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lunes, 27 de febrero de 2012

Carne hecha cuerpos/ideas hechas carne: Entre L. Freud y P. della Francesca.

Hay grandes pintores, como Leonardo o Piero della Francesca, que cuando pintan un cuerpo, en realidad lo que están pintando es una idea hecha carne; otros, también grandes, como a veces L. Freud, lo que pintan es la carne perecedera hecha cuerpo. En  medio está el equilibrio de Velázquez, en el que la nobleza de espíritu tiene el peso preciso de los huesos en los que se ha materializado. Una nota de P. Valéry sobre la Gioconda podría leerse en esos términos: “La sonrisa de la Gioconda no piensa en nada. A través de ella dice: “No pienso en nada- es Leonardo el que piensa por mí” (Cuadernos, 1894-1945, Galaxia Gutemberg, p. 342). Y es que Leonardo pinta lo que hay más allá, de ahí que uno tenga siempre la sensación de que sus cuadros son indicios, signos que esconden una verdad posterior.

Pero a menudo, entre la idea y la carne con fecha próxima de caducidad, se producen enigmáticas confluencias cuyo resultado resulta difícilmente equilibrado. En los extremos del cruce de caminos lo ideal y lo material está, por un lado, la cursilería, cuando la idea pesa demasiado y el cuerpo casi no cuenta, es una mera excusa; y, por otro lado,  la pornografía, cuando es el cuerpo el que no para de dar la lata y la idea se ha ido de paseo para que su acompañante habitual disfrute a ciegas del momento. A lo cursi le sobra voluntad trágica, por eso, a menudo, resulta pretencioso, y a lo pornográfico le falta, por eso se puede resumir en una onomatopeya   (chof, chof). Lo cursi pornográfico, mezcla de los dos polos, aunque no sabría decir bien por qué, creo que está presente en las escenas  Historia de la Veracruz, Sueño de Constantino, Arezzo Piero de la Francesca.

eróticas de ejecutivos en frías oficinas con muebles de diseño que mezclan madera y aluminio. Máxima pretensión estética, mínima densidad significativa se encarnan en rascacielos o en chalets automatizados, escenario de las proezas del dios Porno, que han sustituido a los ambientes orientalizantes del pasado prostibulario.

Los retratos de L. Freud, al que, con motivo de su fallecimiento, dedicamos una de las entradas más visitadas de este blog, alternan otras veces con inigualable equilibrio los dos mundos a los que nos hemos referido. Lucian Freud at NPG: Lucian Freud at National Portrait Gallery - Girl with a White DogGirl with a White Dog, 1950-1. Retrato de la exposición que se está celebrando en Londres, en la National Portrait Gallery

El tono costumbrista de la escena, un cuerpo de diario en un escenario muy levemente teatral, expresado a través de notas levemente expresionistas, contiene, como contrapunto, un pecho desnudo que abre la pintura hacia una dimensión ahistórica, como si se tratara de uno de esos rasgos que esconden las hadas melusinianas para que no se descubra su pertenencia a otros mundos. La modelo está posando para el pintor, pero enseña su pecho como Atenea nos dejaría mirar de cerca su casco o la dama de Elche examinar su peinado, con una mezcla de gravedad y cercanía que solo se explican a través del amplio margen de indiferencia que los dioses muestran hacia los humanos. Indiferencia y al tiempo interés, desde luego, pero sin renunciar a su alteridad. ¿Qué hay y qué no hay entre la modelo y el pintor, qué podría haber entre esta mujer y el espectador? Difícil de saber. Solo ella y su perro parecen dominar el interior que se encuentra más allá del muro  seductor pero infranqueable de sus miradas. Sus ojos calman tanto como iluminan, pero quienes estamos de este lado no hallamos manera de que se crucen con los nuestros. Una idea hecha cuerpo carnal, pero lleno de misterio, un ser amable, pero intratable en igualdad de condiciones.

Otro de los retratos expuestos:

Lucian Freud at NPG: Lucian Freud at National Portrait Gallery - Eli and DavidEli and David, 2005-06. In his last years, Freud regularly painted his assistant David Dawson with the whippets Eli and Pluto

viernes, 22 de julio de 2011

Muere Lucien Freud. Ficción y realidad. Mear para creer.

They haven’t got no noses,/The fallen sons of Eve...The brilliant smell of water,/The brave smell of a stone,/The smell of dew and thunder,/The old bones buried under,/Are things in which they blunder/And err, if left alone (Chesterton,The Song of Quoodle)

Con motivo de la muerte Lucien Freud vuelvo a publicar una entrada de marzo de 2010 dedicada a él a raíz de una exposición celebrada en el Centro Pompidou de París.

Casi en la esquina entre el paseo de Echegaray y Don Jaime, junto a la lonja de Zaragoza, hay un caballito con ruedas de bronce sobre el que a menudo la gente se hace fotos. Cuando mi perro era pequeño y lo vio por primera vez tuvo miedo y hasta que no se acercó para olerlo no se quedó tranquilo. También le pasó algo parecido con aquel falso oso greezly que pusieron durante una temporada a la puerta de las tiendas Natura. Y eso que a los perros, como a los humanos, suele bastarles con la vista para entender el mundo. Sin embargo, ante la mínima duda, confirman sus hipótesis con el olfato y después las sellan con una meada. Los humanos para asegurarnos de algo a menudo tocamos. Como dice el proverbio, ver para creer y para no errar, tocar, aunque en ocasiones, como, cuando, por ejemplo los alimentoso las situaciones huelen mal, también nos fiamos bastante de la nariz. El arte suele jugar con la ambigüedad de lo real, potenciando los estados intermedios en que no se sabe si algo es o no es lo que parece, como si la segmentación de la realidad que hacemos con el lenguaje tendiera a desaparecer en una especie de continuo y el perfil que diferencia un objeto de otro se difuminara. Es más, a veces el arte nos descubre la valencia oculta de las cosas, como ocurre con los objetos encontrados, los objets trouvés, que sin dejar de ser lo que se disuelven en ecos, reminiscencias, connotaciones. En este caso, es a través de la descontextualización de la obra como accedemos a otra verdad que se sitúa mas allá de la apariencia o de lo ordinario. Pero en la obra de L. Freud que aparece al final de esta entrada ocurre, en cierto sentido, lo contrario.

Lucian Freud Obit: British Painter Lucian Freud has diedFoto de L. Freud (Jane Brown). Galería de imágenes.

En Paris, en el Centro Pompidou se ha inaugurado una exposición de este pintor, nieto de Sigmund y uno de los pintores vivos más importantes del panorama internacional. Sus feos cuerpos desnudos resultan, a menudo nos conectan con el lado triste de la vida, con una una verdad que nos incomoda, la del deterioro, la de la carne que se reblandece y la de una vida que a medida que pasa el tiempo es cada vez más triste. Nada de caminos hacia la sabiduría, sino un lento y visible trayecto solitario, a menudo, hacia una vulgar muerte. O peor aún, como si siempre hubieran sido así, con una mezcla de indignidad, para quien vive en las apariencias, y de tenaz afirmación de sí mismos de su singularidad, sin estridencias, pero sin renunciar a sí mismos, un poco como los heroicos antihéroes de Coetzee. Muchos de los cuerpos retratados son gordos, pero no tienen nada que ver con esos muslos apretados y tersos de Botero, los de la alegría de la carnes. Se acercan más a las figuras de Rubens, pero pasadas por una especie de expresionismo existencialista (La chair est triste, hélas!…pero no hay dónde huir ni salvarse).

Es como si Freud quisiera sacar no lo mejor que hay en cada uno, ni siquiera una versión afable para el espectador, sino una verdad que desprecia toda vanidad, la verdad que podría unirnos a los demás si la aceptáramos y compartiéramos, pero contra la que luchamos a tortas, inútiles, por cierto. Y en L. Freud la verdad se viste de una irremediable flaccidez, trasunto del combate perdido, si es que lo hay, contra el tiempo. Estos retratos de Dorian Grey no salvan del desgaste a sus modelos, sino que lo registran sin piedad, aunque, por otro lado, en sus cuadros no son infrecuentes las parejas o los pequeños grupos solidarios de personas.

Queen Elizabeth II. 2001. Lucian Freud.

Dos desnudos y el famoso retrato que hizo a Isabel II.

Da la impresión de que en el Pompidou no han querido abrumar con la amarga verdad y han preferido mostrar otras cosas, entre ellas ingeniosidades como esta que copio de Libération:

freud

Photographie de Lucian Freud, Le Jardin du peintre avec Eli. © David Dawson, courtesy of Hazlitt Holland-Hibbert, Londres

Quizá sea mejor no saber si es una foto casual de un cuadro que está en un estudio o la escenificación de un proyecto sobre la verdad y la ficción. Lo cierto es que el perro supone una potenciación o explosión de realidad, un recuerdo velazquiano de que una cosa es la pintura de plantas y otra las plantas, aunque seguro que él también ha vacilado y, en el fondo, al mear ha dado marchamo de realidad al conjunto, más allá de este juego de espejos. Algo en la obra invita a seguir mirando, al ensimismamiento, aunque también hace que despierten las ganas de dar por vista la obra e ir a dar una vuelta, que es lo voy a hacer yo ahora si me decido a no volver a plantar la mirada sobre ella. Cuando vaya andando por la calle sé que seguiré desconcertado y en la misma medida, cuando mi perro levante la pata para marcar lo que otro perro ya había marcado, complacido, porque a mí lo que me gusta son estas realidades complejas, que uno no sabe por dónde coger, pero con un punto de fuga, un asidero, un fuerte aroma natural… Mon chien, mon semblable, mon frère.

martes, 23 de marzo de 2010

Rincón de los reportajes sin pisar el sitio. Ficción y realidad. El perro meón de Lucien Freud

They haven’t got no noses,/The fallen sons of Eve...The brilliant smell of water,/The brave smell of a stone,/The smell of dew and thunder,/The old bones buried under,/Are things in which they blunder/And err, if left alone (Chesterton,The Song of Quoodle)

Casi en la esquina entre el paseo de Echegaray y Don Jaime, junto a la lonja de Zaragoza, hay un caballito con ruedas de bronce sobre el que a menudo la gente se hace fotos. Cuando mi perro era pequeño y lo vio por primera vez tuvo miedo y hasta que no se acercó para olerlo no se quedó tranquilo. También le pasó algo parecido con aquel falso oso greezly que pusieron durante una temporada a la puerta de las tiendas Natura. Y eso que a los perros, como a los humanos, suele bastarles con la vista para entender el mundo. Sin embargo, ante la mínima duda, confirman sus hipótesis con el olfato y después las sellan con una meada. Los humanos para asegurarnos de algo a menudo tocamos. Como dice el proverbio,ver para creer y para no errar, tocar, aunque en ocasiones, como, cuando, por ejemplo los alimentoso las situaciones huelen mal, también nos fiamos bastante de la nariz. El arte suele jugar con la ambigüedad de lo real, potenciando los estados intermedios en que no se sabe si algo es o no es lo que parece, como si la segmentación de la realidad que hacemos con el lenguaje tendiera a desaparecer en una especie de continuo y el perfil que diferencia un objeto de otro se difuminara. Es más, a veces el arte nos descubre la valencia oculta de las cosas, como ocurre con los objetos encontrados, los objets trouvés, que sin dejar de ser lo que se disuelven en ecos, reminiscencias, connotaciones. En este caso, es a través de la descontextualización de la obra como accedemos a otra verdad que se sitúa mas allá de la apariencia o de lo ordinario. Pero en la obra de L. Freud que aparece al final de esta entrada ocurre, en cierto sentido, lo contrario.

Lucian Freud Obit: British Painter Lucian Freud has diedFoto de L. Freud (Jane Brown). Galería de imágenes.

En Paris, en el Centro Pompidou se ha inaugurado una exposición de este pintor, nieto de Sigmund y uno de los pintores vivos más importantes del panorama internacional. Sus feos cuerpos desnudos resultan, a menudo nos conectan con el lado triste de la vida, con una una verdad que nos incomoda, la del deterioro, la de la carne que se reblandece y la de una vida que a medida que pasa el tiempo es cada vez más triste. Nada de caminos hacia la sabiduría, sino un lento y visible trayecto solitario, a menudo, hacia una vulgar muerte. O peor aún, como si siempre hubieran sido así, con una mezcla de indignidad, para quien vive en las apariencias, y de tenaz afirmación de sí mismos de su singularidad, sin estridencias, pero sin renunciar a sí mismos, un poco como los heroicos antihéroes de Coetzee. Muchos de los cuerpos retratados son gordos, pero no tienen nada que ver con esos muslos apretados y tersos de Botero, los de la alegría de la carnes. Se acercan más a las figuras de Rubens, pero pasadas por una especie de expresionismo existencialista (La chair est triste, hélas!…pero no hay dónde huir ni salvarse).

Es como si Freud quisiera sacar no lo mejor que hay en cada uno, ni siquiera una versión afable para el espectador, sino una verdad que desprecia toda vanidad, la verdad que podría unirnos a los demás si la aceptáramos y compartiéramos, pero contra la que luchamos a tortas, inútiles, por cierto. Y en L. Freud la verdad se viste de una irremediable flaccidez, trasunto del combate perdido, si es que lo hay, contra el tiempo. Estos retratos de Dorian Grey no salvan del desgaste a sus modelos, sino que lo registran sin piedad, aunque, por otro lado, en sus cuadros no son infrecuentes las parejas o los pequeños grupos solidarios de personas.

Queen Elizabeth II. 2001. Lucian Freud.

Dos desnudos y el famoso retrato que hizo a Isabel II.

Da la impresión de que en el Pompidou no han querido abrumar con la amarga verdad y han preferido mostrar otras cosas, entre ellas ingeniosidades como esta que copio de Libération:

freud

Photographie de Lucian Freud, Le Jardin du peintre avec Eli. © David Dawson, courtesy of Hazlitt Holland-Hibbert, Londres

Quizá sea mejor no saber si es una foto casual de un cuadro que está en un estudio o la escenificación de un proyecto sobre la verdad y la ficción. Lo cierto es que el perro supone una potenciación o explosión de realidad, un recuerdo velazquiano de que una cosa es la pintura de plantas y otra las plantas, aunque seguro que él también ha vacilado y, en el fondo, al mear ha dado marchamo de realidad al conjunto, más allá de este juego de espejos. Algo en la obra invita a seguir mirando, al ensimismamiento, aunque también hace que despierten las ganas de dar por vista la obra e ir a dar una vuelta, que es lo voy a hacer yo ahora si me decido a no volver a plantar la mirada sobre ella. Cuando vaya andando por la calle sé que seguiré desconcertado y en la misma medida, cuando mi perro levante la pata para marcar lo que otro perro ya había marcado, complacido, porque a mí lo que me gusta son estas realidades complejas, que uno no sabe por dónde coger, pero con un punto de fuga, un asidero, un fuerte aroma natural…Mon chien, mon semblable, mon frère.