viernes, 29 de julio de 2016

Vibralanos, atímpuros, neofrenos y "orgullo sincero y dolor real". El Sacrario Militare Italiano de Zaragoza

Foto 1. Ingreso monumental al Sagrario

Ce matin, j'étais chez les prisionniers italiens. Il y en avait un, pas jeune, qui pleurait comme un veau (...) Tout d'un coup, furieux, il saute sur le banc, fait un discours en hurlements -dix phrases, on nous a trompés en Italie, etc.-  et hurle: "À mort Mussolini!". Réaction faible. Il recommence. Et les prisonniers, autour, répondent: "À mort!"... (L'espoir, A. Malraux)


Cuando mi abuela oía las primeras notas del himno nacional español se le dibujaba en la cara una expresión entre pícara e infantil y a continuación empezaba a musitar una letra que el himno no tenía:

Burro, zopenco
Pedazo de animal,
sólo le falta el rabo
para rebuznar

Aleluyas de la defensa de Euzkadi  
(RIVERO GIL, 1937) 
Comissariat de propaganda de la Generalitat de catalunya
En la Italia fascista, los chistes irreverentes hacia el régimen y en particular hacia Mussolini eran muy frecuentes, como en todas las dictaduras, por otro lado. Esa manera de aligerar el peso que supone el régimen autoritario sobre la vida cotidiana de sus súbditos debe ser el trasunto del desencanto que produce la rutina democrática, poco más que algo funcional a los dos sistemas, síntoma de un descontento inarticulado, liberación inocua de tensiones. Según el recientemente fallecido Christopher Duggan, los chistes irreverentes bajo Mussolini eran "un ingrediente onnipresente negli scambi sociali di tutti i giorni", aunque  "la policía intervenía raramente, incluso cuando, y era algo que ocurría a menudo, se ponían en la picota la rimbombantes declaraciones del gobierno, se aludía a la corrupción y a la ineficiencia, o se satirizaba el comportamiento de Mussolini o de algún otro de los grandes jerarcas (come el secretario del partido, Achille Starace, uno de los destinatarios predilectos de la crítica). Lo cual hace pensar que por lo general las autoridades creían que reírse del régimen no era una cosa especialmente peligrosa o perniciosa" (1).
Aleluyas de la defensa de Euzkadi
Busco en mi reciente visita al Sacrario Militare Italiano de Zaragoza algún motivo que sirva para poner el solfa la solemnidad del lugar, para hacer visible ese tremendo contraste entre los inalcanzables ideales fascistas y su turbia peripecia mundana. No es buen sitio, pero algún lapsus habrá habido en la gestación del monumento, en las lápidas, en las inscripciones, pienso por un instante. Me acuerdo a ese respecto de la visión de los himnos heroicos que proporciona Meneghello en Libera nos a malo (1963). Dos palabras que seducían a su alter ego infantil en esas extraordinarias memorias noveladas, vibralani y attimpuri, resumen la distancia sideral entre la retórica, tan intensamente vivida por algunos, y la vida a ras de suelo.
La primera de las dos palabras proviene del Himno Balilla:


Vibra l'anima nel petto
Sitibonda di virtù;
freme, Italia, il gagliardetto
e nei fremiti sei Tu!

La segunda la gritaba el cura durante las confesiones: Atti impuri! (¡Actos impuros!).

Salvando las distancias,  al niño protagonista de Libera nos a Malo, seducido por aquellas extrañas y deslumbrantes palabras, le pasaba algo parecido a lo que me ocurría a mí con ¡Help, ayúdame!, la canción de T. Ronald. Como la cantaba entre las brumas de la ducha, atento a que al calentador no se le acabara el agua caliente, el ¡Help, ayúdame!, se convertía en un salvífico ¡Gel, ayúdame!, quizá Moussel, sustraído del neceser de viaje de mi padre. Y es que mi inglés era tan escaso como rudimentario el italiano heroico de Meneghello.
"E noi del fassio siàn i conponenti", che belle parole: chissà cosa vorranno dire?", se pregunta el niño mientras salta sobre el colchón elástico de las palabras, sintiéndose un vibralano. No es de extrañar que los vibralanos, por lo demás, fueran aliados naturales de los atímpuros en la inefable batalla contra los neofrenos (nei fremiti sei Tu!: ¡nei freni ci sei tu!), pues representaban ideales distintos. Entre lo que siente el niño, entre su manera de vivir la exageración retórica fascista y la ambiciosa retórica misma, asoma la carcajada a través de la ingenua irreverencia. Quizá no es que no entienda, sino que entiende rectamente el mensaje por vía subliminal.
Aleluyas de la defensa de Euzkadi
Cuando el portero del Sacrario zaragozano me dice amablemente que puedo pasar, desmintiendo mi prejuicio sobre las necesarias visitas  programadas o en grupo, entro en el recinto con las palabras del reciente libro de Javier Rodrigo en la memoria:

"El fascismo en tanto que proyecto generador de un nuevo futuro, vivió una auténtica fiebre, no del oro, sino de la piedra: un afán no disimulado por la absorción de los símbolos pasados y por la monumentalidad del presente, de cara a la posteridad. La memoria de la intervención italiana en la Guerra Civil española recayó, bajo estos preceptos, en la gestión del recuerdo y del culto de sus caídos, de sus muertes como generadoras de vida, de su heroísmo y fe fascista" (2).

Fe fascista y orgullo por la empresa acometida es lo que sintieron los parientes de los muertos en combate, como la madre la mujer y la hija de Giuseppe Luciano Mele, caído en Jabalambre en 1938, medalla de oro al valor militar por lo siguiente:

Nell’imminenza di una importante azione affidata alla Divisione chiedeva insistemente ed otteneva di essere destinato ad un reparto di primo impiego. Alla testa di una compagnia di camicie nere e, quantunque subito ferito al petto, compiva atti di sublime eroismo, trascinando il reparto alla fulminea conquista di due forti capisaldi nemici, dai quali i numerosi difensori erano costretti a fuggire atterriti. Colpito una seconda volta mortalmente in una pericolosa fase di contrattacco avversario, piegava esanime sulla trincea, proiettando la luce del suo spirito oltre la meta e verso la vittoria. Preclaro esempio di combattente legionario animatore; trascinatore e degno del nobile appellativo di eroe. Sierra de Javalambrc, 22 settembre 1938.

Puro gusto por la acción heroica, por la batalla, escenario privilegiado de una biografía fascista que se preciara, frente a los defensores aterrorizados que no podían por menos de huir ante el empuje de Mele, soldados del ejercito republicano, del ejercito leal al gobierno legítimamente constituido, fruto de unas elecciones democráticas. Aunque, quizá no estoy siguiendo la vía justa para subir por la rampa de acceso a la torre, un proyecto, por cierto, que se quedó a medias, como el proyecto mismo de una Europa fascista federada al que está ligado. A medias, porque mide poco más de cuarenta metros, cuando debería haber medido algo más de ochenta. La rampa de este cementerio vertical, un cementerio ideal, como las ciudades ideales renacentistas, construido su misura para unos muertos que fueron ordenados alfabéticamente, es un compromiso entre una escalera convencional y una plataforma continua, parecida a la del Torreón del Palacio ducal de Urbino, o, siglos después, a la escalera monumental helicoidal de acceso a los Museos vaticanos (G. Momo, 1932). Ya se sabe que el fascismo reinterpretó la historia italiana anterior a su llegada como una suerte de prefiguración que conducía a una etapa superior, la de a la tercera Roma, va la vencida.

Pero no hago sino escaparme del tema, que no es otro que la legitimidad del impresionante mausoleo que estoy visitando, un tema irresoluble. Y es que los motivos por los cuales 78.846 soldados (3) vinieron a España son variados, socioeconómicos, como los del personaje que recrea Sciascia en una de las novelle de Gli zii di Sicilia,  L'antimonio (1960)  o los que llevan a Cameroni a enrolarse en la aventura fascista española en  Dientes de leche (Martínez de Pisón, 2008) (4), ligados al proyecto vital de cada uno, que podía buscar la aventura, la fulgurante carrera militar, pero sobre todos ellos se concentra la nube fascista que unificaba, conformaba destinos, verdadero catalizador de la voluntad que llevó a tantos italianos a morir en suelo ajeno : "Fascistas que se embarcaron en Italia y empuñaron las armas en España por distintos motivos, seguramente uno (o más) diferente para cada Aldo, Giovanni, Marco, Giuseppe o Enrico, pero también por ideas comunes, por deseos compartidos que, por fuerza, debían pasar por el tamiz de la identidad personal y a la vez colectiva, la de ser fascistas" (5). No nos olvidemos, en ese sentido, de que en las dictaduras europeas de entreguerras estuvieron activamente presentes miembros de la alta burguesía y de la aristocracia, pero también tantos personajes provenientes del lumpen.

Hoy, sin embargo, a casi ochenta años de distancia, aunque todavía me duela nuestra guerra civil, en este lugar,  especie de serpiente constrictora  para un visitante solitario, domina la magnitud de la muerte casi sobre cualquier otra consideración. Cuando ocurrió todo (las autoridades italianas estaban perfectamente al corriente de los preparativos del golpe del 17-18 de julio y lo apoyaron desde el inicio)  hubo, sí, tanto dolor,  aunque también "orgullo sincero, por más que cueste aceptarlo. Orgullo sincero y dolor real", apostilla J. Rodrigo en el corolario de su estudio citado. Honorable memoria, pues, o al menos respeto, intento decirme, por quienes murieron en suelo ajeno, colaborando  para derrocar un régimen democrático "en defensa de la Santa Causa de la España de Franco", dando "su vida por Dios y Nuestra Patria". Ahí quizá radica la quiebra de la retórica fascista, en morir por cosas así, ideología justificadora de intereses espurios, ideología en el sentido materialista del término, ideología de vibralanos, atímpuros y neofrenos, para el protagonista de Meneghello. De "reliquias de mártires", habló el embajador F. Lecquio en el acto de colocación de la primera piedra del Sacrario, el 3 de mayo de 1942 (6), cuando Mussolini todavía dirigía la gloriosa misión imperial a la que Italia, tan estrecha geográficamente como amplia de miras, había sido llamada. Difícil es casar las dos cosas, así es que me dejo llevar por el carácter lúgubre del sitio, inaugurado el 25 de julio de 1945, cuando mucho habían cambiado las cosas en el panorama europeo y en el italiano, en particular. Terminada la guerra civil, liberada Italia de los nazis, seguramente alguien se vio forzado a cambiar el proyecto original de inscripción que preside el ingreso  para introducir ese tutti de L'Italia a tutti i suoi caduti, un tutti que sabe a ultracorrección, sin duda sobrevenido y al que acabaron ajustándose un poco los designios de la torre, cuando en  1987 fueron enterrados veintidós de los más de quinientos brigadistas italianos que habían luchado a favor de la República. En algunas de

sus lápidas figura una placa que los distingue de quienes estaban en el otro bando. Juntos, sí, cosas del ángel de la historia, pero algo menos que revueltos. Claro que, si miramos con detalle las cosas, tantos de los brigadistas eran de filiación comunista, ideología que si defendió la democracia parlamentaria en algún momento, lo hizo de forma meramente coyuntural, estratégica, por utilizar un término al uso. Nuestra Guerra Civil fue un anticipo o un banco de pruebas de muchas cosas, no sólo intencionadamente, lo fue hasta de  la Guerra Civil italiana. Como es sabido, en Guadalajara, se enfrentaron italianos en los dos bandos. Malraux se hizo eco en L'espoir: "Il montrait du pouce la direction de Guadalajara, où le vent portait sous les nuages bas une odeur de charnier, et vers quoi se dirigeaient les prisonniers italiens. (...) Au loin, au bataillon Garibaldi, jouait un accordéon" (7).

Gris por doquier, como conviene a la verdad, siempre veteada de impurezas. En un libro reciente sobre la justicia que hizo la Italia republicana con la precedente Italia fascista y sobre los turbios hechos que marcaron la memoria de P. Levi, involucrado en el ajusticiamiento de dos jovencísimos partisanos (8), S. Luzzatto resumía así la trascendencia de  la Guerra Civil en Italia, “resultaría tranquilizador pensar que en una guerra (más aún en una guerra civil) el enemigo se encuentra siempre y en cualquier caso fuera de nosotros…Vista desde cerca, la guerra civil italiana  –en relación a la cual a nadie le debería costar por lo  menos restrospectivamente escoger su propio campo, habiendo sido uno de los dos campos el de la humanidad y el del derecho y el otro en de la falta de humanidad y el del abuso– cuenta una historia distinta. Junto con la historia de un bien, el de la impagable lucha contra el nazifascismo, cuenta la historia de un mal insondable, el mal del que ningún hombre… puede sentirse libre. Entre el blanco y el negro aparecen las numerosas tonalidades del gris. A veces, la historia de los partisanos tiene el encanto simple de los contrastes. Más a menudo, tiene la compleja verdad de los matices” (9). Mucho de esto se puede decir también de la Guerra Civil española. La gran diferencia fue que en nuestro país venció el bando opuesto. El angelus novus que mira hacia la grisura de esta sorprendente construcción, no encuentra los escombros de los que habla Benjamin, sino un monumento varado en el tiempo, como señala J. Rodrigo, pero que evoca la mala digestión de este ácido cóctel:  "ocho mil trescientos millones de liras. Dos millones de bombas de mano. Ciento treinta y cinco mil horas de vuelo. Ciento cinco mil fusiles. Setenta y ocho mil ochocientos cuarenta y seis soldados. Once mil quinientas toneladas de explosivos lanzadas desde el aire. Cinco mil trescientas veintiocho incursiones aéreas. Cuatro mil vehículos. Tres mil cuatrocientos cadáveres. centenares de viudas, de madres sin hijos. Centenares también de víctimas, decenas  de niños y niñar destrozados por la meravigliosa Aviazione Legionaria. Ochenta y siete toneladas de pólvora. Setenta y dos barcos. Cuatro jefes. Dos naciones hermanadas por la sangre de sus caídos. Una torre" (10). El huracán que se enreda en las alas del ángel y le empuja hacia el futuro aquí se ha tomado un descanso.
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(1) Duggan, Chistopher, Il popolo del duce, Laterza, 2012, Roma, trad. G. Ferrara degli Uberti, p. XI y 196. Los procesos por ofensas al Duce fueron muy numerosos: cf. Luzzatto, S. Il corpo del duce, Einaudi, 2011, Turín.
(2) Rodrigo, Javier, La guerra fascista. Italia en la Guerra Civil española 1936-1939, Alianza Editorial, 2016, Madrid, p. 317-318.
(3) Rodrigo, ibid. p. 334.
(4) Comparando al protagonista de su libro reportaje sobre José Robles, Enterrar a los muertos (19) y el patriarca negado de la saga familiar de Dientes de leche, Mártínez de Pisón contesta en una entrevista lo siguiente:
"- ¿Dónde se encuentran los sueños de José Robles, protagonista de Enterrar a los muertos, con los de Cameroni, héroe de esta novela?
- Robles, republicano asesinado por republicanos, fue un mártir de nada y de nadie. Cameroni es un italiano que viene a España huyendo de la pobreza y que acaba abrazando el fascismo. Los de Robles son sueños que chocan violentamente con la realidad. Cameroni, en cambio, es un superviviente nato.
- ¿Cuáles fueron las principales dificultades a la hora de reconstruir las vidas de los fascistas italianos durante y tras la guerra?
- La mayoría de los italianos que vinieron a pelear en el bando nacional eran hombres de extracción social modesta y después no dejaron por escrito sus experiencias en el frente. Esa falta de documentación la he tenido que contrarrestar acudiendo al trabajo de algunos historiadores".
(5) Rodrigo, ibid. p. 29.
(6) Rodrigo, ibid. p. 319. Cfr también el siguiente blog: http://zaragozaciudad.net/dimas/2009/010403-el-sacrario-militare-italiano-de-zaragoza.php
(7) L'espoir, Maraux, André, Éditions Gallimard, Folio plus, 1996, p.598, 601.
(8) La cuestión ha sido incorporada por Patricio Pron en su reciente novela No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, Random House, 2015.
(9) Luzzatto, Sergio, Partigia, Bestsellers Mondadori, 2014, p. 19).
(10) Rodrigo, ibid., p. 334.

Fotos:

Maqueta del proyecto original







Detalle de la foto anterior

Leyenda explicativa del origen de la bandera







lunes, 4 de julio de 2016

Lectura de verano de lecturas de otoño: Gil de Biedma lee las Escrituras y se mantiene firme a lomos del corcel

I classici sono quei libri di cui si sente dire di solito: «Sto rileggendo...» e mai «Sto leggendo...» (I. Calvino)

El año que yo nací, el lluvioso martes 1 de septiembre, Gil de Biedma, por primera vez en su vida, dedicó un rato a leer las Escrituras: "El efecto ha sido deplorable, tan deplorable que habré de leer más, pues difícilmente podría apoyar una opinión tan negativa, un disgusto tan radical como el experimentado en sólo sesenta minutos de lectura. La verdad es que no concibo cómo hay quien puede sentir apego y gusto hacia esos libros, sino es por motivos confesionales. Una vez apeados de su categoría de textos inspirados por la divinidad y relegados a la categoría de tesoro literario de un pueblo remoto, no siente uno e menor escrúpulo en darlos de lado en favor de la Odisea, de Heródoto o de los Siete contra Tebas -incluso se siente uno inclinado a postar por la posible inspiración divina en el caso de estos últimos." (G. de Biedma, Diarios 1956-1985, Edición Andreu Jaume, Lumen, 2015, p. 355). 
Confieso que si yo me acercara a la Escrituras, lo haría en términos de Sto leggendo y no de sto rileggendo, pero mi fe en Biedma es grande y entre 1959 y 2016 ha pasado demasiado poco tiempo como para que las cosas hayan cambiado en cuestión de gustos. Lo cierto es que Calvino, que todo lo sabía, también había previsto que la llama pudiera no prender en la lectura de un clásico: "Se la scintilla non scocca, niente da fare: non si leggono i classici per dovere o per rispetto, ma solo per amore. Tranne che a scuola: la scuola deve farti conoscere bene o male un certo numero di classici tra i quali (o in riferimento ai quali) tu potrai in seguito riconoscere i «tuoi» classici. La scuola è tenuta a darti degli strumenti per esercitare una scelta; ma le scelte che contano sono quelle che avvengono fuori e dopo ogni scuola". Aunque también pudiera ser que Biedma quisiera epatar o simplemente dar una opinión radical., en la línea de lo que expresaba Benet:  
“Yo creo bastante en la eficacia de la impertinencia, sobre todo en la de determinadas opiniones impertinentes… En cierto modo esas opiniones son, por impertinentes, las más útiles, las más atractivas. Si las opiniones se matizan, pues se vulgarizan, y entonces caen en el lugar común. En cierto modo, la opinión radical puede hacer daño, pero no deja de ser un extremo del campo de la opinión, lo linda… Una opinión tajante es más atractiva que una opinión mesurada. Me gusta ir por el mundo con ideas radicales. Ya que uno no puede radicalizarse en la vida pública, sí al menos en la vida privada.”  (Benet, Juan, Ensayos de incertidumbre, edición de Ignacio Echevarría,  Barcelona, Debolsillo, p. 477).

viernes, 1 de julio de 2016

Houellebecq llora a su perro. Literatura cínica


El san Roque de G. B. Tiepolo que puede verse en el Caixaforum de Zaragoza


Dice Houellebecq en una entrevista que para escribir literatura hay que encontrarse en un estado de semicomprensión de las cosas, que no entender del todo, estar un poco sorprendido por lo que se entiende parcialmente, es un état d'esprit poétique que permite cobrarse la distancia justa sobre lo real Y él, que ha perdido a su adorado can hace no mucho, dice que esa distancia ideal es la misma que mantiene el perro en relación a la agitación que caracteriza a los humanos, un extraño entre nosotros. Valéry ya lo señalaba: "hay algo de humano en su mirada". Y esa humanidad incompleta, que le mantiene ajeno pero semejante (más ajeno que semejante, no lo olvidemos) es la misma que nos caracteriza a nosotros respecto a ellos. También los humanos tenemos mucho de perro, aunque la diferencia sea, en el mejor de los casos, más que notable. por eso, en el juego parcial de espejos que se produce entre el dueño y su animal, hay tantos escorzos reveladores, tantas siluetas que iluminan nuestro interior. Mi perro refleja tanto lo que soy como lo que no soy. La literatura quizá se mueve en ese margen: lo que falta, lo que me sobra, lo que soy.


San Roque sin perro en la Leyenda Dorada:




miércoles, 22 de junio de 2016

"Toque" y "Me gusta" de Facebook (Refrito veraniego)

Los me gusta de Facebook son lo más parecido a una mordisquito de Ferrero Rocher o a uno de esos caramelos de menta, muy pequeños, pero de gusto potente, que se usan para evitar el mal aliento. Son pequeñas caricias que el alma maltrecha agradece al llegar a casa, cuando de vuelta a casa, en el tranvía tiramos de móvil en busca de las carantoñas electrónicas que nos pueden haber mandado mientras trabajábamos. Importa el emisor, no es lo mismo un me gusta de un imbécil que el de alguien que te hace gracia, pero, en el fondo, el ordenador nos convierte el hombres o mujeres fáciles, que acaban derritiéndose ante cualquiera que les ofrezca una golosina.
Facebook también ofrece la posibilidad de dar un toque, que es algo mucho más primitivo, como un oye tú, una mirada provocativa, un empujón cariñoso. Yo, a los doce o trece años, le gustaba a una vecina del portal de al lado de mi casa. Un vez, estaba parado a pocos metros de allí, cuando de repente ella vino corriendo y me dio un manotazo en el brazo según pasaba. Eso quizá sería el equivalente carnal del toque virtual.
Entre toques y me gusta uno va pasando los días, hasta que de repente tiene síntomas de anemia, señales de tristeza en el horizonte, nudos de ira o soledad en la garganta,  l'oeil chargé d'un pleur involontaire, aunque no sea del todo consciente de ello. Entonces, cambia de móvil, crea nuevos grupos de whattsup, lanza más me gusta, para ver si se los devuelven, empieza a comportarse como un ratón de laboratorio que da vueltas en una rueda giratoria sin otro fin que agotarse, llegar a la noche con sueño suficiente como para caer rendido.

Así es nuestra existencia. La electrónica no creo que haya cambiado mucho las cosas, salvo la apariencia, el paisaje urbano de las paradas de autobús, del interior del tranvía, de los dormitorios, los domingos al sol en el parque, los viajes en tren, las esperas a la puerta del cine, las pausas del trabajo, las cenas de navidad, los desayunos en el bar… No sé bien como se hacía antes, se iba a los billares, se entablaban más conversaciones en la barra del bar, había más grupos de boy scouts, estaban los grupúsculos de extrema izquierda, no sé, no me acuerdo bien de cómo me las apañaba yo. El fondo, la soledad, no creo que fuera muy distinto.

Fine delle conversazioni: l'alienazione tecnologica in un fotoprogetto

lunes, 20 de junio de 2016

La hora del pis




A la hora del pis, me siento un torpe animal prehistórico renacido, pero castigado, mandado a hacer molestos recados en pago a su vuelta a la vida. Durante los días más vulgares siempre tuve momentos señalados, la hora de comer, la de levantarse, pero siempre me vienen a la cabeza son las cinco de la tarde, no las lorquianas, sino las de V. Hugo,  l'heure tranquille où les lions vont boire.

A la vida vuelvo todas las noches tras tres o cuatro horas de sueño y el precio es levantarme a oscuras a hacer pis. A veces, todavía me rebelo contra las ganas, pataleo con cuidado para no despertarte, o hago la estatua, a ver si se pasa esa estúpida servidumbre. A tientas, paso por caja y allí sentado pienso un ratito en lo que queda de noche, en cómo irá, si seguir vivo o volver a morirme. Tanta cabilación  se convierte en estar estúpidamente vivo a deshora. Vuelvo a la cama con las manos por delante, para no chocar, pero choco con tus hermosos muebles heredados, patas reina Ana, cruje el somier y a mí, un dinosaurio suspendido por tirantes de acero en un museo, me bastaría ser sólo de hueso con tal de flotar,  una marioneta dueña de sí misma. Todo con tal de no despertarte.

jueves, 16 de junio de 2016

Richard Ford, premio princesa de Asturias. De nuevo, no se sabe quién da brillo a quién, si el premio al premiado o el premiado al premio

Reedición de la reseña publicada con el título "Canadá, de R. Ford, una novela antipicaresca".


Coincide esta breve reseña con la llegada de la segunda edición de Canadá (Ford, Richard, Anagrama, 2013) a las librerías y las primeras apariciones de la lista de mejores libros del año, entre los cuales, a pesar de las críticas unánimemente favorables recibidas, no he visto la obra de Ford.
Acabé de leer la novela con sentimientos encontrados, pero en los que predomina con mucho la admiración sobre el disgusto. Por un lado me dejó pasmado  la capacidad de Ford para crear minuciosamente un gran personaje adolescente enfrentado a circunstancias adversas. Por otro, la morosidad con la que a ratos se deleita el autor en hacer avanzar la peripecia puede llegar a exasperar a los poco pacientes.
Canadá cuenta en primera persona la vida de una familia de clase media en una ciudad de provincia americana durante los años 60. A partir del sorprendente atraco de un banco por parte de sus padres, Dell Parsons, el joven  protagonista, debe hacer frente a su existencia con la ayuda de algún personaje secundario, pero básicamente con el arma de su buena voluntad, su carácter reflexivo y  su curiosidad por saber cosas sobre mundo que le rodea. La segunda parte de la obra trascurre en Canadá, donde el muchacho es acogido por Arthur Remlinger, el hermano de una amiga de su madre, muerta suicida en la cárcel no mucho después de haber cometido el atraco al que me refería antes. En Canadá, Dell será testigo de un un asesinato. Saldrá indemne del hecho, pero no podrá dejar de verse involucrado de forma colateral. El delincuente será Arthur Remlinger, su nuevo padre putativo, que, si en un primer momento mantiene las distancias, acaba por acercarse al chico, aunque lo hace más para recibir una imagen narcisista de sí mismo que para educarlo.  La tardía reaparición de la hermana gemela, que había huido poco después del encarcelamiento de los padres, preludia el final de la historia. Si el joven, ya adulto y felizmente casado y colocado, ha conseguido rehacer su vida gracias a su carácter, curiosamente una mezcla de lo mejor de sus padres, la hermana, alcoholizada y con un cáncer terminal, representa el envés de la moneda.
Más allá de la peripecia, una fábula sobre la capacidad del individuo de metabolizar el mal, da homogeneidad a la novela la voz narrativa de Dell, quizá lo más conseguido de la obra. Ford construye un raro y a la vez convincente personaje que, envuelto fortuitamente en grandes tormentas, sabe no perder el rumbo gracias a la brújula de una especie de autoestima roussoniana. En ese sentido, la obra se inscribe en la larga tradición de las novelas de formación, la llamada Bildungsroman, aunque aquí, más que de la forja de un carácter, que parece predeterminado casi desde el principio, se trate de un ensayo narrativo en el que se ejemplifica cómo una personalidad semejante es capaz de enfrentarse a circunstancias adversas. Leyendo la novela no se tiene apenas la sensación  que el personaje crezca, sino que más bien el interés se centra en la manera en que el adolescente es capaz de narrarse a sí mismo frente a diversos avatares. De alguna marera, la novela podría ser el inicio de una serie de grandes aventuras de Dell, el adolescente indestructible y, al tiempo, sensiblemente delicado y receptivo. Se trata de una figura heroica que recuerda en sentido inverso a la del pícaro de la mejor tradición literaria española. Coincide con ella la novela en la narración en primera persona  y también en la aparición de amos para los que el protagonista debe  trabajar, aquí metamorfoseados en el padre natural y después en A. Remlinger, el padre adoptivo. Pero si la mejor  picaresca da cuenta cínicamente del proceso de adaptación e integración del pícaro a una sociedad corrompida, basada en el engaño, Ford parece haber decidido narrar la difícil supervivencia de un joven de buena voluntad, un self made (young) man, en una especie de versión dura y al tiempo esperanzada de la realidad, un largo ejemplo de la gran resistencia del bien frente a las hostilidades del mal. El proceso de degradación del pícaro  se ha convertido ahora en un proceso de dignificación personal.

viernes, 10 de junio de 2016

Ida y vuelta, la biografía de J. Semprún escrita por Soledad Fox Maura.

Leo, en orden inverso a su publicación, las dos biografías escritas por Soledad Fox Maura. Una de ellas, publicada hace una semanas, está dedicada a Jorge Semprún y la otra, publicada en 2008, a una prima suya, Constancia de la Mora. La del escritor la leo por interés hacia el personaje, comunista renegado y uno de los grandes memorialistas de los campos de concentración nazis. La segunda, porque In Place of Splendor (Doble esplendor), la (auto)biografía de C. de la Mora, en particular su primera parte, la dedicada a su infancia y primer matrimonio, con unas estupendas descripciones de la Málaga anterior a la Guerra Civil, me gustó mucho.
En cuanto a Jorge Semprún, la publicada ahora es la tercera biografía dedicada al personaje en pocos años. Pero una de las otras, la de F. Nieto, más prolija que la de Soledad Fox, se centraba, como indica el título, en su aventura comunista.

El otro día, M. R. Rivero, comparando las dos biografías escritas por S. Fox, se expresaba en estos términos:

"En cuanto a la (relativa) decepción que me ha producido la bio de Semprún de Fox Maura, quizás el problema radique en mis expectativas: en primer lugar me gustó mucho su biografía Constancia de la Mora, publicada por Espuela de Plata en 2008; y, en segundo, pensaba que la nueva biografía iba a aportar más cosas acerca del “misterio” del personaje, una figura clave de la izquierda española en la clandestinidad. Quizás por eso me haya impacientado cierta reiteración de testimonios y opiniones ya conocidas o la prolijidad con la que se tratan opiniones y asuntos anecdóticos o irrelevantes, lo que, a menudo, da la impresión de estar dirigido a un público que poco o nada sabe de España. En todo caso, Fox Maura —cuyo libro obtendrá aún más respaldo mediático cuando sea presentado por Felipe González— aporta documentos y testimonios con los que tendrán que contar los biógrafos que en el futuro vuelvan a enfrentarse con Jorge Semprún, sus numerosas máscaras y, sobre todo, el proceloso mundo en el que se movió".

Con respecto a la biografía de J. Semprún, Rivero resume bien la sensación que te asalta al cabo de pocas páginas de lectura, la de que se trata de una obra dirigida a un amplio sector de público culto, curioso, pero poco dado a entrar en los procelosos mares de las personalidades de perfil intrincado. A medio camino entre la investigación y la divulgación colorista de altos vuelos, al poco de empezar casi se pierden las ganas de seguir leyendo. Pero no tarda en aparecer lo mejor del trabajo de S. Fox, los elementos interpretativos sobre las zonas de sombra de Semprún, un personaje en el que parecen convivir felizmente aspectos contradictorios, como son la acción y la reflexión, la actitud crítica y la fe comunista, la tentación ideológica aventurista y el hondo compromiso, la pasión y el coqueteo, el compromiso con los desheredados y la querencia por el mundo del glamour intelectual, no exento, sin embargo, de rigor. Quizá Fox no remata, pero apunta interesantes líneas de desarrollo en torno a quien, según la tercera biógrafa, F. Augstein, fue capaz de entar en sí mismo, pero "sin encontrarse".

Más allá del poco claro papel jugado por Semprún en el affair de la famosa Célula 722 del Partido Comunista Francés, a resultas del cual fue tachado de soplón, algo que él siempre ha negado, la biografía de Fox Maura cobra particular interés en la documentada reconstrucción de la deportación del escritor a Buchenwald. En efecto, arrestado y torturado por la Gestapo, Semprún fue trasladado a dicho Konzentrationslager (campo de trabajo de una dureza intermedia entre los Arbeitslager, y los de grado III, como Mauthhausen, en los que la probabilidad de sobrevivir era mucho más escasa. En otro rango habría que colocar los Vernichtungslager, los campos de exterminio) en el que permaneció recluso desde su ingreso el 29 de enero de 1944 hasta su liberación en abril de 1945. Los intentos que su padre acometió, a través de distintos canales e importantes contactos, para ayudarle, pudieron quizá influir en el campo de destino, en el trato y la función que desempeñó en él, no muy distinta de la de un vice kapo ligado a la organización comunista que controlaba la asignación de los presos a un grupo de trabajo u otro, lo cual podía permitir seguir vivo.

En distintos momentos, Primo Levi, superviviente de Auschwitz, se refirió a las condiciones necesarias para sobrevivir en un campo de concentración, que serían, por un lado, la buena resistencia física y una edad no demasiado joven ni tampoco demasiado avanzada, sino la óptima, como la suya, 24 años, en orden a mantener la autodisciplina necesaria; por otro lado, un ingrediente de gran ayuda era el conocimiento del alemán, útil, en primer lugar, a la hora de entender las órdenes, los consejos, y también a la hora de expresar las propias necesidades, evitando así la automarginación, Asimismo, poseer una fe, religiosa, política o filosófica que permitiera "ir más allá de uno mismo", aumentaba la capacidad de resistencia. Por último, era decisivo el tipo de trabajo que se debía realizar, en especial que fuera a cubierto. Además, el tipo de trabajo, podía conllevar otros beneficios, como una  alimentación relativamente mejor. Pues bien, Semprún cumplía todas las condiciones, edad (aunque más joven que Levi, era un joven ya curtido por una vida), salud, fe comunista y conocimientos filosóficos, excelente manejo del alemán, trabajo administrativo. Tenía, pues, bastantes papeletas como para que resultara plausible su salvación. Hasta qué punto, además, dieron fruto los contactos de su padre, alguno de los cuales, desde luego, se afanó por darle apoyo, es algo que seguramente no llegaremos a saber nunca, entre otras cosas, porque  Semprún mismo nunca ha dado cuenta de ello en las distintas obras en las que se ha referido a su arresto y posterior deportación a Buchenwald. Fox Maura habla al respecto de sombras, de "una situación de relativo privilegio en Buchenwald" (p. 113), pero seguramente desde la fe comunista, la función desempeñada por Semprún en el campo era interpretada como una responsabilidad más ligada a la lucha. Si es verdad que tras renegar de su fe comunista, emprendió una nueva etapa “guiada únicamente por la terca aspiración hacia la lucidez” (F. Nieto, p. 489), hubiera sido de agradecer por parte del escritor, que tanto recordó su experiencia comunista y su paso por Buchenwald, una reflexión profunda sobre la cuestión, pero es algo difícil de exigir, dadas las circunstancias extremas de su desarrollo.

En la biografía de Fox Maura sobresale también el análisis de Le Grand Voyage (El largo viaje, trad. de J. y R. Conte), que supuso el despegue literario de Semprún al ganar, no sin polémica, el premio Formentor de Novela en 1963. La obra, cuyo primer manuscrito sería mucho más temprano de lo que se ha venido considerando, y que narra la vida en un vagón sellado del tren que traslada los prisioneros hacia Buchenwald, es un buen ejemplo de la tendencia de Semprún a filtrar lo vivido literariamente. En el caso que nos ocupa, el tono es abiertamente novelesco aunque el material sea tan autobiográfico, pero en libros posteriores, esa frontera es más porosa, pues predomina el tono memorialístico, mientras que los acontecimientos están sometidos a cierta fabulación. Y esa fabulación tiende a la espectacularizarlos, como ya señaló Kertész, fruto de la querencia o quizá necesidad de Semprún de dotar a los hechos de un halo cultural filosófico que acaba por amortiguar el testimonio crudo de los hechos, haciéndolos curiosamente más digeribles. Quizá sea eso lo que permite la lectura de los libros memorialísticos de Semprún como si se tratara en parte de libros de aventura, quizá eso eso lo que le separa de quienes, como Levi, sintieron una misma necesidad de narrar lo ocurrido, pero con el mayor contrapeso de las voces ausentes para siempre, con un ideal de sobriedad  fruto del arduo equilibrio entre la vida del superviviente y el silencio de la víctima que no sobrevivió:

"... una duda me asalta sobre la posibilidad de contar. No porque la experiencia vivida sea indecible. Ha sido invivible, algo del todo diferente, como se comprende sin dificultad. Algo que no atañe  a la forma de un relato posible, sino a su sustancia. No a su articulación, sino a su densidad. Sólo alcanzarán esa sustancia, esa densidad transparente aquellos que sepan convertir su testimonio en un objeto artístico, en un espacio de creación. O de recreación. Únicamente el artificio de un relato dominado conseguirá transmitir parcialmente la verdad del testimonio...Siempre puede expresarse todo, en suma. Lo inefable de que tanto se habla no es más que una coartada" (Semprún, J., La escritura o la vida, cit. por Fox Maura, ibid, p, 288-89).

P. Levi, comentando el conocido propósito de Adorno, según el cual "luego de lo que pasó en Auschwitz es cosa barbárica escribir un poema..." (T.W. Adorno, Crítica cultural y sociedad, Ariel, 1969, trad. M. Sacristán), decía que el corregiría lo dicho por el pensador alemán, "... ecco, dopo Auschwitz non si può più fare poesia se non su Ausschwitz o per lo meno tenendo conto  di Auschwitz. Con Auschwitz qualcosa di irreversibile è successo nel mondo (...) Pare che esista un bisogno umano di esprimere in poesia anche le cose atroci, anche la guerra". Semprún sostenía que para tratar el Holocausto lo fundamental era no mentir, "no construir la ficción que comprometan moralmente el testimonio" (Fox Maura, cit. p. 289). En ese sentido, si el filtrado de la realidad vivida, en el caso de Levi, está destinado a aclarar a través de un estilo "denso, prieto, destilado" (Judt, T., Sobre el olvidado Siglo XX, Taurus, 2008, trad. Belén Urrutia), que se concentra en la densidad de los detalles, en la reconstrucción punto por punto del trabajo en Auschwitz, en Semprún el detalle sirve para tomar vuelo, tanto que por momentos pierde de vista el el punto de partida; si en Levi el efecto moral y narrativo que produce su obra radica en su sensibilidad hacia lo concreto de la experiencia, en Semprún, defensor de "la legitimidad de la ficción literaria para desvelar las verdades históricas" (Fox Maura, cit. p. 89), se produce una suerte de amplificación de la experiencia según parámetros culturalizantes que, ligados por momentos al tópico, pueden llegar a desvirtuarla, como ocurriría en su descripción de algunos personajes femeninos.  Se tiene a veces la sensación de que Semprún filtra pro domo sua, de su memoria, a la búsqueda de una discutible zona de confort retrospectivo. En cualquier caso, las páginas de carácter crítico interpretativo resultan  las más interesantes de la obra, quizá porque donde verdaderamente más puede brillar una biografía de Semprún es no tanto en la necesaria reconstrucción de los hechos como en su significado, dado que podría encarnar el emblema de la trayectoria de  buena parte de la intelectualidad comprometida del S.XX, a medio camino entre la política y el arte, paradigma vital del fracaso histórico de su conjunción.

Fox Maura encuentra los orígenes narrativos de Semprún en los informes que desde la clandestinidad madrileña enviaba a la dirección del P.C.E. en París, entre 1953 y 1962. Si la escritura de los informes sirvió entonces como forja de un estilo y como espita de la necesidad de escribir, resultaría interesante rastrear a la inversa qué quedó en aquel escalador de la cima de la lucidez de aquellos años en los que fue uno de los nuestros, y por otro lado, cuál es la línea de continuidad entre un comunista que prefería seguir la línea interna del partido, por equivocada que fuera, a las brumas externas, que seguramente tanto tuvo que tragar en aras de una revolución que se siempre estaba a una distancia inalcanzable, como la zanahoria delante del burro, con la diferencia de que todo parece indicar que de burro Semprún no tenía ni un pelo. Además, si su teoría sobre el filtrado de la experiencia sustentó su poética posterior, estaba ya acaso presente en esos informes tan necesariamente materialistas de la realidad.


La biografía Fox Maura sobre Constancia de Mora, en relación a la dedicada al escritor resulta seguramente más equilibrada, en especial porque goza de dos notables puntos de fuerza. El primero es la tesis, bien argumentada, según la cual C. de la Mora no habría redactado su autobiografía, en especial porque el  inglés en el que está escrito el original de In Place of Splendor (Doble esplendor), que así es como se titula, distaba mucho de serle accesible. La autora real, que habría ejercido de negro, sería la escritora y periodista,  comunista como la biografiada, R. Mckenney y el objetivo del libro atraer al público americano hacia los intereses del exilio español. Lo explica bien Cotarelo en su blog, al que me remito. El segundo punto de fuerza son los diarios inéditos, Adiós Connie, de quien acompañó a C. de la Mora en su último viaje, Mary Warner O'Brien.

Aunque en 1947 hubo alguna desavenencia, no del todo aclarada, con la dirección del P.C.E., del que que abandonó la militancia (Fox Maura, p.295), C. de la Mora fue una obediente militante desde su ingreso en el partido en 1936 hasta el accidente de coche que le costó la vida a los 44 años, en enero de 1950. Atrás quedaba su intensa labor al lado de la República, ensombrecida por su ortodoxia comunista, su no aclarado papel en el caso de las torturas y asesinato de A. Nin en un chalet de su propiedad y su silencio ante el hijo y la mujer de José Robles Pazos, con los que compartía trabajo y sobre cuyo trágico final debía saber más de lo que les dijo. Pero, sobre todo, quedaba esa doble vida en el exilio a medio camino entre la alta sociedad estadounidense, de la que quería recaudar fondos para el exilio republicano, y su fe comunista, doble vida más que doble esplendor, mezcla de causas justas, tergiversaciones estratégicas, silencios impuestos y explosiones de orgullo. En medio de una tensión que anticipaba la guerra fría, no debió ser sencillo vivir así, ocultando su fe, con contactos esporádicos y medias palabras, en el interior de un grupo amenazado y disperso,  pero en posesión de sacrosantas verdades y de preciosos instrumentos de análisis. Qué fue para C. de la Mora su compañera de viaje, Mary Warner O'Brien, una gringa llena de apestoso pero útil dinero o una digna compañera de viaje. Quizá las dos cosas al la vez. Lo cierto es que jugaba con una ventaja que la otra no tenía, pues hasta después de muerta Connie, O'brien no cayó del burro. Había viajado con una comunista.

lunes, 6 de junio de 2016

Acertijo privado

privado1, da.

Del part. de privar; lat. privātus.
1. adj.Que se ejecuta a vista de pocos, familiar y domésticamente, sin formalidad ni ceremonia alguna.
2. adj. Particular y personal de cada individuo.
3. adj. Que no es de propiedad pública o estatal, sino que pertenece a particulares. Clínica privada.
4. adj. Can. Muy contento, lleno de gozo. Estar privado.
5. m. Hombre que tiene privanza.
6. f. retrete ( aposento).

7. f. Plasta grande de suciedad o excremento echada en el suelo o en la calle.

sábado, 4 de junio de 2016

Muere Muhammad Ali, delicadeza teatral


"Bradley y Castro se dan la vuelta y descubren que Alí ha recobrado la atención general. Sostiene en alto su tembloroso puño izquierdo; pero en lugar de asumir una pose de boxeador, como hizo antes, empieza a sacar por la parte de arriba del puño, lentamente y con delicadeza teatral, la punta de un pañuelo de seda rojo, pellizcándola entre el índice y el pulgar.
Saca todo el pañuelo y lo zarandea en el aire unos segundos, sacudiéndolo cada vez más cerca de la frente del atónito Fidel Castro. Alí parece hechizado. Mira aún con ojos estancados a Castro y los demás, rodeado de aplausos que no da señas de oír. Procede al fin a introducir nuevamente  el pañuelo por la parte de arriba de la mano empuñada, embutiéndolo con los dedos en pinza de la mano derecha, y abre rápidamente las palmas de cara al público y muestra que el pañuelo ha desaparecido." (Gay Talese, Retratos y encuentros, Alaguara, 2010, Trad. C. J. Restrepo, p.235-236)

miércoles, 1 de junio de 2016

La virtud mitológica de Marilyn en sus 90 años no cumplidos. Reaprovechamiento de entradas

Volvióse en bolsa Júpiter severo;
levantóse las faldas la doncella
por recogerle en lluvia de dinero. (Quevedo)

Marilyn Monroe tuvo un cuerpo, una mirada y una voz, deseados, que volvieron locos a quienes se cruzaban en su camino, pero era porque a través de sus ojos se le clareaba la idea, la mejor idea que nadie nunca tuvo. Quienes compartieron su vida con ella fue porque estaban convencidos de que se acostaban con la idea hecha carne, una ocurrencia digna de las mejores mitologías, pero en los EEUU de hace 70 años. Lo malo fue que detrás de la idea había una mujer de carne y hueso. Su grandeza y su condena consistieron en haber unido como pocas veces antes la promesa de felicidad a un cuerpo vulnerable, haberla unido hasta el punto de que, viendo algunas de sus fotos,  no parece que puedan vivir una cosa sin la otra.
Después de muerta, la idea no quiso abandonar su recuerdo y siguió viviendo en decenas de recreacionesreliquiasencarnacionesfotos en blanco y negrofotos en colorleyendas hagiográficas

A DiMaggio, uno de sus maridos, las fotografías publicitarias  que resaltaban su sex appeal a menudo lo ofendían, y un momento memorable para Billy Wilder, que la dirigió en La tentación vive arriba, ocurrió cuando lo descubrió  entre la multitud reunida en la Avenida Lexington de Nueva York curioseando la escena en la que a Marilyn, de pie en una rejilla del metro para refrescarse, una repentina ráfaga de viento le levanta la falda muy arriba. “¿Qué demonios pasa aquí?”, oyeron que  exclamaba Di Maggio entre el gentío. Wilder se acordaba bien, “jamás olvidaré la cara de muerte que puso Joe”. (Talese, Gay, Retratos y encuentros, 2010, Alfaguara, p. 114).

Que el mito de Marilyn sigue vivo lo demuestra la frecuencia con la que la actriz, muerta en 1962, aparece en los periódicos de todo el mundo.  Los motivos de sus periódicas resurrecciones mediáticas son muy variados, nuevos documentos sobre su muerte, nuevas fotos, algunos chismes.
Hoy vuelve a las redes sociales porque habría cumplido 90 años. Pero lo que me interesa recordar es que hace cinco, rebrotó su personaje  porque el vestido que lucía en La tentación vive arriba, la película de 1955 dirigida por B. Wilder, había sido vendido en subasta por 4, 6 millones de dólares, una cifra nada desdeñable para lo que su anterior dueña, Debbie Reynolds definió como una prenda sencilla.

Marilyn con el vestido, en una foto del rodaje. La famosa escena en la que la actriz luce la prenda fue rodada dos veces, una en la Avenida Lexington de Manhattan, en la calle 52, que no sirvió para la versión definitiva y otra en estudio.

La famosa escena en la que Marilyn viste la prenda es una de las más conocidas de la historia del cine. Como en otros famosos momentazos de la actriz, se produce una mezcla de erotismo primario y turbadora candidez por parte de ella, convertida una especie de inocente nínfula madura que roza la insoportable estupidez.





La versión española de la escena:


La escena posee una virtud mitológica de gran potencia, pero traída a cuenta con una inusitada habilidad.
Zeus tuvo que transformarse en gotera dorada que se coló por el techo para seducir a Dafne, o en lluvia o polvo dorado, según otros. Aunque la tradición carpetovetónica asocia el noble metal a las innobles monedas, como si Zeus necesitara pagar para cumplir sus deseos.

En la escena de la película de Wilder la lasciva presencia divina cuenta con la ayuda del calor de la ciudad en verano y con el tipo de tela del vestido de Marilyn, tan vaporosa. Pero aquí, la lluvia de oro proviene del subsuelo, se ha convertido en una especie de hálito colectivo, refrescante (más delicious, si cabe, even cooler que la primera vez, dice ella al recibir la segunda ventolera), por contradictorio que pueda resultar. Mis recuerdos de la ventilación del metro de Madrid están asociados a aire templado, pero ya se sabe que todo es relativo y que cuando el calor aprieta hasta el peor ventilador se agradece. Seguramente, esta brisa hipohuracanada es una suerte de metáfora del deseo colectivo, del aliento cálido que viaja en los medios de transporte y a veces se nos deposita en el cogote, de la fuerza que viene de los barrios pobres, esos cuyos moradores se trasladan en metro al centro para ir al cine; una metáfora del deseo del espectador, mon semblable, mon frère.

     
- Didn't you love the picture? l did.
- But l just felt so sorry
for the creature at the end.
- Sorry? What, did you want him
to marry the girl?
- He was scary-looking,
but he wasn't really all bad.
- He just craved a little affection. A sense of being loved and needed and wanted.
- That's an interesting point of view.
- Do you feel the breeze
from the subway? lsn't it delicious?
- Sort of cools the ankles. What would be fun to do now?
-lt's getting pretty late.
-Is not that late.
-l have this big day tomorrow. l have to get to sleep. -- What's the big day?
- Tomorrow l'm on TV. l told you, The Dazzledent Hour.
- Oh, here comes another one…it’s been even cooler…
- Tell me, Dazzledent toothpaste, l don't think l ever triedit.                                                                                                                     
-You should. lt's excellent.Oh, yes, l use it myself.
-Then you do recommend it?
-Definitely. lt costs a little more, but   out of    oral hygienists
- You sound like a commercial. lf l believed commercials....
-You can believe this one.
-What's that you say? ''He'll never know. l stay kissing sweet the new Dazzledent way''?  No really.
-lt's true! l'll prove it to you…Well?
- My faith in the integrity of advertising is restored.
However, before l switch brands,l wanna make absolutely certain.