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jueves, 28 de marzo de 2013

Philip Roth cumple ochenta años

 

El tiempo al revés:

“A veces me sorprendía a mi mismo mirando a los presentes como si aún estuviéramos en 1950, como si “1995” no fuese más que un tema futurista de un baile de gala de último curso al que todos hubiéramos acudido con cómicas máscaras de cartón piedra de nosotros mismos que representaran la fisonomía que podríamos tener a fines del siglo XX. Aquella tarde el tiempo había sido inventado para perplejidad de nadie más que nosotros mismos”.

Pastoral americana, Debolsillo, 2006,p. 67, trad. Jordi Fibla

Philip Roth con sus compañero de promoción Weequahic High School en 1950 . El escritor es el quinto por la derecha. (Fuente)

miércoles, 7 de noviembre de 2012

El matrinomio entre personas del mismo sexo o no, y las inquietantes reflexiones de un personaje de Philip Roth sobre el matrimonio, el sexo y la vida. Además, una postdata con la carta en la que el recién reelegido Obama responde a otra de una niña que le pedía consejo sobre cómo comportarse con los compañeros que se ríen de ella en el colegio, porque tiene dos papás.


Hoy, cuando el Tribunal constitucional ha confirmado la constitucionalidad de matrimonio gay, es un día feliz para todos aquellos que habían contraído matrimonio con personas del mismo sexo, para todos los que tienen intención de hacerlo y para quienes creemos que la aceptación del dichoso recurso, interpuesto hace ya demasiados años ante más alto tribunal, hubiera  perjudicado la salud de la Carta magna, porque habría chocado, no sé si con la letra, pero sí con el espíritu de la ley, con el ideal de justicia, igualdad y libertad que la sustenta y que difícilmente puede ser puesto en duda.
Me acuerdo, sin embargo, de las inquietantes reflexiones sobre el sexo y el matrimonio del protagonista de El animal moribundo (Philip Roth, The dying animal, 2001), una especie de esencializado folletín de finales del siglo pasado, que sirvió de base a la película Elegía, de I. Coixet:

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Roth, Philip, El animal moribundo, Mondadori, 2012, p, 58-60, trad. Jordi Fibla.
En fin, que cada uno sabe de sí mismo, como debe ser, mientras no le amargue la vida a los demás.
P. D.:
Ya puestos a acumular testimonios, ahí va la carta de una niña estadounidense con dos papás varones, seguida de la respuesta del recién reelegido Obama:
Fuente

Obama risponde alla lettera di una bambina cresciuta con due pap

Obama risponde alla lettera di una bambina cresciuta con due pap

viernes, 13 de julio de 2012

Momentos Roth, un recorrido personal por 10 obras de Philip Roth. Lo que más me gusta de cada una de ellas: Némesis (VI).


- Me casé con un comunista (I).
- Pastoral americana (II).
- La mancha humana (III).
- La Conjura contra América (IV).
- Humillación (V).


6. Némesis (2010):
I'll find you in the morning sun
And when the night is new
I'll be looking at the moon
But I'll be seeing you (I’ll be seeing you -Sammy Fain, Irving Kahal)
Némesis es una novela perfecta en lo que se refiere al equilibro entre materia narrada e intensidad. Caben en ella, en poco más de 200 páginas, personajes protagonistas (Bucky, Marcia),  secundarios (la abuela, el narrador) y algún comparsa (los niños), anécdotas significativas y descripciones funcionales, hasta completar una historia redonda. Los personajes no son abordados tan de lejos como en la novelas largas de Roth, en La mancha humana o Me casé con un comunista, por ejemplo, pero tampoco tan de cerca como en Humillación. Némesis representa el término medio, puro equilibrio, como Indignación, por poner otro ejemplo. Pero esa firme y enérgica economía narrativa está transida de intensa emoción no impostada, fruto de una escritura poco digresiva, que ilumina lo esencial sin andar buscando ilustrar todos los rincones de la casa, todos los ángulos vitales de los protagonistas. Seguramente, bastantes de las escenas, de los hilos narrativos, en los que se podría descomponer la obra  equivaldrían a un poema lírico, aunque fuera adolescente, como, de hecho ocurre con la carta que escribe Marcia (Mi hombre, mi hombre…) a “Bucky” Cantor, el concienzudo y atlético pero miope protagonista, desde el campamento de verano en el que vive alejada del mal, la polio de 1944. También cabe interpretar en ese sentido la recurrencia de la canción I’ll be seeing you, verdadera sintonía del amor entre los protagonistas. Al tiempo que contextualiza la historia, la atemporaliza. Si la trama avanza diacrónicamente, en horizontal,  la intensidad puntea la narración como una fuerza vertical que la dota de sentido tanto emocional como metafórico. Entre las fuerzas, una que tiende a la inmovilidad y la otra que tiende a la sucesión, se establece un sólido equilibrio, tanto que quizá no era necesario jugar con la anécdota, posponer el descubrimiento de que el protagonista era un portador sano de la polio, un inconsciente difusor del mal.
Se podría decir algo parecido al nivel del significado global de la obra: un tema, el del imposible control de las consecuencias de los propios actos, por bien intencionados que sean, se escenifica a través de la vida de un joven. Se trata de la parábola novelada de la soberbia inconsciente, de la pequeñez del espécimen humano frente al destino inescrutable, a menudo empeñado en contradecir los proyectos, las intenciones, lo aprendido en casa o la escuela, como le ocurre a El sueco, de Pastoral americana, que casi acaba por aprender a través del sufrimiento. Es más, la coherencia rígida, la vida que sigue un férreo guión, como pretende hacer “Bucky” con la suya, la vida que es fruto de las grandes palabras, los grandes discursos,  no es capaz de poner puertas al campo, de cerrar las exclusas al destino. De ahí surge la épica, no la del self made man, sino la de su imposibilidad. En el gesto bien intencionado, aceptar la mano del tonto del barrio (el beso de circunstancia que da el padre a la hija pequeña en  la Pastoral), sucio y mal oliente,  quizá se halla la raíz del la enfermedad que el muchacho llevará consigo al paraíso de la colonia veraniega. La posibilidad de que se desencadene la némesis, entendida como una suerte de antojadiza e impía naturaleza, con querencia por lo trágico, radica allí donde menos debería, en donde el empeño por hacer el bien se pone más de manifiesto.
Por otro lado, el discurso no es unívoco, y, por momentos, el texto parece querer presentarnos esa buena voluntad del protagonista como una especie de narcisismo o como la actitud maníaca de quien cree que debe recibir necesariamente un premio o un castigo por sus actos, por haber dejado la ciudad de Newark, en pos de su amada. En la clase de saltos de trampolín, de aire tan paidético, que el protagonista, monitor de actividades deportivas, imparte a otro joven al poco  de su llegada al campamento, se concentra lo mejor y lo peor de su carácter, su generosidad y su perfeccionismo. Pero más allá de todo, estaba el implacable virus de la polio, que llevaba dentro sin saberlo.


Sam Falk/The New York Times / Philip Roth in 1964, two years after the publication of "Letting Go."




martes, 19 de junio de 2012

Momentos Roth, un recorrido personal por 10 obras de Philip Roth. Lo que más me gusta de cada una de ellas: Humillación (V).

 
- Me casé con un comunista (I).
- Pastoral americana (II).
- La mancha humana (III).
- La Conjura contra América (IV).
- Némesis (VI).
5. Humillación (2009):
En los programas informáticos de tratamiento de imágenes, las fotos pueden agrandarse o empequeñecerse apretando a los botones alejar o acercar. Némesis y, en buena medida, Indignación, dos de las novelas cortas de Roth, serían, en ese sentido, una especie de reducción de tamaño de las novelas de largo aliento, como La pastoral americana, La mancha humana o Me casé con un comunista, de las que, sin embargo, conservan unos planteamientos semejantes en cuanto al tratamiento detallado de la peripecia vital de los protagonistas, que son presentados de lejos. Sin salir del terreno digital, Indignación o Némesis en relación a las citadas novelas largas, recuerdan a las vistas de Google satélite, en las que si no aprietas al más te quedas sin poder ver detalles. En las novelas cortas hay menos presencia del narrador, más economía de medios, menos digresión, pero son como el hijo que desde pequeño se parece al padre y cuyos rasgos hacen pensar en que si crece se parecerá más. Humillación, sin embargo, como también, por ejemplo El animal moribundo, se parece más a un fragmento (poco más de 150 páginas) de las novelas largas, pero tratado con la misma morosidad que las caracteriza. Si Némesis o Indignación son reducciones, concentrados que conservan las proporciones de la gran obra,  Humillación es algo parecido a un fragmento de un texto del que solo dispusiéramos del final. La novela, en efecto, empieza cuando el protagonista, el sexagenario actor Simon Axler  se encamina hacia la última fase de una vida.  El lector accede abruptamente a ella, a través de la entrada del brillante actor en una demoledora crisis: un buen día Axler ha dejado de ser capaz de interpretar sus papeles, poseído quizá por la urgencia de representar un papel demasiado absorbente, el de su declive vital. Sin necesidad de modelos teatrales a los que recurrir en el breve paréntesis  que supone su dramática aventura con la hija de unos antiguos amigos suyos, Pegeen Mike Stapleford, volverá a refugiarse en sus queridos personajes de la escena para acometer la difícil tarea del suicidio. En medio, La transformación, el intermedio amoroso, la esperanza del amor, la asunción del riesgo que supone el apego hacia otra persona, un atisbo de renacimiento que se desvanecerá y acabará por hundirle definitivamente.
Recuerdo la escena del arnés fálico, en el trío que se montan la joven borracha recogida en la barra de un bar, Axler y su amante, la lesbiana que quizá está ensanchando su sexualidad hacia nuevas experiencias a  costa de él, el momento en el que el narrador dice que con ese cacharro puesto, en vez de estar disfrazada es como si ofreciera su verdadera naturaleza. Y recuerdo el diálogo del actor con la decana despechada, Louise Renner, también abandonada por Pegeen Mike, el intercambio de papeles entre ellos, la despechada y encolerizada que pide disculpas por haber entrado en una propiedad ajena, y el dueño de la propiedad, un hombre sensato y liberal que, quizá como un anticipo de su próxima conversión en una víctima más, quiere que la decana entre en su casa a charlar, que le proporcione detalles, material caliente y latiente, sobre su amante.
USA. Connecticut. Philip ROTH, US writer, at home. - USA. Connecticut. Phillip Roth, american writer, at home. - Boot, Interior, Man - 45 to 60 years, Private house, ROTH Philip, Staircase, White people
USA. Connecticut. Philip ROTH, US writer, at home. MAGNUM/Elliott Erwitt




lunes, 18 de junio de 2012

Pseudo Philip Roth y la alegoría del gol de Elliott Erwitt. Meter gol por persona interpuesta.


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Miscellaneous. MAGNUM/Elliott Erwitt

…¿cómo encajarás entonces las derrotas, los conflictos, las frustraciones?¿Ganando más dinero, ganando todo el dinero que puedas?¿Teniendo todos los hijos que puedas? Eso ayuda, pero no es en absoluto como lo otro, porque lo otro se basa en tu ser físico, en la carne que nace y la carne que muere, porque sólo cuando metes gol te vengas de una manera completa, aunque momentánea, de todo cuanto te desagrada en la vida y todo cuanto te derrota en la vida… (Pseudo animal moribundo, Philip Roth, Alfaguara, 2002, p. 82)

viernes, 15 de junio de 2012

Momentos Roth, un recorrido personal por 10 obras de Philip Roth. Lo que más me gusta de cada una de ellas: La Conjura contra América (IV).

- Me casé con un comunista (I).

- Pastoral americana (II).

- La mancha humana (III).

- Humillación (V).

- Némesis (VI).

4. La Conjura contra América (2004)

La novela reconstruye detalladamente la historia de los Estados Unidos entre 1940 y 1942 a través de la vida de un niño judío, pero partiendo de una premisa falsa, consistente en imaginar que las elecciones que ganó por tercera vez F. Roosevelt las hubiese ganado el aviador Charles Lindbergh y se hubiera plegado, por chantaje y por afinidad ideológica, a los dictados del Berlín nazi. Imposible no citar lo que dice Coetzee sobre la obra: “…La Conjura contra América es un manual de historia, pero de tipo fantástico, con su propia verdad, esa clase de verdad en la que pensaba Aristóteles cuando decía que la poesía es más verdadera que la historia; más verdadera debido a su poder para condensar lo múltiple en lo típico.” (Mecanismos internos, 2007. DeBolsillo, 2010, Trad. de Eduardo Hojman, p.249). En ese sentido, Conjura no sería sino “una concreción, una puesta en escena con fines poéticos de un determinado potencial en la vida política estadounidense” (p. 251).

Seguramente, no estamos ante el mejor Roth, sea el de largo aliento o el de obras más cortas – Némesis, Humillación, Elegía, llamadas por el mismo Roth “Némesis: novelas cortas”. En cualquier caso, lo que sorprende de la novela es el tratamiento tan realista, tan detallado, de la ficción histórica, la documentación exhaustiva que maneja el autor. Sin embargo, quizá radique ahí también su debilidad, en el hecho de que los acontecimientos que se desarrollan a raíz de la falsa premisa sobre la presidencia de Linbergh, por más que aparezcan contados con rigor contrahistórico, resultan poco creíbles, hasta producirse un efecto acumulativo de distanciación de lo real que no conduce al descarrilamiento de la trama por la pericia del autor y seguramente también por su acertado uso del humor. No olvidemos que la novela es, desde el principio, un tour de force  de habilidad en el manejo de la story-history.  En algún sentido, el carácter menor de la obra la emparenta con Me casé con un comunista, aunque en esta el lastre se produzca no por tanto el trasfondo histórico, sino por la lucha denodada por salvar narrativamente a unos personajes que se agotan por momentos.

El viaje de Philip, el protagonista, junto con su familia, tras la elección de Lindberg como presidente, a Washington, a la búsqueda de las raíces de la democracia americana. El desenlace de ese viaje, la decepción, con la familia judía expulsada del hotel en el que se alojaban, expulsada del paraíso democrático… del Jardín del Edén americano, un episodio que, tal vez solo en mi confusa  memoria, se asocia a otro de Herzog.

Alvin, el primo huérfano, en silla de ruedas tras la pérdida antiheroica de una pierna, el mayor pagano de la historia. Y, en general, el abigarrado ambiente de los barrios judíos de clase media baja. Por otro lado, la parte colaboracionista de la familia, la que hace que Sandy, el hermano de Philip, participe en el programa Solo Pueblo de desjudaización, ideado para adoctrinar a los judíos en la confianza hacia las autoridades colaboracionistas.

Una vez más, brillan las alternativas que se producen en las relaciones paternofiliales, los momentos de rebeldía y los de sumisión, los vericuetos por los que hace andar la brújula loca del afecto a quienes lo padecen o lo disfrutan. Una vez más, la parábola del buen ciudadano judío americano en un país cuyas autoridades no están a la altura de su entrega, algo que a nivel familiar, a través de los  roles tradicionales, se reproduce con reflejos por momentos contradictorios. En cualquier caso, la  capacidad de Roth de evocar el universo infantil, firmemente anclado en este caso  en los años citados, es extraordinaria.

Y la figura de Seldom Wishnow, huérfano por el asesinato racista de su madre, el más desgraciado de todos, en parte por culpa de Philip.

martes, 12 de junio de 2012

Momentos Roth, un recorrido personal por 10 obras de Philip Roth. Lo que más me gusta de cada una de ellas: La mancha humana (III).

- Me casé con un comunista (I).

- Pastoral americana (II).

- La Conjura contra América (IV).

- Humillación (V).

- Némesis (VI).

3. La mancha humana (2000):

Il m'a expliqué en souriant que rien n'est blanc ou noir et que le blanc, c'est souvent le noir qui se cache et le noir, c'est parfois le blanc qui s'est fait avoir (La vie devant soi, R. Gary).

Cuando aún no sabía que el protagonista era un pequeño gran impostor, el desconcierto que sentí al leer las primeras contradicciones derivadas de la primera de las dos grandes mentiras de Coleman, la sensación de que no había leído lo anterior con la debida atención, la parcial vuelta atrás para pedir algún tipo de cuentas al narrador. No entro en detalles para no revelar, por lo menos esta vez, parte de la trama. Ese pacto según el cual el crítico debe abstenerse de descubrir la intriga, a me parece a menudo ridículo, o por lo menos excesivo. En muchos casos, la lectura es más placentera si se saben detalles de lo que va a pasar. Saberlos, casi siempre permite valorar más el trabajo de composición, la técnica del escritor.En este caso, sin embargo, es mejor no saber.

La conversación final entre el narrador y el presunto asesino de Coleman y amante, sobre un pequeño lago helado, la hábil locura del pescador frente a la conciencia del escritor que se siente llamado por el personaje, condenado a escribir sobre él.

El episodio de la cena en el restaurante asiático, el viaje al muro ambulante, sucedáneo del que se encuentra en Washington, el peregrinaje de los veteranos de Vietnam, a mitad de camino entre el grupo de La parada de los monstruos, unos payasos beckettianos y, si  es algo distinto, una banda de desheredados de la historia, sus paganos, enfermos y humillados, obligados a aceptar el imposible resarcimiento moral que les propone el mismo estado que ha arruinado sus vidas a través de la llamada a las armas para luchar contra los amarillos. Lo que para el ex marido de la amante de Coleman iba a ser la catarsis final de su recuperación de la salud mental se convierte en el instante en el que toma la decisión de acabar con los amantes.

El encuentro de la novia transparente de Coleman, a la que casi, como a Micomicona, se le veía pasar del vino por la garganta, de tan clara como era, con la familia negra, la ardua velada en la que se quema lo que están cocinando a causa de la distracción, fruto del esfuerzo titánico por conseguir un aire de normalidad. El abandono de Coleman por parte de ella, incapaz de asumir lo visto.

La mancha humana es seguramente una novela más plana que la majestuosa Pastoral americana y la irregular Me casé con un comunista, pero tiene toda la fuerza del mejor Roth, que, una vez más, sabe convertir lo anecdótico en trascendente, sacar petróleo de una situación banal, crear magníficas correspondencias, convertir la impostura de Coleman en mancha que limpia, como decía Lorca, pero también sabe dar un trasfondo trágico, evocando otra vez el caos vital, esa existencia humana que nunca se sabe por dónde va a salir, pero que se sabe que va a salir por el lado más inesperado, el único lado por donde, una vez leída la novela, podía haber salido. Y es que Roth, como los grandes, va convenciendo poco a poco, creando una realidad que tiene su ritmo necesario, sus ineluctables derroteros.

Por último, el personaje de la profesora francesa. ¿Con quién demonios estará ajustando cuentas Roth? La escena en la que se entusiasma con el lector de Sollers mientras ella lee a Kristeva, marido y mujer, y la decepción posterior. La parábola que vuelve a recordarnos que se puede ser un/una canalla siendo elegante, atractivo, progre y feminista.

domingo, 10 de junio de 2012

Momentos Roth, un recorrido personal por 10 obras de Philip Roth. Lo que más me gusta de cada una de ellas: Pastoral americana (II).

- Me casé con un comunista (I).
- La mancha humana (III).
- La Conjura contra América (IV).
- Humillación (V).

- Némesis (VI).



roth12. Pastoral americana (1997):

- La última cena de Pastoral americana, con el abuelo de la niña terrorista, prototipo del sueño liberal americano, escritor, como aquel personaje de Bellow, de misivas indignadas a periódicos, dando de beber leche a una alcohólica, que es la mujer del amante de El Sueco, el inolvidable protagonista de la obra.

- El momento en que El Sueco descubre que el arquitecto pijo, engreído y vacuo, el marido de la alcohólica, se ha ligado a su mujer, la abnegada miss de provincias. Ese instante marca el punto sin retorno, la puntilla, de un personaje cuya peripecia es la parábola perfecta del lado oscuro de la existencia feliz, un ejemplo del caos vital, de la inutilidad de luchar por construir, por sentar las bases firmes de la propia vida. El Sueco, gran atleta, empresario de éxito, hombre cabal,  volverá a casarse y tener hijos, pero eso no se nos cuenta, como si fuera una coda intrascendente. Y todo ello ocurre en  el país de los sueños y con la pericia de Roth para reflejar el sufrimiento.
- Inolvidable es también el encuentro entre El Sueco y la niña de sus ojos, su hija única del primer matrimonio, ex terrorista convertida en una fanática jainita, la incapacidad del protagonista por rebasar los limites de su tolerancia, la pacata contención o respeto liberal, que le impiden acabar con aquello y alejar a su hija de la cochambrosa habitación de aquel cochambroso barrio donde ella se siente destinada a vivir.

- Por último, la aparición, esta vez a contraluz, de un detalle determinante, un pliegue del carácter, o del destino, determinante, tal vez, o eso , al menos, piensa por momentos el protagonista, para la conclusión de la parábola. Es una técnica, la de que algo en principio banal adquieras un peso demedido, sobre la que se basarán las distintas némesis que se narran en otras de sus novelas. A veces, es un momento de debilidad, una pequeña tara, una cesión a la comodidad, un acto a medias inconsciente, pero sobre el que se puede cargar el peso de la tragedia, un tecla que suena y se convierte, mitad en chivo expiatorio, mitad en corolario del drama. En Pastoral americana es el beso en la boca a la hija para que se calle. Tambores freudianos que no chirrían en la narración.



Fuente de la imagen

sábado, 9 de junio de 2012

Momentos Roth, un recorrido personal por 10 obras de Philip Roth. Lo que más me gusta de cada una de ellas: Me casé con un comunista (I).

 
- Pastoral americana (II).
- La mancha humana (III).
- La Conjura contra América (IV).
- Humillación (V).
- Némesis (VI).
Portada de Me casé con un comunista

1. Me casé con un comunista (1998):
La poética, los rasgos constitutivos del escritor, tal como aparecen descritos en cuatro o cinco páginas. El personaje a través del cual se expresan es Leo Glucksman, el profesor que adopta a Zuckerman, el joven protagonista que quiere ser escritor y cuyo guión radiofónico, su ópera prima, considera una porquería. Leo es una especie de contrafigura de Ira, “un fácil blanco para la visión utópica”. Esto es parte de lo que dice Leo:
“¿Quieres una causa perdida por la que luchar? Entonces lucha por la palabra. No la palabra ampulosa, no la palabra inspiradora, no la palabra a favor de esto y en contra de aquello, no la palabra que anuncia al público que eres una persona maravillosa, admirable, compasiva, que está al lado de los oprimidos (…) ¡No, lucha por la palabra que dice a las pocas personas cultas condenadas a vivir en Estados Unidos que estás al lado del mundo! este guión tuyo es basura. Es horrible. Es exasperante. Es basura vulgar, primitiva, ingenua, propagandista. Empaña el mundo con palabras.…¿Por qué escribes estas proclamas? ¿Porque miras a tu alrededor y te escandalizas? ¿Porque miras a tu alrededor y te conmueves? La gente cede con demasiada facilidad y finge sus sentimientos. Quieren tener sentimientos enseguida, y los de escandalizado y conmovido son los más fáciles, así como los más estúpidos…
La política es la gran generalizadora –me dijo Leo-, y la literatura, la gran particularizadora, y no solo están en relación inversa entre ellas, sino en relación antagónica. Para la política, la literatura es decadente, blanda irrelevante aburrida, terca, insípida, algo que no tiene sentido y que realmente no debería existir. ¿Por qué? Debido al impulso particularizador en que consiste la literatura. ¿Cómo puedes ser un artista y renunciar al matiz? Pero ¿cómo puedes ser un político y permitir el matiz? En tanto que artista, el matiz es tu tarea. Tu tarea no consiste en simplificar. Aun cuando decidieras escribir de la manera más sencilla, a lo Hemingway, la tarea sigue siendo la de aportar el matiz, elucidar la complicación, denotar la contradicción. No se trata de eliminar la contradicción, de negarla, sino de ver dónde, dentro de la contradicción, se encuentra el ser humano atormentado. Permitir el caos, dejarlo entrar. Tienes que dejarlo entrar o, de lo contrario, produces propaganda, si no para un partido político (un movimiento político, estúpida propaganda para la vida), sí para la vida como ella preferiría ser divulgada. Durante los primeros cinco o seis años de la Revolución rusa, los revolucionarios gritaban: ‘¡El amor libre, existirá el amor libre!’. Pero, una vez estuvieron en el poder, no pudieron permitirlo, porque ¿qué es el amor libre? Es caos, y ellos no querían el caos. No es para eso para lo que habían hecho su gloriosa revolución. Querían algo disciplinado, organizado, contenido, científicamente predecible, a ser posible. El amor libre inquieta a la organización. La literatura inquieta a la organización. No porque esté flagrantemente a favor o en contra, o incluso lo esté de una manera sutil. Inquieta a la organización porque no es general. La naturaleza intrínseca de la particularidad estriba en no amoldarse…No tienes necesidad de escribir para legitimar el comunismo o el capitalismo; estás al margen de ambos. Si eres escritor, no te alías con uno ni con otro. Ves diferencias, sí, y, por supuesto, ves que esta mierda es un poco mejor que aquella mierda, o que aquella mierda es mejor que ésta. Tal vez mucho mejor. Pero ves la mierda. No eres un empleado del Gobierno. No eres un militante. No eres un creyente. Eres una persona que se enfrenta de una manera muy diferente al mundo y a lo que sucede en el mundo. El militante presenta la fe, una gran creencia que cambiará el mundo, y el artista presenta un producto que no tiene cabida en ese mundo, que es inútil. El artista, el escritor serio, introduce el mundo algo que ni siquiera estaba ahí al comienzo”. (Me casé con un comunista, Philip Roth, Debolsillo, 2011, trad. Jodi Fibla, p.317, 323-24)
 
Por lo demás, hace vibrar la inútil lucha titánica de Roth por salvar una novela que por momentos hace aguas, con unos personajes insuficientes, la actriz protagonista, su hija. Demasiada época, un momento histórico brutal, la caza de brujas, la guerra fría, el anticomunismo, la fe en el socialismo, para unos caracteres que no veo a la altura del proyecto. Bellow se lo dijo en estos términos, pero en inglés: Il lettore, per rispetto al tuo talento, è più che disposto ad andare avanti con te. Ma non sarebbe capace, come non lo sono stato io, di andare avanti con Ira, probabilmente il meno riuscito dei tuoi personaggi. Suppongo che tu non riesca a sopportare Ira più del lettore. E tuttavia rimani fedele a questo testone di ferro – questo idiota grande e grosso, che ti attrae per motivi a me del tutto sconosciuti.
Authors and typewriters 3: Authors and typewriters 3
Author Philip Roth sitting at typewriter seen through panes of window, at Yaddo artist's retreat. Photograph: Bob Peterson/Time Life Pictures/Getty Images 





viernes, 8 de junio de 2012

Este año es Philip Roth quien premia a la Fundación Príncipe de Asturias o de cómo darse prestigio acercándose a quien ya lo tiene

- Me casé con un comunista (I).

- Pastoral americana (II).

- La mancha humana (III).

- La Conjura contra América (IV).

- Humillación (V).

- Némesis (VI).

Pienso a veces que algunas instituciones u organismos que conceden premios de prestigio tienen cierto morro al otorgarlos a personas cuyo prestigio y reconocimiento es muy superior al del organismo o institución que los concede. A nivel mundial, la Fundación Príncipe de Asturias, que es de quien dependen los premios Prícipe de Asturias, no deja de ser una de las muchas fundaciones locales existentes, cuyos objetivos no dejan de ser limitados. Al fin y al cabo, según reza su página web, la Fundación, desprovista de todo fin lucrativo, tiene por objeto contribuir a la consolidación, de acuerdo con los tiempos actuales, de los vínculos existentes entre el Príncipe de Asturias, Heredero de la Corona de España, y el Principado de Asturias –por cierto, a qué se deberá que el término heredero aparezca escrito con mayúscula.

Quiero decir con esto, que, limitándonos a los dos últimos premios de las letras, L. Cohen, el año pasado, y, en otro orden de cosas, Philip Roth,  este año, son creadores con una proyección mediática y de una trayectoria más contrastada que la Fundación misma, de forma que, de alguna manera, quien resulta prestigiado es, sobre todo, quien concede, más que quien recibe el premio. Debería existir, quizá, un catálogo razonado de candidatos a los que una fundación está legitimada a premiar, basado en cierta equiparación en el rango. Por cierto, ¿se dignará Roth en venir a recoger el premio, habrá habido negociaciones previas con él en ese sentido?

Fuente de la foto

viernes, 4 de mayo de 2012

Inventario de voces, que por mayo era, por mayo. Formato Perec.


Obra de Pedro Portellano en la exposición Inéditos, 2011, La Casa Encendida (Madrid).

1. Cuando preguntas, contenida, a través de la puerta, si estoy ahí;
2. La de los arrieros que al atardecer oyó Gil-Albert; 
3. Aquella vez que dijo algo, no sé qué, invisible ella en medio de un grupo, supe que había venido, dejé de leer el periódico y fui feliz; 
4. Cuando, yo con anginas, tú me tarareabas “A la luz del cigarro voy al molino”;  
5. Mi hija, ronca, de vuelta a casa tras una larga noche de fiesta, que dice, ¡hola papá!
6. Rapunzel, encerrada en su torre sin puerta ni ventana, enamorada de un príncipe que oye cantar a lo lejos; 
7. Desde la cama, a oscuras, la confusa discusión de mis padres, un portazo al final; 
8. Nina Simone, dulcemente áspera,  Love me, love me, say you do!;  
9. Bette Midler, dibujando mi deseo adolescente, en Do you wanna dance?; 
10. El descubrimiento, ¡oh, sorpresa!, a los 30, de mi odioso retintín, de cura reprochón, gracias a una película que grabamos de Alicia, sin saber que había audio; 
11. Marcia, la protagonista de Némesis, la novela de Ph. Roth, al teléfono, cantando una nana a su novio, enfermo de polio, todavía latente. Una voz, por tanto, inexistente; 
12. Mis nombres, latiguillos, latigazos, ¡Javier, papá, hijo, señor, profesor, oiga, no escuchas, no chilles, no hables de una habitación a  otra, si quieres decirme algo ven aquí!
13. Roco, el perro que una vez cantó una canción de Enya, allá por el 2001, imitándote; 
14. Alicia, en plena noche, con un pijama manta amarillo, junto a nuestra cama, de viaje desde su cuna, ¡(A)quí (es)toy!
15. Yo, que grito, ¡mía!, porque quiero dar un buena volea y quedarme a gusto, bien a gusto;
16. La voz imaginada de Clelia, en La cartuja de Parma; 
17. La envidia de la voz de Miguel, ligeramente nasal; 
18. Dos actores doblados por el mismo doblador, uno, una gran estrella y el otro, un buen secundario. Darme cuenta de que son el mismo; 
19. Ricardo Vázquez Prada, pocos meses antes de morir, en una canción dedicada a su nieta, con la voz más joven que nunca le había oído; 
20. Dinio y su acento cubano, ¡Mi amoor!; 
21. Melanie, hombre y mujer, en Beautiful people.


              
Obra de Pedro Portellano en la exposición Inéditos, 2011, La Casa Encendida (Madrid).

domingo, 15 de abril de 2012

Las canciones en las novelas de Philip Roth, narración lírica: I’be seeing you y Caravan, de Duke Ellington.

Je me souviens que Caravan, de Duke Ellington, était une rarité discographique et que pendant des années j’en connus l’existance sans l’avoir jamais entendu”, G. Perec, Je me souviens.

Las novelas de Roth están llenas de voces terribles o que enamoran, fluidas o balbucientes, están llenas de conversaciones, llamadas telefónicas, programas de radio y tantas, tantas canciones. En su afán de recreación histórica, el novelista americano, cuanto más de lejos cita al tema, al personaje, a la trama, cuanto más pormenorizadamente analiza y trata los hechos, como en Me casé con un comunista o Pastoral americana (463 y 511 páginas, respectivamente, en sus ediciones de bolsillo españolas) más tiende a multiplicar en sus obras la referencia a piezas de música popular, la misma que, según Proust, debe ser detestada por su nula importancia en la historia del Arte, pero no despreciada, dado su valor, “immense dans l’histoire sentimental des sociétés”. Seguramente, una de las claves interpretativas que justifican el frecuente recurso de Roth a canciones que no se oyen, de cuya letra a veces no aparece ni siquiera un fragmento, esté en el regusto evocativo que posee la música. La vida cotidiana en los años dorados de la radio y en los principios de la televisión, momentos históricos tan presentes en la narrativa del excelso novelista, es indisociable de la música popular. Y una de las constantes de su obra, junto con la densa documentación histórica que maneja, el trabajo de archivo o de campo, es lo que podríamos llamar el factor Roth, una interpretación magistralmente escenificada del ser humano, en el que lo individual y lo colectivo, la historia y designios de más longue durée, cobran vida a través de emociones ligadas a detalles insignificantes en apariencia, pero que a menudo, a  la postre, resultan ser isótopos radioactivos que permiten una radiografía certera de los individuos y de sus contextos. Los ecos musicales en Roth, a veces meros apuntes que esconden mucho más de lo que aclaran, concretan la anécdota, al tiempo que la poetizan, la sumergen en la Historia, pero también sirven para llenarla de vida, universalizarla artísticamente, en el sentido aristotélico del Arte.

Pero, la música popular ocupa un lugar relevante no solo en la narrativa de Roth  de larguísimo aliento; en la serie intermedia (Sale el espectro, Indignación, Némesis, etc.) también ocurre. En Némesis, por ejemplo, una canción, I'll be seeing you, hace de contrapunto sentimental, de banda lírica, a los hechos, una técnica tan potente como antigua, ya presente, por ejemplo, en La Châtelaine de Vergy (S.XIII). Algo parecido ocurría con las canciones en los Puentes del condado de Madison (Clean Eastwood), donde la música ralentiza los sucesos, convirtiéndose en una especie de dimensión sincrónica, vertical, frente a la dimensión diacrónica, horizontal, vinculada a la matière narrada, la anécdota, los sucesos, que, por decirlo de algún modo, se resisten a avanzar hacia un final trágico inevitable.

En el caso de Caravan, la pieza musical de Ellington, presente en Pastoral americana, el papel que juega en la obra es insignificante, pero, como tantas otras veces, mezclada a otros detalles, sirve para apuntalar el retrato de la vida cotidiana, que encuentra en las notas del pentagrama una fácil e intensa encarnación.

He aquí el párrafo en el que aparece:

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American Pastoral

Roth,Philip, Pastoral americana, Debolsillo, 2006. Traducción de Jordi Fibla, p., 69. La edición original en inglés es de 1997( Houghton Mifflin).

 

 

Otras versiones: 1, 2.

lunes, 5 de marzo de 2012

La verdad poética. Ficciones sobre la historia: Las películas imposibles de Sean Hartter y las novelas de Ph. Roth.

Los carteles de cine de  Sean Hartter me traen a la cabeza una novela de Ph. Roth, La Conjura contra América (The Plot against America, 2004. Primera edición en DeBolsillo, 2007. Trad. de Jordi Fibla). El libro reconstruye detalladamente la historia de los Estados Unidos entre 1940 y 1942 a través de la vida de un niño judío, pero partiendo de una premisa falsa, consistente en imaginar que las elecciones  que ganó por tercera vez F. Roosevelt las hubiese ganado el aviador Charles Lindbergh y se hubiera plegado, por chantaje y por afinidad, a los

dictados del Berlín nazi. Como no podía ser menos, Coetzee sintetiza bien en Mecanismos internos (Inner workings, 2007. DeBolsillo, 2010, Trad. de Eduardo Hojman) el alcance de la novela: “…La Conjura contra América es un manual de historia, pero de tipo fantástico, con su propia verdad, esa clase de verdad en la que pensaba Aristóteles cuando decía que la poesía es más verdadera que la historia; más verdadera debido a su poder para condensar lo múltiple en lo típico.”  (p.249). La conjura, en ese sentido, no sería sino “una concreción, una puesta en escena con fines poéticos de un determinado potencial en la vida política estadounidense” (p. 251). En cuanto a su calidad, seguramente no estamos ante el mejor Roth, sea el de largo aliento -El teatro de Sabbath- o el de obras más cortas -Patrimonio,  Némesis. En cualquier caso, lo que sorprende de la novela es el tratamiento realista de la ficción histórica. Sin embargo, quizá radique ahí también su debilidad, en el hecho de que los acontecimientos que se desarrollan a raíz de la falsa premisa sobre la presidencia de Linbergh, por más que aparezcan contados con  detalle y rigor contrahistórico , resultan poco creíbles, hasta producirse un efecto acumulativo que no conduce al descarrilamiento de la trama por la pericia del autor y seguramente también por su acertado uso del humor. En algún sentido, el carácter menor de la obra la emparenta con Me casé con un comunista, aunque en esta el lastre se produzca no por el trasfondo histórico, sino por la lucha denodada por salvar narrativamente a unos personajes que se agotan por momentos. Seguramente S. Bellow tenía parte de razón cuando escribió a Roth para transmitirle su decepción ante I married a Communist (Uno dei tuoi temi persistenti è la purificazione che si può ottenere solo attraverso la rabbia. Le forze aggressive sono liberatrici, etc. E questo mi sembra un punto di vista legittimo. OK, se i tuoi personaggi sono titani. Ma Eve è semplicemente una donna pietosa, e Sylphid una ragazzina viziata, debole e grassa, con una gobba da bisonte. Questi non sono titani).

Los carteles de cine de Hartter también apuestan por la justicia poética a través de la reconstrucción de la realidad histórica, pero es una justicia de fogonazos, fragmentaria, que más que explorar potencialidades de lo real a través de la ficción para entender cómo hemos llegado a ser lo que somos, expresa añoranzas y transmite  melancolía. Tristísimo Hartter, se podría decir parafraseando el título del libro de E. de Diego sobre Warhol, portador de una tristeza debida al hecho de que nada es como quisiéramos, y todo, por el hecho mismo de convertirse en real, está condenado a disgustarnos en parte, a despertar en nosotros el deseo de lo distinto más que el gozo del descubrimiento. Un melancólico juego. Otro director, otros actores, otras escenas, otro pasado, otro futuro…, pero gracias y a pesar de lo vivido.
Todas las imágenes proceden del blog del artista.
                        
                              
           
                       
            
                    
                    
               
                               
                          
                       

domingo, 15 de mayo de 2011

Máquinas de escribir

El paso de la máquina de escribir al ordenador me ha planteado no pocas pequeñas incertidumbres en mi trabajo. Una de ellas era si debía decir que los trabajos debían ser entregados “a ordenador”. Hasta hace relativamente poco tiempo, la expresión no ha dejado de resultarme extraña, como un invitado sorpresa que no acababa de encajar con los usos y costumbres de de mi casa. Cuando ya ningún estudiante escribía a máquina, yo seguía diciendo que los trabajos debían entregarse escritos “a máquina”. Es verdad que la expresión no parecía sorprender a nadie, pero ya se sabe que los estudiantes van a lo práctico y suelen perdonar los feos detalles de expresión carroza. Acabé aceptando decir “a ordenador”, aunque de algo me advierte  el estómago cada vez que pronuncio la expresión.

Por otro lado, hoy en día, cuando el ordenador ya no necesita diferenciarse de la máquina de escribir -reservada a ámbitos muy reducidos- porque tiene una entidad propia indiscutible, no estaría mal que como en el caso de los timbres de los teléfonos móviles que imitan el ring-ring de los antiguos teléfonos fijos de las casas, el teclado del ordenador incorporara para satisfacción de los viejos nostálgicos y también de los que tienen nostalgia de lo que no han vivido, que incorporara, digo, el ruido de las teclas de las máquinas de escribir, un ruido mecánico inconfundible cuya potencia atravesaba los tabiques de las casas. Proust decía que  una vez aprendida la cadencia de un escritor no le costaba hacer pastiches de él, porque era algo así como tatarear una melodía en la que el contenido no es lo esencial. Cada escritor tiene una música y una vez aprendida se le puede imitar, incluso con efectos cómicos si el contenido de la imitación choca con las ideas del escritor, aunque el texto suene a suyo.

Me imagino que cada uno de los escritores fotografiados en esta galería producía una cadencia distinta al teclear, más allá de que estuvieran describiendo, paisajes, cuerpos, narrando hechos o escribiendo diálogos. Behan parece aporear las teclas con rabia, Sagan  coquetear con la escritura, A. Christie querer dejar para después el indicio clave, Cheever contento por un rato, Faulkner un mercenario redactando un informe, Hemingway lo de siempre, Highsmith dueña de su oficio, y Roth, encerrado en su cenobio, como si no hubiese matado nunca a una mosca

Fuente de las imágenes: Guardian

Authors and typewriters: Authors and typewriters

Bonjour Tristesse author Françoise Sagan in 1955.   Photograph: Thomas D. McAvoy/Time & Life Pictures/Getty Image

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Agatha Christie behind her desk with towers of her own books piled around her.   Photograph: Popperfoto/Getty Images

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John Cheever at his home in Ossining, New York in 1979.Photograph: Paul Hosefros/Getty Image

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William Faulkner works on a screenplay on a balcony, Hollywood in the early 1940s.Photograph: Alfred Eriss/Time & Life Pictures/Getty Image

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Ernest Hemingway is shown at his typewriter as he works on For Whom the Bell Tolls at Sun Valley lodge, Idaho, in 1939. Photograph: AP

Authors and typewriters 3: Authors and typewriters 3

Patricia Highsmith at home in the village of Moncourt, near Fontainebleau, in 1976.Photograph: Jacques Pavlovsky/Sygma/Corbis

Authors and typewriters 3: Authors and typewriters 3

Carson McCullers in 1961.Photograph: Time & Life Pictures

Authors and typewriters 3: Authors and typewriters 3

Poet, novelist, dramatist, ballad singer and house-painter Brendan Behan at work in the early 60s/     Photograph: Daniel Farson/Getty Images

Authors and typewriters 3: Authors and typewriters 3

Author Philip Roth sitting at typewriter seen through panes of window, at Yaddo artist's retreat. Photograph: Bob Peterson/Time Life Pictures/Getty Images