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sábado, 14 de abril de 2012

14 de abril de 1931, ¡jo, qué día! Horas de júbilo


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María de los Ángeles Zuloaga, alumna del Instituto Escuela (Institución Libre de Enseñanza), mi querida suegra, cuando tenía once años:
“Yo no sé si se hablaba de política, yo me imagino que no o que era que dábamos por hecho que lo que más te podía ayudar en la vida era el ser progresista, porque cuando dijeron, la república, la república, bajamos todas a cortar periódicos y a pintarlos de rojo, amarillo y morao, y coserlos y tal, y los subimos a la terraza. Teníamos una terraza espléndida y pusimos toda la terraza tapizada de la bandera republicana. Bueno, nos quedó precioso. Pues todo eso yo supongo que sí, que nos ha quedado para siempre”.  (Min. 28’45’'):


Josep Pla:
La bandera que sube por el mástil es la bandera republicana. La noticia corre como una exhalación y una riada de gente sale de los cafés y los establecimientos colindantes a ver la bandera…En el cruce hay mucha gente. El volumen aumenta a cada instante. Nadie sabe qué hacer. ¿Dónde estamos? Hasta las cuatro de la tarde, la gente permanece perpleja y flotando. En ésas, como un reguero de pólvora en el hormiguero humano, circula la noticia de que la bandera de Correos representa lo que pretende simbolizar; a saber,que el poder ha caído en manos del Gobierno provisional. De la perplejidad inicial se pasa rápidamente al entusiasmo. Ha bastado un segundo. Una vez constatado el hecho,veo que el enorme gentío tiene tendencia a subir por la calle de Alcalá, hacia la Puerta del Sol. La cosa está consumada…El entusiasmo, pese a la relativa discreción producida por la sorpresa del acontecimiento, no cesa de crecer, sube por momentos. Se empiezan a oír las primeras notas de La Marsellesa. Después, constato que un grupo de ciudadanos comienza a entonar el Himno de Riego. El pueblo ignora ambas canciones. Desafinan. El conocimiento de la letra es escaso. Cantan mal. Da igual. Ya lo harán mejor más adelante. Entre los obreros de la construcción el himno más conocido es la Internacional, aprendida en la Casa del Pueblo…Todo coge un aire de verbena triunfante, un aire de alborozo franco y desenfrenado sólo que es una verbena política. La gente se abraza, grita, suda, canta. Un ciudadano cualquiera, pacífico y retirado, su señora o su hija, pueden echarse a los brazos de otra persona completamente desconocida y extraña.Como en todos los espectáculos de masas, las posaderas del sexo femenino pueden ser más o menos tactilizadas por personas que nada tienen de republicanas. Pasan sobre la multitud ráfagas de entusiasmo cívico que determinan movimientos de enternecimiento humano.«¡Un día es un día! Después, Dios dirá...», oigo decir a algunas mamás. En ésas, personas desconocidas y de vaga procedencia asaltan los taxis y camiones que han tenido la desgracia de hallarse en el centro de Madrid en estas horas de amontonamiento humano, y emprenden un carrusel endiablado por las calles que durará hasta mañana ala misma hora. El ruido producido por los motores de explosión de esta procesión altera un poco la sangre de los caballos de las parejas de la Guardia Civil situadas en las bocacalles. Los caballos se impacientan y se agitan. Se produce un momento de expectación. Un momento, tan solo. Los guardias dominan a sus caballos y siguen indiferentes en las esquinas,mano sobre mano. (enlace al texto)

Luis Buñuel:
Llegué a Madrid en abril de 1931, dos días antes de la marcha del rey y de la alborozada proclamación de la República española…La proclamación de la República española, en la que no se derramó ni una gota de sangre, fue acogida con gran entusiasmo. El rey se marchó sin más. Pero, la alegría, que en un principio parecía general… (Mi último suspiro
Buñuel, Luis. Zaragoza. Heraldo de Aragón, 2010. p. 149-151).

Rafael Alberti:
Era un mediodía, rutilante de sol. Sobre la página del mar, una fecha de primavera: 14 de abril. Sorprendidos y emocionados, nos arrojamos a la calle, viendo con asombro que ya en la torrecilla del ayuntamiento de Rota una vieja bandera de la República del 73 ondeaba sus tres colores contra el cielo andaluz. Grupos de campesinos y otras gentes pacíficas la comentaban desde las esquinas, atronados por una rayada «Marsellesa» que algún republicano impaciente hacía sonar en su gramófono. Mientras sabíamos que Madrid se desbordaba callejeante y verbenero, satirizando en figuras y coplas la dinastía que se alejaba en automóvil hacia Cartagena, un pobre guardia civil roteño, apoyado contra la tapia de sol y moscas de su cuartelillo, repetía, abatido, meneando la cabeza:
—¡Nada, nada! ¡Que no me acostumbro! ¡Que no me acostumbro!
—¿A qué no te acostumbras, hombre? —quiso saber el otro que le acompañaba y formaba con él pareja.
—¿A qué va a ser? ¡A estar sin rey! Parece que me falta algo. (enlace al texto). Alberti, Rafael, La Arboleda Perdida. Memorias, Barcelona, Seix Barral, 1975, 336p, p.311.
C. de la Mora recuerda cómo se enteró de que la República empezaba a ser proclamada:
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De la Mora, Constancia, Doble esplendor, Madrid, Gadir, 2004. Prólogo de J. Semprún, p., 169
 
 
 
Gila era un niño cuando llegó la Segunda República:
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Gila, Miguel, Y entonces nací yo. Memorias para desmemoriados, Madrid, Ediciones Temas de Hoy, 1995, p. 130.


La impresión de Morla Lynch, después de su visita al Ministerio de Estado para reconocer, como representante consular chileno, al Gobierno Republicano:
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Morla Lynch, Carlos, En España con Federico García Lorca, Renacimiento, 2008, p., 90.
 
 
 
El eco de un recuerdo ausente, Carlos Blanco Aguinaga:
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Blanco Aguinaga, Carlos, Por el mundo. Infancia, guerra y principio de un exilio afortunado, Alga, Alberdania, S.L., 2007 (1ª edición), p. 20.



El testimonio autobiográfico sobre la política menuda republicana de la mano de Moreno Villa, poeta, pintor e importante personaje de la Residencia de Estudiantes:
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Moreno Villa, José, Vida en claro, autobiografía, Madrid, FCE, 1976, p., 187. La primera edición es de 1944.



Dos resumenes:
Antes, entonces y después: Juan Gil-Albert:
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Gil Albert, Juan, Obra completa en prosa, 4, Crónica General, Primera parte, Diputación Provincial de Valencia, 1983, p. 179-180.



Un extremo resumen de Blanco Aguinaga:
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Ibid, p. 19
Por último, Rodrigo Fresán, sobre el idilio entre la experiencia personal y la historia con mayúsculas:
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Fresán, Rodrigo, Vidas de santos, Barcelona, Debolsillo, 2007, p. 99.
 
 
 
Adenda: Lapsus
No era la primera vez que ocurría.
Otro.
Y más.






















miércoles, 17 de agosto de 2011

La muerte de Lorca en los diarios de su amigo Morla Lynch

Sombras le avisaron/ que no se fuese/ y le aconsejaron/ que se volviese

Quizá la madrugada de hoy, día 17 de agosto, se cumplan 75 años del asesinato a balazos de García Lorca, quizá sea pasado mañana, como sostienen la mayoría de estudiosos. Lo cierto es que la noticia no llegó a la prensa madrileña hasta pasados unos días.  Las referencias que aparecen en las entradas de los diarios de Morla Lynch  tal vez sean un buen ejemplo de hasta qué punto el asesinato del poeta granadino fue una suerte de patata caliente informativa para el bando rebelde, que temía la reacción internacional de condena.

MORLA LYNCH, CARLOS
EN ESPAÑA CON FEDERICO GARCÍA LORCA   editorial: RENACIMIENTO
lugar de edición: SEVILLA
año de edición: 2008
páginas: 664

Así es como Carlos Morla Lynch, uno de sus grandes amigos en Madrid, recuerda de qué forma se enteró de lo ocurrido:

1º de Septiembre (1936)

En la plaza mayor, que, como el resto de la ciudad, se halla llena de milicianos me limpio los zapatos para darle de ganar algunas “perras” al último limpiabotas “que todavía arrastra su cajón de un lado al otro”.

Pasan corriendo, dando voces varios chavales vendedores de periódicos:

¡¡¡Federico García Lorca!!! ¡¡¡Federico García Lorca!!! ¡¡¡Fusilado en Granada!!! (p. 542)

MORLA LYNCH, CARLOS

ESPAÑA SUFRE. DIARIOS DE GUERRA EN EL MADRID REPUBLICANO

ISBN: 9788484723929
Editorial:
RENACIMIENTO
Encuadernación: TELA
Nº Páginas: 600

En el segundo volumen de los diarios de Morla Lynch también aparece una anotación del 1º de septiembre, pero distinta de la que aparece en el primer volumen. En el segundo volumen, el diplomático chileno escribe que “los periódicos publican la noticia no confirmada de que FGL habría sido fusilado por los rebeldes en Córdoba” (p. 61). Como quiera que sea, en su círculo de amigos, lo ocurrido no estaba claro. El mismo M. Lynch, en una anotación de unos días después (8 de sept. Primer  volumen, p. 534) da cuenta de una llamada de M. Altolaguirre en la que desmiente la muerte del poeta granadino: “Más tarde llama Manolito Altolaguirre, que, a su vez, desmiente, la noticia. Él sabe que Federico se halla en sitio seguro. también lo sabe su hermana Isabelita. Debe ser así”. (p.543). Sin embargo, el 7 de sept. (Segundo volumen, p. 65) cuenta cómo “En Molinero, a las ocho, me hago servir un chocolate y, mientras lo saboreo, leo en los periódicos “la confirmación del fusilamiento de FGL”. A continuación, da un versión parecida a la que aparece en el primer volumen y a la que nos hemos referido antes: “…En casa tuenen todos los periódicos. El origen de la noticia parece vago, pero a mí me ha quitado el apetito. más tarde me llama Manolín Altolaguirre y me desmiente la noticia. Él sabe que Federico se encuentra en sitio seguro. (Segundo volumen, p. 66).

Por fin, el 18 de septiembre, Lynch parece asimilar la noticia:

 Me parece escuchar su voz de aquella noche, que era –sin sospecharlo- la última vez que le oía: “Yo soy del partido de los pobres…, pero de los pobres buenos”. Y diríase que esa voz, de pronto, adquiriera un tono más festivo: “¿Te gusta España?”. Una convulsión escalofriante me sacude entero. Me cubro el rostro con las dos manos. (Primer volumen, p. 544)

sábado, 5 de junio de 2010

Evocación hagiográfica de Altolaguirre. ¿Fue feliz?

A la luz de la lectura de los dos volúmenes de los diarios de Carlos Morla Lynch dedicados a su periplo español (1928-1939), si hay algún rasgo de la personalidad de autor que destaque sobre todos los demás ése es su bondad, entendida como buena disposición hacia los demás, como generosidad en el esfuerzo para procurar el bien ajeno y solo de resultas el propio. Desde esta óptica, no parece extraño que aquellos otros personajes con los que se cruzó y hacia los que sintió afinidad compartieran con él dicha virtud. Seguramente, Morla sabía reconocer, por afinidad, la bondad interior en los demás. Ese es el caso de uno de los personajes que cobran relieve en el primer volumen de sus diarios, Manuel Altolaguirre. Su presencia en ellos se acentúa en los años 1932 y 1933, casi se desvanece durante la ausencia de España del poeta malagueño, debida a una beca que disfrutó en Inglaterra. Después, revive con menos intensidad a su  regreso a España en 1935. Las pinceladas descriptivas que Morla dedica a Altolaguirre son numerosas. Valga un buen par de botones como muestra. El primero, ligado al momento en el que Morla presenta a Altolaguirre la composición musical inspirada por Ausencia, un poema suyo. Altolaguirre escucha la pieza, se emociona, y Morla, en cuyos comentarios la bondad es un leit motiv, escribe:

Es un muchacho sensible y afectuoso que atesora un alma infantil. Amén del talento que tiene, es distinto a todos los demás: mayor sencillez, más generoso de corazón y más bueno. (Morla, ibid, p., 353)

El segundo botón describe la reacción del poeta ante el asesinato de Calvo Sotelo, poco antes del inicio de la Guerra Civil:

Manolito Altolaguirre –siempre consecuente consigo mismo- considera inicuo y atroz lo ocurrido, dejando al margen del hecho horrendo sus convicciones, que, mantenidas, no por eso se solidarizan con un acto ignominioso que no tiene defensa ni justificación posible. (Morla, ibid, p., 539)

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Morla Lynch, Carlos, En España con Federico García Lorca, Renacimiento, 2008.

Primer volumen de los diarios dedicado al periodo comprendido entre 1928 y 1936.

 

 

trappor“Altolaguirre fue el tipógrafo de la generación del 27 y el que imprimió una buena parte de los libros de todos sus poetas”. (Trapiello, Andrés, Las armas y las letras. Literatura y guerra civil (1936-1939), Barcelona, Destino, 2010, p.,220)

 

 

1932. La imprenta de Manolito y la revista Héroe.

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Morla, ibid, p., 237.

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“Corría el año 1935 (…) Empezamos a publicar una colección de libros de poesía que titulamos Héroe; en ella aparecieron las Primeras canciones, de García Lorca, Primeros poemas de amor, de Pablo Neruda, El rayo que no cesa, de Miguel Hernández, Las islas invitadas, de Manolo, mi libro Niño y sombras y otros libros más”. (Ulacia Altolaguirre, Paloma, Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas, Madrid, Mondadori, 1990, p., 97)

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trapalt(Trapiello, ibid, p., 221)

heralt hercha

1932:

moral moral2 (Morla Ibid, p., 195-196)

herpra hervi

moral3 (Morla, ibid, 205)

herpa

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24 de abril: en el cuarto de Manolito.

Después de asistir a una corrida de toros en la que Cagancho estuvo de lo peor, hemos ido en la tarde al cuarto en el que Manolito tiene establecida su imprenta,

…habi-

morcon morcon2(Morla, Ibid, p., 240-241)

mendez

Morla recoge otros escorzos de la vida del poeta. He aquí un sucinta guía:

- P., 210: Morla enjuicia la poesía de Altolaguirre.

- P., 249-50: La futura boda de Altolaguirre con Concha Méndez.

- P., 263: Un pequeño conflicto en torno a la revista Héroe.

- P., 267-70: La boda de Altolaguirre y C. Méndez.

- P., 297: Vida matrimonial. Un hijo en perspectiva.

- P., 332-335: Parto malogrado.

- P., 350: Aniversario de boda.

- P., 368-69: Despedida al matrimonio, que parte para Londres, vía Bruselas (p., 385).

- P., 484-85: Regreso del viaje a Londres.

Pero esta incompleta lista –Ay, qué tarde descubrí el índice onomástico, que quién sabe por qué, daba por inexistente-, a la que hay que añadir las pinceladas descriptivas de Morla y las salidas autorretratísticas de Altoaguirre, es solo un pálido reflejo de la viveza de las anécdotas contenidas en el volumen.

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Sáenz de la Calzada, Luis, La Barraca Teatro Universitario. Seguido de Federico García Lorca y sus canciones para la barraca, en transcripción musical de Ángel barja, Madrid, Publicaciones de la residencia de Estudiantes, 1998, p., 217.

 

 

 

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Manuel Altolaguirre, La lenta libertad, p., 9.

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