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domingo, 9 de enero de 2011

Tiempo de vida, de Giralt Torrente, la crónica de una confesión

Leo con bastante retraso sobre su fecha de publicación, Tiempo de vida, la obra autobiográfica en la que Giralt Torrente repasa la difícil relación con su padre. Hubiera querido incluir este libro en los reseñados en la entrada de este blog dedicada a las obras confesionales del año 2010, pero, encabezonado en sacarla de la biblioteca, no pudo ser, porque estaba siempre prestada. Por fin, antes de navidades la pillé, incluso con dos resguardos de lectores anteriores, quizá mis semblables maños.

Tiempo de vida, Marcos Giralt Torrente, Barcelona, Anagrama, 2010. 200 páginas. 17,00 €
La obra, además de un recorrido analítico sentimental guiado por la mirada introspectiva del autor sobre sí mismo en relación a la presencia de su padre, contiene también una especie de guía sobre sus intereses como lector de obras afines y sobre las dificultades salvadas en su redacción, en buena medida porque la capacidad de trabajo constante, la lucha contra la dispersión del trabajo producida por otros focos de atención mundana es uno de los temas en los que profundiza Giralt con el espejo de su padre, pintor, al fondo.
Entre los distintos libros que Giralt cita como leídos en torno a la redacción de Tiempo de vida destaco los siguientes, porque mi lectura no puede evitar asociarlas hasta formar un mosaico en el que también se coloca esta obra en un lugar preponderante.
El primer lugar, la obra de Philip Roth, Patrimonio, en la que el escritor americano hace una crónica casi diría enamorada de su padre enfermo. Pero a diferencia de Patrimonio, en la que el protagonista indiscutible es el padre, en Tiempo de vida lo es el escritor, en la medida en la que se autorretrata en difícil simbiosis con la figura del padre, hasta el punto de que podría definirse la obra como la crónica íntima de una temprana separación no deseada en la que las frustraciones, sinsabores y desilusiones del hijo acaban hallando, al cabo de los años, solución, no tanto a través de un cambio de actitud del padre, aunque también, como a través de la nueva perspectiva sobre sí mismo que va adquiriendo el hijo, hasta fundirse con el padre en una relación de saneada, renovada ante la enfermedad, una vida nueva en la que el hijo que es padre, por momentos,pero también el padre hijo. La enfermedad del padre ocupa, en efecto, bastante espacio, pero solo en la medida en que cumple una función de catalizador del proceso, de la larga travesía que va desde el distanciamiento del niño hasta la reconciliación de los adultos, entre ellos y consigo mismos. Esa es la materia narrativa del libro, pero Giralt, aunque no la evita del todo, no se recrea en la anécdota, salvo cuando adquiere carácter simbólico de algún aspecto de esta parábola contemporánea, no sé si del hijo o del padre pródigo. En lugar de la narración anecdótica Giralt recurre al detalle, a menudo en serie, en amplias enumeraciones que hacen pensar en otro de los autores citados, Perec, cuyo Je me souviens, aparece expresamente entre las lectura emparentadas. La enumeración es el rasgo estilístico que a mi quizá me ha resultado más impostado, pero es que, dado el tema, encontrar el tono justo sin caer sentimentalismos tópicos era difícil. Seguramente, ese es el mayor mérito del libro, lo que le da uniformidad y credibilidad, lo que tal vez le dote de la ambicionada “entidad literaria” (p. 191). Por lo demás, siguiendo el dictamen de La confesión como género literario , de M. Zambrano, otro de los libros de la constelación de Giralt, Tiempo de vida tiene algo de la urgencia de la confesión, pero aquí la urgencia se convirtió en entrega voluntaria a las necesidades impuestas enfermedad del padre. Por eso, el libro no cumple una de las condiciones, casi inalcanzable, por lo demás, a las que se refiere la Zambrano; a saber, que la confesión, hija de la crisis destinada a hacer renacer a quien la sufre, se produzca en tiempo real. A lo que asistimos es a una confesión a toro pasado, al recuerdo de una confesión que cobro vida a través de la acción. Con lo que sí cumple es con la necesidad de hacer pública la confesión como modo de reintegrarse, una vez saneado, a la comunidad. Cuando el autor califica de impúdico su libro es probable que se deba a la duda sobre su necesidad, algo que la confesión está lejos de poderse plantear, porque la necesidad es inherente a ella. Quizá, por eso, porque se trata de una muy sentida reflexión más que de un grito de desesperación, este libro termine con una serie de consideraciones sobre la reconciliación consumada y desprenda un tono melancólico, como de marejada que ya se ha retirado dejando inesperadas huellas tras de sí.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Verano, de Coetzee, el libro del año según Babelia.

Babelia, el suplemento de libros de El País, publica hoy la lista de libros preferidos por un buen número de críticos literarios, profesores y profesionales de la lectura. El libro más votado ha sido Verano, de J. M. Coetzee.
Hace unos meses publiqué una entrada dedicada, en parte, a dicha obra. La entrada trataba también de Biografía sin vida (F. de Azúa), otro de los libros bien situados en la lista de Babelia. Y hasta el volumen que daba sentido a la entrada (La confesión, género literario, de M. Zambrano) está, en cierta medida, presente en el top ten del suplemento cultural, porque la antología de la pensadora que preparó Ullán incluye fragmentos de ese breve y hermoso ensayo.
Por todo, me permito republicarlo:

Cotilleos sobre uno mismo, confesiones y libros autobiográficos: La confesión, de M. Zambrano; programas del corazón; Verano, de Coetzee; Nada que temer, de Barnes; S. o la esperanza de vida, de A. D. Gary; Autobiografía sin vida, de F. de Azúa.

(Otra entrada sobre Coetzee:Y el séptimo día el gran Coetzee sonrió)

Parece ser que la nueva temporada editorial va a estar marcada por el gran número de autobiografías que se van a publicar. Los últimos meses se han caracterizado también por la publicación de un buen número de obras autobiográficas, de desigual calidad, unas tendentes a la confesión, otras al análisis generacional o al ensayo y alguna otra todavía ahondando en las formas de hacer confluir novela y autobiografía.

Hace tiempo que no veo programas del corazón en la tele, aunque alguna vez pongo tertulias políticas nocturnas (Telemadrid, Veo, Intereconomía, Telecinco, etc.), que se parecen cada vez más en el tono y el formato a las rabiosas entrevistas rosa. Hace unos años, sin embargo, veía de vez en cuando entrevistas a corazón abierto y familia destripada. Las veía como quien se fuma un puro de vez en cuando, con sumo interés, placer y concentración, tanta como el desagrado de quien recibe el humo. Entre el cotilleo sobre sí mismos que ofrecían las celebrities entrevistadas, de repente creía oír jirones de verdad, atisbos de auténtica confesión que desentonaban con el escenario de fingido drama en el que se producían, con el público aplaudiendo a las órdenes del regidor.image

Zambrano, María, La Confesión: Género literario, Madrid, Ediciones Siruela, 2004.

Se cumplía en mí entonces uno de los rasgos de la auténtica confesión, según la definió María Zambrano en un hermoso ensayo publicado originalmente en 1943: “…cuando leemos una Confesión auténtica sentimos repetirse aquello en nosotros mismos, y si no lo repetimos no logramos la meta de su secreto” (Ibid, p., 30). Pero, en los programas del corazón falta el rasgo esencial de la confesión, entendida como transformación profunda de uno mismo, porque la confesión es “la máxima acción que nos es dado ejecutar con la palabra” (Ibid, p. 31). El formato entrevista íntima intenta crear el marco ideal para una aparente confesión, pero no es más que una engañifa si damos por bueno que, como señala la filósofa, para que sea verdadera la confesión debe partir de una situación de enemistad con uno mismo y sería algo así como la elaboración del propio duelo, el monólogo contemporáneo a un proceso de pérdida de lo accesorio y de asunción de lo esencial, el difícil testimonio de lo que fue profundo malestar. La confesión pura, en ese sentido, equivaldría al relato en tiempo real de ese trance o, en su defecto, el acta aun caliente y con vocación de grito de esa metamorfosis encaminada, a menudo, a un reencuentro con lo verdadero, a una reconciliación con uno mismo. S. o la esperanza de vida, el libro de A. Diego Gary, hijo Romain Gary y J. Seberg, suicida él y seguramente también ella (1), se plantea como un reencuentro con la palabra salvífica, la búsqueda de un discurso perdido en la infancia que permita, una vez reencontrado, entablar con el mundo un diálogo de futuro constructivo. Esta novela testimonial, superada una primera parte prometedora, rápidamente cae en la banalidad narrativa más absoluta: tras una niñez y una adolescencia teñidas por la muerte de sus padres, putativos y no, y sus amigos, el protagonista, de prostíbulo en prostíbulo, busca la borrachera y la limosna emocional femenina para olvidar su malestar, hasta que por fin reencuentra el discurso salvador. Lástima que la obra sea tan poco interesante desde el punto de vista literario, por más que pueda resultar humanamente reconfortante saber que el personaje acaba siendo feliz en su matrimonio y que su hija le ha devuelto la esperanza de vida. Por lo demás, contiene un retrato poco edificante de R. Gary, tan buen novelista como mal padre. Me pregunto si la falta de hondura de imageA. Diego Gary se debe a su escasa proyección colectiva, a la incapacidad para universalizar su drama. Su periplo es, en ese sentido, una confesión malgastada o la confesión de alguien que digiere mal su pasado y por tanto difícilmente puede ofrecer una reintegración personal trascendente.

S. o la esperanza de vida, Gary, Alexandre Diego, Galaxia Gutemberg, 2010.

Si la confesión es un relato que urge verbalizar, la autobiografía, en cambio, se parece más a la mirada sobre la propia vida del que se pone la mano sobre las cejas para poder ver mejor el paisaje sin que le moleste el sol, ese sol que mira de frente quien se confiesa. En la autobiografía se cuentan a veces tristes avatares personales, grandes dramas, pero se contemplan como parte de un todo más o menos armónico, como si las tempestades le hubieran ocurrido a un personaje que ya solo somos en parte, a menudo más porque el tiempo ha pasado que por nuestros esfuerzos por ser otros. La autobiografía es una narración en la que hay un yo que no está en crisis, ese mismo yo que en la confesión hierve a borbotones. La confesión no se puede callar, porque implica un reencuentro con nosotros y los demás, la necesidad de una aceptación inequívoca, mientras que contar la propia vida es el resultado, por distintos motivos, de una libre elección. En medio, entre estas dos formas tan distintas y, al menos por lo que se refiere al tono, antagónicas, de mirarse a uno mismo, cabría una amplia gama de recursos retóricos para poner blanco sobre negro la propia vida. Porque la confesión en la medida en que es un relato que se piensa, se reelabora alejándose del tiempo real de la crisis, tiende a convertirse en autobiografía, en la misma medida en la que la peripecia vital que se recuerda puede revivirse como si fuera ayer y adquirir por momentos el sabor de la confesión. Así de inclemente es el paso del tiempo que casi todo lo disuelve, así de cruel es la memoria que no sabe del tiempo.

Azúa, Felix de, Autobiografía sin vida, Mondadori, 2010.

El libro de F. de Azúa es, en ese sentido, un magnífico intento de narrar una vida sin recurrir apenas a la peripecia personal, al anecdotario privado. Las fases de la vida del autor, sus sentimientos predominantes, se nos presentan a través de lo que pasa a convertirse en su trasunto histórico artístico, en un difícil pero conseguido equilibrio entre lo intimo y lo colectivo, entre la influencia recibida en tanto que miembro de una generación y la lectura singular del mundo. Y todo ello, la historia del arte y la vida misma del autor, entendido como una elegía de la inocencia irremisiblemente perdida y apenas reencontrada en fragmentos casuales que se cruzan inesperadamente por el camino. Pero de esas experiencias dice preferir hacer tesoro silencioso el narrador en una especie de invitación al silencio y al goce callado.

 

image

Coetzee, J.M., Verano, Mondadori, 2010.

Ahora Imagine Vd. que un investigador se propone escribir un estudio sobre el fallecido J. M. Coetzee que bien podría titularse Coetzee par lui-même (1972-1975).

El investigador recoge materiales diversos, entre los cuales unas notas inacabadas del autor mismo sobre temas varios escritas durante esos años, unas entrevistas realizadas a personajes importantes en la vida de entonces del escritor (una amante adúltera, una prima de la que estuvo enamorado de niño, una mujer de la que estuvo enamorado sin ser correspondido y que parece haberle inspirado a la protagonista de una de sus novelas, un amigo y colega universitario y otra colega con la que mantuvo una romance). Por último, el investigador también cuenta con unos cuadernos del autor en los que aparecen fragmentos de texto no fechados. Los textos son semejantes a las notas del primer capítulo y tanto en estos como en aquellos, al final, aparecen indicaciones sobre ulteriores desarrollos, como si pudieran ser utilizados para profundizar en algunas cuestiones tanto personales como no.

Con estas piezas Coetzee, cuya capacidad como arquitecto narrativo con vocación experimental parece indudable, consigue montar un excelente autorretrato del artista que dejó ya atrás la adolescencia y cuya vocación, plenamente afirmada en su interior, no ha hallado aún eco receptor entre el público. Si en Infancia y Juventud, el escritor enfriaba los elementos confesionales implícitos a través del uso de la tercera persona, tan coherente con esa visión asentimentalizada y detallista que le caracteriza, aquí lo hace poniendo la matière narrativa en la fresquera, gracias a la inclusión de un caleidoscopio de perspectivas, entre las que la pretendidamente autobiográfica, sustanciada a través de los fragmentos citados, no es sino una entre otras y, al tiempo, la que más se ocupa de temas de interés general, dejando de lado lo íntimo. Quizá porque, en realidad, Coetzee presenta a su personaje homónimo como alguien que tiene poco que confesar. El punto de vista que refleja casi siempre es el de quien ya ha asumido su vocación, su destino, los caminos, a menudo arduos que iba a tener que recorrer en su vocación como creador -uno de los ejes del libro-, y que  todo lo más presenta algunas fisuras en cuanto a la intensidad o a la seguridad sobre los temas por los que es solicitado para fabular, llamado, en términos coetzeeanos. Con una obra tan densa a sus espaldas, resulta incluso enternecedor que en un momento dado se lamente de haber dedicado demasiado tiempo a su labor didáctica restándoselo a su faceta artística. Pero lo que más llama la atención es que el brisa de la ironía que ya empezaba a soplar fuerte en Diario de un mal año aquí parece ser una especie de viento constante que modela el enfoque de las anécdotas, hasta dotar al protagonistas de rasgos cómicos indudables, salvo para él, pues su fe en sí mismo parece inquebrantable. Esa mezcla de tonalidades enriquece, desde luego, lo contado, que acaba por convertirse en una suerte de apólogo moral tragicómico con regusto a gran verdad, esa verdad que se produce cuando confluyen en lo narrado el gusto por el detalle, la firme vocación y, al tiempo, el descreimiento.

Barnes, Julian, Nada que temer, Traducción: Jaime Zulaika. Anagrama, 2010.

Por, último Barnes, propone una autobiografía centrada en su miedo a la muerte. Con su habitual ingenio y pericia nos lleva de la mano por entre los meandros , de la historia de su familia y la de de su vida como escritor y también como lector, sinb olvidar un repaso a la historia cultural del tema. Unas gotas de divulgación científica, leídas en clave psicológico literaria, y hondas reflexiones sobre el oficio de fabular completan el menú. La figura del hermano, su alter ego filosófico no neurótico, le sirve para dar profundidad al autorretrato y delinear los rasgos de su propia figura muy a la inglesa, si se me permite recurrir al tópico, hablando en broma de lo serio y tomándose en serio lo banal. Otra manera, elegante pero no carente de sinceridad, de confesarse.

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(1) Sobre la personalidad de J. Seberg véase la novela de C. Fuentes, Diana o la cazadora solitaria, Alfaguara, 1994, en la que el escritor mejicano narra su idilio con ella y retrata una mujer en la que conviven la simpleza y la complejidad de forma dramática. http://holdontightmarie.blogspot.com/2010/09/aragoneses-por-el-mundo-segun-c-fuentes.html

lunes, 1 de noviembre de 2010

Cotilleos sobre uno mismo, confesiones y libros autobiográficos: La confesión, de M. Zambrano; programas del corazón; Verano, de Coetzee; Nada que temer, de Barnes; S. o la esperanza de vida, de A. D. Gary; Autobiografía sin vida, de F. de Azúa.

(Otra entrada sobre Cetzee:Y el séptimo día el gran Coetzee sonrió)

Parece ser que la nueva temporada editorial va a estar marcada por el gran número de autobiografías que se van a publicar. Los últimos meses se han caracterizado también por la publicación de un buen número de obras autobiográficas, de desigual calidad, unas tendentes a la confesión, otras al análisis generacional o al ensayo y alguna otra todavía ahondando en las formas de hacer confluir novela y autobiografía.

Hace tiempo que no veo programas del corazón en la tele, aunque alguna vez pongo tertulias políticas nocturnas (Telemadrid, Veo, Intereconomía, Telecinco, etc.), que se parecen cada vez más en el tono y el formato a las rabiosas entrevistas rosa. Hace unos años, sin embargo, veía de vez en cuando entrevistas a corazón abierto y familia destripada. Las veía como quien se fuma un puro de vez en cuando, con sumo interés, placer y concentración, tanta como el desagrado de quien recibe el humo. Entre el cotilleo sobre sí mismos que ofrecían las celebrities entrevistadas, de repente creía oír jirones de verdad, atisbos de auténtica confesión que desentonaban con el escenario de fingido drama en el que se producían, con el público aplaudiendo a las órdenes del regidor.image

Zambrano, María, La Confesión: Género literario, Madrid, Ediciones Siruela, 2004.

Se cumplía en mí entonces uno de los rasgos de la auténtica confesión, según la definió María Zambrano en un hermoso ensayo publicado originalmente en 1943: “…cuando leemos una Confesión auténtica sentimos repetirse aquello en nosotros mismos, y si no lo repetimos no logramos la meta de su secreto” (Ibid, p., 30). Pero, en los programas del corazón falta el rasgo esencial de la confesión, entendida como transformación profunda de uno mismo, porque la confesión es “la máxima acción que nos es dado ejecutar con la palabra” (Ibid, p. 31). El formato entrevista íntima intenta crear el marco ideal para una aparente confesión, pero no es más que una engañifa si damos por bueno que, como señala la filósofa, para que sea verdadera la confesión debe partir de una situación de enemistad con uno mismo y sería algo así como la elaboración del propio duelo, el monólogo contemporáneo a un proceso de pérdida de lo accesorio y de asunción de lo esencial, el difícil testimonio de lo que fue profundo malestar. La confesión pura, en ese sentido, equivaldría al relato en tiempo real de ese trance o, en su defecto, el acta aun caliente y con vocación de grito de esa metamorfosis encaminada, a menudo, a un reencuentro con lo verdadero, a una reconciliación con uno mismo. S. o la esperanza de vida, el libro de A. Diego Gary, hijo Romain Gary y J. Seberg, suicida él y seguramente también ella (1), se plantea como un reencuentro con la palabra salvífica, la búsqueda de un discurso perdido en la infancia que permita, una vez reencontrado, entablar con el mundo un diálogo de futuro constructivo. Esta novela testimonial, superada una primera parte prometedora, rápidamente cae en la banalidad narrativa más absoluta: tras una niñez y una adolescencia teñidas por la muerte de sus padres, putativos y no, y sus amigos, el protagonista, de prostíbulo en prostíbulo, busca la borrachera y la limosna emocional femenina para olvidar su malestar, hasta que por fin reencuentra el discurso salvador. Lástima que la obra sea tan poco interesante desde el punto de vista literario, por más que pueda resultar humanamente reconfortante saber que el personaje acaba siendo feliz en su matrimonio y que su hija le ha devuelto la esperanza de vida. Por lo demás, contiene un retrato poco edificante de R. Gary, tan buen novelista como mal padre. Me pregunto si la falta de hondura de imageA. Diego Gary se debe a su escasa proyección colectiva, a la incapacidad para universalizar su drama. Su periplo es, en ese sentido, una confesión malgastada o la confesión de alguien que digiere mal su pasado y por tanto difícilmente puede ofrecer una reintegración personal trascendente.

S. o la esperanza de vida, Gary, Alexandre Diego, Galaxia Gutemberg, 2010.

Si la confesión es un relato que urge verbalizar, la autobiografía, en cambio, se parece más a la mirada sobre la propia vida del que se pone la mano sobre las cejas para poder ver mejor el paisaje sin que le moleste el sol, ese sol que mira de frente quien se confiesa. En la autobiografía se cuentan a veces tristes avatares personales, grandes dramas, pero se contemplan como parte de un todo más o menos armónico, como si las tempestades le hubieran ocurrido a un personaje que ya solo somos en parte, a menudo más porque el tiempo ha pasado que por nuestros esfuerzos por ser otros. La autobiografía es una narración en la que hay un yo que no está en crisis, ese mismo yo que en la confesión hierve a borbotones. La confesión no se puede callar, porque implica un reencuentro con nosotros y los demás, la necesidad de una aceptación inequívoca, mientras que contar la propia vida es el resultado, por distintos motivos, de una libre elección. En medio, entre estas dos formas tan distintas y, al menos por lo que se refiere al tono, antagónicas, de mirarse a uno mismo, cabría una amplia gama de recursos retóricos para poner blanco sobre negro la propia vida. Porque la confesión en la medida en que es un relato que se piensa, se reelabora alejándose del tiempo real de la crisis, tiende a convertirse en autobiografía, en la misma medida en la que la peripecia vital que se recuerda puede revivirse como si fuera ayer y adquirir por momentos el sabor de la confesión. Así de inclemente es el paso del tiempo que casi todo lo disuelve, así de cruel es la memoria que no sabe del tiempo.

Azúa, Felix de, Autobiografía sin vida, Mondadori, 2010.

El libro de F. de Azúa es, en ese sentido, un magnífico intento de narrar una vida sin recurrir apenas a la peripecia personal, al anecdotario privado. Las fases de la vida del autor, sus sentimientos predominantes, se nos presentan a través de lo que pasa a convertirse en su trasunto histórico artístico, en un difícil pero conseguido equilibrio entre lo intimo y lo colectivo, entre la influencia recibida en tanto que miembro de una generación y la lectura singular del mundo. Y todo ello, la historia del arte y la vida misma del autor, entendido como una elegía de la inocencia irremisiblemente perdida y apenas reencontrada en fragmentos casuales que se cruzan inesperadamente por el camino. Pero de esas experiencias dice preferir hacer tesoro silencioso el narrador en una especie de invitación al silencio y al goce callado.

Coetzee, J.M., Verano, Mondadori, 2010.

Ahora Imagine Vd. que un investigador se propone escribir un estudio sobre el fallecido J. M. Coetzee que bien podría titularse Coetzee par lui-même (1972-1975).

El investigador recoge materiales diversos, entre los cuales unas notas inacabadas del autor mismo sobre temas varios escritas durante esos años, unas entrevistas realizadas a personajes importantes en la vida de entonces del escritor (una amante adúltera, una prima de la que estuvo enamorado de niño, una mujer de la que estuvo enamorado sin ser correspondido y que parece haberle inspirado a la protagonista de una de sus novelas, un amigo y colega universitario y otra colega con la que mantuvo una romance). Por último, el investigador también cuenta con unos cuadernos en los que aparecen fragmentos de texto no fechados. Los textos son semejantes a las notas del primer capítulo y tanto en estos como en aquellos al final aparecen indicaciones sobre ulteriores desarrollos, como si pudieran ser utilizados para profundizar en algunas cuestiones tanto personales como no.

Con estas piezas el investigador Coetzze, cuya capacidad como arquitecto narrativo con vocación experimental parece indudable, consigue montar un excelente autorretrato del artista que dejó ya atrás la adolescencia y cuya vocación, plenamente afirmada en su interior, no ha hallado aún eco receptor entre el público. Si en Infancia y Juventud, Coetzee enfriaba los elementos confesionales implícitos a través del uso de la tercera persona, aquí lo hace poniendo la matière narrativa en la fresquera, gracias a la inclusión de un caleidoscopio de perspectivas. Aunque, en realidad, Coetzee tiene poco que confesar, porque el punto de vista que refleja casi siempre es el de quien ya ha asumido su vocación, su destino, los caminos, a menudo arduos que le llevan a recorrer, y todo lo más presenta algunas fisuras en cuanto a su intensidad o a la seguridad sobre los temas por los que es solicitado, llamado, en términos coetzeeanos. Con una obra tan densa a sus espaldas, resulta incluso enternecedor que en un momento dado se lamente de haber dedicado demasiado tiempo a su labor didáctica restándoselo a su faceta artística. Pero lo que más llama la atención es que el brisa de la ironía que ya empezaba a soplar fuerte en Diario de un mal año aquí parece ser una especie de viento constante que modela el enfoque de las anécdotas, hasta dotar al protagonistas de rasgos cómicos indudables, salvo para él, pues su fe en sí mismo parece inquebrantable. Esa mezcla de tonalidades enriquece, desde luego, lo contado, que acaba por convertirse en una suerte de apólogo moral tragicómico.

Barnes, Julian, Nada que temer, Traducción: Jaime Zulaika. Anagrama, 2010.

Por, último Barnes, propone una autobiografía centrada en su miedo a la muerte. Con su habitual ingenio y pericia nos lleva de la mano por entre los meandros , de la historia de su familia y la de de su vida como escritor y también como lector, sinb olvidar un repaso a la historia cultural del tema. Unas gotas de divulgación científica, leídas en clave psicológico literaria, y hondas reflexiones sobre el oficio de fabular completan el menú. La figura del hermano, su alter ego filosófico no neurótico, le sirve para dar profundidad al autorretrato y delinear los rasgos de su propia figura muy a la inglesa, si se me permite recurrir al tópico, hablando en broma de lo serio y tomándose en serio lo banal. Otra manera, elegante pero no carente de sinceridad, de confesarse.

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(1) Sobre la personalidad de J. Seberg véase la novela de C. Fuentes, Diana o la cazadora solitaria, Alfaguara, 1994, en la que el escritor mejicano narra su idilio con ella y retrata una mujer en la que conviven la simpleza y la complejidad de forma dramática. http://holdontightmarie.blogspot.com/2010/09/aragoneses-por-el-mundo-segun-c-fuentes.html