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lunes, 17 de enero de 2011

Historias perrunas

Las intensas relaciones entre los perros y sus dueños dan para mucho. Están presentes en la hagiografía cristiana, en la mitología popular, en las historias de fantasmas, hasta en los trabalenguas. No es raro que en las familias haya un mítico perro que una vez hizo tal o cual maravilla, hazaña, gracia o excentricidad. En los pueblos no es raro oír contar historias de heroicas intervenciones suyas, de anticipaciones a desgracias imprevistas. Si la disociación esquizoide de los hombres se decanta por la civilización en la mayor parte de los casos, haciendo pesar más la reflexión que el instinto bruto, en el caso de los perros, esos seres ni incluidos ni excluidos (Rilke), prima el instinto. Por fortuna, ese instinto, a diferencia del de muchas personas, suele ser bueno, limitado a la satisfacción incruenta de sus necesidades.

La relación que se establece con estos animales es muy difícil de imaginar antes de que se produzca, pertenece a esas gratas sorpresas que a veces nos depara la vida, en mi caso la vida adulta. Sí, son pesados, pedigüeños, a menudo acaban haciendo su santa voluntad, pero, a cambio, fingen hacernos creer que necesitan salir a la calle hasta cuatro veces al día y también fingen estar interesados en las pelotas, palos y hasta piedras que nos afanamos en tirarles. Lo fingen y normalmente consiguen convencernos. Y qué se puede decir de lo bien que nos hacen creer que se alegran de nuestra llegada a casa. A veces pienso, sin embargo, que esta última, es una de las cosas en las que -por lo menos mi perro- representan peor el papel dinamizador de la visa doméstica que han asumido. Cómo es posible , si no es por un exceso de celo, una especie de inconsciente sobreactuación, que basten unos quince minutos de ausencia para que se comporten como ni siquiera me comporto yo con mis deudos después de vivir un mes de vacaciones separados. Esos saltos, golpes de cola, simplemente porque te has ido a pedir sal al vecino y te has enrollado un ratito son algo que con un par de milenios más de convivencia aprenderán a moderar hasta hacerlos creíbles. Creo es las breves ausencias son una de las pocas circunstancias en que se les va la bola y sobreactúan. He de decir, no obstante, que el mío es bastante sincero y no suele fingir que le gusta lo que no le gusta, desdeña los palos que le tiro y si tiene un día debajón, quizá por un exceso de buenos olores, enseguida quiere volver a casa y no es capaz ni de aparentar que le interesan las perras, una de sus actuaciones preferidas, verdaderamente convincente, una de esas actuaciones que yo reprimo, quizá por un exceso de civilización, cuando estoy ante alguien me gusta

Digo todo esto a raíz de unas fotos que descubro en la prensa de un perro que lleva varios día velando la tumba de su dueño muerto en Brasil en los recientes corrimientos de tierra (clica sobre el pie de foto para obtener más información):

Brasile Leao, il cane che veglia la padrona morta

Brasile. Leao, il cane che veglia la padrona morta.

Brasile Leao, il cane che veglia la padrona morta

Y me vienen a la cabeza las palabras de Valéry: “Les animaux, qui ne font rien de inutile, ne méditent pas sur la mort” (Trad.: Los animales, que no hacen nada inútil, no meditan sobre la muerte)(citado por Grenier, Roger, Les larmes d´Ulysse, Gallimard, 1998, p. 11) y también:

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Valéry, Paul, Cuadernos (1894-1945), Galaxia Gutemberg, 2007, p. 521. trad. de M. Privat, F. Sáinz y A. Sánchez Robayna.

Y recuerdo unas recientes páginas de J. Banville (Los infinitos, Anagrama, 2010, p. 193-95) en las que se basa una parte del texto que introducía este post:

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Los tres libros citados:

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lunes, 3 de enero de 2011

Infinitos, de John Banville


Infinitos
John Banville
Traducción de Benito Gómez Ibáñez. Barcelona, Anagrama, 2010
296 páginas. 19,50 euros.

Seguramente, la nueva novela de Banville contiene en buenas dosis y en sabia proporción bastantes de las cualidades que hace ya algunos años deseaba Italo Calvino para la literatura del segundo milenio: ligereza, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad. En otras de sus novelas la característica tendencia a la morosa densidad desluce, en mi opinión, la calidad de los mimbres de que están hecha. Bien es verdad que la escasa peripecia facilita el adensamiento de la prosa concéntrica, pero es que por momentos el equilibrio llega a perderse en una cadencia que hace añorar cierta mayor rapidez, mayor resolución.


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Anotaciones manuscritas de Calvino sobre las conferencias que iba a pronunciar en las Norton Lectures.

En Banville hay muy poco relleno, no existe casi párrafo que no esté preñado de intención, pero a veces tanta carga lastra la necesaria ligereza. Por ejemplo, en sus obras policíacas, las que firma como B. Black, las variaciones a las que somete cada cuestión hacen que se pierda de vista la línea argumental, la melodía de base, el toque de género, como podría ocurrirle a un músico de jazz que se dejara llevar por su virtuosismo y olvidara la pieza en conjunto, hasta el punto de que cuando vuelve al tema, ya te habías olvidado de cuál era. Es un reproche que, en menor medida, podría hacerse también a su, por lo demás excelente penúltima novela, El mar (Anagrama, 2005) o a El intocable (Anagrama, 1997). Contrasta esta tendencia a la inmovilidad con la chispa de su faceta como ensayista. El humor, la riqueza de felices hallazgos de Impresiones de Praga (Herce, 2008) es difícil de igualar. En Infinitos, por más que el contenido supusiera un auténtico desafío, Banville logra un sólido equilibrio entre hondura y ligereza, profundidad y liviandad, entre exactitud e indefinición. Y ello con un narrador principal no es otro que Hermes. O quizá lo logre, precisamente porque los dioses del Olimpo son una versión desprejuiciada, extrema, de los humanos y esta tragicomedia de una tarde de verano no deja de ponerlo de manifiesto. Por otro lado, parece que la manera de hacer de este narrador hijo de Zeus- que también anda por allí, como un casi omnipotente viejo verde al que le sobra la Viagra- tiene algo de la
potencia y servidumbre con la que el autor encara, respetuoso e impertinente, al tiempo, la construcción de sus personajes, tan suyos como suyo es él de ellos, tan sorprendido por su comportamiento como sabedor de lo que deben y no deben hacer para que la novela no se malogre.
La historia que cuenta la novela es, por lo demás, escasa, tanto que podría casi resumirse en una serie no muy numerosa de cuadros teatrales, de escenas de interior y exterior. En una casa de campo un famoso científico, cuyas teorías sobre el tiempo han revolucionado la física, está agonizando. A su vera se reúne su familia y algún que otro personaje casi con tanto peso como sus deudos. En torno a la habitación del padre revolotean los dos hijos, la mujer, su deseada nuera, mientras repasan sus trabajos y sus días, más desdichados que felices a la espera del próximo fallecimiento. La voz del padre, cuyo sorprendente final da pie a una especie de retablo entre vulgar y sublime, contrasta con la de todos los demás, pues es él, a pesar de sus insuficiencias, el dueño y señor de la familia. A veces, repasa su vida pasada ante el inminente final. Los dioses, por su parte, miran con una mezcla de envidia y desprecio las tribulaciones de los humanos, esas penalidades, en particular el amor, que tanto envidian, como si estuvieran hartos de que su inmortalidad les privara de la dimensión mitad trágica mitad banalmente ramplona de los humanos. Los hombres están condenados a morir de la misma manera que los dioses están condenados a vivir, pero por lo demás, salvando las diferencias ligadas a sus habilidades (narrativas y de otro tipo), se parecen bastante.
Y notas de fino humor, no solo literario, por aquí y por allá. Además, verdades que solo Hermes podría descubrir como que uno de los personajes más logrados, el perro Rex, que antes de la grave indisposición de su dueño tenía como misión "llevarlo todos los días de paseo, en ocasiones dos veces, si el tiempo era especialmente bueno, y para complacerlo hasta fingía que nada le gustaba más que correr detrás de una pelota de tenis o un palo cuando se los lanzaba" (p., 194). “¡Oh!”(p., 290).

viernes, 3 de diciembre de 2010

Los libros del año en inglés. La crema de la intelectualidad inglesa recomienda lecturas en Guardian.

Hay algo de profundamente absurdo en escoger los mejores libros del año, pero quizá también lo hay en cumplir años, en las periodizaciones que hacen que descansemos de trabajar cada semana o asumamos que lo ideal es sacar una entrada al día en un blog. Quizá por eso las campañas de fin de año tienden cada vez más a adelantarse, porque basta que se tenga prisa o apremie el interés comercial para que los plazos se hagan flexibles. Este año, la crisis ha retrasado el encendido de la luminaria , pero, a cambio, hace ya días que empiezan a aparecer listas con los mejores libros del año. Guardian ha pedido su opinión a la armada invencible de sus escritores, que se han prestado a recomendar lo que recomendarían si tuvieran que recomendar. Banville, Barnes. Boyd, Coe, Theroux, entre otros muchos, hasta Hobsbawn,  participan en la iniciativa: http://www.guardian.co.uk/books/2010/nov/27/christmas-books-year-roundup

Sin haber hecho un análisis en profundidad, se tiene la impresión de que también en el mercado de lengua inglesa la producción (auto)biográfica está en boga. Entre  recomendado destaca Philip Larkin,  Letters to Monica (Faber), uno de los libros más recomendados; Under the Sun: The Letters of Bruce Chatwin (Jonathan Cape); Sjeng Scheijen, Diaghilev: A Life (Profile Books); Bill Clegg, Portrait of an Addict as a Young Man  (Jonathan Cape); Rowan Williams, Dostoevsky (Continuum); Tony Judt Ill Fares the Land (Allen Lane), Saul Bellow, Letters (Penguin Classics), entre otros.

No falta tampoco la temática navideña: Jilly Cooper:

I  also loved Comfort and Joy by India Knight (Fig Tree), a hilarious, bawdy yet touching portrait of Christmas over three years. In a desperate attempt to achieve harmony for the sake of the children, Clara, the enchanting heroine, invites a vast extended family of parents, steps-in-laws, embattled ex-husbands, warring couples and lame-duck friends to stay.

Ni los autores en español, anglófilos, eso sí: The Perpetual Race of Achilles and the Tortoise, Jorge Luis Borges (Penguin Classics)

Hobsbawn, por su parte de muestra fiel a sus intereses e investigaciones, y recomienda a Charles Van Onselen, Masked Raiders: Irish Banditry in Southern Africa (ZebraPress, Cape Town)

Algunos de estos libros verán seguramente la luz en nuestro mercado en los próximos meses, otros, como el de Tzvetan Todorov, The Fear of Barbarians: Beyond the Clash of Civilizations (University of Chicago Press), ya lo han hecho hace tiempo.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Es duro dejar de creer

Foto1925 A menudo, siento antipatía por aquellos creyentes cristianos a los que les cuesta convencerse de hasta qué punto la línea oficial de la Iglesia católica es retrógrada y está anclada en posiciones contrarias con los más elementales ideales de igualdad y justicia. La libertad la dejo aparte, porque nunca fue algo importante para la curia. A menudo, también, siento simpatía por esos mismos creyentes cuando noto que les cuesta romper el vínculo afectivo que mantienen con la iglesia, aunque no estén de acuerdo con sus planteamientos e incluso renieguen de sus posicionamientos públicos. Quizá, esos dos sentimientos en cierta medida opuestos aniden en mi, porque esa misma esquizofrenia que he descrito la vivo yo en relación a los antiguos regímenes socialistas, los del otro lado del llamado Telón de acero. Hay quien contradicciones semejantes las salva diciendo, como Saramago, que una cosa son los ideales y otra la historia, pero no es un planteamiento que calme mi desazón. Porque qué ideales son esos a cuyas espaldas se amontonan tantas víctimas a todas luces innecesarias, tantas injusticias cometidas con el ideal puesto en la distancia y el beneficio propio situado a pocos pasos. Sí, ya se sabe, que hay respuestas para todo y la historia del marxismo leninismo las tiene estupendas, que si era imposible el socialismo en un solo país, que  sí que lo era, pero a costa de una férrea dictadura del proletariado, que hasta que desaparezca el estado habrá conflictos, etc. No hay manera de hacer pasar esa bola por la garganta, ni con poco de azúcar, tanto crimen no se puede tolerar. Pero, dicho esto, quizá porque aborrezco de nuestro descontrolado sistema capitalista, me queda siempre una zona de duda, de incertidumbre, sobre lo que debió ser aquello. No me refiero al paraíso perdido de los orígenes de la revolución soviética, que son algo así como las primeras comunidades cristianas para quien no puede dejar de tener fe. Me refiero a lo que vino después. Y a veces me asalta la duda de si en los países del Este no ocurrió con la Unión Soviética un poco como en España sucedió con la Francia portadora de ideales ilustrados durante la Guerra de Independencia, que el rechazo se produjo porque nada se puede imponer por la fuerza, ni siquiera lo bueno. Pero decir una cosa semejante implica aceptar que la Unión Soviética era portadora de ideales de libertad y justicia y que no todo era pura ideología, en el sentido de discurso encubridor, justificador del orden real. Y llego a un punto en que me encallo y que seguramente explica mis sentimientos ambivalentes hacia esos cristianos de los que hablaba. Por un lado, cierta estupefacción, que deriva del hecho de que incongruencia la veo clara y me parece inaceptable transigir con la línea oficial, por otro, cierta solidaridad, porque sé cuánto cuesta dejar de creer sin convertirse en un rabioso converso.

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Los testimonios sobre los abusos del régimen soviético son muy numerosos, en especial los dedicados al estalinismo. Estremecedora, por hondura, amplitud de miras y calidad literaria, es la novela Vida y destino, de Vasili Grossman, vuelta a publicar con éxito hace tres años por Galaxia Gutemberg. Pero la reflexión anterior tiene más que ver con la relación de los países llamados satélites con la URSS. En concreto, fue suscitada por este fragmento de Imágenes de Praga (John Banville, Herce, 2003, p. 27-29).

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viernes, 29 de octubre de 2010

¿Cómo es el perro que llevamos dentro?

...recuerdo cómo, juntándonos ocho o diez chavales y chavalas por el camino solíamos ir a la escuela bordeando la llamada bahía de Chingudi (o sea: la ría de Bidasoa) y cómo cuando había marea alta, veíamos flotando cerca de la orilla perros muertos que luego, al volver a casa ya con la marea baja, se habían quedado incrustados en el barro, inflados y apestando el aire. Pero, dos o tres veces lo que vimos no fueron perros muertos, sino cadáveres de hombres. Y es que, cunado coincidiendo con altas horas de la noche, la marea baja reducía la falsa bahía al estrecho canal del que ya he hablado páginas atrás, gentes que se habían quedado sin poder salir a Francia se echaban al agua para intentar cruzar los quince o veinte metros del canal, y en aquella casa nos despertábamos todos cuando oíamos el traquetreo de la ametralladora que les disparaba desde la motora franquista que patrullaba las aguas. La madre de Marichu, sobresaltada, gritaba en euskera: "¡Ay, ay, ay! Pobrecillo, pobrecillo (guisajoa, guisajoa) , que no lo maten, que no lo maten". Y por la mañana si le habían matado intentando pasar a Francia, lo veíamos nosotros flotando en el agua de ida a la escuela y, con la siguiente marea baja, como los perros muertos, incrustado en el barro, casi casi frente al consulado (Carlos Blanco Aguinaga, Por el mundo, Alberdania, 2007, p., 64-65)
Leo la descripción que Kepler hizo de sí mismo a los veintiséis años, medio en serio y en tercera persona (Banville, J., Imágenes de Praga, Herce 2008, p. 165), señalando su semejanza con un perro, una especie de miniretrato del investigador as a young dog:

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Y pienso en cómo sería mi versión perruna. Pospongo la cuestión, ahorro a los visitantes un retrato sarnoso, porque tengo demasiado cerca un hermoso ejemplar de can y la comparación con algunas de las virtudes que me gustaría que me adornaran se decanta claramente a su favor. Sin embargo, me acuerdo de una serie fotográfica muy reciente, incluida en el libro Dogs, de Tim Flach, algunas de cuyas instantáneas publica hoy Repubblica:


Tim Flach, foto d'autore per cani



Tim Flach, foto d'autore per cani



Tim Flach, foto d'autore per cani


Tim Flach, foto d'autore per cani



Tim Flach, foto d'autore per cani


Tim Flach, foto d'autore per cani



Tim Flach, foto d'autore per cani

…Y se me vienen a la cabeza citas sobre estas personas no humanas, muchas contenidas en el hermoso libro de Roger Grenier, La dificultad de ser perro (Alba editorial, 2001), cuyo original se titula Les larmes de Ulysse (Gallimard, 1998), aunque hubiera debido llamarse no las lágrimas, sino la lágrima de Ulises. Como es sabido, el rey guerrero, al volver a casa y encontrar a su perro Argos, el único que le reconoce de inmediato, en un estado lamentable, derrama una sola lágrima, pero una sola, igual que los héroes románticos (1).
Rilke zanja la cuestión, diluyendo una barbaridad la entidad perruna: “Ni incluido ni excluido”. Ni bárbaros ni ciudadanos, en términos griegos. Martin du Gard insiste en “esa lastimosa necesidad de creer que se distingue en la mirada de los perros”, pero yo no diría tanto viendo estas fotos. Tal vez la anécdota que cuenta E. Levinas aclare las razones del agradecimiento a los perros, el afecto que puede llegar a sentirse por ellos, nos semblables, nos frères, con los que compartimos casi toda nuestra condición, como intuyó Goya en su pintura negra titulada El perro (3). Como parte de un grupo de prisioneros de guerra judíos pertenecientes a un destacamento forestal, Levinas “vio que a los ojos de sus guardianes y hasta de los transeúntes ya no pertenecía la especie humana. Luego un perro vagabundo se unió a ellos. “Para él –era innegable- fuimos hombres.” (Citado por Grenier, p. 16). Y es que quizá la endeble condición humana necesita de los ojos de otro para constituirse. Y ese otro, a veces, es mejor que no sea humano.
El epitafio de Tycho, el jefe de Kepler durante tanto tiempo puede leerse como un anhelo de autosuficiencia frente a la mirada del otro:
Ser antes que ser percibido.
El epitafio de Kepler, tiene una coña cínica, palabra que hace mucho leí que etimológicamente tiene que ver con la raíz de perro en griego, kynos:
Medí los cielos, ahora las sombras de la tierra mido/En el cielo mi mente, en la tierra mi cuerpo descansa (2).
(1) Vid. “Una sola lágrima, pero una sola”: Sobre el llanto romántico, Sebold, Russell, en Trayectoria del romanticismo español, Ed.Crítica, 1983.
(2) Los dos epitafios aparecen citados en la obra de Banville a la que se ha hecho referencia, p., 177 y 186
(3) “Es posible que este perro sea un figura mitológica, forme parte de un discurso narrativo…Pero ya ha producido, y produce, su efecto, ya podemos identificarnos con esta imagen, que habla directamente de nuestra situación y corrige el eventual optimismo de la modernidad. No sabemos si el perro se hunde o no, sólo podemos verle en el preciso momento en el la ambigüedad domina la situación y por ninguna parte aparece terreno firme sobre el que apoyarse… El perro es la representación más rigurosa de la soledad y la falta de seguridad, de la autoconciencia de esa situación, de su carácter absoluto. Bozal Valeriano, Goya, Madrid, Alianza cien, 1994, p., 57.
el perro goya
El perro aquél aulló varios veranos/siempre solo en la casa abandonada.//Aún sigue su terror en mis oídos/, dentro de mí aúllan/ (con el miedo de Cristo abandonado/en el viejo olivar)/las fauces de aquel perro, tan sediento/de alguna compañía,/en aquel cielo azul que se apagaba/por entre las palmeras y naranjos/donde mi juventud/se miraba en el mundo.//Yo soy ahora el perro, que aún no ha muerto,/y soy también el miedo de Cristo abandonado/en el viejo olivar,/bajo los astros fríos.//Mis tres fauces:/del animal que soy/de Dios (que me abandona)/y estos restos de espíritu y de carne/que se muerden. (F. Brines)