Una de las imágenes que choca al turista que pasea por las calles de las ciudades italianas son las esquelas pegadas en las paredes, a veces puestas encima unas de otras, rotas en los pedazos que quedan al arrancarlas, como esa especie de palimpsestos hechos con los viejos carteles de cine que tanto gustaban M.Rotella. Las muertes de los vecinos se superponen, como ocurría con los estrenos de cine.
Foto de una obra de M. Rotella.
Las esquelas a las que me refiero parecen pequeñas (unos 50x35 cm) publicidades del fallecimiento de algún vecino, como si en lugar de un vocero que circulara por el barrio dando las últimas luctuosas novedades se prefiriera la dignidad del texto escrito y la lectura silenciosa ante tan des/agradable noticia. Recuerdo que en las ciudades españolas se dejaba cerrada una de las hojas del portal como señal de que un inquilino había pasado a mejor vida, pero tengo la impresión de que hace tiempo ya la costumbre ha pasado a esa misma mejor vida.
Una de las esquelas descritas en el texto.
Es frecuente, por lo demás, que en la esquela figure el apodo o la forma en que era conocido el finado por la comunidad o el nombre de pila o un hipocorístico seguido de la profesión. Ocurre en particular en aquellas zonas, como Nápoles es que se es particularmente proclive a este tipo de aclaraciones del nombre:
Luigi Vitullo, también conocido como Giggino el barbero.
L’Espresso publica una pequeña selección de estas esquelas. Sirva para dar cuenta de cómo se esmeran los talleres de artes gráficas en dar variedad a sus encargos:
Otro barbero
María Speranza de Longis, una burra maleducada, que diría mi suegra.
Ciro Pugliese, llamado el manteca.
Patrizia de Clemente, una perlita.
M. Salvatore, también conocido como el pitufo.
Y hasta quien se muestra agradecido desde el más allá. Lástima que no pueda preguntársele el motivo del agradecimiento.
