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miércoles, 21 de marzo de 2012

Cruce de citas: El mudejar aragonés y Gaudí, pasando de lejos por Brunelleschi y resumido por Azúa.

(Gaudí) “ …se veía a sí mismo como un artesano, no como un teórico. Decía, y sin duda tenía razón, que había aprendido las complejas curvaturas y estructuras de las membradas observando a su padre golpear el hierro y las láminas de cobre…Eso explica casi todo lo que es preciso saber para entender que Gaudí no fuera un arquitecto moderno, en el sentido de modernidad de Mies-Gropius-Le Corbusier. A diferencia de estos, incluso a diferencia de sus contemporáneos catalanes…pensaba en términos de espacio manual, no conceptual. Otros se dejaban guiar por la cuadrícula; a Gaudí no le servía para nada. Su obra madura no podía ni empezarse a imaginar a partir de un simple dibujo…A Gaudí no le gustaba dibujar, el dibujo no conservaba suficiente información sobre los complejos volúmenes y espacios huecos que tenia en la cabeza. Prefería hacer maquetas, de madera, de papel, de arcilla o con nabos recortados”. (Hughes, Robert, Barcelona la gran hechicera, Latitudes, National Geographic, 2005, p. 120-121. Trad. Esther Roig)

“Conviene recordar que las incomprendidas torres de ladrillo de Aragón se erigieron a raíz de un levantamiento de la albañilería contra la arquitectura, y el gusto de mirarlas se acrecienta – aunque, a decir verdad, a costa de hacerse algo bastardo- imaginando la rabia  y el horror que le producirían al pétreo y aplastante Buonarroti” (Sánchez Ferlosio, Rafael, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, Ed. Destino, 2001, p. 17)

 

“Brunelleschi es el primero en pensar la arquitectura como espacio, o sea como la manifestación  -la única posible- de una ley constructiva del universo que solo puede revelársele al hombre, ya que el hombre está dotado de razón, y dicha ley, que no es otra que la ley divina de la creación (la “divina proporción”), es racional por excelencia” (Argan, Giulio Carlo, Brunelleschi, Xarait ediciones, 1981, p. 97. Trad. carlos Martí Arís

 

“Las artes eran oficios practicados por artesanos como los escultores en piedra, los pintores…, pero también los pescadores, o los carpinteros, sastres, zapateros. Si lo que llamamos “artes” se llamaba en Grecia técne y en Roma ars, ello es debido a que la separación entre técnicas y artes obedece tan solo a una exploración desarrollada a lo largo de los dos últimos siglos, pero ni antes se diferenciaron ni parece que vayan a seguir diferenciándose mucho tiempo más. Nada, en su esencia, separa a las artes de las técnicas” (  Azúa, F. de, Diccionario de las Artes, Anagrama, 2002, p. 56)

miércoles, 11 de enero de 2012

Animales de anuncio: ¡Abuelita, abuelita, qué televisión más grande tienes!

Ferlosio lanzó un anatema contra W. Disney augurándole una congelación eterna por el daño que hacía a los niños al humanizar a los bichos, incapacitándolos así para contemplar con sorpresa la variedad de Natura. En otro de sus libros hay una hermosa reflexión sobre dónde hay más naturaleza, si en un descampado urbano en el que un gato persigue a un ratón o en los documentales de animales. La publicidad que cuenta entre sus participantes a nuestros hermanastros lobos, primos gatos , sobrinos ratones y demás parientes también suele tener algo de empalagoso y ñoño, pero cuando está medianamente bien hecha puede tener gracia y encanto. Recuerdo, por ejemplo, el león llorón de Fellini. Por cierto, qué bien combinan las dos palabras,  león y fellini, género y especie, si no fuera porque felino tiene una sola ele en italiano. Además, los anuncios me sirven para hacer está entrada rápida y espero que resultona.

Animal spot es el único festival dedicado  a los anuncios sobre animales o hechos con ellos. He aquí algunos de los videos ganadores en 2011, en distintas lenguas, alemán, francés, inglés, alemán, etc:

Y más en la página web de Animal spot.

martes, 19 de julio de 2011

Libros de autoayuda. Summertime love and sex: el esperado y devastador verano en pareja

Ansiolíticos. Parece verosímil que haya sido esa nueva ideología o religión del Pensamiento emocional y positivo, hija del secular y acrisolado anti-intelectualismo americano, la que ha lanzado a la opinión ese irresponsable principio de que "las crisis" -sin más determi-nación- abren las mayores posibilidades de cambio y de mejora. Aplicado a Haití no podría haber falacia más canalla, porque todo el mundo sabe perfectamente que el terremoto no será ocasión de nada, sino que, por el contrario, agravará tremendamente sus desgracias anteriores y perpetuará su perdición. Evidencias como esta son las que quieren borrar del horizonte los ansiolíticos occidentales del tipo "pensamiento positivo".

R. Sánchez Ferlosio, Pecios. No, si yo ya me iba, 28-3-2010, El País.

Lo maté porque en vez de comer rumiaba (M. Aub, Crímenes ejemplares).

Llega el verano y muchos, liberados de la bendita condena al trabajo, se encuentran de bruces a tiempo completo con sus cónyuges o parejas. La actividad en ese caso salva, el bricolaje ayuda, los largos paseos matutinos en soledad antes del desayuno contribuyen a relajar la mente preocupada, pero, al cabo, se imponen las largas horas de convivencia en espacios reducidos, en baños compartidos, en cocinas que como asiento tienen  incómodos taburetes de diseño de medio pelo, o en salones de 20 metros cuadrados con sofás de piel demasiado grandes, como para salones de verdad.  Y lo que había sido una convivencia light en invierno gracias a las largas jornadas de trabajo se hace problema, todo es objeto de escrutinio, de mejora, desde la temperatura del aire acondicionado hasta el estado de desgaste de los bañadores, la radio demasiado alta o el gazpacho demasiado caliente. Si, además, se parte hacia el mar, la montaña o el pueblo, hay que añadir a lo anterior las tensiones fruto de la conducción, el sol y las piscinas, la falta de sartenes adecuadas y la televisión única. Total, que al acabar el verano, como después de las Navidades, es cuando más parejas se separan, porque han llegado al punto de ebullición por contacto tras tantos días o semanas en compañía del otro, cuando no de su escolta familiar.

Encuentro en un blog la foto de un estante de Nueva York  dedicado a autoayuda emocional y sexual, análisis y detección de anomalías y comportamientos abusivos en la pareja. Hay casi de todo, desde estudios sobre el perdón radical o ensayos sobre la supuesta querencia masculina por las frescas, para decirlo finamente, hasta consejos sobre como tratar a los hombres tóxicos o un prontuario sobre el excitante uso del lenguaje cochino en la relación sexual. Lástima que la foto no permita leer la letra pequeña, porque seguramente es donde se encuentra lo más sabroso y donde incluso se propondrán soluciones para lo casi imposible, atravesar indemnes el tan deseado y largamente esperado devastador verano.

Alcune proposte in tema di “amore e sesso” della libreria Barnes&Noble di Union Square, New York.

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Fuente: http://stagliano.blogautore.repubblica.it/2011/07/15/lo-scaffale-di-amoresesso-in-america/?ref=HRERO-1

jueves, 24 de junio de 2010

Italianos que no van con su selección. Haberlos húbolos

Apoyar a la selección, en especial a la selección de futbol, se ha convertido en la máxima expresión de afecto por la nación. Pero también existe aquel a quien la música del balón nunca le supo levantar, o quizá sea el tipo de nación que intuye que está detrás de ese apoyo lo que no le motiva. Existe incluso el que apoya al rival, una contraimagen del  que, como la mayoría, va con equipo de su país. ¿Qué juicio merecen esos individuos, de qué delito son reos? ¿Por qué se ganan esa mirada que les echan los espectadores de la siguiente escena de La meglio gioventù, si hoy en día no hay caso nada tan sagrado como la propia opinión? ¿Cómo es posible escribir las cosas que escribe J. Carlin sin entrar por un instante en el fondo de la cuestión? 

La escena en cuestión, subtitulada en inglés, empieza hacia el minuto uno

La fidelidad al propio equipo, que dura toda la vida, hace pensar que el patriotismo deportivo ha emulado a los patriotismos nacionales, fundados en el antagonismo, incorporando el factor de la territorialidad. El patriotismo del deporte representa, por pretendida ficción (Veblen), el antagonismo puro, vacío, sin contenido alguno, o el patriotismo genérico, indeterminado, que, de rechazo, trasluce la propia gratuidad del patriotismo armado. (R. Sánchez Ferlosio)

miércoles, 10 de marzo de 2010

Rincón de los reportajes. Batallitas y merchandising taurino. Más perdido que Carracuca sobre la cuestión del toro: bullfighters, bull trainers, bull lovers, bullfigthingphobics, bull-baiting, bull-ring y hasta bull-runnings.

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Un regalo taurino. Lista de artículos en venta en una tienda situada cerca de la madrileña plaza de las Ventas.

Ando dando vueltas al asunto ya desde hace meses. Nací cerca de la plaza de toros de las Ventas, en Madrid. El portero de mi casa, para sacarse un dinerillo, era acomodador de fin de semana en el coso y, a veces, durante la feria de San Isidro, nos daba alguna entrada de tendido. Había conseguido el puesto a través de otro vecino, D. Rafael Campos de España, conocido crítico taurino. Otras veces, de pequeño, iba a la plaza con mis padres. Recuerdo haber aborrecido el espectáculo, quizá porque no me querían dejar solo en casa y me obligaban a acompañarles. Cuando eran novios, mi padre también llevaba a mi madre a las corridas. Recuerdo haberle oído contar a ella de cuando vio a Manolete, Arruza o Bienvenida. Después, compartí afición con un hermano mío. Durante temporadas asistí a la plaza por San Isidro, la feria de Otoño y hasta muchos domingos al tendido del siete, a protestar, o ver cómo protestaban, sobre todo, los cuatro de turno, cómo a la menor decían “pico”, “pico”, si el matador ponía oblicua la muleta al citar a la res. Vi a Sánchez Ferlosio, I saw his ribbons and his bows, y al erudito americano David Reher. También vi a un toro desnucarse contra el lateral de cemento de una barrera y quedar allí a la espera de una puntilla que no había manera de dar por la postura de aquel cuerpo de más de 500 quilos. Otro día, vi salir al ruedo a un perrillo, creo que durante una Corrida de la Prensa, y vi cómo no había manera de atraparlo, cómo se hizo de noche y tuvieron que encender los focos y pasamos de las dos horas habituales que dura una corrida a más de tres. También vi el mechón blanco del redivivo Antoñete y alguno de sus trincherazos y medias verónicas. Creo que hasta le vi cortar una oreja. Y vi al albatros Rafael de Paula hacer el paseíllo patizambo y al poco convertirse en el bailarín conocido como er pinsé. Le vi, además, salir del ruedo entre almohadillazos, pero también estuve presente cuando, de repente, el toro le gustaba y hacía una chicuelina y la plaza enmudecía y el paso del tiempo se alteraba, más que en Perdidos. Una chicuelina y, todo lo más, la emocionada espera de otra. También a Curro Romero le vi hacer de las suyas ante un público dispuesto a lincharle o a rendirse ante él, pero a no perdonar que el tarro de las esencias se quedara cerrado y el diestro de Camas se fuera de rositas. Y es que, a quién no le gustaría vivir mecido en una de sus verónicas. Y a Manolo Vázquez, magnífico en su austeridad, también le vi. Y a Morenito de Maracay, poniendo banderillas y yo riéndome, para impresionar a mi novia, de aquellos ademanes pintureros. Y vi a Esplá, el erudito, y a un hermano suyo, que me parecía mejor torero.

Nestoque Después, dejé de ir a los toros. Una de las últimas corridas que vi fue en Ciempozuelos, desde la barrera, porque mi padre tuvo que ir como Médico de pueblo. Se habia jubilado de otro trabajo y pidió el reingreso en aquel cuerpo. Desde la barrera, el espectáculo me acabó de disgustar. Aquel ballet, visto de cerca, se hacía amargo. Después, con el paso del tiempo, creo que en algún momento me sentí declaradamente anti taurino y esperaba la columna anual de Vincent en El País para festejar mi nueva fe. Pero, he de decir que si me caía una entrada entre las manos la aprovechaba y si se trataba de buenos toreros disfrutaba hasta de momentos de solaz durante la lidia.

Al hilo de la polémica suscitada por el debate que está teniendo lugar en el parlamento catalán sobre el tema (http://www.abc.es/20100303/toros-/salvador-boix-levanten-sitio-201003031049.html), me llegó un correo titulado Artistas o asesinos hace unos días. Todo él rezuma maximalismo –ergo simplicidad. Dándole crédito, los toreros no serían otra cosa que un grupo compacto de crueles malhechores y la corrida una actividad en la que se mata por mera diversión, llena de atrocidades y cruel refinamiento, una ciencia de la tortura, en palabras textuales. En el lado contrario, a distancia sideral de la primera postura (aunque mirada la cosa con detenimiento la distancia que separa a unos y otros es la misma que separa a los extremeños), se sitúan los defensores a ultranza de la llamada Fiesta Nacional, entre ellos los que quieren declararla Bien de interés cultural y apelan incluso a la Unesco(http://www.elmundo.es/elmundo/2010/03/05/toros/1267761653.html), como si así el debate quedara ventilado ad aeternum, gracias a una especie de creencia en que lo cultural es carne de dios, intocable, inmarcesible, sagrada, aunque, en verdad, la etiqueta cultural está mas bien ligada a cosas como la letra de aquella canción… “me lo dijo Pérez, que estuvo en Mallorca y vino encantado de todas las cosas que vio por allí”. Se cuenta que un parlamentario inglés tiró a otro un vaso de agua en respuesta a sus comedidos argumentos sobre una cuestión. El agredido, aunque incómodo por lo mojado que había quedado, le contestó: “Bueno, sigo esperando su argumentación”. Creo que las posturas maximalistas descritas son jarros de agua helada lanzados contra el oponente, que dicen más de quien las lanza que de aquello que se trata de dilucidar, porque, en tanto que argumentos, carecen de peso. En cuestiones complejas como esta, en la que hay en juego tantos factores e intereses de todo tipo, legítimos y seguramente alguno también ilegítimo, es en las zonas grises donde radica el quid y no en las zonas extremas, o sea, en las que ocupan, por un lado, los abolicionistas radicales y, en el otro los defensores de las esencias culturales patrias.

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Es verdad que el toro de lidia sufre de forma brutal durante la corrida, pero también lo es que en su vida previa vive, podríamos decir, como un señor, libre, con espacio, bien cuidado y alimentado, en compañía de sus congéneres. Es verdad que en cierta medida el sufrimiento del toro es gratuito, si por gratuito entendemos que podríamos prescindir de la corrida sin riesgo para nuestra vida, pero también lo es que podríamos prescindir de todos o la mayor parte de los alimentos que provienen de animales con sistema nervioso central y cuya vida es más desgraciada que la del toro. Es verdad que el toro muere en el ruedo mala manera, pero también lo es que los animales de matadero mueren en especie de centros de exterminio, por decenas de miles todos los días. Como dice Elisabeth Costello, un personaje de Coetzee, quizá su alter ego en estos temas:

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Coetzee, J.M., Elisabeth Costello, Barcelona, Debolsillo, 2005, p. 102-103.

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Entre los contarios a la corrida los argumentos son poderosos, como, por otro lado, no podía ser menos ante la evidencia del espectáculo. Lo que pasa es que el tono, a menudo, es excesivo y hace pensar que la ilustración de cuya herencia se reclaman herederos tiene tintes iluminados. Es el caso de J. Mosterín en las páginas dedicadas al tema en Vivan los animales (ed. Debolsilo, p. 251-270).

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Afirmaciones como las siguientes pecan, en mi opinión, de verborrea lógica y poco ayudan a configurar una imagen realista de la cuestión: “…siguen una faenas de capote…Es el único momento de la fiesta taurina que una persona sensible puede contemplar sin sentir ganas de vomitar” (p. 258); “Los políticos…prefieren seguir la corriente al poderoso grupo de presión de los empresarios taurinos, que mueve miles de millones de pesetas embruteciendo a las masas…” (264); “…el hortera mundo taurino, con su cursileria supersticiosa, su sensibilidad embotada y su retórica ramplona y achulada.” (P. 269).

Es verdad que el momento dulce de la corrida son los quites con el capote y, ahora que me doy cuenta, casi todo aquello a lo que me he referido en mi experiencia como espectador tenía que ver con ello, pero es un exceso augurar que cuando por fin se llegue a la abolición del espectáculo “los picadores, toreros y demás ralea recibirán una beca para que aprendan un oficio con el que ganarse la vida honradamente.” (p. 270). Mosterín acusa a a F. Savater de no estar a la altura de su habitual finura en el tema -sobre la posición de este véase, por ej., http://www.elpais.com/articulo/cultura/abuso/arrogante/elpepicul/20100304elpepicul_3/Tes-, pero se tiene la impresión de que, por momentos, quien adolece de finura es él mismo. No me parece suficiente responder a los a menudo endebles argumentos –“o, más bien, exabruptos” (p. 265)- de los defensores de la fiesta (p. 265-268). Más bien, habría que plantear argumentos de fondo sobre nuestra relación con el medio y sobre el difícil equilibrio entre la crueldad y el ejercicio de la violencia necesaria en relación al desarrollo de la vida humana. Rebatir lo simple no es suficiente si se quiere convencer, además de vencer.

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Si se ha de dar un voto de condena pública al espectáculo yo estaría de acuerdo, porque encuentro pocos argumentos positivos a favor de él y bastantes negativos. Entiendo la afición como una especie de vicio privado, no sé si grande o pequeño. No creo que estar afectado por él y estar dispuesto a considerar sus aspectos negativos sean cosas incompatibles. Pero, prohibir, como pretenden las recientes iniciativas, es otra cuestión. No se puede excluir la medida, desde luego. Sin embargo, antes, se debería intentar llegar a un acuerdo maduro, en esa zona gris en la que se mueve la vida adulta, un acuerdo que, como es de rigor, no contentara a nadie, pero que supusiera un esfuerzo por ponderar las razones propias y ajenas, más allá de los intereses de parte, en aras de bien colectivo. Ese sí que debe ser un imperativo ético, tal y como yo lo veo, un imperativo de la actividad política bien entendida.

jueves, 21 de enero de 2010

Rincón de las fotos (15). A natural alien in London (Pseudo Sting)

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Naturaleza y civilización… Pero, decidme: ¿que es más naturaleza: un león persiguiendo a un antílope en el Parque Nacional de Tanganika o un gato persiguiendo a una rata bajo la luz de los faroles junto a la interminable pared del matadero.  Rafalel Sánchez Ferlosio, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, Barcelona, Destino, 1993, pág. 10                         

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domingo, 10 de enero de 2010

Rincón de las anécdotas (3). Sesudas notas también llamadas garabatos.

Paso por el centro de exposiciones que instaló la Caixa en Madrid al abandonar la sede de Serrano. Es una antigua central eléctrica situada frente al Jardín Botánico. Cuando ardió, con no poco susto de los vecinos y el desagradable cierre de las casetas de libros de La cuesta de Moyano que tuvo como consecuencia, la Caixa decidió establecer allí su base central de actividades culturales. Hace poco, en ocasión de la entrega del Premio Nacional de las Letras, decía Ferlosio que la Cultura es un medio de control social. No es nada nuevo, pero de vez en cuanto conviene recordarlo, en particular si el recordatorio proviene de alguien tan serio como él. Con el paso de los años democráticos fueron desapareciendo de Madrid los cuarteles que estaban situados dentro de la ciudad o en la inmediata periferia. Yo hice la mili en Vicálvaro, en uno de ellos, perteneciente a la artillería motorizada de la división Brunete, aquella que fue tan importante en el éxito inicial del intento de golpe del 23F. Hoy es parte del campus de una de las cinco universidades públicas del distrito madrileño, el mismito sitio donde estudia mi hija, por cierto -la ville est un temple où de vivants piliers/laissent parfois sortir de confuses paroles;/l'homme y passe à travers des forêts de symboles/qui l'observent avec des regards familiers, como si tal cosa. En la dictadura franquista, el peligro para el régimen (régimen también de palos) estaba casi más dentro que fuera, lo llamaban enemigo interno, con esa nota siniestra de aroma demoniaco que despierta el término. Se decía en los medios de izquierdas que a ello se debía la particular situación de muchos enclaves militares. También los había culturales, sobre todo en el tardofranquismo. La Fundación March, cuya maciza sede de Castelló hace de centinela cultural desde la segunda mitad de los años cincuenta, es un insigne ejemplo de ellos. Pero ha sido seguramente en estos últimos veinte años cuando los restos del control militar languidecieron frente a l a saturación cultural: el Reina Sofía, el antiguo Centro cultural Mapfre, y el nuevo, espléndido en algunas de sus exposiciones, la Casa de América, el Thyssen, la sala de exposiciones del Botánico, las hoy menos activas del BBVA, la del Santander, junto al antiguo edificio de Sears, hoy ocupado por otro centro máximo de control y generación de realidad, una suerte de catedral laica, El Corte Inglés, las salas de la Biblioteca nacional, las del Centro cultural de la Villa, bajo la un día ruidosa cascada de Colón. En fin, que en no más de dos quilómetros no cabe un alfiler más, aunque sea de diseño. Aquello es como una central nuclear de la cultura mundial. Una vez que entras en ese perímetro radioactivo no sabes cómo vas a salir transformado, con qué tumor cultural maligno, como Don Quijote, o benigno, quizá un renovado interés por la vida. Aunque creo que en realidad las víctimas somos más bien los de provincias que visitamos la capital que quienes viven allí, ya curtidos, resabiados y con mejor formación y preparación para enfrentarse a Ello.

Yo, hombre ya de ley y orden, soy adicto a esas formas de control cultural que me hacen sentir como en una nube de algodón, en una casa feliz platónica, como imagino que en parte hace sentir el ejercito a sus miembros o la iglesia a sus fieles. Pues resulta que estaba en una expo sobre Palladio, de esas a las que voy por no perdérmelas más que porque me interesen de verdad. Iba de una sala a otra demostrándome a mí mismo poco interés por tanta maqueta, y sobre todo desentonando con tanto interesado por el grandioso arquitecto, cuando vi a una madre de dos niños de unos 4 o 5 años que tomaba notas ante los planos un de las villas que proyectó. Pensé que la señora sería por lo menos arquitecto también(les ahorro los otros indicios que me llevaron a esta conclusión). Así es que me alejé de allí no fuera a ser que alguno de los dos hijos sabiondos me pusiera en aprietos con alguna pregunta técnica que le hubiera hecho previamente su madre para entretenerle. Mis prejuicios son implacables. El caso es que, al poco, en otra sala, veo que la hija pequeña se acerca a la madre con las notas que esta había tomado previamente y le dice: “¿Pero, mamá, por qué pintas monigotes en mis papeles?”, justo lo que se hubiera esperado que dijera la madre a la niña en otro contexto. La madre, abducida por la suplantación de personalidad y edad a la que le había sometido su hija va y le contesta despechada, quitándole de las manos sus notas: “Dame mis hojas, que tú no entiendes mi letra”. Me pregunto quién de las dos conduciría el todoterreno de vuelta a casa. Y es que el enemigo interno le tiene a uno siempre bajo control.

miércoles, 6 de enero de 2010

Rincón del gato. Paredondehelarte. Nueva exposición. Sin par combate de Orna contra Turifel. La gracia da un corte al olvido.

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José Orna contra el efecto turifel

La obra debe crear la necesidad y satisfacerla. Y, además, hacer sentir que ni esa necesidad ni su satisfacción estaban a nuestro alcance. De ahí el infinito recomenzar del deseo. (P. Valéry, Cuadernos, 1894‑1915)

1. Cuantas veces habrán pasado por delante de nuestros ojos códigos de barras o camisetas con la más conocida de las reproducciones de la cara del Che Guevara sin que hayamos reparado en ellas. La fuerza de la rutina llega a hacer invisibles algunas cosas y, a menudo, hasta a algunas personas. El efecto turifel que describe Sánchez Ferlosio en Vendrán más años malos y nos harán más ciegos está emparentado con fenómenos semejantes. En palabras suyas, “consiste en una especie de descrédito que va minando irremediablemente la autoridad de la presencia física de determinados monumentos mundialmente famosos cuando esa presencia es, por así decirlo, desgastada por el precedente de una indiscretamente inmoderada anticipación de representaciones iconográficas”. Tras haber visto reproducida la Torre Eiffel decenas de veces, cuando uno se planta delante de ella corre el riesgo de identificarla antes que verla, de manera que la percepción y consiguiente interés o desinterés se convierte en mera redundancia, la sorpresa en un “pues es de verdad, pero ya la había visto”. Algunos de los recortes de la exposición son como rocío que vivifica imágenes desgastadas por la repetición. Es un efecto opuesto al turifel, porque, además, adquieren significados insospechados, dormidos en ellas hasta que José manostijeras se decidió a recortarlas. Que la polémica foto Raising the Flag on Iwo Jima aparezca sobre un código de barras retrata casi indeleblemente lo que la guerra tiene de negocio y lo que los Estados Unidos han supuesto como vencedores del comercio mundial. Algo parecido a lo que ocurre con el recorte del Che, tan desconcertante y casi diría sacrílego, la “chispa de la revolución”, para los flacos, para los gordos, los que ríen…los que lucharon contra lo que simbolizaba. Lo cierto, es que de ahora en adelante para mi el Che tendrá una coca cola entre ceja y ceja, hasta que un día pase ante una galería de arte y ni siquiera me de cuenta que Orna expone allí, porque turifel siempre acaba ganando, ley de vida.

2. La idea del Arte clásico encaja mal con las señales del esfuerzo del artista. Valéry dice que “la técnica más profunda debe ser insensible, no hacerse ver más que con la reflexión ‑pues las buenas máquinas no hacen ruido (Cahiers). Valéry coincide extrañamente con el ideal de la gente común, para la que una obra de arte debe estar limpia, nada en ella debe hacer pensar en los sudores del autor ni en los instrumentos que tuvo que utilizar para completarla. Todo lo más, se puede hablar de texturas, de recreación en la materia, pero son de mal gusto los indicios que delatan al artesano que hay detrás, el trabajo manual que el producto final oculta. Por eso, atreverse a crear con un cutter o unas tijeras tiene algo de provocador. No son utensilios nobles, con tradición, como lo puedan ser una pluma, un cincel, un lápiz, una batuta, o las manos, si me apuran. Las tijeras o el cutter pertenecen a los trabajos manuales, a la artesanía, a los sastres, a los cirujanos, no a la tradición artística con pedigrí. Doble mérito, pues, el del Orna, haber conseguido resultados tan hermosos, dejando evidencias del utensilio y de la mano hábil y minuciosa que lo empuñó. Parafraseando otra vez a Ferlosio, podríamos decir que si el mudéjar representa el desquite del albañil frente al arquitecto, estos recortes son la reivindicación artística del bricoleador. “Las artes eran oficios practicados por artesanos como los escultores en piedra, los pintores…, pero también los pescadores, o los carpinteros, sastres, zapateros. Si lo que llamamos “artes” se llamaba en Grecia técne y en Roma ars, ello es debido a que la separación entre técnicas y artes obedece tan solo a una exploración desarrollada a lo largo de los dos últimos siglos, pero ni antes se diferenciaron ni parece que vayan a seguir diferenciándose mucho tiempo más. Nada, en su esencia, separa a las artes de las técnicas” (F. de Azúa, Diccionario de las Artes). Espero que toda esta parrafada transmita el tono reivindicativo que he pretendido darle. Mientras estábamos montando la expo alguien se acercó y dijo de los recortes “son como trabajos manuales” . José se lo tomó con filosofía, pero pareció desanimarle. La categorización inmediata de lo que vemos nos ayuda a metabolizar la realidad, pero nos hace perder toda frescura en la percepción de lo singular, nos impide saborear la belleza. Después de ver estos recortes, de lo que no me queda ninguna duda es de la notable habilidad manual y del gran ingenio (estro, esprit, wit) de su ejecutor, pero, sobre todo, de su capacidad para hacer confluir felizmente los dos ingredientes. Lo mejor de la obra de Orna es puro ar(e)té, excelencia, y la palabra que resulta si al término griego le quitas el acento y paréntesis que le he puesto yo.

1+2. El aura del poeta dio sus últimos destellos con Baudelaire (W. Benjamin). En la mentalidad primitiva compartía el carácter sagrado con aquellos que se las tenían que ver con las entrañas del mundo, con las materias sagradas, mineros, herreros, alquimistas (M. Eliade). El poeta entonces podía hablar con los animales, con la naturaleza, revelaba lo arcano. De aquello, ya solo queda el ingenio (La cebra albina, en la mejor tradición del op art), la referencia irónica a la tradición (El hombre de Vitrubio haciendo gimnasia), el pequeño detalle simbólico (La fuga de la jaula de barras), la brillante retórica interna del reciclado (El forzudo que levanta pesas de papel, la manzana pelada, el abrazo yin yang). Me pregunto si esta agudeza que me recuerda a artistas de la talla de Chema Madoz no tiene también algo de mágico. La realidad no deja de engañarnos a diario, las personas, las cosas, emiten signos equívocos, que nos llevan constantemente a la duda, al error. Las mejores, las más profundas de estas obras quitan capas de suciedad a lo real, restituyen la verdad, la relación ideal con el mundo. “Así es cómo hay que mirar el mundo” me digo cuando las veo y cada vez que paso por delante de la pared donde están expuestas me siento un poco feliz. Aunque el malvado turifel aceche por los pasillos de la EOI.

Javier Brox

Casi la totalidad de los recortes de la exposición de la EOIZ1:

cebra albina[1] debajo de la lluvia[1] lazo rojo[1]

araña[1] Abrazo[1] Recortes[1] la cuadratura del circulo[1] Iwo-Jima[1] que bebia el Che..[1] forzudo[1] voyeur[1] violinista[1] escapar[1] mirando a los trapecistas[1] manzana[1]

“Nadie sabe lo que piensa un toro” ‑decía un torero‑. Pero el torero sí tiene que saber pensar. Y no sólo lo que piensa del toro, sino del toreo. Y pensar toreando. “No se piensa más que en aforismos y definiciones” –dijo Unamuno. No se torea más que con recortes y galleos.

Entre el decir y el hacer del toreo, como en cualquier otro lenguaje vivo, del arte que sea, hay mucho o poco trecho, que no es un vacio sin pensamiento. El torero al hacer y decir el toreo, lo está pensando...Y el pensamiento y el estilo en el arte de torear son también una misma cosa.

Describe Pepe Hillo en su Tauromaquia los recortes y los galleos diferenciándolos cuando se hacen con el capote o no. El recorte se puede hacer sólo con el cuerpo; el galleo no. Puede haber recorte sin galleo pero no galleo sin recorte. Y no hay toreo sin los dos y las “suertes” que se hacen con ellos que son todas las del arte de torear (José Bergamin, La música callada del toreo).

Otros recortes que no están en la expo: http://doctorpalomar13.blogspot.com/2009/05/los-recortes-de-jose-orna.html