a algunos productos. Quizá lo que las declaraciones del portavoz de Hacienda dejan entrever es que hay otra cultura distinta, más allá también de la alta cultura, tan aburrida para la inmensa mayoría y que sin duda no es la que esperaban consumir los jóvenes de Callao. Me refiero a una cultura democrática en el mejor sentido de la palabra y que visto lo que está ocurriendo que más que entretener debe cuestionar, una cultura militante, crítica, en un sentido u otro, pero no complaciente, una cultura que no ponga la guinda podrida al pan y circo, sino que trate de analizar la realidad.

 

Pero hoy me ataca un pesmismo (pesimismo aragonesista) septembrino que me lleva a valorar, casi a proponer, una caída colectiva por las escaleras, antes de que nos empujen y perdamos esa sensación tan grata de hacerlo porque queremos, no porque non lo hayan dicho:

image

 

imageimage

 

image

 

image

Fotos de la exposición “Hacer el fracaso”,  de Daniel Cerrejón Calzada (Inéditos 2012, La Casa Encendida, Madrid)

image

- Lecturas de verano (2010)

- Lecturas de verano 2012 (I). Amor con hache.
- Lecturas de verano 2012 (II). La edad de oro de las subvenciones.
- Lecturas de verano 2012 (III). Dieta de adelgazamiento del estado.
- Lecturas de verano 2012 (IV). Noli me tangere: neodespotismo ilustrado.
- Lecturas de verano 2012 (V). Exposiciones (I).
- Lecturas de verano 2012 (VI). Exposiciones (II). Nacho Criado, el peso de la imagen.
- Lecturas de verano 2012 (VII). Exposiciones (III). ¡…y no estabas tú!
- Lecturas de verano 2012 (VIII). Feisbuquización de muro de cemento
- Lecturas de verano 2012 (IX). Exposiciones (IV). Malos días para la tristeza
Lecturas de verano 2012 (X). Perroposiciones entre las flores, según la RAE
- Lecturas de verano 2012 (XI). Exposiciones (V). Neo dandismo
- Lecturas de verano 2012 (XII). Lecciones mineras
- Lecturas de verano 2012 (XIII). Fomento de la (contra)cultura. Éramos unos niños, de Patti Smith. Pequeña reseña y un fragmento ilustrado. Rodilla herida por un rayo
- Descanso parcial de las lecturas de verano 2012 (XIV). Dormir y leer entre horas. Come on, shut up, why don’t you sleep with me?

- Lecturas de verano 2012 (XV). Pelarse al sol o con pegamento Imedio. 243 postales a todo color de Perec y los despellejamientos de N. Criado que pueden herir su sensibilidad