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miércoles, 12 de junio de 2013

Aunque si de mí dependiera. Fomento de la confusión lectora.

When I hold you in my arms (oh yes)
When I feel my finger on your trigger (oh yes)
I know nobody can do me no harm (J. Lennon)

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“Aunque si de mí dependiera me limitaría a citar este verso: “Bajo el palio sonrosado de la luz crepuscular”, como uno de los mejores de Jaime Gil de Biedma, aunque es de César de Haro y lo cantaba Jorge Sepúlveda. Y este otro: “Reloj, detén tu camino/porque mi vida se apaga”, ¿no podría ser de Antonio Machado en lugar de de Los Panchos?

(Azúa, Félix de, Autobiografía de papel, Barcelona, Mondadori, 2013, p. 66)

miércoles, 1 de agosto de 2012

Lecturas de verano 2012 (XI). Exposiciones (V). Neo dandismo

 

Vulgarity is the conduct of other people, just as falsehoods are the truths of other people. O. Wilde

Para Robert, vestirse era arte vivo. Se liaba un canuto fino, se lo fumaba y miraba sus escasas prendas de ropa mientras reflexionaba sobre sus accesorios. Reservaba la marihuana para hacer vida social, lo cual le relajaba, pero le quitaba la noción del tiempo. Esperar mientras Robert decidía cuántas llaves colgarse de la hebilla del cinturón era cómicamente exasperante (Smith, Patti, Éramos unos niños, Debolsillo, 2012, Trad. Rosa Pérez, p. 131)

 

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Exposición: Caballeros de Bacongo, Daniele Tamagni

 

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Exposición: The Sartorialist, Scott Schuman

 

Sobre el surgimiento del dandy (Conferencia de F. de Azúa).

miércoles, 21 de marzo de 2012

Cruce de citas: El mudejar aragonés y Gaudí, pasando de lejos por Brunelleschi y resumido por Azúa.

(Gaudí) “ …se veía a sí mismo como un artesano, no como un teórico. Decía, y sin duda tenía razón, que había aprendido las complejas curvaturas y estructuras de las membradas observando a su padre golpear el hierro y las láminas de cobre…Eso explica casi todo lo que es preciso saber para entender que Gaudí no fuera un arquitecto moderno, en el sentido de modernidad de Mies-Gropius-Le Corbusier. A diferencia de estos, incluso a diferencia de sus contemporáneos catalanes…pensaba en términos de espacio manual, no conceptual. Otros se dejaban guiar por la cuadrícula; a Gaudí no le servía para nada. Su obra madura no podía ni empezarse a imaginar a partir de un simple dibujo…A Gaudí no le gustaba dibujar, el dibujo no conservaba suficiente información sobre los complejos volúmenes y espacios huecos que tenia en la cabeza. Prefería hacer maquetas, de madera, de papel, de arcilla o con nabos recortados”. (Hughes, Robert, Barcelona la gran hechicera, Latitudes, National Geographic, 2005, p. 120-121. Trad. Esther Roig)

“Conviene recordar que las incomprendidas torres de ladrillo de Aragón se erigieron a raíz de un levantamiento de la albañilería contra la arquitectura, y el gusto de mirarlas se acrecienta – aunque, a decir verdad, a costa de hacerse algo bastardo- imaginando la rabia  y el horror que le producirían al pétreo y aplastante Buonarroti” (Sánchez Ferlosio, Rafael, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, Ed. Destino, 2001, p. 17)

 

“Brunelleschi es el primero en pensar la arquitectura como espacio, o sea como la manifestación  -la única posible- de una ley constructiva del universo que solo puede revelársele al hombre, ya que el hombre está dotado de razón, y dicha ley, que no es otra que la ley divina de la creación (la “divina proporción”), es racional por excelencia” (Argan, Giulio Carlo, Brunelleschi, Xarait ediciones, 1981, p. 97. Trad. carlos Martí Arís

 

“Las artes eran oficios practicados por artesanos como los escultores en piedra, los pintores…, pero también los pescadores, o los carpinteros, sastres, zapateros. Si lo que llamamos “artes” se llamaba en Grecia técne y en Roma ars, ello es debido a que la separación entre técnicas y artes obedece tan solo a una exploración desarrollada a lo largo de los dos últimos siglos, pero ni antes se diferenciaron ni parece que vayan a seguir diferenciándose mucho tiempo más. Nada, en su esencia, separa a las artes de las técnicas” (  Azúa, F. de, Diccionario de las Artes, Anagrama, 2002, p. 56)

martes, 8 de noviembre de 2011

No son basuras, que son instalaciones/no son instalaciones, que son basuras

La relación entre la basura y el arte contemporáneo es tan estrecha como la del barroco con la escatología. Foto1900Allí donde miras aparecen objetos reciclados como en siglos pasados aparecía polvo enamorado en los sonetos, o calaveras por doquier en los cuadros.

En su recientemente reeditado Diccionario de las Artes (Planeta, 1996), F. de Azúa ya señalaba que, en una galería de arte, no es rara la confusión entre los útiles de limpieza y las obras expuestas (1).

Crucifixión en Praga, a orillas del Moldava, hecha con zapatos viejos.

Leo en una noticia reciente un hecho que cierra el círculo de la atracción entre entre los desechos y el arte. En Dormunt, una encargada de la limpieza ha destruido parte de la instalación del artista Martin Kippenberger al destruir showNextPhoto()el yeso que contenía un recipiente de goma negra situado debajo de una estructura de madera, de dos metros y medio de altura. la obra se titula(ba) “Cuando el techo empieza gotear” y estaba asegurada en unos 800.000 euros. Pues eso, que cuando el techo empieza a gotear, tarde o temprano, hay que cambiar el cubo.

La obra dañada de Kippenberger (Fuente)

Signora delle pulizie distrugge capolavoro d'arte contemporanea: pensava fosse sporcizia

(1) “Durante muchísimos años, las obras de arte se producían en los talleres y en los estudios, pero en la era moderna y debido a la penosa tarea de esclarecimiento a que se ha entregado la artisticidad, solo podemos afirmar que una obra de arte es una obra de arte si se produce en una galería. Incluso, en ocasiones, podemos sufrir una confusión y tomar, por ejemplo, los útiles de limpieza de una galería por una obra de arte. No sería la primera vez que tal cosa sucede”. (Azúa, Félix de, Diccionario de las Artes, Anagrama, 2002, p., 169)

sábado, 13 de agosto de 2011

Vernissage. De cómo el Rincón del gato se quedó sin un artista y el artista se quedó sin rincón del gato, pero muy profesionalmente ufano.

Durante muchísimos años, las obras de arte se producían en los talleres y en los estudios, pero en la era moderna y debido a la penosa tarea de esclarecimiento a que se ha entregado la artisticidad, solo podemos afirmar que una obra de arte es una obra de arte si se produce en una galería. Incluso, en ocasiones, podemos sufrir una confusión y tomar, por ejemplo, los útiles de limpieza de una galería por una obra de arte. No sería la primera vez que tal cosa sucede. (Azúa, Félix de, Diccionario de las Artes, Anagrama, 2002, p., 169)

Algo parecido a lo que Azúa dice de la obra de arte, que una obra de arte solo es considerada como tal si se produce en una galería, y el día del vernissage, digo yo, a ser posible, que es cuando los ojos de los críticos (mediáticos, a poder ser) pueden contemplarla para consagrarla después ante los demás a través de sus palabras, incluso ante quienes, presentes en el mismo vernissage, no habían caído en la cuenta de la epifanía…algo parecido, decía, a lo que ocurre con la obra, ocurre con el artista mismo, que solo es tal si logra producirse en los circuitos adecuados a sus pretensiones.

Pues, en un vernissage, a mi compi y a se nos ocurrió acercarnos a un artista en plena ebullición. Nos habían hablado de él como de alguien encantador, majísimo, creo que era la palabra más común cuando lo describían. Era un tipo con la obligación a cuestas de ser espontaneo, niño, libre y genial, pude notar al poco de conocerle. “Es que tiene mucho yo”, dijo después, cuando ya había pasado todo, una admiradora suya, y mi compi le contestó, “ya, ya, mucho yo, Yolanda, querrás decir mucho ego, aunque para el caso es lo mismo”.

Antes, nos habíamos acercado a proponerle que expusiera en el Rincón del Gato y dio la casualidad de que en el grupillo había una chica que había visto nuestra última exposición, la de los carteles de teatro griego y también la de María de la Pe, de hace unos meses. No hubo necesidad de explicar nada, porque la chica se hizo cargo de la faena de describir nuestro paredón. Habló del Rincón de Gato como de un sitio nada adecuado para las exposiciones, pero por el que pasaba multitud de gente, y lo definió como una ventana expositiva. Yo me mostré de acuerdo con todo lo que había dicho, entre otras cosas porque estaba sorprendido por la descripción y, sobre todo, por los términos, como de enterada, de quien está en el ajo, y es capaz de hablar al artista en su misma onda, con pocas y comprensibles palabras. Lo único que se me ocurría decir era, “eso, una ventana que es positiva”, y pensaba que el Rincón del Gato casi podía pasar a llamarse el Rincón del feng shui. Pero, como no quería llevar la situación a un calembour sin salida antes de que hubiéramos apalabrado a la figura, callé. Poco antes, a mi compi se le había ocurrido preguntar al artista si tenía obra suficiente para montar una exposición. Torpe pregunta, porque la respuesta fue que él era un profesional y que tenía obra no para una, sino para muchas exposiciones. Cierto hiato entre su festiva actitud anterior a la pregunta y el deje de acritud en la respuesta a mi compi, me hizo pensar que ya se sentía firmemente reconocido entre sus fieles y descendencia, pero que no le importaría recibir alguna otra caricia, porque se sabía merecedor de ella. No me fue del todo antipática, sin embargo, su respuesta, quizá por el candor que dejaba traslucir, a pesar de que el uso del adjetivo profesional delatara un mediocre gusto lingüístico y una curiosa concepción de sí mismo. Como si ser profesional de algo fuera de por sí un merito o una garantía de calidad. Pero como de apalabrarlo se trataba, porque su obra tiene interés, estaba dispuesto a no sacar punta a nada e incluso a quedar como un inocente y bienintencionado profesor de idiomas interesado por su figura, en tanto que representante de la moderna cultura de una ciudad con proyección, incluso, más allá de la región.

Oída la descripción de la amiga, la respuesta del artista fue, “en principio, no” (bis). Por más que el diálogo se hubiera interrumpido varias veces, supuse que lo decía en relación a la propuesta mía y de mi compi, aunque con tantas caladas, tragos y frases ingeniosas de por medio quedaba un poco atrás. Intenté entonces encajar dignamente el pequeño golpe, que no iba destinado tanto a mi como a un proyecto que el individuo no consideraba atrayente, quizá por poco profesional. Intenté, como oigo decir a menudo, no "tomármelo personal". Pensé en el descrédito de los centros públicos, en el desinterés por la gente común, en la vana búsqueda de éxito entre un público selecto, y pensé en que , sin embargo, el público allí presente me resultaba más pretencioso que selecto, y en qué sé yo que otras cosas, ciertas o no. Intenté dejarle la dirección de este blog, por si acaso una vez visto cambiaba de opinión, pero no llevaba boli a mano y casi tuve que mendigarlo, dado que ninguno de los presentes se hacía cargo del contratiempo. Cuando, por fin lo tuve, me faltaba el papel y, entre tanto, me iba convenciendo de que, visto lo visto, que, por ejemplo, no llevaba la pluma que últimamente me acompaña, el desinterés era mutuo. A veces, los detalles delatan que nuestra intención era menos firme de lo que creíamos.

“En principio, no, pero te doy mi teléfono y me llamas”, dijo aún. Hice ademán de abrir mi móvil para meter su número en la agenda, pero me costó saber cómo funciona y renuncié definitivamente al intento.

Al cabo de unas semanas me crucé con el artista a la salida de una cafetería. Iba acompañado de una niña, quizá su hija. Cruzamos la mirada, como hacen quienes, conociéndose, se pueden permitir no dar muestra de que así sea. Era domingo. Dice Baudelaire que el arte es el domingo de la vida. Se alejó y me quedé pensando en que seguramente me quedan unos cuantos fines de semana por vivir.

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Vernissage de la exposición Nel cestino di Cappuccetto Rosso, celebrada en Fábrica de chocolate, Zaragoza.

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Círculo de Bellas Artes, Madrid

Wikipedia: A vernissage (varnishing, from French) is a term used for a preview of an art exhibition, often private, before the formal opening. Guests may be served canapés and wine as they discuss with artists and others the works in the exhibition. If the vernissage is not open to the public, but only for invited guests, it is often called a private view.

At official exhibitions, such as the Royal Academy summer exhibition, artists, in the past, would give a finishing touch to their works by varnishing them (J. M. W. Turner was known for making significant changes to works on varnishing day while his fellow academicians were simply varnishing). The custom of patrons and the élite of visiting the academies during the varnishing day prior to the formal opening of the exhibition gave rise to the tradition of celebrating the completion of an art work or a series of art works with friends and sponsors. Nowadays, for commercial shows it is an opportunity to market the works on sale to buyers and critics.

Blog: Vernissage es una palabra francesa que significa literalmente “barnizado”, pero que se usa también para referirse a inauguraciones de exposiciones, de acontecimientos, etc... Vendría a ser lo que los anglosajones denominan cocktail, y en castizo “sarao”.
Y una gran vernissage es lo que había organizado esta noche en Alicante una de las compañías aéreas más influyentes de este país.

Diccionario del español actual (Seco, M, Andrés, O, Ramos, G. (Aguilar, 1999): Vernissage (pronunciación corriente /bernisáʒ): Inauguración de una exposición de pintura.

Petit Robert (1987): 1. Action de vernir (un tableau, une planche de gravure, etc.), de verniser (une poterie). 2. (1886). Jour d’ouverture d’une exposition de peinture (les artites etaient autorisés à achever d’y vernir leurs tableaux. – Inauguration privée d’une exposition de peinture.

Dizionario Italiano Sabatini Coletti: Vernissage: Inaugurazione ufficiale di manifestazioni varie, spec. di una mostra d’arte, riservata a critici, esperti e rappresentanti della stampa che sono invitati dell’apertura al pubblico.

http://de.wikipedia.org/wiki/Vernissage:

Unter Vernissage (fr. vernis,Firnis“) versteht man derzeit die Eröffnung einer Kunstausstellung.

Ursprünglich firnissten die Künstler (später eher Angestellte der ausstellenden Galerie) die auszustellenden Bilder: Damit wurde die Arbeit ‚endgültig abgeschlossen‘, da ein Weitermalen hinterher faktisch unmöglich war. Der Firnis war zwar primär ein Oberflächenschutz, verändert(e) aber die Farben erheblich. Künstler hatten sich demgemäß auf die Wirkung ihrer Farben nach dem Firnissen einzustellen.

Im Lauf der Zeit entstand allerdings der Brauch, dieses ‚Firnissen‘, das der förmlichen Ausstellungseröffnung voranging, mit einer Feier im Kreis von Freunden und Auftraggebern zu würdigen. Später verschwanden die Unterschiede, und aus der Vernissage wurde ‚Ausstellungseröffnung‘.

Das feierliche Ende am letzten Tag einer Kunstausstellung nennt man Finissage, und bei größeren Kunstausstellungen kann es zur Halbzeit der Ausstellung auch eine mitunter medienwirksame Midissagegeben.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Verano, de Coetzee, el libro del año según Babelia.

Babelia, el suplemento de libros de El País, publica hoy la lista de libros preferidos por un buen número de críticos literarios, profesores y profesionales de la lectura. El libro más votado ha sido Verano, de J. M. Coetzee.
Hace unos meses publiqué una entrada dedicada, en parte, a dicha obra. La entrada trataba también de Biografía sin vida (F. de Azúa), otro de los libros bien situados en la lista de Babelia. Y hasta el volumen que daba sentido a la entrada (La confesión, género literario, de M. Zambrano) está, en cierta medida, presente en el top ten del suplemento cultural, porque la antología de la pensadora que preparó Ullán incluye fragmentos de ese breve y hermoso ensayo.
Por todo, me permito republicarlo:

Cotilleos sobre uno mismo, confesiones y libros autobiográficos: La confesión, de M. Zambrano; programas del corazón; Verano, de Coetzee; Nada que temer, de Barnes; S. o la esperanza de vida, de A. D. Gary; Autobiografía sin vida, de F. de Azúa.

(Otra entrada sobre Coetzee:Y el séptimo día el gran Coetzee sonrió)

Parece ser que la nueva temporada editorial va a estar marcada por el gran número de autobiografías que se van a publicar. Los últimos meses se han caracterizado también por la publicación de un buen número de obras autobiográficas, de desigual calidad, unas tendentes a la confesión, otras al análisis generacional o al ensayo y alguna otra todavía ahondando en las formas de hacer confluir novela y autobiografía.

Hace tiempo que no veo programas del corazón en la tele, aunque alguna vez pongo tertulias políticas nocturnas (Telemadrid, Veo, Intereconomía, Telecinco, etc.), que se parecen cada vez más en el tono y el formato a las rabiosas entrevistas rosa. Hace unos años, sin embargo, veía de vez en cuando entrevistas a corazón abierto y familia destripada. Las veía como quien se fuma un puro de vez en cuando, con sumo interés, placer y concentración, tanta como el desagrado de quien recibe el humo. Entre el cotilleo sobre sí mismos que ofrecían las celebrities entrevistadas, de repente creía oír jirones de verdad, atisbos de auténtica confesión que desentonaban con el escenario de fingido drama en el que se producían, con el público aplaudiendo a las órdenes del regidor.image

Zambrano, María, La Confesión: Género literario, Madrid, Ediciones Siruela, 2004.

Se cumplía en mí entonces uno de los rasgos de la auténtica confesión, según la definió María Zambrano en un hermoso ensayo publicado originalmente en 1943: “…cuando leemos una Confesión auténtica sentimos repetirse aquello en nosotros mismos, y si no lo repetimos no logramos la meta de su secreto” (Ibid, p., 30). Pero, en los programas del corazón falta el rasgo esencial de la confesión, entendida como transformación profunda de uno mismo, porque la confesión es “la máxima acción que nos es dado ejecutar con la palabra” (Ibid, p. 31). El formato entrevista íntima intenta crear el marco ideal para una aparente confesión, pero no es más que una engañifa si damos por bueno que, como señala la filósofa, para que sea verdadera la confesión debe partir de una situación de enemistad con uno mismo y sería algo así como la elaboración del propio duelo, el monólogo contemporáneo a un proceso de pérdida de lo accesorio y de asunción de lo esencial, el difícil testimonio de lo que fue profundo malestar. La confesión pura, en ese sentido, equivaldría al relato en tiempo real de ese trance o, en su defecto, el acta aun caliente y con vocación de grito de esa metamorfosis encaminada, a menudo, a un reencuentro con lo verdadero, a una reconciliación con uno mismo. S. o la esperanza de vida, el libro de A. Diego Gary, hijo Romain Gary y J. Seberg, suicida él y seguramente también ella (1), se plantea como un reencuentro con la palabra salvífica, la búsqueda de un discurso perdido en la infancia que permita, una vez reencontrado, entablar con el mundo un diálogo de futuro constructivo. Esta novela testimonial, superada una primera parte prometedora, rápidamente cae en la banalidad narrativa más absoluta: tras una niñez y una adolescencia teñidas por la muerte de sus padres, putativos y no, y sus amigos, el protagonista, de prostíbulo en prostíbulo, busca la borrachera y la limosna emocional femenina para olvidar su malestar, hasta que por fin reencuentra el discurso salvador. Lástima que la obra sea tan poco interesante desde el punto de vista literario, por más que pueda resultar humanamente reconfortante saber que el personaje acaba siendo feliz en su matrimonio y que su hija le ha devuelto la esperanza de vida. Por lo demás, contiene un retrato poco edificante de R. Gary, tan buen novelista como mal padre. Me pregunto si la falta de hondura de imageA. Diego Gary se debe a su escasa proyección colectiva, a la incapacidad para universalizar su drama. Su periplo es, en ese sentido, una confesión malgastada o la confesión de alguien que digiere mal su pasado y por tanto difícilmente puede ofrecer una reintegración personal trascendente.

S. o la esperanza de vida, Gary, Alexandre Diego, Galaxia Gutemberg, 2010.

Si la confesión es un relato que urge verbalizar, la autobiografía, en cambio, se parece más a la mirada sobre la propia vida del que se pone la mano sobre las cejas para poder ver mejor el paisaje sin que le moleste el sol, ese sol que mira de frente quien se confiesa. En la autobiografía se cuentan a veces tristes avatares personales, grandes dramas, pero se contemplan como parte de un todo más o menos armónico, como si las tempestades le hubieran ocurrido a un personaje que ya solo somos en parte, a menudo más porque el tiempo ha pasado que por nuestros esfuerzos por ser otros. La autobiografía es una narración en la que hay un yo que no está en crisis, ese mismo yo que en la confesión hierve a borbotones. La confesión no se puede callar, porque implica un reencuentro con nosotros y los demás, la necesidad de una aceptación inequívoca, mientras que contar la propia vida es el resultado, por distintos motivos, de una libre elección. En medio, entre estas dos formas tan distintas y, al menos por lo que se refiere al tono, antagónicas, de mirarse a uno mismo, cabría una amplia gama de recursos retóricos para poner blanco sobre negro la propia vida. Porque la confesión en la medida en que es un relato que se piensa, se reelabora alejándose del tiempo real de la crisis, tiende a convertirse en autobiografía, en la misma medida en la que la peripecia vital que se recuerda puede revivirse como si fuera ayer y adquirir por momentos el sabor de la confesión. Así de inclemente es el paso del tiempo que casi todo lo disuelve, así de cruel es la memoria que no sabe del tiempo.

Azúa, Felix de, Autobiografía sin vida, Mondadori, 2010.

El libro de F. de Azúa es, en ese sentido, un magnífico intento de narrar una vida sin recurrir apenas a la peripecia personal, al anecdotario privado. Las fases de la vida del autor, sus sentimientos predominantes, se nos presentan a través de lo que pasa a convertirse en su trasunto histórico artístico, en un difícil pero conseguido equilibrio entre lo intimo y lo colectivo, entre la influencia recibida en tanto que miembro de una generación y la lectura singular del mundo. Y todo ello, la historia del arte y la vida misma del autor, entendido como una elegía de la inocencia irremisiblemente perdida y apenas reencontrada en fragmentos casuales que se cruzan inesperadamente por el camino. Pero de esas experiencias dice preferir hacer tesoro silencioso el narrador en una especie de invitación al silencio y al goce callado.

 

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Coetzee, J.M., Verano, Mondadori, 2010.

Ahora Imagine Vd. que un investigador se propone escribir un estudio sobre el fallecido J. M. Coetzee que bien podría titularse Coetzee par lui-même (1972-1975).

El investigador recoge materiales diversos, entre los cuales unas notas inacabadas del autor mismo sobre temas varios escritas durante esos años, unas entrevistas realizadas a personajes importantes en la vida de entonces del escritor (una amante adúltera, una prima de la que estuvo enamorado de niño, una mujer de la que estuvo enamorado sin ser correspondido y que parece haberle inspirado a la protagonista de una de sus novelas, un amigo y colega universitario y otra colega con la que mantuvo una romance). Por último, el investigador también cuenta con unos cuadernos del autor en los que aparecen fragmentos de texto no fechados. Los textos son semejantes a las notas del primer capítulo y tanto en estos como en aquellos, al final, aparecen indicaciones sobre ulteriores desarrollos, como si pudieran ser utilizados para profundizar en algunas cuestiones tanto personales como no.

Con estas piezas Coetzee, cuya capacidad como arquitecto narrativo con vocación experimental parece indudable, consigue montar un excelente autorretrato del artista que dejó ya atrás la adolescencia y cuya vocación, plenamente afirmada en su interior, no ha hallado aún eco receptor entre el público. Si en Infancia y Juventud, el escritor enfriaba los elementos confesionales implícitos a través del uso de la tercera persona, tan coherente con esa visión asentimentalizada y detallista que le caracteriza, aquí lo hace poniendo la matière narrativa en la fresquera, gracias a la inclusión de un caleidoscopio de perspectivas, entre las que la pretendidamente autobiográfica, sustanciada a través de los fragmentos citados, no es sino una entre otras y, al tiempo, la que más se ocupa de temas de interés general, dejando de lado lo íntimo. Quizá porque, en realidad, Coetzee presenta a su personaje homónimo como alguien que tiene poco que confesar. El punto de vista que refleja casi siempre es el de quien ya ha asumido su vocación, su destino, los caminos, a menudo arduos que iba a tener que recorrer en su vocación como creador -uno de los ejes del libro-, y que  todo lo más presenta algunas fisuras en cuanto a la intensidad o a la seguridad sobre los temas por los que es solicitado para fabular, llamado, en términos coetzeeanos. Con una obra tan densa a sus espaldas, resulta incluso enternecedor que en un momento dado se lamente de haber dedicado demasiado tiempo a su labor didáctica restándoselo a su faceta artística. Pero lo que más llama la atención es que el brisa de la ironía que ya empezaba a soplar fuerte en Diario de un mal año aquí parece ser una especie de viento constante que modela el enfoque de las anécdotas, hasta dotar al protagonistas de rasgos cómicos indudables, salvo para él, pues su fe en sí mismo parece inquebrantable. Esa mezcla de tonalidades enriquece, desde luego, lo contado, que acaba por convertirse en una suerte de apólogo moral tragicómico con regusto a gran verdad, esa verdad que se produce cuando confluyen en lo narrado el gusto por el detalle, la firme vocación y, al tiempo, el descreimiento.

Barnes, Julian, Nada que temer, Traducción: Jaime Zulaika. Anagrama, 2010.

Por, último Barnes, propone una autobiografía centrada en su miedo a la muerte. Con su habitual ingenio y pericia nos lleva de la mano por entre los meandros , de la historia de su familia y la de de su vida como escritor y también como lector, sinb olvidar un repaso a la historia cultural del tema. Unas gotas de divulgación científica, leídas en clave psicológico literaria, y hondas reflexiones sobre el oficio de fabular completan el menú. La figura del hermano, su alter ego filosófico no neurótico, le sirve para dar profundidad al autorretrato y delinear los rasgos de su propia figura muy a la inglesa, si se me permite recurrir al tópico, hablando en broma de lo serio y tomándose en serio lo banal. Otra manera, elegante pero no carente de sinceridad, de confesarse.

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(1) Sobre la personalidad de J. Seberg véase la novela de C. Fuentes, Diana o la cazadora solitaria, Alfaguara, 1994, en la que el escritor mejicano narra su idilio con ella y retrata una mujer en la que conviven la simpleza y la complejidad de forma dramática. http://holdontightmarie.blogspot.com/2010/09/aragoneses-por-el-mundo-segun-c-fuentes.html

lunes, 1 de noviembre de 2010

Cotilleos sobre uno mismo, confesiones y libros autobiográficos: La confesión, de M. Zambrano; programas del corazón; Verano, de Coetzee; Nada que temer, de Barnes; S. o la esperanza de vida, de A. D. Gary; Autobiografía sin vida, de F. de Azúa.

(Otra entrada sobre Cetzee:Y el séptimo día el gran Coetzee sonrió)

Parece ser que la nueva temporada editorial va a estar marcada por el gran número de autobiografías que se van a publicar. Los últimos meses se han caracterizado también por la publicación de un buen número de obras autobiográficas, de desigual calidad, unas tendentes a la confesión, otras al análisis generacional o al ensayo y alguna otra todavía ahondando en las formas de hacer confluir novela y autobiografía.

Hace tiempo que no veo programas del corazón en la tele, aunque alguna vez pongo tertulias políticas nocturnas (Telemadrid, Veo, Intereconomía, Telecinco, etc.), que se parecen cada vez más en el tono y el formato a las rabiosas entrevistas rosa. Hace unos años, sin embargo, veía de vez en cuando entrevistas a corazón abierto y familia destripada. Las veía como quien se fuma un puro de vez en cuando, con sumo interés, placer y concentración, tanta como el desagrado de quien recibe el humo. Entre el cotilleo sobre sí mismos que ofrecían las celebrities entrevistadas, de repente creía oír jirones de verdad, atisbos de auténtica confesión que desentonaban con el escenario de fingido drama en el que se producían, con el público aplaudiendo a las órdenes del regidor.image

Zambrano, María, La Confesión: Género literario, Madrid, Ediciones Siruela, 2004.

Se cumplía en mí entonces uno de los rasgos de la auténtica confesión, según la definió María Zambrano en un hermoso ensayo publicado originalmente en 1943: “…cuando leemos una Confesión auténtica sentimos repetirse aquello en nosotros mismos, y si no lo repetimos no logramos la meta de su secreto” (Ibid, p., 30). Pero, en los programas del corazón falta el rasgo esencial de la confesión, entendida como transformación profunda de uno mismo, porque la confesión es “la máxima acción que nos es dado ejecutar con la palabra” (Ibid, p. 31). El formato entrevista íntima intenta crear el marco ideal para una aparente confesión, pero no es más que una engañifa si damos por bueno que, como señala la filósofa, para que sea verdadera la confesión debe partir de una situación de enemistad con uno mismo y sería algo así como la elaboración del propio duelo, el monólogo contemporáneo a un proceso de pérdida de lo accesorio y de asunción de lo esencial, el difícil testimonio de lo que fue profundo malestar. La confesión pura, en ese sentido, equivaldría al relato en tiempo real de ese trance o, en su defecto, el acta aun caliente y con vocación de grito de esa metamorfosis encaminada, a menudo, a un reencuentro con lo verdadero, a una reconciliación con uno mismo. S. o la esperanza de vida, el libro de A. Diego Gary, hijo Romain Gary y J. Seberg, suicida él y seguramente también ella (1), se plantea como un reencuentro con la palabra salvífica, la búsqueda de un discurso perdido en la infancia que permita, una vez reencontrado, entablar con el mundo un diálogo de futuro constructivo. Esta novela testimonial, superada una primera parte prometedora, rápidamente cae en la banalidad narrativa más absoluta: tras una niñez y una adolescencia teñidas por la muerte de sus padres, putativos y no, y sus amigos, el protagonista, de prostíbulo en prostíbulo, busca la borrachera y la limosna emocional femenina para olvidar su malestar, hasta que por fin reencuentra el discurso salvador. Lástima que la obra sea tan poco interesante desde el punto de vista literario, por más que pueda resultar humanamente reconfortante saber que el personaje acaba siendo feliz en su matrimonio y que su hija le ha devuelto la esperanza de vida. Por lo demás, contiene un retrato poco edificante de R. Gary, tan buen novelista como mal padre. Me pregunto si la falta de hondura de imageA. Diego Gary se debe a su escasa proyección colectiva, a la incapacidad para universalizar su drama. Su periplo es, en ese sentido, una confesión malgastada o la confesión de alguien que digiere mal su pasado y por tanto difícilmente puede ofrecer una reintegración personal trascendente.

S. o la esperanza de vida, Gary, Alexandre Diego, Galaxia Gutemberg, 2010.

Si la confesión es un relato que urge verbalizar, la autobiografía, en cambio, se parece más a la mirada sobre la propia vida del que se pone la mano sobre las cejas para poder ver mejor el paisaje sin que le moleste el sol, ese sol que mira de frente quien se confiesa. En la autobiografía se cuentan a veces tristes avatares personales, grandes dramas, pero se contemplan como parte de un todo más o menos armónico, como si las tempestades le hubieran ocurrido a un personaje que ya solo somos en parte, a menudo más porque el tiempo ha pasado que por nuestros esfuerzos por ser otros. La autobiografía es una narración en la que hay un yo que no está en crisis, ese mismo yo que en la confesión hierve a borbotones. La confesión no se puede callar, porque implica un reencuentro con nosotros y los demás, la necesidad de una aceptación inequívoca, mientras que contar la propia vida es el resultado, por distintos motivos, de una libre elección. En medio, entre estas dos formas tan distintas y, al menos por lo que se refiere al tono, antagónicas, de mirarse a uno mismo, cabría una amplia gama de recursos retóricos para poner blanco sobre negro la propia vida. Porque la confesión en la medida en que es un relato que se piensa, se reelabora alejándose del tiempo real de la crisis, tiende a convertirse en autobiografía, en la misma medida en la que la peripecia vital que se recuerda puede revivirse como si fuera ayer y adquirir por momentos el sabor de la confesión. Así de inclemente es el paso del tiempo que casi todo lo disuelve, así de cruel es la memoria que no sabe del tiempo.

Azúa, Felix de, Autobiografía sin vida, Mondadori, 2010.

El libro de F. de Azúa es, en ese sentido, un magnífico intento de narrar una vida sin recurrir apenas a la peripecia personal, al anecdotario privado. Las fases de la vida del autor, sus sentimientos predominantes, se nos presentan a través de lo que pasa a convertirse en su trasunto histórico artístico, en un difícil pero conseguido equilibrio entre lo intimo y lo colectivo, entre la influencia recibida en tanto que miembro de una generación y la lectura singular del mundo. Y todo ello, la historia del arte y la vida misma del autor, entendido como una elegía de la inocencia irremisiblemente perdida y apenas reencontrada en fragmentos casuales que se cruzan inesperadamente por el camino. Pero de esas experiencias dice preferir hacer tesoro silencioso el narrador en una especie de invitación al silencio y al goce callado.

Coetzee, J.M., Verano, Mondadori, 2010.

Ahora Imagine Vd. que un investigador se propone escribir un estudio sobre el fallecido J. M. Coetzee que bien podría titularse Coetzee par lui-même (1972-1975).

El investigador recoge materiales diversos, entre los cuales unas notas inacabadas del autor mismo sobre temas varios escritas durante esos años, unas entrevistas realizadas a personajes importantes en la vida de entonces del escritor (una amante adúltera, una prima de la que estuvo enamorado de niño, una mujer de la que estuvo enamorado sin ser correspondido y que parece haberle inspirado a la protagonista de una de sus novelas, un amigo y colega universitario y otra colega con la que mantuvo una romance). Por último, el investigador también cuenta con unos cuadernos en los que aparecen fragmentos de texto no fechados. Los textos son semejantes a las notas del primer capítulo y tanto en estos como en aquellos al final aparecen indicaciones sobre ulteriores desarrollos, como si pudieran ser utilizados para profundizar en algunas cuestiones tanto personales como no.

Con estas piezas el investigador Coetzze, cuya capacidad como arquitecto narrativo con vocación experimental parece indudable, consigue montar un excelente autorretrato del artista que dejó ya atrás la adolescencia y cuya vocación, plenamente afirmada en su interior, no ha hallado aún eco receptor entre el público. Si en Infancia y Juventud, Coetzee enfriaba los elementos confesionales implícitos a través del uso de la tercera persona, aquí lo hace poniendo la matière narrativa en la fresquera, gracias a la inclusión de un caleidoscopio de perspectivas. Aunque, en realidad, Coetzee tiene poco que confesar, porque el punto de vista que refleja casi siempre es el de quien ya ha asumido su vocación, su destino, los caminos, a menudo arduos que le llevan a recorrer, y todo lo más presenta algunas fisuras en cuanto a su intensidad o a la seguridad sobre los temas por los que es solicitado, llamado, en términos coetzeeanos. Con una obra tan densa a sus espaldas, resulta incluso enternecedor que en un momento dado se lamente de haber dedicado demasiado tiempo a su labor didáctica restándoselo a su faceta artística. Pero lo que más llama la atención es que el brisa de la ironía que ya empezaba a soplar fuerte en Diario de un mal año aquí parece ser una especie de viento constante que modela el enfoque de las anécdotas, hasta dotar al protagonistas de rasgos cómicos indudables, salvo para él, pues su fe en sí mismo parece inquebrantable. Esa mezcla de tonalidades enriquece, desde luego, lo contado, que acaba por convertirse en una suerte de apólogo moral tragicómico.

Barnes, Julian, Nada que temer, Traducción: Jaime Zulaika. Anagrama, 2010.

Por, último Barnes, propone una autobiografía centrada en su miedo a la muerte. Con su habitual ingenio y pericia nos lleva de la mano por entre los meandros , de la historia de su familia y la de de su vida como escritor y también como lector, sinb olvidar un repaso a la historia cultural del tema. Unas gotas de divulgación científica, leídas en clave psicológico literaria, y hondas reflexiones sobre el oficio de fabular completan el menú. La figura del hermano, su alter ego filosófico no neurótico, le sirve para dar profundidad al autorretrato y delinear los rasgos de su propia figura muy a la inglesa, si se me permite recurrir al tópico, hablando en broma de lo serio y tomándose en serio lo banal. Otra manera, elegante pero no carente de sinceridad, de confesarse.

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(1) Sobre la personalidad de J. Seberg véase la novela de C. Fuentes, Diana o la cazadora solitaria, Alfaguara, 1994, en la que el escritor mejicano narra su idilio con ella y retrata una mujer en la que conviven la simpleza y la complejidad de forma dramática. http://holdontightmarie.blogspot.com/2010/09/aragoneses-por-el-mundo-segun-c-fuentes.html

martes, 28 de septiembre de 2010

Que sí, que el de la foto es Rimbaud

I

Il se tient assis, sur le perron du Grand Hhôtel de l'Univers, lors de son séjour à Aden, en Abyssinie. Rimbaud est assis à droite, près de la femme. (ADOC / Chez les libraires associés)Il se tient assis, sur le perron du Grand Hhôtel de l'Univers, lors de son séjour à Aden, en

Ce fut d´abord une étude. J´écrivais des silences, je notais l´inexprimable. Je fixais de vertiges, escribe el precursor de la renuncia antes de huir a Abisinia cuando ya es tan improbable el conocimiento poético que sólo queda el juego loco de las palabras en su delirio sin control como si ellas solas nuevamente (otra ficción, ahora melancólica, de que alguna vez fueron externas y separadas de los humanos) pudieran conducirnos y guiarnos. (Azúa, Felix de, Autobiografía sin vida, Mondadori, 2010, p., 155)

La Revue de Deux Mondes publica un largo artículo en el que se confirma que el individuo que aparece en una foto tomada en Aden, en agosto de 1880, es Rimbaud. Hace unos meses  dedicamos una entrada a esta foto. Desde entonces no ha cesado la polémica sobre la identidad del retratado a causa de la incredulidad de algunos, en particular Claude Jeancolas. El largo artículo, con amplio aparato documental, permite, según señala Libération, entrar en el mundo “étonnant d’aventuriers, explorateurs et commerçants qui fut celui de Rimbaud dans sa deuxième vie”, quizá su primera muerte, se podría añadir:

Rimbaud tratará de “escribir silencios, anotar lo inexplicable, fijar los vértigos” como tales vértigos, persuadido durante sus años mozos de que la anarquía podía fijarse y el silencio admitía escritura. Cuando entendió la inutilidad del intento se dedicó al tráfico de armas y de esclavos en África, pero se le pudrió una pierna (Azua, ibid, p., 156)

domingo, 23 de mayo de 2010

Un detalle de la foto de la Plaza de San Marcos de Carolina (3) y F. De Azúa, dux del ingenio productivo.

Venezia1

Me da por pensar que esos cuatro personajes uniformados con chaqueta blanca que se encuentran delante del campanario son camareros del Florian. Quizá se han reunido para comentar algo sobre algún cliente imposible o para echarse un cigarro, lo cierto es que resultan un curioso grupo de no turistas, ensimismados con ellos mismos en lugar de estar atentos al escenario, como les ocurre a casi todos los demás.

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Félix de Azúa decía hace poco que se iba a jubilar para poder trabajar sin distracciones. A mí lo que más me gusta de este poeta, novelista, ensayista, profesor, gestor cultural, articulista, bloguero son sus gracias. Los libros de humor puro, como los programas televisivos de humor, me resultan muy difíciles de soportar.

az3A menos que su autor sea uno de los pocos genios del género que ha dado la humanidad o que se trate de obras muy breves, lo que empieza por hacernos reír acaba mortificándonos. Será quizá, porque el humor, como todo lo intenso necesita de mucho paréntesis restablecedor de la calma. Azúa en un maestro en estas cuestiones.

az2 Dos de los libros con los que más me he reído son suyos. Uno es el Diccionario de las Artes y otro, que es el que aquí nos interesa, Venecia de Casanova. De ninguno de los dos recuerdo apenas nada, salvo las risotadas que me produjeron. De otras obras suya que he leído, como Las lecciones suspendidas o Historia de un idiota contada por él mismo no recuerdo nada de nada.

Azúa, Félix, La lecciones suspendidas, Madrid, Ediciones Alfaguara, 1987. En la foto de arriba otra de sus novelas, Historia de un idiota contada por él mismo, barcelona, RBA, 1994. la primera ed. es de 1986. En esta novela, según M. Sarrión, “hay páginas desternillantes” sobre el grupo de los novísimos (Martínez Sarrión, Antonio, Jazz y días de lluvia, Madrid, Alfaguara, 2002, p., 62). Yo no las recuerdo.

Como articulista Azúa es muy brillante. Buena prueba son las Tribunas de El País. La última, al hilo de la exposición que se está celebrando en el Prado hasta hoy, día 23 de mayo (El arte del poder. La Real Armería y el retrato de corte), era estupenda:

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Diccionario de las artes, Barcelona, Anagrama, 2002. La edición original, de 1995, pertenecía a la colección Diccionarios de autor, de Planeta.

Alguna de las voces del Diccionario de las Artes es ejemplo de lo lejos que puede llegar el ingenio culto productivo mezclado a la ironía a la hora de enseñar cultivando. El libro sobre Venecia tampoco tiene desperdicio. La tendencia de Azúa a vacilar cuando lo que está tratando le provoca distanciamiento por falta de fe o desilusión hace que el discurso adquiera un tono cómico admirable. Seguramente el fragmento que he escogido no les haga ninguna gracia, pero les aseguro que los hay mejores, aunque, por otro lado, a mí me resulta que este no está nada mal.

az7 Azúa, Félix, Venecia de Casanova, Barcelona, Planeta, 1990.

El volumen hacía parte de una magnífica colección de monografías dedicadas a momentos históricos de algunas grandes capitales europeas:

Mancha que limpia: muchos de los ejemplares de esta colección, Ciudades en la Historia, acabaron siendo saldados en grandes almacenes. He aquí tres de los mejores, alguno de ellos reeditado posteriormente:

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Manuel Vázquez Montalbán, Moscú de la Revolución, 1990; Mendoza, Cristina y Eduardo, Barcelona modernista, 1989, y Benet, Juan, Londres victoriano, 1989.





He aquí el fragmento sobre los cafés venecianos y el Florian:

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Azúa, op. cit., 113-14.

Papa terminar reproduzco dos estampas que retratan a Azúa como príncipe del ingenio, de esa chispa inteligente que a J. A. Marina le cuesta concebir como verdaderamente productiva.

1994- Marzo:

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panfotoPániker, Salvador, Cuaderno amarillo, Barcelona, Plaza y Janés, 2000, p., 210-11.






José María Caballero Bonald habla de su primer viaje a Barcelona a finales de los años 50. En un momento dado trata sobre sus contactos con los jefes de Seix Barral. Azúa, nacido en 1944 ya prometía. Quizá no tuvo buen señor poético.

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bonport Caballero Bonald, José Manuel, La costumbre de vivir, La novela de la memoria II, Madrid, Alfaguara, 2001, p., 195-196.